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𝟭𝟭 | Epílogo parte 1

Dos meses después

Freen despertó cuando un rayo de sol entró en la habitación y le cayó directo en los ojos. Aún con mucho sueño y recuerdos fugaces de la noche anterior, se removió entre las sábanas y hundió el rostro en la almohada libre a su lado. El suave perfume de flores le llenó los sentidos, y sonrió débilmente al sentir el rastro de la mujer que amaba.

Muchas cosas habían pasado en dos meses. Freen se había adaptado a la dulce rutina de alternar las noches entre su casa y la de Becky, ser recogida por la inglesa en auto del trabajo y recibir flores en la oficina sin motivo alguno. Becky aprovechaba la flexibilidad que su propio trabajo le daba (aunque ya se había graduado de Derecho, en su tiempo en Inglaterra comenzó a trabajar como modelo publicitaria, y a su regreso a Tailandia una importante agencia la había reclutado y la presentaba como uno de sus principales talentos) para desvivirse en atenciones hacia Freen, gestos que eran bien recibidos y gratamente recompensados en sus momentos a solas.

Luego de muchos años de incertidumbre, Freen sentía paz. La tranquilidad que le daba tener a Becky a su lado era mucho más de lo que alguna vez se imaginó y sus miedos se esfumaron con el paso de las semanas. Luego de confesar sus sentimientos vivieron dos días en una nube de risas y pasión, hasta que el fin de semana se esfumó y las sesiones de besos y caricias dieron paso a una conversación de una noche entera, en la que abrieron sus corazones exponiendo sus temores y dudas.

La situación era demasiado perfecta para ser real, y ambas estaban asustadas por lo rápido que se había desarrollado todo. Temían haber idealizado un pasado que tal vez ya no exista, pero Becky le aseguró a Freen que sus sentimientos eran sinceros y que estaba dispuesta a darlo todo para demostrarle que quería algo serio con ella. La menor aceptó, dudosa al principio y desde ese momento no había un segundo en el que no se sienta la mujer más afortunada del mundo. Becky daba todo de sí para recuperar cada minuto perdido y dejarle en claro lo mucho que la quería.

Freen cerró los ojos e inhaló profundo nuevamente mientras imaginaba que era el pecho de Becky el lugar sobre el que estaba recostada. Las sábanas blancas combinaban a la perfección con el cuarto y con el resto del departamento. Becky era una mujer excesivamente ordenada y perfeccionista, por lo que el corazón de Freen se encogía con amor cada que le permitía dejar rastro de ella por su casa. Poco a poco, la menor había trasladado algunas de sus cosas: su pijama favorita, su cepillo de dientes, un imán de refrigerador, un peluche entre los cojines de la sala, unas polaroids para el espejo de Becky.

Cada pequeño detalle era aceptado con una sonrisa y un beso, Freen se sentía segura y apreciada al ver la apertura de Becky. Sabía que no sólo la estaba aceptando en su casa, sino que también en su vida y en su corazón.

Se puso de pie, alcanzó las pantuflas rosadas que Becky había comprado para ella y caminó hacia la cocina, sin molestarse en vestirse. Llevaba un top gris de tiras delgadas, y sus pequeños pezones destacaban por debajo de la tela. No tenía pantalones, lo único que la cubría era su ropa interior del mismo color. Becky era muy partidaria de tenerla con la menor cantidad de ropa posible en su casa, y nunca fallaba en hacer sentir a Freen cómoda y deseada con sus apreciativas palabras, miradas y manos.

La cocina estaba perfectamente ordenada y el desayuno estaba preparado sobre la pequeña mesa central. Aunque era sábado y el día anterior habían dormido muy tarde, Becky se había levantado temprano para salir a correr. Freen suspiró al ver que la inglesa se había tomado el trabajo de preparar algo para ella y se sentó a comer. A los pocos segundos, como si le leyera la mente, su celular sonó.

—Hola —contestó con las mejillas rojas y una sonrisa en el rostro. A pesar de que ya llevaban dos meses saliendo, no podía evitar actuar como una adolescente enamorada.

—Buenos días, mi amor. ¿Recién te levantas?

—Y eso que estoy madrugando, son las nueve.

—Floja.

—¿Te recuerdo por qué estuve despierta hasta tarde anoche?

Escuchó la risa de Becky al otro lado de la línea y sintió cosquillas en el estómago.

