Capítulo 17
Caroline estaba agotada, luego de más de doce horas fuera. Lo que menos deseaba era discutir con Franz, pero al encontrarlo en el lodge comprendió que sería inevitable el enfrentamiento. Se dejó caer sobre el sofá y se que quitó los zapatos.
El diplomático se acercó como un felino que vigila todos los movimientos de su presa, y se sentó frente a ella sin decir ni una palabra. Caroline lo miró: vestía de traje, como siempre, y su cuidado cabello dorado estaba perfectamente peinado.
―Estoy bien, no tienen por qué preocuparse ―dijo a la defensiva.
―¿Eso crees? ―Franz frunció el ceño.
―Por supuesto que sí. No tenías que haber llamado a la policía.
―¡Algo tenía que hacer, Caroline! ―exclamó poniéndose de pie―. Llevabas horas con un extraño, sola. ¿Qué se supone que hiciese si no aparecías?
―Esperar ―dijo en voz baja, aunque comprendía su preocupación.
―¡Has sido una completa irresponsable! ―la recriminó―. ¿Sabes que el Emabajador está aquí? He tenido que rogarle que no llame a tus padres y que me permitiese manejar el asunto. Confiaba en que aparecerías y solo llamé a la policía, pero pudo ser mucho más grave.
―¿Mis padres no lo saben entonces?
―No, ni tu hermano. Por el momento. Lo hice por ti, Carol. Si esto llegaba a los oídos de tus padres o de Max, Charlotte habría sido despedida y al día siguiente tú estarías de regreso a Europa, y yo no quiero que te marches, amor mío... ―añadió con dulzura.
Caroline sintió un escalofrío.
―Franz, no me llames así, por favor ―le suplicó en voz baja.
―¿Por qué? ―inquirió él―. ¿Acaso es cierto que estás saliendo con ese hombre? ―Su tono volvía a ser más descompuesto.
―Las cosas entre nosotros no están bien, y no es momento para hablar de ello, por favor.
―Solo quiero que sepas dos cosas ―apuntó él con gravedad―. La primera de ellas ya te la he dicho: he manejado este asunto con discreción para no perjudicar tu estancia en Sudáfrica ni el documental de Justin, pero sobre todo porque estoy enamorado de ti, Caroline. La segunda, es que me duele profundamente que me hayas acusado injustamente de tener una relación con otra mujer, cuando sabes que no es cierto. Lo irónico es que soy yo quien puede sentirse ofendido de que pasaras el día junto a ese hombre. ¿Cómo puedes acusarme de ser infiel y luego hacer lo mismo de lo que supuestamente me increpas? ―Franz tenía un buen punto y la hizo sentir mal de veras―. No, no me respondas. No necesito saber si tu aventura es algo serio o si, por el contrario, no ha sucedido absolutamente nada entre ustedes. Prefiero quedarme con la duda, porque te amo, y sé que más tarde o más temprano volveremos a estar bien.
Caroline tragó en seco, pero no le contestó. No podía hacerlo. Estaba segura de sus sentimientos por Luan pero no era momento de desatar las furias de Franz.
―¿Qué era lo otro que tenías que decirme?
―Mientras estuviste ausente investigué la ficha policial de Luan. No es una santa paloma, Caroline. Estuvo acusado de agresión a una persona de prestigio, un ambientalista. La queja se retiró y no fue procesado, pero sin duda es alguien violento. No quisiera que te acercaras más a él ―le pidió.
Caroline no podía hacerle una promesa como aquella. Le sorprendía esa historia sobre la acusación de Luan, pero imaginaba que podría tener una explicación plausible.
―Solo quiero saber si Luan ya fue puesto en libertad.
Franz suspiró.
―Según me han dicho, ya lo está. Fue solo una cuestión de procedimiento.
Caroline asintió y se dirigió a la puerta del lodge.
―Estoy agotada, Franz, y necesito descansar. Agradezco tu preocupación y el que no le hayas informado a mis padres de este asunto. Te estaré eternamente agradecida por ello y te prometo que conversaremos más adelante, pero esta noche me es imposible.
―Lo comprendo. Recuerda, no obstante, todo lo que te he dicho, ¿de acuerdo?
―De acuerdo. ―Caroline lo vio marchar y cerró la puerta. No tenía duda alguna de que Franz era su pasado y que Luan era todo lo que deseaba para su futuro.
Cuando Luan llegó a casa de sus padres, ya Franz estaba allí, y lo estaba esperando acompañado de Charlotte y del Embajador, el señor Patrick Brown. Kande les había brindado té, pero solo el señor Brown aceptó.
