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18. Por Narnia










Decimoctavo capítulo.
POR NARNIA

➶ ❁۪ 。˚ ✧

❝ no te apartes de mi lado ❞









Caire seguía temiendo por la vida de Peter. La única diferencia era que ya no estaba obligada a quedarse apartada mirando mientras se la jugaba, sino que ahora ella misma luchaba por no morir, igual que el resto de sus amigos y su ejército.

El duelo había sido una tortura peor de la que esperaba. Había experimentado un miedo más intenso que nunca antes. Al menos, que recordara. El verse tan impotente, sentir el peso de la espada en el costado sabiendo que no podría usarla, escuchar los gritos de dolor de Peter cada vez que un golpe de Miraz le alcanzaba...

Había llegado a pensar que pasaría lo peor y aquella idea le había helado. Había ido comprendiendo poco a poco cuánto le importaba Peter desde su reencuentro en Cair Paravel. Había recuperado recuerdos, había llegado a comprender que estaba enamorada de él pese a no tener sus memorias completas. Y, no obstante, hasta que la perspectiva de perderle no se había vuelto casi real, no había entendido cuán aterradora le resultaba.

No sabía qué habría hecho si Elinor no hubiera estado ahí para sostener su mano la primera parte del duelo. Cada golpe, cada exclamación, cada bramido, le hacía temblar de la cabeza a los pies. El grito de dolor de Peter cuando Miraz había descargado todo su peso sobre su escudo le había dado ganas de llorar. Odiaba no poder intervenir.

Quería hacer algo, pero solo podía observar. Durante el breve descanso que ambos habían acordado, había tratado de ser de ayuda, vendando con cuidado su brazo herido. Y cuando Peter había empezado a preguntarse qué pasaría si moría allí... Caire había agradecido inmensamente que Edmund le hiciera callar.

—No pierdas —había sido lo último que pretendía decirle.

—Eso intentaré —había respondido él, y la inmensa duda en su voz, en su rostro, le habían asustado incluso más, porque si él no estaba seguro de sobrevivir, ¿cómo no temer ella?

Nunca había querido besarle frente a todos. Ella mejor que nadie sabía que, como Suma Monarca, debía mantener la calma y la compostura en público. O eso había tratado de decirse a sí misma mientras la desesperación le llevaba a besar a Peter, temiendo que fuera la última vez que lo hacía.

No le había gustado que aquel beso se sintiera como una despedida. Había acariciado su rostro, tocado su pelo. Incluso después de separar sus labios de los de él, había permanecido unos segundos de más con sus frentes unidas, retrasando el inevitable momento en que Peter tuviera que regresar a hacer frente a Miraz.

—Voy a ganar, ¿vale? —El susurro de Peter le había dado esperanza—. No me gustaría que me olvidaras tan pronto, después de todo.

Aquel intento de broma había conseguido sacarle una sonrisa, aunque fuera efímera. Solo Peter hubiera podido hacerle sonreír en ese momento. Lo sabía en su fuero más interno. Podía no recordar todo, pero había cosas que simplemente sabía.

Del mismo modo en que sabía cómo mover la espada, derribando a enemigos y esquivando sus estocadas por los pelos. No podía llamarlo instinto. Simplemente era algo que tenía tan interiorizado como respirar.

—¡Gracias! —le gritó a Edmund, que a lomos de un caballo pasaba junto a ella. Acababa de derribar a uno de los hombres contra los que Caire luchaba.

—¡Cay! —avisó Peter.

Ésta propinó una patada en el pecho al telmarino frente a ella, que cayó al suelo durante el tiempo suficiente para que la Prudente se volviera hacia Peter.

El grueso del ejército telmarino marchaba hacia ellos. Podían tener a los jinetes fuera de combate en su mayor parte, pero bastaba con observar las uniformes filas para saber que tenía muy pocas oportunidades de salir victoriosos de aquel encuentro.

Los grifos narnianos volaban hacia los soldados enemigos, llevando entre sus patas a enanos armados con arcos y flechas. Tenían la esperanza de disminuir algo el número de telmarinos, antes de que éstos llegaran hasta los narnianos.

Caire apretó los labios al ver a uno ser derribado por una lluvia de flechas. Su mirada regresó a Peter, que le contemplaba con la misma expresión de angustia.

