[5] Síndrome Pos-Aborto
No pasó mucho tiempo para que la noticia se corriera. La familia Altin siempre fue unida, pero esto era otra cosa. En pocos días se organizaron, y los Kazajos tomaron vuelos de todas partes de Europa, para reunirse por el pésame de la situación. Nikolai siempre estuvo presente, no se atrevía a dejar el hospital o a su nieto solo; no si Otabek estaba igual que perdido que Yuri.
El anhelo por tener un hijo había hecho que la pareja cambiara por completo, los años habían sido duros y grotescos con ellos, la forma en la que ambos jóvenes habían cambiado, era prueba de ello. Otabek intentaba mantenerse cuerdo, pero por más que tratara, su cabeza se había perdido en las nubes hacia tiempo. Desde el día, en que vio el cuerpecito de su hijo, entre los brazos lechosos de su pareja, las cosas cambiaron en su vida. La manera en la que Yuri lloraba, los horribles gritos desgarradores que había emitido, y los breves recuerdos de sensaciones no dejaban de repetirse una y otra vez en sus pensamientos. Quería ayudar a Yuri, en verdad quería; pero la realidad era otra.
Plisetsky no comía, no hablaba, a penas y respiraba. Era como si toda su alma hubiese sido drenada de su cuerpo, y ahora solo fuera el caparazón de un objeto muerto. El rubio no dejó la cama, no se atrevió a tocar el piso una vez las enfermeras lo apartaron de su cachorro. Su estadía en el hospital incrementó, al menos por unos días.
Las cosas estaban hechas, el pasado no era capaz de cambiarse. Yuri solo quería despedirse de su bebé en el entierro.
¿Qué si lo quería? ¡Claro que quería un entierro! Después de todo, se trataba de su cachorro ¡Su cachorro! No importa que tan pequeño o joven fuera, la criatura llegó a portar vida, y tenía el derecho a ser tratado como un ser humano, y tener una despedida digna.
O al menos, eso creía él. La ley decía otra cosa, "Poder enterrar a un hijo no nacido, es un derecho otorgado a los bebés nonatos con más de 180 días (6 meses) de gestación". Lamentablemente, Yuri apenas y llegaba a los 85 días. Por lo tanto, su bebé no era reconocido para este suceso.
Otabek no lograba entender como había personas en el mundo que se deshacían de sus hijos, y los abortaban voluntariamente, desechando brutalmente los cuerpos de los pequeños, como si no valieran nada. O que la ley, no le permitiera "legalmente" tener el derecho de despedirse de su hijo, o darle al menos algo de dignidad a su cachorro. Alegando, que eran solo "bolsas de células" o que "aún no eran humanos". Sintió pena por la gente que pensaba así, y rabia por no poder cambiar la situación. Esa ideología era estúpida, ¡todo ser desde el momento de la concepción tiene vida, por lo tanto vale igual que otros! Aunque claro, sabía que su manera de pensar, no cambiaría para nada el mundo.
Otabek intentó luchar, entregó hasta dientes y uñas, pero no logró cambiar la ley. Tras una semana, salieron del hospital. Las visitas de sus familiares, y el apoyo siempre fue constante, pero Yuri no parecía querer mejorar. Al contrario, empeoraba.
En casa, el rubio se la pasaba encerrado en el cuarto, con el pijama puesto, y sin fuerzas para siquiera levantarse. Si bien recibieron visitas, ellas nunca lograban ver al rubio, pues este se encerraba en las protectoras paredes de su habitación, donde podía aislarse del mundo, y hundirse en su propia miseria. Yuri estaba pasando por un momento duro, y no quería compartirlo con nadie. Quería ver a su hijo, disculparse por ser un incompetente, y al menos, pasar un minuto más a su lado. Poder despedirse, o sostenerlo entre sus brazos, aunque fuese por unos segundos más. El omega a diario se preguntaba "¿Qué había hecho mal?".
Otabek sabía lo que era el síndrome post aborto, lo había estudiado en la preparatoria, y se lo habían recordado en la universidad (en una capacitación de psicología social obligatoria). Pero nunca imaginó que llegaría a experimentarlo, o que sería tan grotesco.