Tomaron asiento y Quentin solicitó permanecer en la conversación acompañando a su hijo. Temía que el malgenio lo dominara y que las cosas no salieran bien. El señor Brown, con su delicadeza habitual, no puso reparo alguno.
―Me resulta un tanto penoso hablar con ustedes sobre este asunto, luego de que hayan acogido a su Alteza y al equipo del documental con tanta hospitalidad ―comenzó el hombre―. Sin embargo, los sucesos de hoy han cambiado mucho las cosas. El señor Edwards no tenía derecho alguno a desobedecer las normas de seguridad que existen en función de su Alteza.
―Caroline fue quien no informó de sus planes a su equipo de seguridad, no yo. Fue ella quien dejó el teléfono celular en su lodge. Yo no la obligué a ello. Fue su decisión, y como tal, ninguno de nosotros debería cuestionársela ―replicó Luan.
Franz cambió de color, y Quentin puso la mano en su hombro, pidiéndole calma.
―La princesa puede intentar insubordinarse cuanto quiera a estas reglas ―respondió Charlotte―, pero no tiene potestad para ignorarlas. Usted tampoco. Por más que ella deseara obviarlas, fue su responsabilidad continuar con un plan como el que tuvieron.
―Sumamente descabellado ―opinó Franz, apoyándola―. Estamos enterados, por las indagaciones hechas, que llevó a Caroline a un viaje en globo...
―Esos viajes son perfectamente seguros, se lo garantizo ―intervino Quentin, intentando suavizar la situación.
―Esa es su opinión ―replicó Charlotte―, pero era algo que debíamos haber valorado nosotros, como equipo de seguridad de la princesa.
―Además de ello ―continuó Franz―, condujeron durante horas, en un vehículo abierto, sin más protección que la que usted pudiera brindarle.
―Le aseguro que es la máxima protección ―terció Luan―. Nadie conoce esos caminos como yo. Lo que sucedió fue un accidente, que pudo haberle ocurrido a cualquiera de nosotros. Caroline estuvo protegida todo el tiempo en un árbol de baobab, con comida, agua, medios de defensa... ¡No le ocurrió absolutamente nada!
―Por favor, señor Edwards ―habló el Embajador―, bajemos un poco los ánimos. Usted no responde a proceso alguno, solo es una conversación entre caballeros.
―Una conversación delicada ―prosiguió Franz―, porque el asunto trascendió a sus Altezas Reales, los padres de Caroline. Ha sido muy difícil convencerlos de que en este lugar tiene la suficiente seguridad, pues su primer impulso fue solicitar el regreso de su hija. Sin embargo, intercedí en favor de los intereses de Caroline, porque es lo más importante para mí y sé cuanto significa para ella su trabajo. Sus padres, ante mi ruego, han aceptado que permanezca en Timbavati bajo una condición muy importante.
―¿Cuál? ―interrogó Luan.
―Que se relacione lo menos posible con su Alteza de ahora en lo adelante ―respondió el Embajador―. Estamos conscientes de que por trabajo deberán verse con cierta regularidad, pero no tiene permitido vincularse con ella de manera más estrecha, por su seguridad.
Luan se puso de pie, cegado por la ira y a punto estuvo de darle un puñetazo a Franz al ver la sonrisa cínica en sus labios. Sin embargo, su padre lo contuvo a tiempo.
―¡Esto es un absurdo! ¿Cómo van a imponer esa regla? ¿Acaso soy yo una amenaza a su seguridad? ―expuso airado.
―Por favor, tome asiento ―suplicó Brown―. Tómelo como una petición de sus Altezas reales, de lo contrario tendrán que ser tomadas otras medidas, entre ellas hacer que la princesa regrese a Europa.
―Sus padres han sido muy claros ―continuó Franz―, si no se aleja de ella, Caroline regresará a casa.
―¡Caroline es mayor de edad, no pueden obligarla!
―Caroline es miembro de una familia real y debe obedecer ciertas reglas, porque cumple con funciones públicas y se debe a la autorización de su padre. No los ponga a prueba, señor Edwards ―le aconsejó Franz.
―Hay un detalle sobre todo esto ―prosiguió Brown―. No puede hablarle a Caroline de la conversación que hemos sostenido. La princesa piensa que sus padres están al margen de lo sucedido, pero fueron precisamente ellos quienes lo pidieron así, para que la joven no cuestione su autoridad. Caroline es muy capaz de oponerse y, en ese caso, debe comprender que sus padres la harían regresar. ¿Sería capaz de llevarla a renunciar a su proyecto? Me imagino que no y que, con inteligencia, sea capaz de llevar este asunto por el mejor camino.
