
❧ 27
Mi mirada se vio irremediablemente atraída hacia donde Ephoras se encontraba, comprobando la silla de su montura. Ahora que conocía los verdaderos pensamientos que tenía sobre mí, me resultaba muy complicado bajar la guardia en su presencia; la noche anterior, tras la amenaza escondida en la advertencia que le hizo Altair, la conversación entre ambos se dio por concluida y cada uno tomó una dirección distinta.
Ephoras parecía haber claudicado, pero tenía la sospecha de que no dejaría el asunto correr, convencido como estaba en que la sangre de Gwynedd manchaba mis manos y que yo era el enemigo.
El humor general del grupo tampoco era mucho mejor: la irremediable poca distancia que nos separaba del Gran Bosque tenía a todo el mundo inquieto. La primera línea de árboles podía atisbarse en la lejanía, un borrón verde que destacaba en aquel paisaje casi vacío a causa de las supersticiones y el temor que generaba lo que albergaba en su interior... y lo que contenía al otro lado.
La primera etapa de nuestro viaje llegaba a su fin y una parte de mí temía lo que pudiera depararnos; en especial lo que viniera después y que todavía desconocíamos por completo. Altair aún no había compartido con ninguno de nosotros lo que tenía en mente una vez alcanzáramos el Gran Bosque, la frontera natural que separaba los dos grandes reinos; Ephoras tampoco parecía estar al corriente de los planes de su protegido, aunque no dudaba que guardara los suyos propios.
—Hoy pasaremos la primera noche en el bosque —anunció el propio Ephoras, ya subido a su caballo. Sus ojos negros nos recorrían al grupo con un brillo contenido—. Recordad que en ese sitio nada es lo que parece.
De nuevo su mirada se quedó clavada en mí, haciéndome saber que sus últimas palabras habían sido para mi persona y que la advertencia de Altair no había surtido ningún efecto.
❧
El cambio fue haciéndose perceptible poco a poco. La agradable temperatura que nos había acompañado desde que abandonáramos el improvisado asentamiento donde habíamos pernoctado disminuyó conforme la distancia hacia el bosque lo hacía; incluso nuestras monturas empezaron a mostrarse inquietas al acercarnos, transformando la mancha verde que habíamos visto en el horizonte en una perfecta formación de árboles cuyas copas alcanzaban varios metros de altura.
El corazón me dio un vuelco cuando los contemplé por primera vez en dieciséis años y creí escuchar a Alousius elevar una trémula plegaria a media voz, conmocionado por aquella impresionante visión.
Una ligera brisa procedente del interior del bosque nos acarició con suavidad, envolviéndonos al grupo. Mi caballo agitó la cabeza y piafó, removiéndose bajo mis piernas y obligándome a tensar las riendas como prevención; no obstante, no fue el único que reaccionó de ese extraño modo: Dex, Greyjan y Dolgran también tuvieron que afianzarse sobre sus sillas para impedir que sus respectivas monturas pudieran encabritarse al percibir algo en el ambiente que nosotros no éramos capaces de sentir.
Magia.
Mi cuerpo cosquilleó. Mi padre me había explicado de niña que todo el bosque estaba impregnado por ella, que cada rincón estaba imbuido de poder; aquel enorme frondoso muro vegetal que mantenía separado el continente era un lugar mágico... y altamente peligroso debido a ello. Aún recordaba las lecciones de mi padre, enseñándome la vida dentro del Gran Bosque; sus advertencias a que no me acercara a ciertas zonas, especialmente a las que colindaban con las profundidades. Los límites no estaban marcados y el bosque era un territorio extraño donde los fae podían rondar.
La sensación que antes había recorrido mis extremidades se esfumó, dejando en su lugar a un frío que pareció aferrarse a mis huesos. No podía olvidar que Ephoras estaba convencido de que yo no era quien decía ser, que estaba implicada en la muerte de Gwynedd... El dolor del pecho de la noche anterior había desaparecido cuando abrí los ojos a la mañana siguiente.
La exclamación del segundo al mando me hizo regresar al presente, a la orilla del Gran Bosque. Ephoras alzó el brazo en un elocuente gesto, indicándonos que ordenáramos a nuestros caballos a avanzar; por el rabillo del ojo vi que Alousius tenía que insistir con su propia montura, ya que el animal parecía haber clavado los cascos en la tierra y no tenía intenciones de dar un paso más. Vako gruñó algo al suyo, que tampoco daba muestras de querer moverse.
Sacudí las riendas y di un suave golpecito en los flancos con mis talones. Lo único que conseguí de respuesta por parte de mi montura fue que sacudiera la cabeza, agitando las crines y dándome a entender que no pensaba hacerlo; Greyjan chasqueó la lengua, imitándome. Sus ojos marrones se desviaron hacia mí con un brillo sombrío al no lograr su propósito de hacer que el caballo se moviera a su orden.
—Al menos ellos tienen algo de sentido común —comentó a media voz, observando la hilera de árboles, lo que había más allá de ellos— y saben que no debemos entrar a este maldito lugar.
Tras un par de infructuosos intentos, todo el grupo logró que los caballos avanzaran lentamente hacia el interior del bosque. El sonido de los cascos aplastando la hojarasca que cubría el suelo nos rodeó ante el silencio que se instaló entre nosotros; con Altair y Ephoras a la cabeza, fuimos atravesando el improvisado umbral que conformaban dos gruesos troncos.
Mi corazón latió a mayor velocidad cuando el tupido techo de hojas sustituyó el cielo, haciendo que la luz disminuyera levemente. Aspiré una bocanada de aire y dejé que mi mirada vagara por cada rincón, forzando a mi memoria a que arrastrara de nuevo a la superficie aquellos recuerdos de mi niñez que habían transcurrido en algún punto de aquel bosque, en un claro lo suficientemente apartado para que resultara complicado poder seguirnos el rastro o saber de nuestra existencia.
