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Capítulo 43 {2ª Parte}

Aproximadamente a las 10:00h, en la iglesia de San Andrés, Paul Coates se ha preparado para su última misa. Se ha ataviado con su habitual atuendo negro, sobre el cual se ha puesto un alba blanca, acompañada de una estola verde con motivos de una cruz dorada al final de cada extremo. Tras suspirar pesadamente, dando una última mirada a sus dominios, de donde ha recogido sus pertenencias, habiéndolas trasladado en días anteriores a la casa de Beth, sale de su despacho particular. Una vez está de pie tras su púlpito, se sorprende al contemplar la cantidad de personas que comienzan a entrar por las puertas del sacro lugar, ocupando los vacíos bancos de madera. Mientras los ve entrar, aún atónito, coloca una pequeña bandera arcoíris en el púlpito, haciéndola colgar, pues siempre ha creído en la inclusión de todos los colectivos que, en ocasiones, se han visto marginados por la iglesia. Para él, la fe es un concepto que no entiende de barreras raciales, religiosas, físicas, mentales, sexuales o de género. La fe es un concepto universal, cuya finalidad definitiva es la unidad, la conciliación y el amor por el prójimo en todas sus formas. Y siempre debería ser así. Nunca debería haber instancias en las que un colectivo fuera marginado o rechazado por ser diferente, porque, ¿acaso Dios no los ha hecho a todos tan diversos y distintos, porque esa es su visión ideal del mundo? ¿No adora El Señor la diversidad? Pues ellos, como buenos creyentes, deberían seguir su ejemplo.

Contrario a lo que pensaba, y esperaba, la nave se ha llenado de feligreses, que le sonríen con agradecimiento y amabilidad. Entre aquellos que puede reconocer nada más pasear su vista por los bancos de la nave, ve a Maggie Radcliffe, ocupando un puesto en primera fila, sonriendo de oreja a oreja, con sus labios pintados de carmesí; a Nigel Carter, justo tras ella, sonriendo como siempre lo ha hecho; los Latimer, con Beth sujetando a Lizzie en brazos mientras que Chloe se sienta a su izquierda, con Mark sentado en el lugar cercano al pasillo de la nave, sonriéndole con agradecimiento y apreciación; a los Atwood, que se han sentado juntos, y parece que finalmente están intentando arreglar su matrimonio después de los horribles días que se han sucedido por el caso; a los Miller, con Ellie acariciando el cabello de su pequeño y adorable Fred, acompañada por su padre y Tom; a Leah y Trish Winterman, que se han sentado juntas y se abrazan con cariño, apoyándose incluso tras la resolución del caso; a Ian Winterman, sentado unos bancos más atrás que su familia, con una expresión esperanzada en el rostro; a Katie Harford y a Ed Burnett, sentados juntos finalmente como padre e hija, con la oficial de policía llevando de nueva cuenta su placa insignia, colgada del cinturón del pantalón, habiendo sido restituida en el cargo por Ava Stone; a la susodicha comisaria de Broadchurch, sentada en la parte trasera de la nave junto a su mujer, Julianne y su hija Charlotte; por último, están los Hardy, con Daisy sentada en medio de sus padres, con los brazos de la brillante inspectora pelirroja rodeando sus hombros en un gesto afectuoso, mientras que el taciturnos inspector no desvía su mirada de él, prestando atención a sus palabras y acciones.

El reverendo de cabello rubio deja escapar una sonrisa y un suspiro aliviado al ver a tantas personas congregadas allí, apoyándolo y ofreciéndole una calurosa y cariñosa despedida de su puesto. Es agradable sentirse apoyado y querido por la comunidad, especialmente cuando él les ha dedicado prácticamente todas las horas de los últimos años. Cuando finalmente se sobrepone a la impresión, carraspea, intentando encontrar las palabras exactas para empezar con su discurso, pero por esta vez, decide dejar la teoría, lo ensayado y preparado, de lado. Quiere hablarles con el corazón en la mano esta vez.