—No me vas a negar que te gustó.

—Me encantó. Quiero que me lo hagas de nuevo hoy.

—Lo que pida mi princesa. ¿Estás usando el conjunto que te regalé?

—Ajá.

—Mándame una foto, ¿sí?

Freen balanceó los pies descalzos mientras se mordía el labio inferior para retener una sonrisa.

—No.

—Vamos, no seas mala. Usa el espejo de mi cuarto. Te ves tan preciosa así.

—¿Qué gano a cambio?

—Mi corazón —ambas rieron por lo tontas que estaban siendo. Becky sabía muy bien que de todas formas esa foto iba a ser enviada, aunque no se la hubiera pedido—. Ya estoy terminando, pero me falta hacer algunas compras, creo que regreso en un par de horas. ¿Estarás ahí cuando vuelva?

—No lo creo. Tengo que poner un poco de orden en mi casa y avanzar algo de trabajo en mi computadora.

—Usa la mía, quédate un poco más.

—No puedo, amor, en serio tengo que ir. Mi casa está hecha un desastre, llevo tres días sin pasar por ahí más que a dejar y sacar cosas. Además, sabes bien que si estoy contigo no me puedo concentrar —escuchó quejidos suaves por parte de la inglesa—. Pero te veré más tarde, no lo olvides.

—No lo olvidaría nunca. Paso por ti a las cinco, ¿sí?

—¿Me dices a dónde iremos? Quiero saber si debo vestirme de alguna forma en especial.

—Es sorpresa, deja de intentar descubrirlo. Ponte lo que se te haga más cómodo, tú siempre eres bonita. Yo te llevaré un abrigo en caso te haga falta.

—Ya-

—Ni lo intentes, señorita. Pero si necesitas ayuda, me encantaría verte con el vestido blanco de flores. Pareces una princesa.

Freen se sonrojó y las comisuras de sus labios se levantaron en una sonrisa emocionada. No entendía cómo a su edad podía actuar así cuando recibía un cumplido de la chica que le gustaba, pero era inevitable en ella. Becky rompía todas sus defensas y la hacía sentir como una niña de nuevo.

—Está bien. Te veo después, entonces. Gracias por el desayuno, Becca.

—Nada me hace más feliz que mimarte. Te amo, preciosa, nos vemos en la tarde.

No esperó una respuesta y colgó. El corazón de Freen estaba tan acelerado que sentía que se le iba a salir del pecho, y tuvo que suspirar profundamente un par de veces para estabilizarse un poco.

Esa era otra de las cosas que no se esperó en un inicio, pero poco a poco se había vuelto parte de su día a día y se sentía tan natural que nunca se detuvo a sobre pensarlo. Becky le había dicho que la amaba por primera vez un mes después de aquella fiesta en la que se reencontraron. Se le escapó de casualidad cuando compartían una ducha y los gentiles dedos de Freen lavaban su cabello mientras la miraba a los ojos.

Entró en pánico por temor a haberla asustado, todo estaba sucediendo demasiado rápido, pero Freen le hizo saber que estaba bien con una sonrisa y un beso. Lejos de causarle temor, escuchar un "te amo" por parte de Becky le había dado paz y alivio en su corazón, como si toda la vida hubiera esperado por esas palabras. Su lado racional le decía que probablemente se estaban moviendo a pasos acelerados, pero todos esos años le habían dejado en claro que no pensaba desperdiciar un segundo más. Desde ese momento, Becky se lo había vuelto a decir unas cuantas veces más.

Siempre la agarraba de improvisto y se las ingeniaba para que Freen no tenga que responder, y se enternecía al notar la reacción de la menor frente a la confesión. No quería presionarla a tener que decir nada y si era sincera, sabía que el sentimiento era recíproco. Freen era un libro abierto para demostrar sus emociones, y Becky no necesitaba de palabras para estar segura de que lo que estaban construyendo era genuino y mutuo. Sabía que llegaría el momento indicado para escuchar esas palabras de regreso, no tenía apuro en que ese día llegara.

Regresó a la habitación a tender la cama y recoger su desorden para poder irse a casa. Dio una vuelta por el lugar para recoger la ropa que el día anterior había terminado regada por el piso y sonrió al recordar lo que pasó horas atrás. Rebecca nunca fallaba en llevarla al límite y convertirla en un manojo de nervios con pocas palabras. Estaba totalmente convencida de que nunca nadie podría lograr conocerla tan bien como ella, leer cada una de sus recciones, saber qué hacer exactamente con su cuerpo y mente para que llegara a lo más alto.