Una insidiosa vocecilla susurró en mi oído si sabría reconocer el camino por el que me llevaron aquellos hombres, después de que el fuego se lo tragara todo y me dejara sin nada.
—Seguiremos avanzando hasta que caiga la noche —anunció Ephoras, aún dándonos la espalda desde su propia montura.
❧
Tuvimos que detenernos antes de que terminara de ocultarse el sol. Conforme íbamos adentrándonos en las profundidades del Gran Bosque, las hojas cubrían más y más cada pequeño pedacito de cielo, impidiendo que la luz del astro pudiera servirnos de guía; empecé a recordar cómo era mi vida allí, cómo mi padre siempre solía advertirme que llevara conmigo una de nuestras lámparas de aceite para evitar que pudiera perderme debido a la oscuridad que solía reinar en el bosque.
Poco a poco, aquellos momentos que había empujado a un rincón de mi mente fueron fluyendo, escapando de su confinamiento.
Y una imperiosa necesidad comenzó a acuciarme mientras nuestro grupo continuaba avanzando a través de los árboles.
Ephoras nos instó a dar el alto cuando fue evidente que tratar de seguir sería una completa locura. Al desmontar, y para mi absoluta sorpresa, el segundo al mando no se dirigió a Greyjan y a mí con su habitual retahíla de órdenes producto de nuestro desencuentro con Gwynedd en las caballerizas de la aldea donde pasamos una noche: al estar rodeados de árboles, no sería complicado encontrar algo de leña para poder encender un fuego que nos ayudara a contrarrestar las bajas temperaturas que traía consigo la noche, por lo que todos colaboramos en aquella nimia tarea.
Tras encender una humilde hoguera, el grupo se acomodó alrededor de ella, casi apiñados los unos con los otros. Los nervios que habían ido apareciendo con la cercanía del Gran Bosque se volvieron mucho más evidentes a la luz del fuego: hombros tensos, miradas esquivas que se desviaban cada poco segundos hacia la espalda o cualquier rincón oscuro... El temor a lo que escondía el bosque estaba ganando la batalla. Aún no habíamos recibido ningún tipo de instrucción sobre lo que pasaría una vez cruzáramos la línea invisible que nos conduciría a territorio enemigo.
Mis pensamientos se desviaron de nuevo hacia el arcano que Altair mantenía oculto entre su equipaje. No había cambiado de opinión respecto a robarlo para impedir que mi amigo pudiera intercambiarlo, sabiendo las nefastas consecuencias que desataría dejar en manos de los fae si Dex estaba en lo cierto y aquellas criaturas guardaban otro tipo de intenciones ocultas.
El riesgo era alto, sabía que tendría que pagar un precio para proteger el reino... Al anteponer Merahedd al príncipe heredero, si aún seguía vivo. El tío de Altair no guardaba ninguna esperanza de ver regresar algún día a su hijo, se había resignado a la idea de que los fae se lo hubieran arrebatado para siempre a modo de venganza por lo sucedido cuando decidió aliarse con el rey de Agarne y envió a parte de sus tropas para que atacaran aquel Reino Fae; había depositado la poca fe que aún tenía en su único sobrino, intentando convertirlo en un digno sucesor.
Altair no se había rendido y había estado dispuesto a todo con tal de descubrir la verdad, de saber si no era más que un usurpador y el legítimo heredero al trono permanecía estaba cautivo entre las garras de aquellas criaturas.
Mordí el interior de mi mejilla, clavando mi mirada en las llamas.
Como miembro del Círculo de Hierro, mi deber era seguir las órdenes del rey... y el tío de Altair había sido conciso al respecto: nuestra misión, más allá de lo que hubiera planeado mi amigo, era velar por la vida de su potencial heredero. Permitió que su sobrino se saliera con la suya, dejando que abandonara la capital y saliera tras —a su parecer— absurdo sueño de encontrar las respuestas de las preguntas que corrían de boca en boca aquellos dieciséis años que habían transcurrido desde que descubrieron que Gareth se había evaporado sin dejar ni una sola pista.
La culpabilidad volvió a trepar por mi estómago. Después de hablar con Orei y arrancarle una brizna de información sobre qué era lo que tramaban los fae que caminaban entre nosotros, camuflados gracias a la magia, había sido yo quien había plantado la semilla en la mente de Altair que buscáramos el arcano que mencionó la prisionera con el propósito de intercambiarlo por cualquier indicio del príncipe perdido; era mi responsabilidad que estuviéramos allí, en el Gran Bosque. En aquel momento no fui capaz de ver lo que desataría aquella buena intención por mi parte.
Pero ahora sí.
Altair pocas veces había mencionado a su primo perdido, de igual modo que jamás había hablado de Brianna. No sabía qué había alentado esa pequeña parte de mi amigo que desconocía, avivando las cenizas de su esperanza; no sabía que Altair deseaba con tanto fervor descubrir si realmente Gareth estaba vivo por el simple hecho de que creía ser un advenedizo que estaba arrebatándole lo que le pertenecía: la corona de Merahedd.
Su tío había relegado una gran responsabilidad sobre sus hombros cuando el rey fue consciente de que su único hijo nunca volvería.
Y Altair se había visto abrumado por las expectativas, además de por sus propios miedos.
Hundí mis uñas en la carne de mis brazos. Estaba dispuesta a sabotear a mi amigo, a impedir que tuviera la oportunidad de intercambiar el arcano por una mísera pista sobre Gareth por el bien del reino, de su futuro; mi cuenta atrás para actuar había dado comienzo tras poner un pie en el interior del Gran Bosque.
Pero ¿qué haría una vez robara el arcano...?
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