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La Joya Maldita

El poder de la Voz

El pastor Niru

Al nacer en una familia de pastores nómadas mi vida en general fue bastante insípida. Por lo general solo me dedicaba a llevar a las ovejas de un lugar a otro, en donde lo más emocionante llegaba a ser el ataque de algún lobo o zorro lo suficientemente hambriento como para intentar robar nuestro preciado ganado.

Nunca pensé que mis acciones pudieran llegar a tener grandes consecuencias y la verdad nunca tuve aspiraciones de grandeza. Pero todo cambio cuando la plaga de langostas que provenía del sur desencadeno una brutal hambruna en todo el continente.

Nos encontrábamos pasando el valle que unía a dos pequeños reinos en el sur de sus fronteras cuando uno de los pocos carneros que teníamos salió corriendo separándose del grupo. En otros tiempos lo habría pasado por alto y lo vigilaría desde lejos esperando a que luego de unos minutos se reagrupara con los demás animales; pero con la gran hambruna el valor de un carnero semental podía llegar a equivaler varias veces su peso en oro.

Al contar con protección tanto del reino de Ishtar como con la del reino de Athalia gracias a las ofrendas de corderos que debíamos de entregar cada vez que comerciábamos en sus tierras, el bienestar de ese carnero podría equipararse a la supervivencia de nuestro pueblo. Ya que en el caso de no llegar a cumplir con nuestras ofrendas los señores feudales no dudarían en arrebatarnos nuestras ovejas, y con la gravedad de la hambruna en el continente no sería sorprendente que ambos reinos decidieran repartirse nuestro ganado dejándonos a nuestra suerte.

Por lo tanto, ese carnero no podía sufrir ningún accidente. Dejando mis ovejas a cargo de mis compañeros, ajusté mis sandalias, agarré mi cayado y sin preocuparme por la lluvia de finales de verano salí a toda velocidad detrás del animal.

Después de perseguir el carnero por más de veinte minutos, lo alcancé en un pequeño cañón. El animal había sido atraído por unas plantas moradas que emitían luz. Alguna flor mágica por la que algún mago pagaría una gran cantidad de plata o incluso oro. Pero que desafortunadamente se encontraba arruinada entre las mandíbulas del carnero.

Intentando revisar si había alguna otra flor como esa decidí explorar el cañón y jamás imaginé que, en sus profundidades, a la vista de cualquiera que se tomara la molestia de adentrarse al cañón, había una enorme joya del tamaño de un elefante. La deslumbrante piedra no era de un solo color, parecía la unión de docenas de diamantes, comprimidos y fusionados a la perfección.

Quien diría que algo tan hermoso llegaría a hacer que se derramara tanta sangre. Y en ese momento de verdad no sabía los eventos que acababa de desencadenar.

Los reyes Irgun IV y Baleon

Desde la comodidad de sus castillos los dos hombres más poderosos de esta pequeña parte del mundo se encontraban hablando con espejos adornados con marcos de oro. A la vista de plebeyos y de aquellos que desconocen los beneficios de la magia esto parecería algo descabellado, pero quienes se mueven en los altos círculos de poder identificarían los sofisticados artilugios de comunicación mágica de larga distancia.

En un lado se encontraba Irgun IV, rey de la ciudad estado de Ishtar. Vestía ropas pomposas de color rojo, diamantes del mismo color que adornaban su delgado cuerpo y una enorme corona que media más que su cabeza. En algún tiempo, cuando aun competía por el trono contra sus hermanos, Irgun era la representación del príncipe azul con el que sueñan todas las doncellas. Rasgos que perdió pocos meses después de ascender al trono y dedicarse únicamente a sus deseos carnales. El brillo de sus ojos negros, adornados por oscuras ojeras, reflejaban el único vestigio de aquella vitalidad que antes poseía pero que fue devorada por las súcubos de su harem.

Al otro lado estaba sentado el rey de la ciudad estado de Athalia, Baleon. Un hombre bombacho con tantos kilos de demás que el trono de sus ancestros tuvo que ser remodelado para su persona. Vestía un fino traje de pieles de color azul con botones de oro. Su piel brillaba como si se tratara de algún poder mágico, pero solo se trataba de la acumulación de años de comer grasa. Este hombre parecía la mismísima encarnación de la Gula.

