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Sentada en una de las bancas de aquel parque pensando en lo que sucedia, en lo que vendría y en lo que haría despues de haber desatado la catástrofe, Hilda miraba como las hojas caían a sus pies y como el viento le movía el cabello, se llevó las manos a la cara tratando de no sucumbir ante sus sentimientos, casi había pasado una semana desde que tuvo esa "amistosa" conversación con Seraphina, estaba a nada de ir de nuevo y gritarle en la cara que era un demonio con rostro de mujer pero... ¿qué culpa tienen los pobres demonios?.

Lo único que podía hacer era rogar porque esa mujer no le quitara a su paciente y no porque se hubiese encariñado con él, sino porque era la única en ese horrible lugar que tenía uso de razón y comprendía que Camus Lacroix simplemente amaba a Milo Antares y esa era la dulce verdad escondida en las paredes de aquella blanca habitación y el secreto mejor guardado en su mente, se quedó por unos cinco minutos más antes de levantarse.

Soltó un terrible suspiro y regresó sobre sus pasos hacia aquel edificio, suspiró y antes siquiera de entrar, volvió su vista a la calle, como deseando que Camus estuviese ahí, como añorando que un día el joven Lacroix pudiera saborear de nuevo el sabor de la libertad en los brazos de su amado, sus tacones resonaban en aquella loza blanca, ni siquiera había llegado a su oficina cuando la voz de Seraphina la detuvo, solo rodó los ojos y fingió una sonrisa.

— ¿Qué quieres, Seraphina? — cruzo los brazos y arqueo una ceja.

—Vengo a decirte algo, Hilda querida — la tomó de los brazos y casi se ríe de la mueca de indignación de la otra.

—Habla

—El director del hospital dijo que ambas nos encargaremos del joven Lacroix — tenia tantas ganas de borrarle de una bofetada la estúpida sonrisa que tenía — así que somos compañeras, querida.

Solo pudo decir un "está bien", le dio la espalda y se encerró unos minutos en su oficina maldiciendo a diestra y siniestra el día en el que a Mystoria Lacroix se le ocurrió ir a hablar con Seraphina porque según, "Camus no progresaba y no lo quería ayudar", estaba ayudando ¡dioses! Estaba haciendo todo lo posible para que Camus no colapsara, para que él estuviese a gusto en esa jaula blanca, pero al parecer, nadie lo veía de esa manera, ni los señores Lacroix, ni Seraphina, ni el director del hospital.

~●~

Había de por medio, al menos, un par de días o quizá, una semana, pero no dejaba de verse al espejo y tocarse los labios una y otra vez, no dejaba de sonreír como un idiota frente a su reflejo, no podía pensar en otra cosa que no fuera el rostro sonrojado de Camus, no podía imaginarse otra cosa que no fuera la suavidad de sus labios, su madre le veía en el marco de la puerta con una sonrisa, una que no muy seguido se formaba en esos labios, quizá, sabía que aquella mirada se parecía a la de ella cuando se enamoró perdidamente de Kardia.

—Milo — lo llamó suavemente — ¿Qué sucede? — el rubio saltó al escuchar la voz de su madre

—Mamá, casi me matas del susto — se llevó una mano al pecho mientras Deggie reía un poco — estaba pensando, solo eso — la mirada de aquella mujer le dijo que necesitaba más detalles — de acuerdo, estaba pensando en Camus y en lo que pasó en el jardín botánico.

—Ya me imagino — se acercó a él y le puso una mano en el hombro — ¿Por qué no vas a verlo de nuevo? Así sabrás si solo fue la euforia del momento o en realidad hay algo ahí — le miró con algo de incredulidad — se lo que piensas, Milo, sé que eso te ha mantenido absorto estos días.

—Mamá...

—Deberías de hacerlecaso — escuchó la voz de su padre. 

Solo les sonrió, a menudo sus padres tenían razón, pero ahí había algo más, quizá la incertidumbre de una posibilidad negativa pero su corazón y su mente le decían que aquello había sido mucho más que la emoción del momento, porque desde aquella vez en la que se conocieron en aquella calle y despues aquella escena en la cafetería, algo dentro de él había nacido y por lo que había visto y sentido por parte de Lacroix, estaba seguro que era mutuo, aquellos roces, aquellos sonrojos, aquella sonrisa que por alguna razón, sabía, era para él, le daban esperanza y quizá aquello no estaba tan alejado de la realidad.

Si las cuentas no le fallaban, despues de aquella tarde de otoño en el parque, habían pasado no solo los seis meses más hermosos de su vida si no también creía que los siguientes meses y años que vinieran serían todo un mundo distinto, vio a sus padres una última vez antes de armarse de valor y mandar el mensaje tan ansiado, esperando y dando vueltas por toda la casa con el aparato en la mano, viéndolo a cada segundo expectante de la respuesta, para su suerte y luego de un par de minutos y un par de vueltas a toda su casa, la afirmación llegó y casi grita de la emoción. 

Milo Antares siempre fue un muchacho bastante hiperactivo y aunque nadie se daba cuenta de ello, también era un romántico empedernido, escuchaba desde la clásica "love of my life" de Queen, hasta la tan hermosa "Still loving you" de scorpions, pero tal parece que ahora aquellas letras cobraban mucho más sentido por culpa de una casualidad que se volvió una de las cosas que más disfrutaba de su vida, ansiaba que llegase el fin de semana para poder ver esos ojitos rojos brillantes con aquella perfecta combinación de la pálida piel con las hebras carmín y aquellos labios violáceos.

Antes, tan siquiera de acercarse a la puerta de salida, abrazó a su madre, Deggie estaba tan feliz de ver a su hijo tan emocionado por primera vez, si, ella lo sabía, sabía que antes de Lacroix, había de por medio una lista demasiado larga de conquistas pero ninguna era así de fuerte y así de pura como la que estaba apreciando en ese instante, quizá era el adecuado, quizá era lo que estaba esperando, vio cómo su hijo salía de casa mientras sentía las manos de Kardia sobre su cintura y su respiración en su cuello.

— Está creciendo muy rápido — dijo.

— Demasiado rápido, Deggie — le besó la mejilla — pero siempre será nuestro niño, me gustaría conocer a Lacroix un poco más — otro beso, esta vez, en el cuello.

— Sabes que pronto pasara, Kardia — respondió y se giró para tomar el rostro de su esposo entre sus manos — solo ten paciencia — le beso con pasión y la sonrisa divertida en su rostro no se hizo esperar.

Mientras aquello pasaba, dentro de la imponente mansión Lacroix, el hijo mayor de aquella familia estaba a punto de salir a hurtadillas, por quien sabe qué vez, de casa, veía para todos lados solo encontrando al pequeño Krest en las escaleras, le hizo una seña de silencio poniendo su dedo índice en sus labios para despues comenzar a abrir la puerta con una paciencia casi magistral, iba adelantado casi media hora pues quería llegar antes no obstante, el universo, al parecer, estaba en su contra.

— ¡Camus, ¿A dónde vas?! — maldijo por lo bajo el que su madre fuera sigilosa, dio media vuelta y se quedó ahí, parado en la puerta.


🦂❄
Seraphina anda metiéndose en donde no le llaman.

Deggie y Kardia estan orgullosos de su hijo y quieren conocer a su futuro yerno.

¿Quién quiere saber quien es la madre de Camie? 

Les doy una pista: lleva una marca en el rostro, una muy pequeñita. 

Dan R 

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