—Bueno, Maggie Radcliffe no es mala como reclutadora... —comenta primero, haciendo reír suavemente a las personas allí congregadas, quienes posan inmediatamente sus ojos en la periodista del Eco de Broadchurch, quien les devuelve la sonrisa con humildad. Es evidente que se ha encargado de transmitir la noticia de que esta será su última misa, asegurándose de que todos acudan para despedirlo y desearle lo mejor en su vida como persona de a pie—. Hay un pasaje de los Hebreos que me viene a la cabeza en este momento —asevera, cerrando los ojos por unos segundos para hacer memoria—. Procuremos pensar, en cómo podemos ayudarnos los unos a los otros a tener más amor, y buenas obras —conforme habla, su voz adquiere un tono solemne, y desviando momentáneamente la mirada hacia Beth, ve que ésta le susurra a Lizzie que esté callada, pues la pequeña no para de repetir «Papi, Papi», como si quisiera subir al púlpito con él. Esto lo enternece, provocando que tenga que tragar saliva para recomponerse y poder continuar hablando—. No dejemos de asistir a nuestras reuniones, como suelen hacer algunos... —les da un leve rapapolvos por el hecho de haber abandonado sus deberes cristianos, y parece que el mensaje cala hondo en algunos de los congregados, pues ve que tanto Katie Harford como Ed Burnett asienten en silencio. Al fin y al cabo, desde hace tiempo, ambos han sido católicos creyentes—. En lugar de eso, animémonos los unos a los otros —asiente con convicción, pues lo que siempre ha importado, sobre lo que está asentada la fe, en su modesta y humilde opinión, es en el amor y las buenas obras. Los actos sencillos de amor y compasión de la gente por sus semejantes—. Bien, espero que, cuando yo ya no esté aquí y mi sucesor, Aidan, venga a relevarme —ante la mención de su hermano, Coraline, su prometido y Daisy, no pueden evitar dejar escapar una sonrisa llena de cariño—, todos sigáis animándoos los unos a los otros —ve con claridad cómo David, el abuelo de Tom y Fred, acaricia su cabello con ternura, sonriendo por vez primera desde la muerte de su esposa. Advierte asimismo, que lleva un colgante con una cruz colgada, probablemente de su amada mujer, y agradece que, aunque sea ahora, haya recuperado algo de esa fe que había perdido—. Lo único que queremos todos realmente, es amor, y buenas obras —concluye su sermón con evidente emoción tras sus palabras, sintiendo que las lágrimas amenazan con nublar su visión, pero afortunadamente, consigue detenerlas a tiempo—. Gracias a todos por venir.

Cuando acaba su sermón, contempla que todos se levantan al unísono, ofreciéndole miradas y sonrisas llenas de cariño y agradecimiento, antes de comenzar a salir del sacro lugar. Esa silenciosa apreciación y cariño, para él es el equivalente a un estruendoso aplauso. Siente que ha realizado su labor como debía, y que ha dejado el camino allanado para el joven vicario que pronto ocupará su lugar. Y está deseando ver cómo se desenvolverá, pero ahora, debe concentrarse en disfrutar de su vida como uno más de su rebaño. No cree que vaya a serle fácil el acostumbrarse, pero con la ayuda de Beth y las niñas, está seguro de que lo hará.

—De haber sabido que eras tan bueno, habría venido más —le dice Alec Hardy en cuanto detiene su caminar a su lado. Está claro que es una pequeña pulla, reminiscencias del pasado, cuando lo creyó sospechoso, pero Paul sabe ver la ironía al momento, carcajeándose por lo bajo.

—Oh, muchísimas gracias...

—Este marido mío... —rueda los ojos, falsamente ofendida, con el escocés encogiéndose de hombros lo más inocentemente que puede, logrando divertir al, ahora, antiguo vicario. Se pregunta cuándo serán sus nupcias, pues no tiene duda de que serán la comidilla del pueblo durante un tiempo—. Está bromeando —clarifica la taheña, aunque no necesite hacerlo debido a la obviedad de sus intenciones—. Tú ignóralo —le aconseja con una sonrisa cariñosa, antes de que Ellie, que está junto a su familia, de pie cerca de sus compañeros de trabajo, intervenga en la conversación con una sonrisa pícara.

—Eso es lo que hago yo.

—Qué graciosa, Miller...

—Espero que seas muy feliz, Paul —le desea la analista del comportamiento, al mismo tiempo que le estrecha la mano derecha con efusividad—. Te lo mereces con creces.