Ambos reyes se encontraban acompañados por sus ministros y confidentes más cercanos. Esta reunión era la última de una serie de negociaciones que llevaban más de dos semanas. Un enorme diamante multicolor había sido encontrado en el sur de la frontera de los dos reinos. En otros tiempos la situación no habría sido tan delicada, pero ambos reinos estaban a punto de sucumbir ante su inhabilidad de no poder alimentar sus súbditos; esta joya presentaba la oportunidad de comprar los alimentos necesarios para la supervivencia de su gente. Este enorme diamante parecía un regalo de los mismísimos dioses. Su valor no se debía a su rareza, a diferencia de las joyas con las que se decoraban los nobles presentes, este diamante multicolor era el conductor mágico más grande jamás encontrado.

Al no ser reinos con gran poder mágico o que contaran con la presencia de poderosos hechiceros que requirieran de estos costosos materiales, tanto Ishtar como Athalia podrían solucionar todos sus problemas presentes con la venta de esta joya.

El único problema era que el valor de este diamante alcanzaría solo para los alimentos de una de sus ciudades; la opción de compartir el diamante resultaba por lo tanto imposible. Ya que ninguno de los dos reinos estaba dispuesto a dejar morir la mitad de la población de su capital. Y al no poder llegar a un acuerdo, las dos desesperadas naciones decidieron que el asunto tendría que ser resuelto en el campo de batalla.

Los paladines Hendrik y Rosalin (Athalia)

― ¿Cómo se encuentran las preparaciones? ― pregunto Hendrik.

―En teoría todo esta listo, pero no podremos salir hasta mañana en la mañana― respondió Rosalin sonriéndole a su marido.

Los dos hacían parte de los siete paladines de la Diosa del rio, y junto a su compañero Rowan estaban encargados de comandar las tropas de Athalia.

―Pero ya sabes como siempre aparecen problemas de último momento― agrego Rosalin en un tono coqueto.

―Sé que puedes lidiar con cualquier cosa que se presente, lo único que me preocupa es que si no tuviéramos que apurarnos podríamos haber reunido unos diez mil soldados más― se lamentó Hendrik soltando un suspiro.

―No te mortifiques― dijo Rosalin agarrando la quijada de su marido.

―En Ishtar deben de tener los mismos problemas que nosotros. Al fin y al cabo, esto es una carrera para ver quién se queda con ese diamante primero.

―Mi amor, esto no es solo una carrera. La batalla que vamos a librar seguramente dictara el destino de todos los Athalienses. Esto se trata de la supervivencia de nuestro reino.

― ¿Y crees que no lo sé? Solo estaba tratando de subirte el ánimo― respondió Rosalin realizando un puchero.

―Sé que tienes buenas intenciones, pero sabes que me gusta tomarme mi tiempo. No estoy a gusto en esta guerra tan apresurada.

―Nadie nunca está a gusto en una guerra. Por ahora solo limítate a sonreír, todos nuestros soldados te ven desde aquí.

―Tienes razón, lo último que quiero es desmotivarlos apenas comenzamos.

Los dos paladines se abrazaron. Rosalin apoyo sobre en el hombro de su marido y Hendrik coloco su quijada sobre la cabeza de su esposa. Juntos vieron como el atardecer pintaba de naranja el campamento que habían levantado sus tropas.

El general Izold (Ishtar)

Al llegar las nueve de la noche volví a mi tienda. Aunque es mucho más grande que las tiendas de los soldados rasos y cuenta con privacidad, siempre es incómodo dormir fuera del hogar. Preferiría dormir en mi cama y pasar tiempo con mi familia, pero en tiempos de guerra es necesario que el general este con sus hombres. Por esta razón en vez de ir a mi casa, que se encuentra a solo cinco minutos, me encuentro acampando en las afueras de la ciudad.

Quitándome el casco y dejándolo sobre mi escritorio, camine hasta el gran espejo que se encontraba posicionado al lado de la cama. Abrí el baúl a su lado y empecé a quitarme la armadura. En el espejo vi aquel rostro desconocido del cual ya me he acostumbrado. Un hombre al que los años no lo han perdonado, calvo y con un bigote blanco muy bien arreglado.