—¿Y Lucy y Susan? —preguntó.

Caire contempló con desesperanza a los telmarinos, cada vez más cerca. Las rocas lanzadas por las catapultas seguían volando sobre sus cabezas.

—Solo podemos resistir hasta que lleguen —dijo, negando con la cabeza.

Peter ni siquiera tuvo que gritar: tan pronto como vio su expresión de pánico, Caire se volvió, espada en alto. Inanna chocó contra la hoja de un telmarino. Apretando los dientes, Caire le obligó a retroceder, tratando de ganar ella el control de la pelea. Las espadas chocaron cinco veces más, hasta que Caire encontró un hueco en la defensa del soldado y guió a Inanna hasta él. Poco después, el telmarino caía a sus pies.

Caire se volvió al escuchar un grito ahogado a su espalda, solo para encontrar a Peter, que derribaba a otro soldado que parecía haber tratado de acercársele por la espalda. Ambos intercambiaron una rápida mirada. Tal vez, debería haber dicho algo para agradecerle la ayuda, pero Caire supo que no hacía falta. Era lo que hacían.

—¿Qué opinas de retroceder? —cuestionó Peter en un jadeo.

Caire evaluó sus alrededores un instante. Asintió una única vez. Peter le devolvió el gesto.

—¡Al altozano! —bramó, levantando a Rhindon en el aire.

Caire coreó sus palabras, con la esperanza de que todos sus soldados se enteraran del siguiente movimiento. Ambos echaron a correr, uno junto a otro. Su ejército les imitaba, tratando de alcanzar la entrada al altozano. Tenían tantas posibilidades de morir dentro como fuera, pero refugiarse en su interior les daba tiempo y también la oportunidad de poner en marcha los otros planes que habían preparado en caso de verse en la necesidad.

La mirada de Caire ascendió hasta los arqueros. Niobe y Avice se encontraban entre ellos, ambas apuntando en aquellos instantes hacia los telmarinos más cercanos al altozano. Lograron derribar a dos frente a Caire y Peter, facilitando el paso a los Sumos Monarcas.

Ya habían logrado alcanzar la rampa de piedra que conducía hasta la entrada cuando, para horror de ambos, uno de los proyectiles de las catapultas enemigas acertaba contra ésta, derribándola. Uno de los faunos que abrían el grupo narniano fue enterrado por las rocas que siguieron al desprendimiento. Ante un agudo grito, Caire levantó la mirada y sus ojos alcanzaron a ver a Niobe resbalando desde la repisa de piedra, que se derrumbaba junto al resto del altozano. Avice gritó y trató desesperadamente de llegar hasta su hermana, que logró agarrarse a su mano, quedando suspendida en el aire.

—¡Niobe! —chilló Caspian, apareciendo junto a los Sumos Monarcas.

Con un chillido, ésta perdió agarre y cayó, yendo a parar sobre una roca saliente, a salvo por fortuna. La joven se volvió hacia los reyes, asustada. Su expresión parecía decir «¿Qué hacemos ahora?». Caire no tenía respuestas para esa pregunta.

Sintió un tacto en el hombro izquierdo y se volvió, encontrándose con Elinor. Ésta la miró exactamente cómo lo había hecho Niobe. Tragó saliva.

—Tenemos que hacerles frente —dijo la Tenaz, subiendo la barbilla. Estaba asustada. Se notaba. Pero ¿cómo no estarlo?—. Al menos, moriremos con honor.

—Y en buena compañía —añadió Caire, dirigiéndole una tensa sonrisa.

Edmund los alcanzó corriendo. Elinor le dirigió una mirada, al tiempo que levantaba sus sables. Caire volvió a mirar a Peter, asintiendo una única vez. Caspian se giraba hacia Malika, mientras Niobe se acercaba a ellos, arco en mano.

No había nada que decir. Caire se permitió un instante para cerrar los ojos y rogarle a Aslan que no tardara. Luego, levantó en alto a Inanna y bramó:

—¡Por Narnia!

Fue la primera en echar a correr nuevamente en dirección a los telmarinos. Los demás la siguieron sin vacilar. Por un instante, tan solo un instante, Caire se preguntó: «¿Por qué haces esto? ¿A quién se lo debes?».