El medico le comentó aparte, que Yuri podría presentar (o no) alguno de los siguientes síntomas:
-Anorexia/Bulimia
-Perdida de peso
-Nauseas/ Vómitos
-Dolor abdominal/ Sensación de Vacío
-Opresión torásica
-Jaquecas
-Perdidas de fuerza
-Tics
-Culpa
-Hostilidad
-Desesperación/ Pesimismo
-Insomnio
-Negación de los hechos
-Perdida de conocimiento
-Pesadillas
-Alejamiento de la pareja
En un inicio, creyó que sería uno o dos de los síntomas; no el 90% de los mencionados. Otabek se sentía inservible, Yuri realmente estaba muerto por dentro. Lo tenía que obligar a comer, y las peleas por ello se volvieron diarias. La peor parte, era que Otabek prácticamente llevaba a cabo toda la acción (desde el inicio de las discusiones, hasta la recoinciliación); ya que el rubio con suerte se movía, y no hablaba en lo absoluto. Comenzaba de una manera simple, con el Kazajo trayendo la comida al cuarto, y el rubio sin siquiera mirarlo; continuaba con algunas suplicas por parte del castaño, quien vanamente intentaba consolarlo y convencerlo de comer; luego Otabek perdía la paciencia tras horas de esfuerzo, sin éxito, intentando acercar las cucharadas de alimento, a los labios de su omega, quien simplemente se negaba a responder, tirando al suelo en incontables ocasiones, la cena que su esposo había preparado para él, obligando a Beka a detenerle las manos, o piernas para evitar golpes en su cuerpo. Terminaba siempre de la misma manera, Yuri comenzaba a llorar y se abrazaba a si mismo, culpandose y odiandose por la muerte de su cachorro, que ni siquiera había podido ser enterrado. Otabek lo acurrucaba en sus brazos, y le acariciaba la espalda mientras el ruso se desahogaba. Luego, Otabek debía de limpiar los restos de comida del suelo, y se marchaba.
La misma escena, se repetía al menos una vez al día.
Las noches eran un tormento. Yuri se levantaba gritando, sin saber donde se encontraba, con lagrimas corriendo por sus ojos, y el tormento plasmado en su rostro. El pobre dejaba de respirar, cuando veía a su pequeño entre sueños, y la culpa no tardaba en hacerse presente.
Si bien, Plisetsky no dejó nunca la cama a voluntad, Otabek se encargaba de bañarlo al menos 2 veces por semana, llevándolo en brazos al baño, y haciendo todos los movimientos por él, solo para posteriormente devolverlo a su nido de cobijas y sabanas. Necesitaba recuperar a Yuri, su Yuri.
Tras algunas cortas semanas, las visitas dejaron de llegar, justo como el peso en el cuerpo de su esposo, que pareció esfumarse en un instante. Su figura, semi esquelética, era prueba de una depresión masiva. Otabek se vio obligado a inducirlo a medicamentos, para hacerlo intentar ganar peso, escondiendo estrategicamente las pastillas recetadas en algunas malteadas de fruta, que con suerte, lograba hacer que se tomara.
Yuri no necesitaba lastima, necesitaba tiempo. Y Otabek... él necesitaba consuelo.
Si bien Otabek siempre estuvo atento y pendiente de Yuri, olvido por completo cuidarse a sí mismo. Ignoró inconscientemente todos sus malestares internos, por poner primero a su esposo. Otabek también tenía pesadillas, también lloraba en las noches en silencio sin encontrar consuelo: el también estaba teniendo el síndrome pos-aborto. La diferencia, era que él no lo sabía.
Como alfa, su naturaleza no le permitió desmoronarse frente a Yuri, porque en ese momento, su omega y su familia completa necesitaba un pilar para no derribarse.
La pareja recibió toda la ayuda posible, y los padres del Kazajo y el abuelo del Ruso siempre estuvieron apoyando al castaño en todo lo que podían, para evitar que su felino se sumiera aún más en el mar de miseria en el que se encontraba.
Tras 5 semanas y media, posteriores a la muerte de su hijo, Yuri finalmente se levantó de la cama. Lo hizo para vomitar, pero eso al menos era un avance. Las nauseas habían sido algo normal tras la perdida, su poco apetito sumado a la careciente cantidad de animo en su cuerpo, lo habían vuelto propenso a devolver rápidamente los alimentos. Eso y su desequilibrio hormonal, claro. Aunque normalmente Yuri no solía levantarse de la cama para vomitar, y lo hacía en una cubeta, o bote cercano a su lecho, ese día, por alguna extraña razón, las cosas simplemente sucedieron diferentes. Una vez terminó, pensó seriamente en volver a la cama. Yuri miró el suelo, inconsciente de lo que pasaba. Para cuando había reaccionado, comprendió que finalmente había salido de su nido por voluntad propia. ¿Por qué no? De todas maneras, ya había salido de la cama.