A pesar de haber pasado años separadas, Becky se había adaptado a ella como si no hubieran pasado más de un par de semanas y en los momentos en los que la abrazaba contra su pecho sin decir nada, Freen sentía que Becky era el amor de su vida.

Sólo había una cosa que faltaba para que la situación fuera completamente real; a pesar de la forma en la que llevaban su relación no eran novias. Luego de aquella noche en la habitación de adolescente de Becky, la inglesa le había reafirmado que quería algo serio con ella, pero necesitaba tiempo para pedírselo de una forma especial. Freen le aseguró que no era necesario, pero Becky fue firme en su decisión.

Sabía que Freen merecía una sorpresa especial, y ella también necesitaba demostrarse que era suficiente para esa relación. Cuando eran más jóvenes siempre tuvo en mente que no podía estar con la menor porque no era la chica ideal para ella, porque Freen merecía mucho más y ahora quería eliminar ese pensamiento. Necesitaba preparar algo para convencer a Freen y a sí misma de que iba a dar todo de sí para hacer que la relación funcionara.

Freen aceptó la decisión de Becky y se dedicó a esperar pacientemente. En un inicio tuvo dudas, pero con el pasar de los días y luego de ver cómo la inglesa se comportaba con ella, el título dejó de importarle. Por supuesto que quería ser su novia de manera oficial, pero se sentía tan segura en su relación que no dudaba en que ese momento iba a llegar pronto y el hecho de que aun no lo fueran no cambiaba en nada los sentimientos que tenían la una por la otra.

Freen se había derretido de amor cuando la mamá de Becky las invitó a desayunar junto a Cassandra, y Becky la presentó como "su chica". La señora recordaba a Freen como una vieja amiga del colegio de su hija, y se alegraba al ver que su pequeña había encontrado a una persona correcta y bondadosa. Cassandra, por su parte, no dejó de hacer bromas sobre el día en el que se conocieron, Freen no podía con la vergüenza, hasta que sintió la mano de Becky tomar la suya por debajo de la mesa. Su estómago ardía en nervios como si nunca hubiera estado enamorada antes y pequeños gestos como ese la hacían caer por ella cada día más.

Cuando la habitación estuvo ordenada se alistó para vestirse, pero antes recordó la foto que Becky le había pedido. Se acomodó frente al gran espejo de marco dorado que se encontraba frente a la cama, pero cuando iba a tomar la foto con su celular, tuvo una mejor idea. Rebuscó entre los cajones de la mesa de noche hasta encontrar la cámara polaroid, tomó la foto y dejó el pequeño papel sobre el escritorio de su chica, junto a una nota escrita a mano.

"Piensa en mí hasta que nos veamos. Me debes un beso por no estar aquí cuando desperté"

Freen terminó de alistarse veinte minutos antes de la hora indicada, y estaba sentada al lado de su ventana mientras miraba la calle en busca del auto de Becky. Si lo pensaba un poco, se sentía tonta por estar así de ansiosa cada vez que salían, pero no podía evitarlo. En el fondo, le encantaba lo que Becky causaba en ella, esa emoción pura e inocente de sentirse enamorada hasta los huesos y deseaba que eso nunca cambiara. Ni siquiera cuando estuvo en una relación se sentía así, comenzaba a pensar que era la primera vez que se enamoraba de verdad.

Lo que Becky causaba en ella no lo había sentido jamás, esas ganas de esconderse cuando la miraba a los ojos, las mariposas incontrolables en su estómago cuando le hacía un cumplido, la sensación de estar rodeada de fuegos artificiales cada que le daba un beso, y la calidez en su pecho cuando le hacía el amor.

Le había hecho caso y se había puesto su vestido blanco de flores, con la falda suelta y con vuelo que le llegaba a la mitad de los muslos, y mangas cortas que le daban un toque angelical. Su cabello había sido ondulado con esmero, y recogió un par de mechones en una media cola que se unía detrás de su cabeza con un lazo. No estaba segura de los planes que tenía la otra chica, por lo que se decidió por zapatillas blancas y un maquillaje natural.