—Lo mismo digo, Coraline —reciproca el hombre de cabello y vello facial rubio con una sonrisa llena de aprecio—. Dile a tu hermano que estoy deseando verlo por aquí —le susurra, de manera que ninguno de los feligreses, aun presentes en los alrededores de la iglesia, lo escuchen. Aunque sorprendida porque haya hilado acertadamente los que los une a Aidan y a ella, la pelirroja con piel de alabastro asiente con vehemencia, pues también está deseando que sus hermanos se muden al pueblo definitivamente—. Cuidaros mucho, los tres.

Ellie asiente al escuchar sus palabras, con Tom sonriendo levemente, pues ahora que todo ha terminado bien, con el caso resuelto, cree que finalmente podrá pasar más tiempo con su madre, y por qué no decirlo, con Chloe y Lizzie, además de la familia del tío Alec, como su madre insiste en que lo llamen Fred y él.

Es el momento de disfrutar de su tiempo juntos, especialmente al acercarse el verano.

—¿Lo ves? —inquiere Maggie con una sonrisa llena de picardía, habiéndose acercado a la familia Miller y a la familia Hardy con la sutileza y el silencio de un gato—. Te quieren —apostilla, antes de alejarse levemente para hacer una llamada.

Cora ve marchar a Ellie con una sonrisa de oreja a oreja, habiéndose despedido de ellas, sus hijos y su padre con un abrazo cariñoso, antes de sentir que su prometido rodea su cintura con su brazo izquierdo en un gesto protector a la par que tierno, pues para ellos, el trabajo no ha terminado. Aún les queda la operación de esta noche, al fin y al cabo. Más tarde se reunirán con Ellie en el puerto, para caminar juntos a comisaría y reunirse con Sakura, Elroy y Magnus. La mujer de treinta y dos años se abraza discretamente a su futuro marido, colocando su cabeza en su pecho, dejando que su calidez la envuelva.

—Hola, Dais... —saluda a su hija con una sonrisa agotada, no habiéndole pasado desapercibido que la muchacha ha salido de la iglesia de la mano de Chloe Latimer, de quien se ha despedido con un abrazo y un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios—. ¿Estás bien?

—Sí, Mamá —su respuesta provoca que el pecho de ambos futuros cónyuges se llene de alivio, pues lo único que han querido para ella es su felicidad. Saber que lo han conseguido tras tanto esfuerzo, es justo la recompensa que necesitaban—. Todos están hablando de vuestro caso, ¿sabéis? De que los habéis atrapado.

—¿Ah, sí? Bien —Alec parece que quiere evitar hablar de su trabajo, carraspeando de manera nerviosa. Aunque no solo parece reacio a sacar el tema, sino que ha notado que Daisy se le ha acercado con la clara intención de hablar con el corazón en la mano, y no es algo que se le dé precisamente bien. El hombre trajeado de azul marino, a juego con el conjunto de su pareja, suspira con pesadez, posando sus ojos pardos en su hija.

—Estoy orgullosa de ti, Papá —expresa la muchacha, y el escocés por poco siente que su corazón se le va a salir del pecho debido a esas palabras. Parpadea rápidamente, pues por un momento, cree que está soñando, pero la presencia de su querida novata a su lado le confirma que, efectivamente está en el mundo real, y no está dormido.

Nunca pensó que podría sentirse tan agradecido y emocionado con unas simples palabras, y sin embargo, después de que Lina aceptase casarse con él, después de la noticia de su embarazo, estas palabras dichas por su querida Daisy, son las que más lo han hecho conmoverse.

—Oh, bien... —intenta disimularlo, pero es evidente que está a un paso de llorar.

—Estoy superorgullosa... De los dos.

La pelirroja es quien no puede contener las lágrimas en esta ocasión, y nada más escuchar esas palabras, siente que ya no puede controlarlas. Está llorando como una niña a la que acaban de darle la mejor noticia del mundo. En ese momento, la jovencita rubia de ojos azules acorta la distancia entre ellos, y Alec las abarca a ambas con sus brazos, dejando que se apoyen en su pecho, brindándoles todo su cariño y su calidez. Finalmente, después de tantas tribulaciones y dificultades, están en el camino correcto para ser una familia. Para poder vivir la vida que deberían haber vivido desde hace mucho tiempo.