Cuando Beka volvió a casa ese día, lo encontró tendido en el sofá de la estancia superior, con el cabello totalmente desordenado, una manta ocultando su cuerpo, y un montón de cojines esparcidos en el suelo. El olor de todo el departamento marcaba el territorio de Yuri, su característico aroma a Vainilla se encontraba presente, pero a diferencia de otros días, no era tan espeso como en el hospital, sino más, empalagoso, más melancólico y entristecido. Plisetsky finalmente estaba demostrando emociones. Al menos, su cuerpo lo hacía.
Otabek calentó un plato de sopa, y se sentó a su lado, intentando no hacer un movimiento brusco para evitar espantarlo. Yuri por otra parte, se hizo volita en el sillón antes de re-acomodarse. En un movimiento lento, se acurrucó contra el pecho de Otabek, y respiró pacíficamente su aroma; Plisetsky necesitaba afecto físico por parte de su esposo. El Oso no dijo nada, solo estiró un brazo alrededor del cuerpo de su felino, para brindarle calor, y juntar lo más a su persona. Incluso, algunas veces aceptaba algunas cucharadas del tazón del Kazajo. Tal vez ninguno de los dos haya dicho nada, pero no necesitaban, después de todo ese era un avance. El alma del Kazajo suspiró tranquila, Yuri estaba mejorando, y el castaño no podía dejar de sonreír internamente, y gritar cual adolescente enamorada. Si, tal vez en su exterior no cambiaba la expresión de su ya característica mirada de soldado, pero por dentro: Otabek agradecía al universo, que su gatito saliera de la cama, y caminara.
A las 7 semanas, Yuri volvió al trabajo. Un factor importante para su recuperación, claro está. Yakov le dio todo su apoyo, y guardó la confidencialidad total del asunto. Sus amigos en el empleo, si bien sabían que quería hijos, y lo habían felicitado hacía semanas, no lo habían hecho sabiendo de su embarazo, ya que el rubio les había mentido con la noticia, diciendo que "había conseguido un reconocimiento importante por una tesis" o algo por el estilo, por lo tanto, ninguno se habían enterado de la noticia de su gestación, mucho menos el aborto. Los empleados no tenían porque saber de su vida privada.
Yuuko, por otra parte, sabía que Yuri no podía tener hijos, ella era la única con la que Yuri había hablado del tema, la había vuelto alguien realmente cercana. Y si bien, la japonesa tenía 3 hijas, que habían sido concebidas accidentalmente, y eran amadas por el Tigre Ruso, habían mantenido alguna distancia con el tema, y procuraba no ahogar al omega con preguntas o comentarios constantes sobre hijos, ya que Yuuko sabía que al rubio le incomodaba. Así que sí, podría decirse que eran casi como "mejores amigos", que compartían toda clase de secretos, que hablaban de cachorros, y con quien podrías mostrarte totalmente vulnerable, sin que las cosas cambiaran. Sin duda alguna, Yuuko era la confidente total del ruso. Y la única en enterarse del aborto.
Cuando Plisetsky volvió al trabajo, Yakov les había dicho a todos, que tuvo una cirugía y que tras eso, resultó ser alérgico a un medicamento, que complicó las cosas en el hospital, por lo que su tiempo de descanso se prolongó; y que por eso había faltado por tanto tiempo.
Sus compañeros, solo le daban cumplidos, y comentarios alegres, de que ya se encontraba mejor. Agradecimientos a los dioses, por su salud, y sobre todo buenas vibras. De vez en cuando, le daban algún pequeño obsequio, o presentes, alegando que eran buenos métodos de recuperación tras una cirugía, haciendo enrojecer al rubio, por tanto buen trato. El buen ambiente había ayudado mucho a Yuri a salir de su mala zona de confort, y volver a la realidad, para salir adelante. Ese pequeño detalle de optimismo, fue el primer paso para que Yuri volviera a ser el de antes.