Sus dedos se apretaron en torno a la empuñadura de la espada conforme la blandía contra el primer telmarino. Lo hacía por su familia. Por las personas que más amaba. Y por ella misma. Ni siquiera el olvido podía quitarle aquella certeza, no ya al menos.

Era la Suma Monarca de Narnia y moriría de pie defendiendo su reino y a sus seres queridos si así era necesario.

Era imposible llevar una cuenta de enemigos derribados, así como lo era de cuántos los rodeaban. Caire había hecho lo posible por mantenerse cerca de los otros reyes, pero había terminado separándose de ellos en el fragor de la batalla. El haber dado uso a Espejismo, haciendo aparecer numerosos reflejos suyos para despistar a los telmarinos, le había llevado a alejarse más y más del grupo al concentrarse por completo en los enemigos y perder de vista durante demasiado tiempo a los demás.

A quien más cerca tenía era a Malika, que luchaba ferozmente contra todo el que se le acercara. Resultaba aterradora armada con su deslumbrante cimitarra. Su cabello oscuro y rizado amenazaba con salirse del recogido que debía haberse hecho a toda prisa, pero poco parecía preocuparle que le cayera en la cara y le entorpeciera la visión. Incluso así resultaba letal.

Elinor también estaba cerca, lo suficiente como para que pudiera distinguir su expresión concentrada. Ninguno de sus sables estaba quieto por mucho tiempo. La sangre resbalaba por su brazo derecho, pero parecía no advertirlo. Sus movimientos, desde luego, no delataban ninguna herida.

Caire sí sentía su propia sangre, resbalando por su mejilla. No era un corte grave, pero si lo bastante como para importunarle. No contaba con tiempo para detener el sangrado, ni siquiera para limpiarse el rostro.

—¡Caire!

Una advertencia y una rápida respuesta. La Prudente se volvió a toda prisa, llegando a tiempo para detener la espada telmarina que había tratado de golpearla. Edmund, quien le había dado el aviso, apareció junto a ella para ayudarle a derribar con mayor rapidez al soldado.

—¿Dónde está Peter? —aprovechó para preguntarle Caire. Como respuesta, recibió un jadeo y una mirada que le dejaba claro que rl Justo no tenía idea.

—¿Y Elinor? —preguntó él de vuelta. Caire hizo un rápido gesto en dirección a la Tenaz y vio cómo los ojos de Edmund seguían esa dirección.

Con un grito, otro telmarino se abalanzó sobre ellos, seguido por otros tres. Obligados a separarse, los reyes se lanzaron contra los recién llegados. Caire echó un vistazo a la escena que le rodeaba. Pese a los esfuerzos narnianos, no dejaban de aparecer más y más enemigos. Filas de telmarinos bien formadas, protegidas por escudos, se acercaban a ellos incansables.

Se abrió paso a trompicones y estocadas, empleando nuevamente a Espejismo para confundir a los telmarinos y abatirlos con mayor rapidez. Sus pies la llevaron cerca de la abertura que habían abierto en el suelo. Niobe peleaba justo al borde de ésta, con rostro tenso. Avice estaba a su lado, blandiendo ferozmente una espada que parecía algo grande para ella. Por un instante, Caire vio en la joven telmarina a Edmund en su primera batalla contra la Bruja Blanca.

—¿Todo bien? —chilló.

—¡Caspian está abajo! —fue la respuesta de Niobe.

—¿Qué?

Derribó a otro telmarino y se volvió a toda prisa hacia la tierra hundida... a tiempo para ver los árboles. Árboles que no solo juraría que no estaban allí instantes antes, sino que también parecían moverse. Sus raíces levantaban a los telmarinos del suelo, desarmándoles y lanzándoles lejos. A Caire se le escapó un aullido de júbilo.

Lucy y Susan habían tenido éxito.

Los telmarinos echaron a correr despavoridos. Caire sintió una mano en la cintura y se volvió a toda prisa, preparada para atacar si fuera necesario. Se encontró cara a cara con Peter y fue capaz de esbozar una pequeña sonrisa.

—Te estaba buscando —dijo él, jadeante—. Te he confundido antes con un espejismo.