Becky amaba verla con gloss en los labios, y aunque Freen prefería los colores mate, decidió darle el gusto. No había nada que le gustara más en el mundo que ver a su mayor mirarla con adoración, y quería hacer todo lo posible para demostrarle que estaba dispuesta a complacerla. No era muy buena para expresarse con palabras, pero sus sentimientos eran más que evidentes mediante sus acciones. Estaba enamorada hasta la médula de Becky, y lo demostraba cada día que pasaban juntas.

Jugueteó con el llavero que colgaba de su cartera hasta que vio el auto negro entrar a su calle. Chilló de emoción y bajó corriendo las escaleras, solo para pasarse detrás de la puerta y esperar a que su cita tocara el timbre. Cuando lo hizo, contó hasta cinco y abrió la puerta con la más grande de sus sonrisas. Becky tenía un pequeño ramo de rosas en la mano, una blusa blanca y jeans azules.

—Combinamos —observó la menor mientras recibía las flores con una sonrisa tímida.

—Lo hice a propósito —la inglesa le guiñó un ojo—. ¿Lista para irnos?

—No necesito nada más, ¿cierto? Sólo llevo esto —levantó el pequeño bolso que colgaba de su antebrazo.

—No, no te preocupes. De todas formas, tienes ropa en mi casa.

—Ah, ¿me quedo contigo esta noche? —fingió sorpresa. Sabía que no había forma de que Becky la deje ir luego de una cita.

—Esta y todas las noches que quieras, mi amor.

La tomó de la cintura y se acercó para darle un beso delicado en los labios. La había descubierto mirándola por la ventana de su habitación en cuanto entró a la calle y le parecía adorable saber que la estaba esperando con tantas ansias. Se veía como una princesa, su belleza era tan dulce y delicada que le quitaba el aliento.

—Te ves hermosa —susurró contra sus labios, y sintió cómo los de Freen se curvaban en una sonrisa—. Mi princesa bonita.

—Basta. Me pones nerviosa.

—Ese es el punto.

—Mala —puchereó, y Becky besó el labio inferior abultado.

—Bonita —repitió y apretó su agarre en la cintura para ponerla más nerviosa aún, y sonrio cuando las mejillas de su chica enrojecieron.

—¡Becky!

La inglesa cedió y se apartó mientras reía. La tomó de la mano y la guió hasta el asiento del copiloto. Una vez estuvo acomodada en su lugar, subió a su asiento y arrancó el auto.

—¿Ya me dices a dónde vamos?

—No, es sorpresa.

—¿Una pista aunque sea? ¿Hemos ido antes?

Becky la miró con duda. El puchero constante de Freen terminó por romper sus defensas, y cedió con una sonrisa.

—Sí hemos ido.

—¿El sitio de postres que me gustó?

—No, pero, ¿quieres postre? Puedo llevarte después.

—No, Becca, sólo quiero una pista de verdad.

La inglesa abrió la guantera y rebuscó a tientas sin quitar sus ojos de la calle. Sacó un pequeño sobre y se lo dio a Freen.

—Abre, ahí está tu pista.

Freen levantó una ceja y rompió el papel. Dentro encontró una pieza de rompecabezas. Le dio la vuelta por ambos lados y no le encontró ninguna forma, más que los trazos de algunas letras. Se le ocurrió que probablemente la imagen completa formaría alguna palabra, pero las líneas de la pieza no le daban ninguna idea.

—No entiendo.

Becky sonrió y le puso una mano sobre el muslo descubierto. Acarició con cariño, mientras la menor aún inspeccionaba lo que le acababa de entregar.

—Lo entenderás dentro de un rato. ¿No fuiste tú la que me enseñó a tener paciencia?

—Ah, ¿esto es una venganza? Bien que te gustó.

—Todo lo que hagas me gusta —apretó la piel entre sus dedos. Freen jadeó suave—. Pero en serio, amor. Déjate sorprender, no preguntes tanto —aprovechó un semáforo para subir su mano hasta el mentón de su chica y girarle el rostro para atrapar sus labios en un beso dulce.

—Bien, tú ganas.

Becky sonrió y prendió la radio. Apenas sintonizó una señal, Teenage Dream de Katy Perry llenó los parlantes del auto. Ambas se miraron y rompieron a reír.

—Esto es una señal —señaló la menor mientras entrelazaba sus dedos con los de Becky. Ella seguía manejando, con la mirada hacia el frente y la sonrisa más grande que le había visto alguna vez.

—¿Así que oficialmente es nuestra canción?