El resto del camino, fue la ayuda de Otabek, quien diariamente daba las mejores sonrisas, y apoyo a su pareja en todo. Los detalles románticos y melosos que le dedicaba al rubio, eran siempre en pro de su mejora, desde llevarle una taza de té a la cama, hasta un dulce beso de buenas noches. Otabek nunca se dejó verse débil frente a Yuri, no se lo permitió, después de todo, en su mente, Plisetsky era lo más importante, y debía protegerlo a como de lugar.
A pesar de que el ambiente había mejorado, y la actitud hostil de Yuri había decaído, el departamento se seguía sintiendo pesado. Ninguno de los dos tocaba el tema, y las pesadillas nunca dejaron de ser constantes. Había días malos, en los que Yuri no se quería levantar de la cama, o se soltaba llorando a causa de las hormonas; pero al menos, ya no eran tan frecuentes como antes.
Otabek, en la otra mano, seguía ocultando sus sentimientos, intentando guardarlos en una caja, encerrándolos por completo, para nunca dejar de ser un soporte para el rubio. Lo que él no sabía, es que cada vez que fingía estar bien para su esposo, un pedazo de su ser se quebraba y desaparecía.
La mayoría de las noches se despertaba con lagrimas en los ojos, o la incapacidad de respirar. Se había vuelto un alfa hostil y sobre protector. Se sentía decaído, y no importara cuanto sonriera, cuando se encontraba solo, lloraba, porque no lo aguantaba. Otabek nunca dijo nada. Luego él se las arreglaría, por el momento necesitaba cuidar de su felino, asegurarse de que todo estuviera en orden, y de que realmente mejoraba.
El Kazajo era terco y cerrado con sus emociones. Pero aunque él creyera que nadie lo notaba, hubo una sola persona capaz de desenmascarar sus intenciones.
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Otabek tenia sus amistades contadas con los dedos de la mano, y el primer lugar sin dudas, siempre sería Leo de la Iglesia. Ya sea en el trabajo, o fuera de este, Leo siempre lo había apoyado y acompañado en toda clase de ocasiones. Tras mudarse a Estados Unidos, no tardó tiempo en que se hicieran amigos, eran casi como hermanos, confidentes que sabían todo del otro. Fue esta la razón, por la que él sabía todo; la historia de inicio a fin sobre el embarazo, y más. Lamentablemente, no fue el caso de conocer los sentimientos del Oso mayor.
Ese día, Otabek había vuelto a casa, cansado, con el peso del mundo sobre sus hombros, y totalmente agotado: no podía seguir, no quería. Dejó las llaves en el despacho, y subió las escaleras, rumbo a su habitación.
El pecoso tenía planeado revolcarse entre las cobijas hasta dormir, o encontrar a Yuri y estrujarlo en un fuerte abrazo, lo que sucediera primero. Pero no tenía planeado encontrar al rubio sobre la cama, con los brazos cruzados.
"Siéntate, tenemos que hablar" Fue lo único que salió de la boca del rubio.
-Necesito que me veas a los ojos-. comenzó Yuri. Su tono era un poco frívolo, y su mirada de soldado solo hacía mas triste la situación. -te has estado comportando muy extraño, Otabek Altin-. el rubio había usado su nombre y apellido, estaba claro que estaba molesto.
El alfa creyó que la conversación se tornaría furiosa, u hostil. Creía que Yuri y él estaban a punto de iniciar una pelea, y él no quería eso. Otabek estaba cansado, a estas alturas, no respondería, y solo se dejaría llevar, escuchando pacientemente todo lo que tuviera que decir su omega, y luego hablaría pacíficamente con él, excusando todos los gritos, golpes y groserías que pudiera arrojare, hasta calmarlo. Comenzó a mentalizarse para la situación, pero sobre todas las cosas, nunca creyó que las siguientes palabras, se escaparan de la boca de su esposo.
-¿Por qué te lastimas a ti mismo?-. el Kazajo levantó la mirada. Yuri se había levantado, y ahora le tomaba las manos. -Beka, siempre pones a otros primero. ¿Por qué haces eso? Te menosprecias, diciendo que no eres importante, y le das prioridad a terceros antes de ti.
El castaño bajó la mirada para encontrarse con las esmeraldas brillantes de su pareja. El tono rojizo e hinchado de los ojos del rubio no tardó en presentarse.