Una vez deje mi armadura en el baúl, estire mi cuerpo disfrutando la libertad de la ropa cómoda. Enseguida pasé mi mano por la cicatriz en mi rostro. Se veía como una línea vertical en el lado derecho de mi cara que baja desde mi frente, pasaba por mi ojo y llegaba hasta mi quijada. Una herida que me sirve como recuerdo de que en la guerra nunca se gana.

Me dirigí a mi escritorio y revisé el mapa una vez más. En la mañana comienza la ardua marcha para enfrentarnos contra el ejército de Athalia. Una manada de religiosos que creen en la diosa del rio. Personalmente no los odio y la verdad ni me molestan. Y aunque ha habido uno que otro conflicto por lo general solemos unirnos para disuadir a los reinos más grandes que se encuentran a nuestro alrededor acechándonos con ojos codiciosos.

De no ser por la hambruna nuestros reyes habrían compartido la joya, pero no siempre obtenemos lo que queremos. Vender esa piedra preciosa solo genera el suficiente dinero como para alimentar nuestra capital por tres meses aproximadamente. Compartir el dinero solo haría que la mitad de la población de ambos reinos sucumba ante la hambruna.

Soltando un suspiro dejé el mapa y me dirigí hacia mi cama. No hay nada más agotador que una conscripción apresurada. No es solo reunir a todos los hombres mayores de 12 años, se les deben de realizar algunas pruebas de aptitud para designarlos a distintas unidades, se les debe de dar un entrenamiento básico dependiendo de si son asignados como infantería, caballería o como arqueros. < Mataría por poder tener magos>

Y no solo eso, toca inculcarles la disciplina militar. Castigos y recompensas, el mazo y la zanahoria. Organizar las armas y las armaduras, las provisiones, los alimentos en medio de la hambruna y toda clase de maricadas que solo aportan una minúscula parte a los esfuerzos de la guerra. Pero que al final y al cabo, en el momento de la verdad pueden ser lo que incline la balanza entre la victoria y la derrota. Cuando se pelea con ejércitos que prácticamente son cientos de miles de granjeros casi siempre lo más importante termina siendo la moral de las tropas y cada detalle cuenta...

Tambores de Guerra

Jogan el granjero (Athalia)

Después de una fría e incómoda noche durmiendo en el piso, Jogan se encontraba marchando por las praderas de Athalia hacia el sur. Un día estaba trabajando en sus tierras y de un momento para otro termino en el ejército.

Al parecer la hambruna en la región era culpa de la gente de Ishtar y por alguna razón si ganaban la guerra todos sus problemas se solucionarían. O algo así fue lo que entendió en el discurso de la mañana antes de salir. Jogan se encontraba tan atrás en la formación que los gritos de los paladines que los estaban comandando no llegaban hasta sus oídos, por lo que algunos de sus compañeros que se encontraban más adelante empezaron a resumirles el, al parecer, muy motivador discurso.

Dándole un beso al ídolo de madera de la diosa del rio que colgaba de su cuello Jogan empezó a rezar mientras marchaba. Pedía con todas sus fuerzas que su primo Ramón no hubiera sido conscripto en Ishtar. Ese bribón todavía le debía 7 monedas de cobre y de llegar a morir en la guerra todo ese dinero se perdería. Su esposa le había advertido que no le prestara el dinero y al parecer tenía razón. Todos los ciudadanos de Ishtar eran unos ladrones, con razón se encontraban en hambruna.

Pero si sus padres habían emigrado de Ishtar ¿No era el también un ladrón? ¿se enterarían los paladines de sus antecedentes? ¿Qué sería de su vida si en el ejército se enteraran que su abuela Gertrudis era de Ishtar?

Un remolino de preocupaciones empezó a agobiar al pobre de Jogan. Sudor empezó a empapar su rostro, pero no se debía a sus nefastos pensamientos, la marcha llevaba más de tres horas y sus piernas empezaban a ceder.

Y cuando por su mente comenzaba a aparecer la idea de descansar...

― ¡Agggh! ― un grito agonizante retumbo en sus oídos.