—Sí —Freen se inclinó para besar su mejilla.

—Tendré que ir ahorrando para contratar a Katy para cuando te pida la mano, entonces.

A Freen le entró un ataque de tos. Eso la había agarrado de improvisto, si tenía en cuenta que aún no le había pedido ser su novia. Sin embargo, la idea no la asustó. Habían pasado casi ocho años desde su primer beso con Becky y en todo ese tiempo la única persona con la que se imaginó alguna vez un futuro fue con ella.

Becky no dijo nada, pero volteó a mirarla con una sonrisa suave. Freen pudo ver amor y sinceridad en sus ojos, y le devolvió la sonrisa con seguridad.

—Katy Perry estaría genial. Tendrías un sí asegurado.

—Oh, ¿solo si va Katy?

—Tendría que pensarlo. Puedo aceptar a Taylor Swift también.

Ambas rieron. Becky subió el volumen de la radio y escucharon la canción en silencio, con los dedos entrelazados, hasta que la inglesa estacionó el auto en un lugar que Freen conocía muy bien. La inglesa se desabrochó el cinturón y se preparó para bajar del auto.

—Becky, ¿qué hacemos en el colegio?

—Ah, tenía que recoger mi certificado de secundaria para aplicar a un curso en línea que he visto, y me quedaba de camino. ¿Me esperas un minuto?

—Te acompaño.

—No, no te preocupes. Vuelvo en seguida, llamé ayer para solicitarlo y asegurarme de que lo tuvieran listo.

—Bueno...

Becky se inclinó para darle un beso antes de bajar del auto.

—Te veo en cinco minutos. Te dejo la llave por si acaso quieres prender el aire.

Tomó su cartera y cerró la puerta. Freen la miró entrar al colegio, y no pudo evitar sonreír cuando la misma imagen de Becky a los diecisiete años llegó a su mente. Eran incontables las veces que habían llegado juntas a clases, Freen le había pedido que se adelantara para que no las vieran entrar juntas y comenzaran a sospechar. En secreto, disfrutaba verla a lo lejos mientras caminaba y soñaba con algún día poder entrar a un lugar de la mano de esa chica.

Tomó su celular para revisar sus redes mientras esperaba. Entró a Instagram y vio un par de videos, pero no pasaron más de dos minutos cuando una llamada entró. Contestó, confundida, pensando que Becky había olvidado algún documento en el auto.

—Becca, dime.

—Amor, atenta a lo que te voy a decir.

—¿Qué pasa? ¿Olvidaste algo?

—No. Necesito que cierres el auto y entres al colegio, ¿sí?

—¿Qué pasó?

—¿Confías en mí?

Freen no entendía mucho, pero aún así decidió obedecer a su chica.

—Sí.

—Bien. Cierra el auto y entra. No olvides tu pista.

—¿La pieza del rompecabezas?

—Ajá.

—Bueno...

—No me cuelgues.

La menor bajó del auto, guardó la llave en su cartera y caminó hacia la puerta del colegio. Si bien era sábado, sabía que de todas formas atendían para trámites y citas con padres de familia. No estaba segura si la dejarían entrar sin tener nada que hacer ahí dentro, pero decidió que no perdía nada intentando.

—¿Ya entraste, amor?

—Sí, pero...

—Ok, ¿puedes ir a la oficina de la profesora Liu?

—¿Sigue trabajando aquí?

—Y está muy feliz de verte.

—Becky, ¿qué es todo esto? ¿Dónde estás?

—Ya te lo dije, confía en mí. Ahora sí te cuelgo, haz lo que te digo, por favor.

—Bien...

Freen preguntó por la profesora en recepción, y le indicaron el lugar a dónde debía ir. Aquella mujer había sido profesora de Freen y Becky en su último año escolar y ahora era la directora del colegio. Freen se alegró de enterarse de ese cambio ya que ella había sido una maravillosa profesora y se merecía un mejor puesto. Tenía una paciencia infinita con Becky, que en muchos casos sacaba de sus casillas a los profesores; y un cariño especial hacia Freen, que era la alumna ejemplar que todos habrían deseado. Cuando encontró el lugar, tocó la puerta y esperó.

—¡Sarochita! ¡Qué grande que estás!

La tailandesa recibió el abrazo de su profesora con una sonrisa.

—Miss Liu, cuánto tiempo.