La Prudente asintió, su manera de decirle que ella a él también había tratado de encontrarle. Peter echó un rápido vistazo a su alrededor y luego nuevamente al rostro de Caire. El Magnífico también tenía sangre en la mejilla, pero parecía ileso más allá de las heridas recibidas en el duelo contra Miraz. Le dirigió un rápido asentimiento de cabeza.

—Cay.

—¿Sí?

—No te apartes de mi lado. —Peter le dirigió una mirada cómplice—. Prefiero acabar esto juntos.

Una sonrisa tironeó en los labios de Caire.

—De acuerdo.

Niobe, Avice y Caspian les alcanzaron corriendo. La menor de las hermanas sonreía ampliamente, incluso pese a sus jadeos. Por suerte, no parecía haber recibido ninguna herida. Su hermana mayor si se había llevado un par de cortes, Caire sospechaba que en su afán de mantener a Avice a salvo, pero no parecía nada grave.

—¡La reina Susan y la reina Lucy lo han logrado! —exclamó la más joven del grupo efusivamente.

Pero las catapultas telmarinas no se detenían aún. Tan pronto como la Suma Monarca se volvió hacia éstas, uno de sus proyectiles alcanzó de lleno uno de los árboles, derribándolo. La respuesta de uno de sus compañeros fue inmediata; hundiendo sus raíces en la tierra, las llevó hasta la catapulta y, rodeándola, la destruyó.

Gritos de euforia surgieron entre el ejército narniano. Caire intercambió una mirada esperanzada con Peter, que levantó a Rhindon una vez más y bramó:

—¡Por Aslan!

Una vez más, el ejército narniano avanzó decidido, respaldados por la certeza de que las reinas habían tenido éxito. Aslan estaba en camino. Contaban ahora con la ventaja que los espíritus de los árboles les habían dado y no pensaban desaprovecharla.

—¡Están retrocediendo! —Malika apareció junto a los Sumos Monarcas jadeante—. ¡Parecen ir hacia Beruna!

—Pues no les dejemos escapar —replicó Niobe decidida.

Caire buscó a Edmund y Elinor con la mirada. Ambos corrían en su dirección. Levantando nuevamente a Innana, gritó con toda la fuerza de sus pulmones, sabiendo que sería el último empujón para su ejército:

—¡Por Narnia!

Echaron a correr. Sin dudar, persiguieron a los telmarinos sin descanso, evitando que huyeran a través del puente de Beruna y se refugiaran en el bosque, o lograran llegar hasta la capital a través de éste. No habían sido aplastados en un primer instante, como sus enemigos hubieran esperado. Ahora que habían resistido tanto, tenían que poner fin a aquello. Narnia regresaría a los narnianos. Volvería a ser lo que en algún momento fue, regresaría a su antigua gloria.

Los cuernos telmarinos anunciaban su retirada. Caire apretaba el paso cada vez que escuchaba su sonido. No iban a dejarlos marchar. Iban a recuperar su reino.

Mientras corría, con el corazón acelerado en el pecho y aferrando con fuerza la empuñadura de su querida espada, Caire supo que aquel era su lugar. Igual no había nacido para la batalla, pero pertenecía a ésta irremediablemente. La conocía lo suficiente como para respetarla y no temerla. Había aprendido a controlar todo terror y adrenalina. Encontraba calma en el tintineo de la armadura y el relucir de su espada.

Dirigió los ojos un instante a Peter, a su derecha. Tenía la misma expresión decidida que había usado durante el duelo. Esa ferocidad de Sumo Monarca. Sus ojos azules se movieron un momento en dirección a Caire. Bastó aquel intercambio para asegurarle que Peter pensaba exactamente igual que ella. Acabarían aquello juntos. Él mismo se lo había dicho.

No había ningún recuerdo que llegara de manera súbita, nada que de repente le diera razones para creerlo. Pero simplemente lo sabía. Era la Suma Monarca de Narnia. Era una soldado, guerrera y estratega. Defendería a su pueblo hasta su último aliento y lo haría con los otros reyes a su lado.

Recuperaría el lugar al que había llamado hogar por quince años. Su adorada Narnia, la que le había visto crecer hasta convertirse en la Suma Monarca. La que le había dado a Almira. Luchaba por ella también. Por su niña perdida, que había amado aquellas tierras tanto como ella y a quien el reino había correspondido en aquel profundo afecto.