Volteando a ver hacia atrás Jogan reconoció al emisor del grito. El gordo Toni, que ya no era tan gordo debido a la hambruna, uno de sus compañeros de tragos después de un arduo día de trabajo.

― ¡Si alguien más quiere probar mi látigo pueden decírmelo! ― gritó uno de los caballeros que los escoltaban.

― ¡No vamos a detenernos hasta llegar a nuestro destino!

Jogan volteo los ojos, él tampoco estaría cansado si lo llevara cargado un caballo.

Kyot el cazador (Ishtar)

Este año había estado lleno de acontecimientos para el joven Kyot. Al terminar el invierno cumplió catorce años; a comienzos de primavera contrajo matrimonio con Mila, una joven de doce años que provenía de una familia que no exigía un dote muy alto; y ahora se encontraba marchando con el ejército para defender su tierra natal.

Kyot fue asignado a la unidad de arqueros ya que provenía de una familia de cazadores. Y con el talento que sabía que tenía estaba seguro de llamaría la atención del general. Esta era su gran oportunidad para brillar como un héroe. Sus ojos brillaban con solo pensar en todas las recompensas que sus méritos de batalla le podrían otorgar: tierras, dinero y mujeres.

El cansancio de la extenuante marcha de dos días palidecía con la motivación que sentía por dentro. Kyot estaba seguro de que había nacido para algo grande, que no estaría encerrado toda su vida en su pueblo al pie del bosque.

Además, según lo que escuchaba de sus compañeros los soldados de Athalia eran unos debiluchos. No más que una manada de religiosos que no sabían nada más que rezar. Al ser Ishtar un reino ateo a Kyot le costaba creer que sería difícil vencer a gente lo suficientemente tonta como para creer que un rio era una diosa.

No había ninguna duda, esta era su oportunidad para convertirse en un héroe. Lo único que Kyot lamentaba era la falta de su esposa, después de consumar su matrimonio no podía parar de pensar en los placeres de la carne.

― ¡Pof! ―

Al estar soñando despierto Kyot no se dio cuenta de que la marcha había terminado y choco contra la espalda del soldado que se encontraba delante de él.

― ¡Oye! ― Se quejó una voz ronca que denotaba el cansancio de su dueño.

Saliendo de su trance y pidiendo disculpas Kyot observo a su alrededor. En el horizonte podía ver como las fuerzas de Athalia empezaban a levantar su campamento.

Pero no había nada de que preocuparse; con Kyot entre las tropas de Ishtar no había nada de qué preocuparse, la victoria estaba asegurada.

Acto seguido el joven Kyot perdió el conocimiento. El puño de un hombre robusto, malgeniado y cansado le rompió la nariz.

Lucius y Baruk

El día en que las tropas de Ishtar y Athalia llegaron al valle, que se ubicaba en el sur de la frontera de los dos reinos, ambos bandos levantaron sus campamentos a unos dos kilómetros el uno del otro.

Lucius pertenecía a la tribu de pastores nómadas que viajaban entre los dos reinos. Y a diferencia de su hermanastro Niru quien ejercía su profesión como pastor, Lucius era uno de los pocos seleccionados para manejar las negociaciones y transacciones con los grupos externos de la tribu. En pocas palabras Lucius era el encargado de entregar las ofrendas en cabezas de carnero al reino de Athalia.

Sin embargo, Lucius jamás imagino que, al estarse devolviendo luego de cumplir con su trabajo, unos caballeros de Athalia lo reclutaran en contra de su voluntad para una guerra de la que nunca había escuchado. Una cosa llevo a la otra y después de varios días volvía a las tierras donde su tribu solía pastorear ahora como un soldado de reconocimiento.

Debido a su supuesto conocimiento del área fue asignado a un equipo para vigilar una zona bastante peculiar. Y sin saber exactamente las razones Lucius se adentró en un cañón cercano al valle con su equipo. Para su sorpresa y la de sus compañeros pronto se encontraron con un grupo de reconocimiento de Ishtar.

Los capitanes de ambos desenfundaron sus espadas sin decir nada. Sus soldados les siguieron y pronto comenzó una escaramuza en los angostos pasajes del cañón.

