Cada vez camino a casa, un joven pasaba por un pequeño parque a medio sendero. No había más que grama amarillenta con poca vida que había perdido lucidez a través de los años. Los árboles tenían ramas secas y unas cuantas hojas que amenazaban con caer. Las bancas de cemento estaban ya gastadas y gran parte de la pintura había desaparecido. Era un lugar sombrío que los habitantes de la zona habían descuidado y que pasaban nada más por costumbre, no por deseo de ver lo que había sido un bonito sitio en sus inicios.
Justo en una orilla, donde la lluvia aún recordaba caer, había nacido un botón de una rosa, a lo mejor las aves se habían encargado que la pequeña rosa se abriera camino en aquel desolado lugar. El muchacho un día la descubrió, la vio con curiosidad pues le parecía que ella había sido fuerte al haber nacido en aquellas circunstancias. Aún era pequeña, pero seguro crecería y sería hermosa, pensó él. La imagen del pequeño botón estaba en su cabeza, estaba ansioso de descubrir cómo sería y en qué momento se abrirían sus pétalos. El día siguiente, el chico pasó de nuevo, con la esperanza que el momento había llegado, pero ella aún era una tierna bebé. El muchacho se detuvo frente ella con desilusión, sabiendo que aún no era el momento, pero un día ocurriría.
Pasaron varios días, con el opaco sol y la casi escasa lluvia de invierno había sido difícil tener esplendor, pero finalmente había llegado. Ya no era más un botoncito, se había transformado en una preciosa rosa con rojos pétalos brillantes, sus hojas tenían un intenso tono verde y muy llamativo, el tronco parecía muy resistente, con afiladas espinas pero que seguramente la protegerían bien. Ella estaba feliz, seguramente la verían y haría sonreír al menos a una persona, llenándola de gusto al saber que podría ayudar a alguien que no estaba pasando por un buen momento.
Tristemente para ella, las personas pasaban y la ignoraban, nadie cambiaba el semblante aburrido que llevaba. ¿Qué es lo que pasaba? ¿Acaso no haría feliz a nadie? Hasta que apareció él, quien había esperado con ansias el momento en que ocurriera y ahí estaba. Su emoción era palpable, sonrió al descubrir que era aún más bella de lo que había pensado jamás. Sus hojas, sus pétalos, todo era precioso.
Al verla, se enamoró. Nada jamás en su vida había sido tan lindo, puro, inocente como aquella pequeña rosa. Ella estaba feliz, era la primera sonrisa que recibía y parecía tan buena y sincera. Se sonrojó al pensar que ella era la razón por la que aquel muchacho había sonreído de esa manera. Él se acercó y cautelosamente puso un dedo sobre un pétalo, la rosa se estremeció ante el contacto, pero sintió el gesto muy delicado. El chico percibió la suavidad del pétalo tan fino.
Ambos sintieron una conexión electrificante, pero no estaba nada mal. Él sonrió nuevamente y ella se sacudió muy despacio con la brisa que traía la tarde. No sabían cuánto tiempo había pasado, pero parecía haber volado, ya oscurecía y estaban conscientes que él debía regresar a su casa. Se despidieron con un dejo de tristeza en sus movimientos, sus gestos, sus miradas, no querían separarse, pero él no podía quedarse más tiempo.
Él emprendió su camino a casa y ella lo vio alejarse. Había sido un día, un rato, un momento estupendo. Ella fue feliz ese instante. Él llegó a la esquina en donde cruzaba hacia su casa, volteó y le dio un último vistazo, alzó su mano y se despidió con un rápido ademán. Lo que quedaba del día fue un poco triste, ambos no dejaban de pensar el uno en el otro, pero existía la esperanza que el día siguiente sería mejor.
Las expectativas quedaron bajas, el día fue mucho mejor de lo que pensaron. Ambos estaban con ganas de verse. Y al él acercarse, ella se alegró demasiado al saber que él la había extrañado tanto como ella a él. Se notaba en su expresión, él la vio aún mas hermosa que el día anterior. Tímidamente se saludaron y dijeron lo mucho que se habían extrañado, fue un bello momento, lo mejor que les había pasado en el día. Estaban felices, la conexión era muy fuerte, el aire tenía un dulce aroma, olía a amor. El instante era perfecto, nada los perturbaba, nada los incomodaba, solo existían ellos en el enorme universo.
Pasó el tiempo y ya era una costumbre el verse a diario, compartir juntos, expresar cuanto se querían y lo mucho que se extrañaban cuando no estaba cerca uno del otro. El joven tenía sus vivencias, pero para la rosa, era la primera vez que tenía esa experiencia. Aun así, nada había impedido que esas dos individualidades se quisieran.