—Mírate, qué preciosa. Me da mucho gusto verte.

—A mí también. ¿Qué tal todo por aquí?

—Con mucho trabajo, pero es una profesión hermosa. Debo confesar que se te extraña en las aulas, ahora hay pocos alumnos tan aplicados como lo eras tú. Me tienes que venir a visitar más seguido. Ahora con esta oficina grande nos podemos tomar un café y conversar.

Freen rio suavemente.

—Yo también extraño el colegio. La pasé muy bien aquí.

—Oh, claro que sí. Y me dio mucho gusto ver a Becky también.

—¿Becky vino?

—Llevo unos días hablando con ella y nos hemos encontrado un par de veces. Me alegra mucho ver la buena mujer en la que se ha convertido, tan inteligente y hermosa. ¡Y me alegra más todavía verlas por fin juntas!

La menor se sonrojó al instante y bajó la mirada.

—Ay, miss...

—Sí sabes que los profesores nos damos cuenta de todo, ¿no?

—Pero...

—Ay, Saro, siempre fuiste un libro abierto para demostrar tus sentimientos. Yo sabía que esa niña y tú tenían algo. También sabía que Becky te protegía de todos, y eso me hacía saber la calidad de persona que era. Me alegra mucho que al final las cosas salieran bien para ustedes.

Freen sonrió con timidez. Primero Nam, y ahora su profesora. No podía creer que haya sido tan obvia, y comenzaba a pensar en cuántas personas lo notaron en ese entonces.

—Estoy muy feliz con ella.

—Es una buena chica, y te quiere muchísimo. Y hablando de Becky... —se volteó hacia su escritorio, tomó una llave y se la entregó—. Hay alguien que te espera en el salón en el que estudiaste tu último año. Recuerdas cuál es, ¿cierto? Como es sábado, necesitarás la llave para entrar al pasadizo.

El corazón de Freen se aceleró. No entendía nada de lo que estaba pasando, pero su cabeza comenzaba a unir los puntos, y se llenó de nervios al pensar en la posible sorpresa de la que hablaba Becky.

—Pero-

—Nada de peros. Anda, mi niña. Y prométeme que vendrás un día de estos para conversar. Becky tiene mi número.

Sonrió tímida en agradecimiento.

—Sí, miss.

—Corre, ya nos vemos otro día.

Se despidió de su profesora y caminó hacia el pabellón de secundaria. Al cruzar las instalaciones del colegio no pudo evitar sentir nostalgia. Aquel lugar no solo la había visto crecer desde que era una niña, sino que la había hecho encontrar a su primer y único amor.

Pensó en lo que le había dicho su profesora mientras se acercaba al salón, y en lo feliz que la hacía haber reencontrado a Becky. No imaginaba su vida sin ella, y quería que ese sentimiento dure para siempre.

Para cuando llegó a la puerta indicada, sus nervios estaban al límite y su corazón latía más rápido que nunca. Se acomodó el cabello y el vestido, respiró profundo dos veces y se asomó por la pequeña ventana de la puerta. Becky estaba sentada sobre una carpeta, balanceando los pies mientras jugueteaba con sus dedos.

El cabello le caía en suaves ondas por el rostro, las mejillas rosadas y los labios abultados le daban el mismo toque de ternura que tenía desde que era una adolescente. Freen suspiró y la admiró por unos segundos desde la distancia, tal como lo hacía cuando estaban en el colegio. Cuando logró tranquilizarse un poco, abrio la puerta y entró. La inglesa levantó la mirada y la recibió con una sonrisa tímida.

—Me encontraste.

—Miss Liu sabía que me gustabas de niña.

—Sí, también me lo dijo —rio—. Pero ya luego hablaremos de eso.

—Me dijo que llevan unos días hablando. ¿Qué es todo esto, Becca?

—Necesitaba su ayuda para poder entrar aquí. La verdad no fue muy difícil convencerla. Ella te quiere mucho.

—No entiendo qué hacemos acá...

La expresión de Becky cambió de repente. Los nervios eran evidentes en su rostro, y se puso de pie mientras la miraba a los ojos.

—¿Tienes la pieza? —Freen asintió—. ¿Me la das, por favor?

La menor la sacó de su cartera y se la entregó a Becky, quien la tomó de las manos, con la pieza entre ellas.