Lucius se abalanzo con su espada contra su enemigo más cercano. Quien también al verlo ataco con todas sus fuerzas. De inmediato la falta de experiencia de ambos se hizo notar y lo que era una batalla de soldados se convirtió en lo que parecía una riña de cantina.

Los dos enemigos pronto se vieron separados de sus compañeros al estar concentrados en su propia pelea. Con el cambio de terreno Lucius encontró una ventaja y aprovechando su malicia logro hacer que su contrincante tropezara.

― ¡Clang! ― el casco de su enemigo salió volando cuando su cuerpo cayó al suelo.

Lucius prepara su espada para darle la estocada final, pero sus ojos se abrieron de sobremanera al ver la cara de su enemigo.

― ¿Baruk? ― preguntó extrañado ― ¿Lucius? ― respondió su enemigo.

Los dos primos se miraron extrañados de lo que acababa de suceder. La espada de Lucius cayó al suelo, sus manos temblaban de solo imaginar lo que estuvo a punto de hacer. El destino les había jugado una broma bastante pesada, ambos habían corrido la misma suerte, pero en distintos reinos. Y ahora reunidos podrían escapar mientras los demás peleaban.

Héroes Efímeros

Ella (Ishtar)

Ver la formación del ejercito enemigo me dio escalofríos, en parte por emoción y en otra por el miedo. Esta sería mi primera prueba como caballero y a diferencia de mis compañeros el peso sobre mis hombros era mucho mayor.

Como la primera mujer en recibir el rango de caballero la responsabilidad en demostrar mi valía y la de todas aquellas que quieren unirse al ejercito recae sobre mí. De tener éxito le abriría las puertas a todas aquellas que siguen mis pasos y de fallar les daría la razón a todos aquellos bufones de la corte.

― ¿Nerviosa? ― me pregunto el capitán de mi unidad. Este era tal vez el único hombre en todo el ejercito que no me subestimaba.

―Un poco ― le respondí con sinceridad, este no era el momento para pretender.

―Con tus habilidades no hay nada de qué preocuparse...

― ¡AHHHHH! ― los miles de gritos de los soldados ahogaron sus palabras. La batalla había comenzado y ambos bandos se empezaban a abalanzar los unos sobre los otros.

Notando eso el capitán acerco su caballo y gritando me dio mi misión.

― ¿Ves a los tres paladines que están comandando a nuestros enemigos?

Asentí con un pequeño movimiento de cabeza.

― ¡La que tiene una joya en su casco se llama Rosalin! ¡Es la única persona en todo el campo de batalla que sabe usar magia, aunque no es de daño, que este curando a nuestros enemigos nos coloca en una gran desventaja! ¡Murice y yo no encargáremos de los otros dos paladines, tu misión es la cabeza de esa bruja!

― ¡Entendido! ― grité a todo pulmón y salí cabalgando a toda velocidad.

Rodeando las tropas enemigas y aprovechando que el capitán y Maurice habían conseguido la atención de los otros dos paladines emprendí mi carga contra la bruja. La embestida fue perfecta y gracias a que se encontraba concentrada en sus curaciones no tuvo tiempo para reaccionar.

De un solo golpe conseguí un gran mérito que contribuiría a la incorporación de mujeres en puestos militares.

Este campo de batalla se convirtió en el escenario para demostrar que las mujeres podemos ser igual o mucho más fuertes que los hombres.

Rowan el paladín (Athalia)

― ¡Noooo! ―

El grito de Hendrik me helo el corazón. No tuve que voltear la cabeza para saber lo que había sucedido. Solo pude limitarme a pedirle a la diosa del rio que mi amigo no cometiera ninguna estupidez a causa de la rabia.

Y tan solo ese pequeño momento de distracción le dio la oportunidad al enemigo contra el que me enfrentaba de herir mi caballo.

― ¡Pof! ―

Caí al suelo, pero mitigue el golpe dando una pequeña voltereta e instantáneamente me levante con la pose de batalla más fuerte de nuestra orden de paladines. En una mano mi escudo y en la otra mi martillo de batalla.

― ¡Clang! ― desviando el ataque de mi enemigo con mi escudo utilice todas mis fuerzas para golpear su tórax con mi martillo.