-todas estas semanas...-. intentó iniciar, pero no quería. Ambos sabían que estaban por tocar un tema caótico, y que si lo hacían, se lastimarían, Ninguno de los dos querían, pero debían hacerlo.
Las manos de Yuri comenzaron a temblar, pero su determinación era mayor. Con la voz un tanto quebrada, siguió hablando.
-Estas semanas han sido un maldito martirio. Desde... desde el aborto las cosas solo han ido en picada. Se que ya ha pasado un tiempo, pero también sé que se sigue sintiendo presente-. Yuri se llevó una mano al pecho, pero antes de que Otabek pudiera tomarlo en brazos, el ruso se apartó, y continuó hablando con firmeza, ignorando las lagrimas y rabia que comenzaban a acumularse en su rostro. -sé que me desmoroné, y que te dejé todo el peso en tus hombros. Lo siento, ¿si? Sé que una disculpa no lo va a arreglar, y que nada de lo que diga, cambie las cosas, pero...
-Yuri
-Cállate. Pero... pero... si hay algo de lo que agradezco todos los días, y de lo que nunca me arrepentiré es de ti.-. Apretó el agarre. -tu siempre, estuviste ahí. Desde el inicio. En aquel restaurante, y en todas esas fiestas. En navidad, y año nuevo... Los días malos en los que, tenía mis absurdos derrumbes emocionales, por culpa de la estupida de mi madre...
-Yuri.
-Shh, estoy hablando. El punto es que siempre has estado para sostenerme, y yo he estado ahí para ti. ¿Recuerdas? La vez en la que nos escapamos a acampar a Canadá, o el día en el que te pusiste tan ebrio que...
-Yuri.
-¡Cierra la boca, maldición!-. Las lagrimas se le derramaban por las mejillas. -¡Por qué no te dejas cuidar! ¿Eh? ¡Por qué siempre te ocultas en tu pequeño caparazón! Si, Otabek. Eres un alfa, y eres fuerte, y fornido, y por como te vez físicamente nadie quisiera meterse contigo en una pelea, pero deja todo eso de lado por un maldito segundo, y recuerda que también tienes emociones-. Yuri lo tomó de la camiseta. -Tu. Otabek. Altin. Plisetsky. Tienes sentimientos, e intentas ocultarlos porque eres un cobarde. Todos los días agradezco por tenerte a mi lado, por cuidarme en todo momento, y porque eres la única persona en el mundo, capaz de sacarme de ese abismo en el que estaba metido, pero lo hiciste a un precio. Tu no te cuidas, no te alimentas bien, ¿ya viste tu rostro maldita sea? ¡Beka, pareces un zombie! ¿desde hace cuanto no duermes? ¿Y porque finges estar bien frente a todos? ¿Sabes lo malo que puede ser guardarte tantas emociones?
El omega se tomó un momento para respirar, antes de continuar.
-Si de jóvenes tenias un problema, y querías hacerte el fuerte, simplemente te guardabas los sentimientos y ya. Eso es malo, pero esto es otro nivel. No tiene comparación. Esto no es un tonto problema de jóvenes... Mírame a los ojos cuando te hablo. Beka, hablamos de una muerte. Perdimos a un bebé. Tu. Y yo. No solo yo. Perdimos. Un. Bebé. Tu eras su padre, él era tuyo también, y no puedes decirme que no. Sé que, sufres, y sé que te duele, pero no puedes seguir guardando esta clase de secretos. ¿quieres que finjamos frente a todo el mundo que todo esta bien, como siempre lo hemos hecho? ¡Bien, hay que hacerlo! Pero, no voy a permitir que finjas frente a mi. Te conozco demasiado bien, como para saber cuando me estas mintiendo. Y lo siento, ¿si? ¡Lo siento por tardar tanto tiempo en darme cuenta! ¡Lo siento por no darte toda la atención que necesitas! ¡Y lo siento si te hice sentir menos, si te hice cargar con todo! ¡Pero si de mi concierne, no voy a dejar que pase un segundo más en mi vida, si no puedo cuidar de la única persona que amo. Así que deja de mentirme Otabek, y llora en este maldito momento, porque sé bien que quieres hacerlo. Puedo verlo en tus ojos. Y tal vez no te des cuenta, pero yo sí; noticia de ultimo minuto: Si te sientes así de mal, es porque también tienes el síndrome Pos-aborto. Créeme, sé lo que se sienten tener esas pesadillas... se lo que se siente estar vacío... sé lo que se siente sentirse solo... Pero también sé que me tienes a mí, y que voy a estar aquí, a tu lado, cada paso que des. Déjame cuidarte, Otabek. Déjame cuidarte, porque te amo.