—Freen —suspiró, tomando el valor que necesitaba—. Hace casi ocho años me enamoré de ti en este mismo lugar. Yo era un desastre, un verdadero caos, y me fijé en el ser más precioso del mundo. En una princesa de la vida real, y tuve la suerte de que me aceptaste.

—Becca...

—Han pasado muchas cosas en estos años. Ya no soy la niña que conociste aquí, he trabajado mucho en ser una mejor versión de mí misma. Pero hay una cosa que a pesar de todo este tiempo no ha cambiado, y si lo ha hecho es sólo para crecer. Y eso es mi amor por ti.

Soltó una de sus manos para acariciarle la mejilla con delicadeza y adoración. A Freen se le llenaron los ojos de lágrimas. La inglesa le sonrió con calidez y continuó.

—Mi vida está completa desde que regresaste a ella. Cada día que paso contigo es el mejor día de mi vida, y de verdad me estoy esforzando por hacer todo lo que esté en mis manos para que seas feliz. Quiero cuidarte y mimarte siempre, quiero que tengas todo lo que deseas, quiero que te sientas la mujer más amada del mundo. Sé que no hemos tenido una conversación decente al respecto, pero te amo, Freen. Te amo tanto que me asusta, porque nunca me imaginé amar así. Tienes mi corazón por completo, así como lo tuviste ocho años atrás. Me siento plena cuando estoy contigo, cuando me sonríes, cuando te tengo cerca —suspiró, nerviosa, y la menor apretó sus dedos con cariño para darle valor para continuar—. Te quise traer aquí, a donde comenzó todo, porque quiero decirte que te sigo amando con la misma pureza con la que lo hice a los dieciséis años, cuando me enamoré de ti por primera vez y te quiero prometer que voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para hacerte feliz. Mi princesa hermosa... yo tengo una deuda contigo. Hay una pregunta que aún no te he hecho y quiero hacerla ahora.

Becky soltó sus manos y le colocó la pieza de rompecabezas en la palma. Freen tenía los ojos cristalizados y el estómago lleno de mariposas. La confesión de Becky la había dejado sin palabras, y su corazón latía tan fuerte que sentía que se podía escuchar. La inglesa la rodeó para abrazarla por detrás y darle un beso en la mejilla.

—Finalmente te encontré... eres la pieza que me faltaba. Estoy completa ahora.

Freen miró el escritorio que Becky tapaba anteriormente con su cuerpo y encontró un rompecabezas armado, solo con una ficha faltante. Volteó a mirar a su chica, quien la instó con una sonrisa a completar el juego. Con dedos temblorosos, Freen se inclinó y colocó la pieza, y pudo leer la frase que se completó.

¿Quieres ser mi novia?

La menor se quedó muda. Se permitió disfrutar del instante perfecto. Becky era todo lo que había soñado y más, no podía creer todo lo que había preparado para ella. Había pensado en cada detalle y se sentía abrumada por todo lo que le hacía sentir. Se giró para mirarla a los ojos, Becky acomodó su agarre para sostenerla por la cintura.

—¿Quieres ser mi novia, princesa? —repitió la inglesa, con las mejillas rojas.

Freen la miró a los ojos y pensó que no había mirada más bonita y sincera en todo el mundo. Por un instante, se sintió la protagonista de la historia de amor más hermosa que jamás se haya contado. Sonrió y pegó su frente a la de la inglesa.

—Soy tuya desde el día en el que me besaste por primera vez en este salón. Sí, mi amor, siempre sí.

La sonrisa de Becky creció al instante, y se inclinó para romper los centímetros de distancia que las separaban y tomó sus labios en el más dulce de los besos. La castaña llevó sus manos a sus mejillas y disfrutó de la delicadeza de su novia hasta que se separó con un suspiro.

—Te amo, Becca. Te amo tanto.

—Ya lo sabía —bromeó. Freen le dio un golpe suave en el brazo.

—Tonta.

—Yo también te amo, preciosa.

Freen no podía dejar de sonreír. Entre pequeñas risas, la tomó por la nuca y la acercó para otro beso. Becky respondió con entusiasmo. Se besaron con calma y ternura durante algunos minutos, entre pequeñas caricias y palabras de amor. Al cabo de un momento, Becky le dio un beso en la mejilla y se separó.

—Ahora sí, ¿puedo llevar a mi novia a una cita?

—¿Postre?

Becky le dio un beso en la mano.

—Todo lo que quieras, mi amor.

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