Un golpe fulminante.

Habiendo acabado con el caballero de Ishtar voltee a mirar a Hendrik. El mejor paladín de nuestra generación se encontraba de rodillas en un charco de sangre. Los cuerpos de los otros dos caballeros de Ishtar tirados a sus pies. Hendrik estaba cargando a Rosalin en sus brazos. No necesitaba ver detrás de su casco para saber que se encontraba llorando.

En ese momento noté que algo no estaba bien. Empecé a caminar hacia donde estaba.

Los soldados enemigos no me molestaban en absoluto, estos granjeros con espadas ni rasguños le podían hacer a mi armadura de adamantium. Acabe con media docena de ellos antes de llegar a donde mi amigo.

― Hendri... ― mi voz se ahogó.

El cuerpo del paladín más grande de nuestra generación cayó al suelo. Sangre salía de su costado. No necesite esforzarme para averiguar lo que había sucedido. Enfrentándose solo contra los dos caballeros de Ishtar decidió ignorar su seguridad con tal de vengar la muerte de su amada.

Y lo logro, pero a costa de su propia vida. <Que la diosa del rio los consuele en su regazo>

Soltando un suspiro y volviéndome a concentrar en la batalla encontré entre las líneas enemigas a mi oponente en esta batalla: El general Izold.

El destino de nuestros reinos se definiría entre nosotros.

Mezoth el héroe y el villano

En un reino mágico al occidente de Ishtar y Athalia, Mezoth se encontraba de rodillas ante el consejo de ancianos.

―Por favor déjenme intervenir. No puedo quedarme quieto y ver como mueren tantos inocentes ― suplico el guerrero con vitíligo.

Las noticias de la guerra entre las dos pequeñas ciudades estado había llegado hasta los oídos del consejo. Sin embargo, no había ninguna razón que ameritara su participación en ese sinsentido. Más aun, cuando el continente estaba atravesando una hambruna sin precedente, que cada vez empeoraba con el pasar del tiempo.

―Entendemos tu preocupación, pero de intervenir seremos visto como opresores y oportunistas ― replico el anciano con la barba más larga.

―Los dos reinos se han lisiado entre ellos. Con la muerte de tantos granjeros la costa oriental se volverá una zona muerta. No podré dormir sabiendo que pude haber ayudado. Si no medan permiso renunciare a mis títulos y actuare por mi cuenta ― amenazó Mezoth.

Los ancianos se empezaron a mirar entre ellos. Los beneficios y los problemas no se equiparaban. Deseaban la tierra con salida al mar, pero en estos tiempos de hambruna hacerse cargo de tantas personas y de los rebeldes que de seguro aparecerían no valía la pena. Tal vez en unos meses podrían actuar, pero con el ultimátum de Mezoth se encontraban en un gran predicamento.

― Creo haber escuchado que la guerra se dio por la aparición de un conductor mágico. Si es rica en mana probablemente haya una mina en esa zona. Con esos recursos podríamos cubrir los costos de toda la operación― dijo una anciana llena de arrugas, sus orejas estaban estiradas de sobremanera por los enormes aretes que llevaba puestos.

―Es una propuesta muy interesante. Viejo Sun realiza una adivinación. Si de verdad hay una mina de conductores mágicos aprobaremos el deseo de Mezoth, de lo contrario no hay nada que hacer.

Tiempo después tanto Ishtar como Athalia desaparecieron. Mezoth y sus tropas conquistaron ambos reinos en menos de tres semanas. Para algunos este hombre con vitíligo era un villano oportunista que aprovecho la hambruna para expandir su influencia, para otros Mezoth se convirtió en el héroe que salvo la vida de cientos de miles de personas.

Los sacrificios en la última guerra de estos dos reinos pronto fueron olvidados con el tiempo, pero una idea germino y una idea nació; las joyas multicolor son piedras malditas capaces de destruir reinos enteros.

Fin

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Este era el cuento final que tenía preparado.

Me equivoque con el formato y lo termine haciendo el doble de largo.

Me dijeron que tenía muchos personajes que no tenían continuidad y el final resultaba enredado.

El final resulto sin construcción narrativa.

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