Otabek no sabía que responder al respecto. ¿Por qué Yuri siempre lograba descifrarlo en todo? ¿Y por qué no pudo ocultar sus emociones frente a él? Se había encargado de nunca verse débil. Entonces, ¿cómo se había dado cuenta?
No pasó mucho tiempo para que el castaño se soltara en lagrimas. Yuri lo guió a la cama, y lo envolvió en sus brazos. El rubio se prometió que a partir de ese momento, no dejaría de cuidar a su kazajo, nunca más.
Y así lo prometió, sucedió. Las noches tomaron otro sentido, cuando se despertaban en la oscuridad, con sentimientos encontrados. Abrazos, caricias y consuelo fue lo que ambos construyeron. Finalmente, después de mucho tiempo, Otabek dejó fluir sus emociones. Y Yuri se encargó de estar ahí para él, siempre.
Así como su oso se encargó de ayudarlo, el felino devolvió el favor de la misma manera. Después de todo, la mejor medicina para un corazón roto, eran las pruebas de afecto de la familia.
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No supieron cuanto tiempo pasó exactamente. ¿Semanas? ¿meses? No sabían, pero podían asegurar, que ambos lograron conectarse profundamente. El amor ágape más puro que jamas hubiera existido se había implantado en el corazón de ambos, y se había vuelto el núcleo de esa fa milia. Así es, familia: Pequeña, y rota, pero era una familia de 2 personas, y para ellos, era más que suficiente.
Las cosas se tornaron más cálidas, y el aire del departamento era similar al de la primavera. Irónicamente, la estación en la que encontraban era friolenta. Acompañada de una capa de nieve blanca, la estación más fría del año, atrajo el calor en la relación de ambos. Si bien, las cosas estaban relativamente más calmadas, el departamento seguía manteniendo ese aire melancólico, y muchos malos recuerdos. Así mismo, el matrimonio Altin de embarcó en 2 grandes decisiones para su futuro.
1ro. Terminarían oficialmente todo tratamiento hormonal, se despedirían finalmente del hospital, y de los intentos de concebir un hijo. Solo asistirían una ultima vez, para dar de alta a Yuri y Otabek de la depresión, y medicar a Yuri, con vitaminas para estabilizar sus niveles hormonales; porque después de todo lo que había pasado su cuerpo, realmente se merecía un descanso. Tomarían tiempo para comenzar nuevamente con sus ahorros económicos, y comenzarían a enfocarse en otras cosas.
Lo que nos lleva al 2ndo punto: Comprar una casa.
Si había algo en lo que ambos habían concordado, era que necesitaban mudarse. No muy lejos, se quedarían en la misma ciudad, pero no en ese departamento. El lugar tenía demasiados malos recuerdos, y si querían salir adelante, debían hacerlo en un lugar nuevo, que no les recordara nada de lo sucedido.
Así que no perdieron tiempo, y se pusieron en acción. Llamadas a vienes raices, recortes de revistas, planes, y tardes enteras entre charlas de propuestas para su nueva casa. Juntos, hicieron un pequeño álbum con todo lo que soñaban para su futura residencia del sueño. ¿Cómo la querían? ¿Qué tan grande? ¿y con cuantas habitaciones? ¿Tener una piscina era importante? Y lo más importante: ¿comprarían un perro?
Bueno, el perro no. Yuri quería un gato. Pero Otabek no estaba tan convencido, creía que eran seres malignos que desordenaban todo, y se adueñaban de la casa. Y Yuri creía que un perro era demasiado ruidoso, grotesco y desordenado. Así que después de miles de horas hablando, ambos acordaron en comprarse un pez dorado. Un Carpín, para ser exactos; un pez japones con ojos enormes, y escamas oscuras, al que llamaron -o mejor dicho, Yuri llamó-: Dragón Oso Tiburón (O Nesti, abreviado). Ahora que lo pensaban, de pez dorado no tenía nada. Pero aún así, lo querían. Después de todo, era el pez más rudo del mundo (al menos, para los ojos de Plisetsky) y ningún otro ser en la pecera se metería con él. Tal vez porque la pecera estaba bacía, pero eso no importaba.