—¡Por Almira! —gritó, con voz ahogada. Lo hacía por su niña, por sus amigos perdidos, por los otros reyes. Lo hacía por todos los que había amado.

Sabía que estaban ahí. Peter junto a ella, Edmund y Elinor unos metros por detrás. Caspian también les seguía de cerca, acompañado por Malika, Niobe y Avice. No iban a detenerse. Era ahora o nunca.

Los vados les esperaban, atravesados por el puente de madera que los telmarinos ahí habían construido. El ejército enemigo ya había llegado a éste, con lord Sopespian a la cabeza, cuando los narnianos alcanzaron el lugar, siguiéndoles muy de cerca.

No obstante, se llevaron una sorpresa al descubrir que aquellos a los que perseguían se habían detenido bruscamente por algo que, en un principio, no podían saber qué era... Hasta que Caire vislumbró las siluetas de Susan y Lucy al otro lado del puente. Un suspiro escapó de entre sus labios, al tiempo que se volvía hacia Peter con una amplia sonrisa en el rostro. Elinor le dio un suave golpe con el codo, tan aliviada como ella. Edmund, junto al Magnífico, sonreía, aunque el Sumo Monarca aún permanecía a la espera de ver cómo seguían los acontecimientos.

Después de todo, Susan y Lucy estaban solas frente a un ejército al completo. Pero no parecían asustadas. La Valiente desenvainó su puñal, al tiempo que su hermana mayor colocaba con calma y precisión una flecha en el arco. Una que Caire sabía que nunca dispararía contra un hombre.

Entonces, apareció. La Prudente contuvo un jadeo al ver a Aslan caminar y colocarse junto a las reinas, todo tranquilidad y majestuosidad. El Gran León estaba allí, con ellos.

Los telmarinos comenzaron a vadear el río, evitando atravesar por el puente. Los soldados aún vacilaban, sin saber si arremeter contra Susan, Lucy y Aslan. No obstante, el que ahora parecía liderarles —lord Sopespian— no tardó mucho en decidirse.

—¡Atacad! —bramó, levantando su espada al aire.

Su corcel emprendió el galope y sus hombres le siguieron. Caire no tuvo tiempo de pensar en qué hacer a continuación, puesto que Aslan abrió las fauces y rugió.

Aquel sonido estremecedor la hizo temblar de la cabeza a los pies. No importaba que no fuera dirigido contra ella, helaba de terror pese a todo. Los telmarinos se detuvieron, impresionados, a mitad del puente.

—Mira eso —escuchó susurrar a Elinor. Tenía la mirada fija en las aguas.

Éstas se movían, pero no como las corrientes de un río deberían. Caire frunció el ceño, extrañada y preguntándose qué iría a ocurrir a continuación. La respuesta le llegó tan pronto como vio la forma de un gigante hecho del propio río elevarse sobre sus cabezas: el dios de aquellas aguas había sido despertado por Aslan.

Resultaba impresionante y estremecedor. Los telmarinos gritaron aterrorizados. Muchos saltaron al agua desde el puente. El dios del río iba directo hacia la construcción de madera y Caire fue testigo como, después de unos instantes, elevaba ésta en el aire. La gran mayoría de los telmarinos huyeron como les fue posible o perdieron el equilibrio y cayeron, pero uno resistió sobre el puente.

Lord Sopespian, a lomos de su caballo, trató inútilmente de atacar al dios del río con su espada, aunque pronto vio que eso no daría resultado. Dejando escapar un agudo grito, fue devorado por el espíritu de las aguas, que desapareció tras aquello en medio de una gran ola que empapó a todo aquel que estuviera cerca de la orilla.

Caire echó un vistazo a los soldados telmarinos frente a ella. Dos de ellos intercambiaron una mirada y, al cabo de unos segundos, dejaron caer sus espadas a los pies de los reyes y cayeron de rodillas al suelo, rindiéndose. Fueron pronto imitados por el resto de su ejército.

—Se acabó, entonces. —Fue Malika quien habló primero. Caire se volvió a mirarla y le encontró sonriendo, al tiempo que hacía girar su cimitarra en la mano—. Nosotras nos ocuparemos de esto, si lo deseáis.

