El monte de La Piedad esta infestado de cosas innombrables que inflaman las meninges de aquellos que desobedecen la ley de la siesta, o que les plantan el mal de San Vito en las manos y piernas. Pero la Vieja sabía tratarlos y casi ningún chico se le había muerto, salvo, como decía ella, que se le hubiera terminado el hilo antes de que pudiera ovillarlo.
Yuyos, humo rancio de toscanos o cigarros de chala, murmuraciones y el chico abría los ojitos colorados y pedía matecocido con leche. También curaba el "mal de las arañas", que era el que más víctimas jóvenes se cobraba; pero para eso no había yuyo ni pócima: la Vieja los agarraba de los hombros y los zamarreaba hasta que empezaban a bailar en el patiecito de tierra. Ella misma se les unía después, sacudiendo las piernas flacas debajo de la enagua y el batón floreado que le ocultaba los pies. « Las pezuñas » rezongaban las otras mujeres mientras se santiguaban. Porque si bien la Vieja les había salvado a los hijos y a los maridos, todos sabían que no había sido por gracia de Dios.
—Nada de crucifijos ni rezos —graznaba la Vieja cuando agarraba a los chicos envueltos en mantas empapadas—. Y me esperan afuera que acá no hay lugar para tanto santo, ya somos muchos. —Y ahí nomás lanzaba una carcajada como de gallina estrangulada que ponía los pelos de punta.
—¡Salvemeló, Minerva! —decían las madres entonces y se iban, aguantando las lágrimas.
Había que confiar en sus gualichos... Y en Mandinga porque ella no negaba que todo lo que sabía de yerbas y curaciones lo había aprendido en la Gruta.
—Para colmo te lo decía con un orgullo —refunfuñó, una tarde lluviosa, doña Encarnación Ordóñez mientras revolvía la yerba—, con una soberbia que te revolvía las tripas escucharla.
—Bueno, Encarna —respondió Carmela poniendo otro punto en el tejido—, pensá en cómo te salvó al Luisito cuando le dieron los temblores.
—Sí... es verdad —reconoció doña Encarnación—. Pero igual era un mal bicho. ¿O te olvidás lo que me cobró esa desgraciada?
—¡Qué esperanza! —Carmela dejó el tejido y se santiguó mientras la lluvia se transformaba en una feroz tormenta que sacudía las tejas—. Como para olvidarse de esas cosas. Era una vieja ladina pero ¿a quién le íbamos a pedir ayuda?
—Hasta que pasó lo de Romualdo. —Un trueno desgarró el cielo y doña Encarnación suspiró y sorbió con fuerza el mate.
—Por la señal de la Santa Cruz, líbranos, Señor, de nuestros enemigos —exclamó Carmela persignándose.
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