La búsqueda de la casa perfecta fue como un mapa del tesoro. Ninguna cumplía con sus expectativas, o estaba por encima de su presupuesto. A Yuri no le terminaban de convencer ninguna, y Otabek se negaba a la ubicación de otras.
Y fue entonces, un sábado por la mañana, a la mitad del desayuno, que su agente les habló. Había encontrado una oferta, de un lugar que cumplía con todos los requerimientos. Dos pisos, con sótano y ático, patio grande, piscina, pórtico, y en un barrio tranquilo. La señora que la vendía, dijo que tenía que mudarse a Torónto pronto, porque su esposo había conseguido una oferta de trabajo. Parecía casi un sueño hecho realidad.
Cuando fueron a ver la casa, las cosas cambiaron por completo. La estructura externa era justo como Otabek la había soñado, espaciosa, y bella. Con un bellisimo jardín por frente, y uno más extenso por detrás. Parecía la mezcla perfecta entre el campo y la ciudad, el vecindario era cercano, pero cerrado, las personas, y los vecinos se vieron amables. Por otro lado, la forma de la casa, era el balance perfecto entre un suburbio moderno, y un modelo antiguo de cabaña rusa; con un toque de de arquitectura al estilo victoriano. El color grisáceo contrastaba espléndidamente con los detalles blancos de la madera, y las paredes intercaladas de piedra. Algunas de las puntas del techo terminaban en una V invertida, y Yuri no pudo evitar imaginarse lo bello que sería el ático. El patio era enorme, y el suelo de madera hacia juego con las escaleras. La cocina, era bellísima. Tenía 3 baños, 2 generales, y uno privado en la habitación principal, que por cierto tenía balcón. Había 4 camarotes (su cuarto, 2 estudios privados, y la habitación de invitados). Además, tenía una chimenea. ¿Qué más podían pedir?
Si, se salía del presupuesto, y necesitaría amueblarse, pero era lo que querían.
-¿que dices?-. Yuri tomo de la mano a su osezno, y le habló en voz baja mientras su agente hablaba con la propietaria.
-¿que qué digo? Hemos visto miles de casas, 96 hasta el momento. Pero esta se nos escapa del presupuesto.
-Pero es muy linda...-. Yuri le apretó la mano. -el vecindario es alejado de la ciudad, pero nuestros trabajos están cerca. Estamos prácticamente en un bosque, Otabek. Siempre me dijiste que querías vivir así.
-Si. Pero es enorme. ¿Sabes lo que cuesta mantener una casa así? Además, es mucho para los 2
-Invitaremos más seguido a tus padres, y hermanos. Imagina las navidades que podríamos pasar aquí-. insistía coqueto el rubio.
Otabek no podía quitarse esa imagen de la cabeza. Era demasiado dinero. Quería negarse, quería irse, tenía miedo, pero Yuri tenía razón, era lo que querían.
-Vamos Beka... tengo algo ahorrado, en una cuenta secundaría. Se que podemos hacerlo. Imagina los inviernos frente a la chimenea, y a los hijos de tus hermanos en el jardín cuando nos visiten.
Yuri estaba tocando sus puntos débiles.
-Aparte, seríamos los tres. Tu. Yo. Y Dragón-Oso-Tiburón
-Nesti
-lo que sea. ¿Ya viste el ático?
-estas obsesionado con eso.
-¡Es bellisimo! ¡luego arreglaremos el problema del dinero! ¡hay que comprar esta casa!
-Yuri...
-vamos, Beka. ¿Qué te detiene?
Otabek no pudo contenerse más. Su esposo era increíble. Se limitó a suspirar y rodar los ojos. Podrían endeudarse de por vida, pero en ese momento no le importaba. Beka sonrió, y acercó a Yuri a su cuerpo desde la cintura.
-compraremos la casa-. le susurró con ternura en el oído, y la risa de emoción que soltó su esposo valió millones.
Un tierno beso se plantó entre sus labios. Estaban a punto de tener un nuevo comienzo. Y nada los alejaría de eso.
Ya luego se preocuparían por el dinero.
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