—Sí —asintió Niobe, dirigiendo una mirada a la orilla apuesta del río. Tenía la mano sobre el hombro de Avice—. Creo que vosotros debéis hacer algo antes.

—Sí —se apresuró a decir Caspian—. Os esperaremos...

—No, Caspian —cortó Niobe, sonriendo divertida—. Me refería a ti también.

El príncipe dudó y se volvió hacia los Sumos Monarcas, buscando su opinión. Caire asintió.

—Aslan querrá hablar contigo —fue la respuesta de Peter—. Vamos.

El Gran León les aguardaba junto a las reinas, que sonreían ampliamente como bienvenida. Los otros cinco atravesaron vadeando el río, ya con las espadas envainadas y sintiendo el corazón ligero al saber que habían sido victoriosos, pero también inquietos ante la perspectiva de encontrarse con Aslan.

Peter buscó la mano de Caire mientras atravesaban el río y ésta la apretó con fuerza, buscando la tranquilidad que Peter siempre le transmitía. No dejaba de hacerse preguntas. ¿Qué le diría Aslan? ¿Daría una razón a sus memorias perdidas? ¿Podría devolvérselas?

Incluso aunque ya no le fueran tan necesarias como cuando llegó a Narnia, completamente desorientada, agradecería poder recordar más de aquella vida que cada vez sentía más ser suya y no de una desconocida que el olvido había borrado.

Los cuatro reyes y el príncipe hincaron la rodilla en el suelo al llegar frente al Gran León, que les contemplaba solemne. Caire soltó la mano de Peter e inclinó la cabeza, con el corazón acelerado. Aslan era bueno y justo, se recordó, pero también asustaba. Siempre estaba ese miedo, cada vez que se encontraba ante su presencia, uno que no podía evitar.

—En pie, reyes y reinas de Narnia —ordenó el Gran León. Caire levantó la cabeza y obedeció, al igual que Peter, Edmund y Elinor. Únicamente Caspian permaneció inmóvil—. Todos.

Ante aquella palabra, el príncipe levantó la cabeza vacilante.

—No estoy listo todavía —dijo, y Caire casi pudo verse a sí misma el día que vencieron a la Bruja Blanca y supo que se convertiría en Suma Monarca. Ella tampoco se había sentido preparada; dudaba que cualquiera de los otros reyes lo hubiera hecho.

—Por esa misma razón, sé que lo estás —respondió Aslan.

Caspian se incorporó al cabo de unos instantes, aunque aún no parecía convencido. Caire se encontró sonriéndole, pero antes de que ninguno dijera más, una triste melodía fúnebre llegó a sus oídos. Los reyes se volvieron y apartaron para dar paso a una pequeña procesión de ratones. En una camilla, transportaban a un abatido Reepicheep. El pobre roedor había sido gravemente herido en la batalla, como contempló Caire con preocupación.

La procesión se detuvo frente a Aslan y Lucy se adelantó a toda prisa, sacando su cordial y dejando caer una gota en la boca del rey de los ratones. Afortunadamente, llegó a tiempo, puesto que Reepicheep se incorporó a los pocos segundos.

—Gracias, Majestad —dijo con voz débil, mientras Peepsiceek, su segundo, le ayudaba a ponerse en pie—. Gracias. ¡Oh! —exclamó de pronto, irguiéndose y contemplando al Gran León—. Mis saludos, Aslan. Es un gran honor poder... —Sin embargo, al ir a hacer una de las exageradas reverencias que tanto le gustaban, se desequilibró y a punto estuvo de caer de bruces al suelo. Caire pronto comprendió el motivo: le faltaba la cola—. ¡Oh, oh! —exclamó el ratón parlante, advirtiendo aquello y rápidamente avergonzándose—. Esto es completamente indecente. Sed indulgentes con esta presentación tan indecorosa. —Había retrocedido hasta Lucy, a quien ahora miraba casi rogando—. Ah... ¿Puede ser una gotita más?

—Es que no sirve para eso —respondió la reina, no sin cierta pena.

—Por probar —insistió el ratón.

Aslan dejó escapar una carcajada.

—Tampoco te sienta tan mal, pequeño —opinó el Gran León.