Ian Winterman, que ha observado desde lejos el intercambio tan amoroso de la familia Hardy, sonríe para sus adentros. Incluso las personas más estrictas necesitan el amor de sus seres queridos. Porque como bien ha dicho el párroco, todos necesitan amor y buenas obras. Y es el momento de que él empiece a recomponer su vida, y la de su familia. Debe enmendar sus errores del pasado, y todo comienza con buenas acciones.

—Hola, Papá —lo saluda Leah nada más lo ve acercarse a ellas, habiendo advertido que Cath está tras ellas, charlando con Ed Burnett de manera animada.

—Vale, puede que sea poco apropiado, pero... —se interrumpe al momento de tragar saliva, incómodo y nervioso al mismo tiempo. No quiere parecer asfixiante, especialmente ahora, que parece que su mujer y él han empezado a limar asperezas. Pero se dice que no pierde nada por intentarlo—. ¿Qué tal si llevo algo de cenar a casa luego? —les propone en un tono esperanzado, y ambas lo contemplan con miradas compasivas—. Había pensado en llevar comida china —añade, rememorando tiempos mejores, cuando vivían todos juntos, y disfrutaban de su compañía y una buena cena asiática, mientras veían una película—. Ya sabéis: ese menú que solíamos pedir... —se interrumpe, desviando su mirada a sus manos, las cuales no para de frotar entre sí en un gesto nervioso—. ¿Es una mala idea?

—Oh, sí —dice Leah con una sonrisa de oreja a oreja—. Estaría genial.

—Me parece bien —responde Trish tras unos segundos.

—Genial...

Puede que las circunstancias hayan ameritado que hayan acercado posturas, aunque no podían ser más dispares. La trabajadora de la tienda de comestibles se pregunta con ironía si, en caso de que no la hubieran violado, Ian y ella habrían logrado empezar a arreglar su relación. O si por el contrario, él habría continuado su relación con esa niñata de Sarah, que se inmiscuyó en sus vidas al empezar a flirtear con él, a pesar de saber que estaba casado. Como es habitual en las supervivientes de agresión sexual, su mente ya ha comenzado a pensar en las posibilidades de lo que podría haber sucedido, en caso de que esa horrible situación no se hubiera dado. Pero Trish hace un esfuerzo por no pensar en ello, porque lo que tiene que hacer ahora es concentrarse en recuperarse. En vivir su vida con la mayor normalidad posible, sin olvidar lo que ha superado para llegar hasta aquí.

Paul camina hasta Beth, Chloe y Lizzie, con la última acercándose rápidamente a él para abrazarse a sus piernas. El ahora antiguo párroco, sonríe con ternura al ver este gesto, y la toma en brazos, abrazándola, y brindándole un cariñoso y suave beso en su redonda mejilla izquierda. La joven madre de cabello castaño sonríe al ver este gesto, y se acerca a su pareja, acariciando el cabello rubio de su pequeña niña. Chloe por su parte intercambia una sonrisa llena de significado con Daisy, a quien ve alejarse de la iglesia con sus padres, antes de abrazarse a su padre para despedirse de él. Hay algo en su interior que le dice que no volverá a verlo en mucho tiempo, de modo que quiere alargar el abrazo cuanto le sea posible. Después de separarse de él, siente cómo la sujeta por los hombros.

—Cuídate mucho, Chlo... —le desea con evidente afecto en sus palabras—. Y cuida de Lizzie y de tu madre —añade, a pesar de que no es necesario que le dé esa directriz. No puede creer que, después de tanto tiempo, después de tantas deliberaciones, finalmente haya decidido alejarse de su familia. Es una decisión difícil de tomar, pero sabe que es lo correcto para poder seguir adelante. Para enfrentarse a sus propios demonios.

—Te prometo que lo haré, Papá.

La estudiante siente que las lágrimas comienzan a asomar en sus ojos. Nunca se imaginó que vería a sus padres separarse. Para ella eran el tándem perfecto, capaces de hacer frente a lo que sea que se les pusiera por delante. Pero es evidente que la vida tiene sus propios planes y caminos, y nada perfecto puede perdurar. Todo debe cambiar tarde o temprano. Para bien, o para mal. Y deben aceptarlo para seguir adelante.