Luan tenía la mandíbula apretada, y no respondió. El Embajador se dio por satisfecho y se puso de pie, escoltado por Charlotte. Quentin los encaminó a la salida, muy ofuscado. Franz se retrasó a propósito y miró a Luan con rostro desafiante.
―Voy a decirte algo que el Embajador, por ética, omitió respecto a sus Altezas reales ―le dijo en voz baja―. Mis suegros ―utilizó la palabra con toda intención―, se oponen totalmente a una relación tuya con Caroline. Simplemente no estás a la altura ―añadió con desdén.
Luan lo tomó por las solapas de su traje y lo zarandeó.
―Si fuera tú, lo pensaría dos veces antes de golpearme. Soy un diplomático, y puede salirte bastante cara esa afrenta. Tal vez no tengas la suerte de la vez anterior ―apuntó con ironía, refiriéndose al incidente que le contó a la princesa―. Los padres de Caroline no quieren a un vulgar agresivo al lado de su hija. Pero anda, golpéame, y así demuestras de qué clase estás hecho...
Luan tenía el puño cerrado sobre su rostro, pero la voz de Kande lo hizo reaccionar.
―¡No lo hagas, hijo!
Luan recapacitó a tiempo y lo soltó. Se sentía vencido, en más de una manera, y profundamente perdido.
―No vales la pena ―Fue lo único que le dijo―. Y Caroline lo sabe.
―Eso ya lo veremos ―le dijo con una sonrisa y desapareció.
Kande se acercó a su hijo y le dio un abrazo. Sentía mucha pena al verlo en el estado en el que se encontraba, y lo peor era que no podía hacer nada para remediarlo.
A pesar de su cansancio, Caroline no podía pegar un ojo. Necesitaba ver a Luan, pero no iban a permitirle que saliera en mitad de la noche hacia su lodge; tampoco tenía manera de llamarlo, ya que su teléfono estaba roto.
Se había dado ya un largo baño y puesto la ropa de dormir, cuando sintió que tocaban a la puerta: era Justin, quien al parecer había logrado convencer a Charlie de lo que dejara pasar a esa hora de la noche.
Caroline le dio un abrazo cuando abrió la puerta; ya se habían visto, pero apenas habían podido hablar, puesto que ella debió rendir su declaración sobre los hechos y luego tuvo su desagradable charla con Franz.
―Cariño, ¿qué sucede?
―Necesito ver a Luan... Quiero saber que está bien.
―Él está bien, no te preocupes. ―Jus hizo que se sentaran―. Creo que es mejor que esperes a mañana, todos están muy alterados y si te ven salir así, tan tarde, será peor...
―¿Podrías pedirle que venga a verme?
―Pienso que es mejor esperar ―repitió―, para ambas partes. Luan se debió haber llevado una buena reprimenda por lo que sucedió.
―¡No entiendo!
―Fue arriesgado, Carol, y lo sabes. Sin embargo, la mayor responsable fuiste tú, y yo, que te seguí en tu delirio. No debiste haber desaparecido así...
―No fue nada extraordinario.
―Pero eres una persona extraordinaria, aunque reniegues de tu rango. Luan debió haberse percatado de los riesgos, pero está tan enamorado de ti que se dejó llevar por sus sentimientos y por el deseo de estar a solas contigo.
Caroline se ruborizó con lo que Justin dijo y lo miró sonriendo:
―¿Crees que esté enamorado de mí?
Justin soltó una carcajada.
―¡Se le nota a una legua de distancia! ―exclamó―. Sin embargo, lo que necesito saber es lo que sientes tú...
―A pesar de lo que sucedió, no me arrepiento en lo más mínimo de lo que hice. He tenido el mejor día de mi vida ―confesó―, y creo que yo también me estoy enamorando de él. No sé si es muy prematuro o repentino, solo sé que no puedo dejar de pensar en Luan...
―¡Caroline! ―expresó Justin alegre y dándole un abrazo―. ¡Eso es estupendo! ¡Estoy tan feliz por ambos! Ahora cuéntamelo todo, por favor...
―¿Todo? ―La princesa se ruborizó.
―¿Qué hiciste? ―le preguntó alarmado.
―Nada. ―Y, sin embargo, no podía dejar de pensar en los delirantes instantes de amor vividos en el interior de baobab―. Todo comenzó con un viaje en globo...
Caroline se aclaró la garganta, rememorando las horas compartidas, y sin imaginar que Luan, cerca de allí, estaba decidido a renunciar a su amor.
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