—Aunque así sea, Majestad, siento tener que retirarme. —Desenvainó su espada con decisión—. Pues la cola es el honor y la gloria de un ratón.

Hizo amago de devolver su pequeña arma a Aslan, que replicó:

—Tal vez, le des demasiada importancia al honor, amigo.

—Bueno, no solo es el honor —se defendió Reepicheep—. Ayuda al equilibrio, y... a trepar, y a coger cosas. —Caire pudo ver a Lucy dirigiéndole a Aslan una sonrisa.

El sonido de media docena de pequeñas espadas desenvainándose hizo a la Prudente regresar la mirada al suelo, donde los ratones de Reepicheep habían sacado sus armas y ahora las sostenían con firmeza.

—Con vuestro permiso, Majestad, no disfrutaremos de un honor que se le niegue al Gran Ratón. —Fue Peepsiceek quien intervino. Con decisión, sostuvo su propia cola con la pata que tenía libre, mientras que apoyaba su espada contra ésta. El resto de ratones le imitaron.

Aslan rio gentilmente.

—No es por tu dignidad, sino por el amor de tu pueblo —respondió, dirigiéndose a Reepicheep.

Al cabo de unos instantes, el rey de los ratones volvía a tener la cola de la cual tan orgulloso se sentía. A Caire se le formó una sonrisa al verle abrazársela con emoción, entre la alegría de su gente.

—¡Mirad! —exclamó, emocionado, volviéndose hacia sus ratones. Se giró nuevamente hacia Aslan y dijo—: ¡Gracias! ¡Gracias, Majestad! —Hizo una elegante reverencia, como la que antes había fallado al perder el equilibrio—. ¡Será mi tesoro, este mismo instante servirá para recordarme siempre mi gran humildad!

Hubo risas varias entre los reyes y el Gran León. Sin embargo, Caire pronto advirtió que había dos personas que no reían. Una era Elinor, cuyo rostro estaba preocupantemente pálido, mantenía una mano firmemente sujeta contra el costado. La otra era Edmund.

—Igual habría que darle un poco de eso a Elinor, Lucy. —La voz del Justo se hizo escuchar con claridad por encima de las carcajadas—. Ha recibido un mal golpe antes.

—No es para tanto —masculló ella, aunque su expresión decía lo contrario.

—No discutas —le espetó Edmund con cierta brusquedad, pero Caire podía ver a la perfección la preocupación en su rostro.

También en el modo en que la sostenía, cosa que no había advertido antes. Debía de haberse apoyado en Edmund para atravesar el río, puede que incluso antes. El Justo había estado ayudándola a mantenerse en pie.

Susan se adelantó para ayudar a su hermano a sujetar a Elinor, que daba la impresión de estar a punto de desplomarse en el suelo, mientras Lucy avanzaba a toda prisa y acercaba su cordial a los labios de la Tenaz. Ésta no opuso resistencia alguna. Se lo agradeció a Lucy con una trémula sonrisa, aún firmemente sostenida por Edmund y Susan.

—¿Mejor, Elle? —quiso saber Peter al de unos instantes. Algo color había regresado a las mejillas de Elinor, aunque seguía bastante pálida.

—Sí —susurró ésta—. No os preocupéis. Todo soldado se lleva alguna mala herida de vez en cuando, ¿no?

—Y tú has sido una de las más valientes soldados que Narnia ha tenido la suerte de conocer, Elinor. —Caire vio a la perfección cómo el rostro de la de cabellos rojizos se tensaba ante aquellas palabras. La Tenaz llevó sus ojos a Aslan, tras un momento de vacilación—. Sé que esta aventura no ha sido fácil para ti, niña mía.

—No —admitió, con la voz ronca—. Nunca esperé que algo así sucediera, Aslan. Me vi sola... y no había nadie para ayudarme.

—Lo sé, hija mía —respondió el león, inclinando la cabeza—. Aún así, has demostrado una tenacidad admirable. Y has logrado tu objetivo, ¿no es así?

El rostro de Elinor estaba lleno de dudas. Pasó su mirada por los Pevensie y Caire. Susan acarició cariñosamente su hombro y dijo:

—Yo opino que sí, ¿no creéis?