En ese preciso momento, Mark le extiende la mano derecha a la pareja de Beth con educación. Éste parece momentáneamente sorprendido por esta aparente ofrenda de paz, pero finalmente se decide a extender la mano derecha, estrechándosela. Está claro que el fontanero está deseándole lo mejor de manera no-verbal, pidiéndole implícitamente que cuide de Beth y las niñas, y Coates está respondiéndole mediante este gesto, que puede estar tranquilo, porque piensa cuidar de ellas con todo lo que tiene.

—Bueno, será mejor que nos pongamos en marcha —asevera Nigel, quien hasta ese momento estaba charlando de manera distendida con unos vecinos de siempre. Se ha acercado a ellos con una sonrisa apenada, pues comprende lo difícil que es el despedirse del pueblo que lo ha visto crecer, así como de la familia de la que ha cuidado—. Tenemos muchas horas de carretera por delante.

—Sí —afirma Beth con un tono apenado, sonriendo al mismo tiempo que abraza al hombre alopécico, compañero y amigo de Mark—. No queremos que lleguéis demasiado tarde —bromea, haciendo reír a Nige. Siempre ha sido un amigo leal de su familia, y no cree que haya nadie mejor para velar por el fontanero de ojos azules en su lugar—. Cuidaros mucho... Los dos.

Mark asiente en silencio, antes de despedirse de su familia y del pueblo que lo vio nacer y crecer, antes de comenzar a caminar lejos de la iglesia, junto a su mejor amigo. Ha llegado el momento de pasar página. Y de dejar a Chloe y Lizzie en buenas manos, porque ahora mismo, desgraciadamente, él no puede hacerse cargo de ellas. Los recuerdos de Danny y de lo sucedido, del juicio, son demasiado para que su psique pueda soportarlo. Si decidiera continuar en Broadchurch, probablemente acabaría por hundirse en su depresión. De ahí que haya decidido marcharse con Nige hacia el norte, para empezar de nuevo.

Va a casa de su mejor amigo, para cambiar el traje con el que ha asistido al sermón por unos vaqueros, una camisa, una chaqueta de cuero negra, y unas deportivas blancas. Una vez hecho esto, ambos se acercan hasta su furgoneta, aparcada a pocos metros del inmueble. Se ha asegurado de meter sus pertenencias y maletas en el interior tras prepararse para asistir a la última misa de Paul. Se sienta en el asiento del conductor, mientras que Nigel se sienta a su lado, en el asiento del pasajero. Comienza a darle indicaciones en cuanto salen de Broadchurch, pues el hombre alopécico se ha asegurado de comentarle a su hermana que va a llevar a un invitado a casa. Ella, como esperaba, está más que entusiasmada por conocer a Mark, y está dispuesta a dejarle que se instale en una de las habitaciones de su casa, para que no tenga que pagarse una habitación de hotel.


Unas horas más tarde, Beth ha organizado una comida con los Miller. Se han sentado todos juntos alrededor de la mesa del jardín trasero. Ha pensado en invitar a los Hardy, pero su querida amiga de cabello castaño le ha comentado que éstos necesitan pasar un tiempo a solas en familia, pues llevan mucho tiempo deseándolo. Además, tienen que empezar a preparar sus inminentes nupcias, algo que todos están esperando con gran alborozo. De modo que, la joven madre de cabello castaño se dice que, la próxima vez, probablemente una vez hayan celebrado su boda, los invitará a comer con ellos para celebrar que han salido indemnes de tantos reveses en la vida. Saliendo al jardín trasero, con un cuenco de patatas asadas en las manos, contempla cómo Chloe está cortándole la carne a Lizzie, quien evidentemente está deseosa de meterse un buen pedazo en la boca.

—¿Te pongo algo más? —inquiere la estudiante de instituto con una sonrisa, mirando a su hermanita, quien asiente al momento con vehemencia—. ¿Tanta hambre tienes?

Beth deja el plato en la mesa, sentándose en el asiento junto al de su hija pequeña, quedando entre ella y Tom. Ve entonces cómo su pequeña se llena la boca de comida, lo que la hace sonreír con ternura, antes de sacar una servilleta para limpiarle las comisuras.

—¡No te lo comas todo a la vez, cielo! —la amonesta cariñosamente, con la pequeña Lizzie carcajeándose, lo que prontamente, provoca que todos los comensales de la mesa comiencen a carcajearse de manera estruendosa.

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