—Sí, sin duda —intervino Peter, sonriendo hacia la Tenaz—. ¿Quién lo hubiera conseguido, si no Elinor?

—Sabemos que no ha tenido que ser fácil —añadió Caire, asintiendo despacio—. Pero, Elle, realmente has conseguido que recordemos.

—No todo —masculló ella—. Y mucho no ha sido siquiera cosa mía.

—Si tú no hubieras estado ahí para decirnos quiénes fuimos, dudo que hubiéramos podido —opinó Lucy, esbozando una gran sonrisa.

Elinor asintió despacio. Sus ojos fueron discretamente hacia Edmund, que no había intervenido. El Justo inclinó la cabeza, sin decir nada, aunque Caire advirtió que seguía sosteniendo a Elinor pese a que ésta ya parecía capaz de mantenerse en pie por sí misma. Susan se había apartado, pero Edmund no. Aquello era algo.

Peter buscó la mano de Caire. La Prudente le dirigió una sonrisa y entrelazó sus dedos con los de él, dejando escapar algo de la tensión que aún sentía. El cansancio comenzaba a hacerse notar, después de la batalla, pero Caire ya conocía aquella sensación. Apoyó la cabeza en el hombro de Peter y se permitió unos segundos para cerrar los ojos y saborear aquel instante.

—¿Quién hubiera dicho que sí que sabía luchar? —preguntó, bromeando.

—También has sido muy valiente, hija mía —dijo Aslan con benevolencia. Caire abrió los ojos, se incorporó y le contempló con cierta sorpresa—. Elinor ha tenido que haceros recordar... Pero eras tú quien no tenía memoria alguna y, pese a todo, has seguido adelante.

—No lo hubiera hecho sin todos ellos, Aslan —respondió Caire, inclinando la cabeza—. Solo... me alegra de haber recordado quién fui. Quién soy. Y a las personas a las que amé y aún amo.

Apretó la mano de Peter con más fuerza. Ellos cinco. Almira. Cor. Los castores y el señor Tumnus. Peridan. Corin y Aravis. Nombres que iban regresando poco a poco y la llenaban de tristeza y alegría a partes iguales.

—¿Por qué olvidamos, Aslan? —cuestionó entonces Edmund—. ¿Y por qué de maneras tan diferentes?

—La magia entre mundos funciona de manera extraña, hijo mío —respondió el león—. Puede que pronto descubráis qué provocó que en cada uno de vosotros fuera distinto, pero no soy yo quien debe decíroslo.

—¿Y cómo evitaremos que se repita, entonces? —preguntó Lucy. Había angustia en su voz.

—Me temo que eso depende de vosotros, niña mía.

Caire vio cómo el rostro de Elinor se ensombrecía. Intercambió una mirada preocupada con Peter, que asió su mano con más fuerza.

—En ese caso —dijo el Magnífico con rotundidad—, no dejaremos que vuelva a pasar. Si es de nosotros de quien depende, lo impediremos.

—Ahora que sabemos que puede pasar, será más fácil evitarlo —añadió Susan—. No se repetirá.

Miraba fijamente a Elinor al decir aquello. La Tenaz asintió al cabo de unos instantes.

—No nos preocupemos por eso ahora —propuso, esbozando una sonrisa débil—. Hemos ganado. Es el momento de alegrarnos y celebrar. Nuestro pueblo lo está deseando. Dejémosles.

—No nos vendrá tampoco mal a nosotros —opinó Lucy, consiguiendo arrancar una sonrisa a Caire.

—Además —añadió la Suma Monarca, girándose hacia Caspian, que se había alejado un rato antes para darles algo de espacio—, tenemos una coronación que preparar. No lo retrasemos más. Los narnianos merecen tener por fin un rey justo con ellos, ¿no creéis?

El telmarino esbozó una sonrisa y asintió una única vez. Estaría a la altura, Caire estaba convencida. Se volvió hacia Peter y supo que él estaba de acuerdo con ella. Su reino por fin era libre, tras tantos siglos sufriendo. Habían tenido éxito. Habían vencido. El Magnífico la contempló con ojos brillantes.

—Estamos bien —susurró despacio, saboreando cada sílaba. Caire sintió su sonrisa ampliarse. Asintió despacio.

—Sí. Estamos bien.




















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