El invierno había pasado y a la rosa se le notaba que iba perdiendo el color al ya no recibir la mínima de lluvia que el lugar ofrecía. El chico se preocupó, pero encontró una solución. Él sería quien llevara un poco del líquido vital para ella y ser él mismo quien la mantuviera floreciendo y que mostrara la hermosura externa, tanto como la interna que él muy buen conocía. Eran unos amantes especiales, todo lo que tenían ellos era único, bonito y parecía eterno. Era como si nada malo podría jamás pasar entre ellos, estaban seguros de lo que sentían y eso era agradable.
Ellos nunca contaron con que el tiempo y las circunstancias podrían interponerse. Los horarios del chico cambiaron y ahora tenía poco tiempo para dedicarle a la rosa. Se veían ocasionalmente y el amor que él ofrecía se iba reduciendo. Él le explicaba que todo estaba bien, que sentía lo mismo por ella y que, aunque el período había cambiado, él no la había olvidado. Ella se conformaba con eso, después de todo, era difícil que él olvidara tantos momentos que habían pasado juntos y que habían sido singulares y extraordinarios. Él le daba pequeñas muestras de cariño cada vez que llegaba y era suficiente, aunque la lejanía era demasiado clara.
Él cada vez se ausentaba mas y ella comenzaba a extrañarlo enormemente. Ya no le bastaba lo poco que recibía. ¿Cómo es que había cambiado tanto? ¿Cuándo pasó? ¿En qué instante? No lo podía entender. Su corazón se entristecía más fuertemente y lo que él le daba le empezó a hacer falta, más y más. Él decía siempre ser igual, que todo estaba bien, pero ella sentía que no era así. Ella lloraba a diario y empezó a desmoronarse poco a poco. Sus pétalos palidecieron y debilitaron, el brillo se iba perdiendo, sus hojas se iban pudriendo y su rigidez flaqueó. El primero pétalo cayó.
El muchacho parecía no notar que la rosa perdía la vida, ¿Acaso no le importaba lo que a ella le pasaba? ¿Había perdido ya el amor que le tenía? ¿Encontró una rosa más hermosa a la cual admirar? ¿Por qué actuaba así? A la rosa le dolía no solo el cambio que él había tenido hacia ella sino que aún entre tanto, él no tenía la más mínima idea que ella sufría o no le deba importancia. Algo debía pasar. Ella solo deseaba que todo acabara pronto o que él volviera a la normalidad, pero ninguno de los eventos pasó.
Él finalmente se ausentó, sin una explicación, sin un motivo por el cual desaparecer, solo se fue. Después de todo, ella ya no era atractiva, a lo mejor por eso él dejó de visitarla. A ella le quedaban pocos pétalos, unos cuantos. Le había costado tiempo, mucho tiempo poner fin a todo. Pero la tan deseada muerte se acercaba a paso lento.
Un pétalo quedaba nada más cuando algo sucedió. ¡El chico volvió! La rosa no lo podía creer. Después de tanto esperar, tan larga la espera, él la recordó. Aún agonizante, ella le sonrió, le mostró que lo había estado esperando y que lo había extrañado muchísimo. El enojo y rencor que podía haber tenido se fueron al encontrarse con su presencia. Ella bajó su sonrisa al ver que la expresión del joven no era alegre, ¿no estaba feliz de verla?
Una lágrima silenciosa rodaba por la mejilla de él, quiso tocar a la rosa, su rosa, pero temía a que se deshiciera el único pétalo que a penas se sostenía. Por su mente pasaron algunos flashbacks de cada momento vivido con la rosa y se le alojó algo en el pecho. Dolor. Culpa. Tristeza. Melancolía. Más lágrimas comenzaron a caer, se sentía arrepentido por descuidar algo que alguna vez amó. Sabía que la rosa sufría, pero aún ella le tenía amor.
Ella quería preguntarle tantas cosas: del porqué de su ausencia, del porqué la había abandonado... pero ella quería pasar su último momento de vida a su lado y recordando solo los buenos momentos, diciendo que lo perdonaba y que aún lo amaba incondicionalmente. Él lloró amargamente, ya no podía hacer nada, ya era tarde. Ella sonrió y susurró un "te amo" antes que el último pétalo finalmente cayera.
La rosa murió en presencia de ese ser que fue el único amor de su vida. Él tomó el pétalo, lo acercó a sus labios y lo besó. Cerró los ojos para que las lágrimas cayeran libremente por sus mejillas. Miró el pétalo y lo estrujó con las manos, quedando solamente cientos de trozos. Alzó su mano y el viento, que se había tornado en un aire frío y tétrico, se llevó los pedacitos oscuros de lo que quedaba de la rosa. Él suspiró y percibió el suave aroma que la rosa transmitía en vida, de alguna manera supo que ella estaría con él. Jamás la olvidaría. Desde ese momento le hizo falta y se lamentó el no haber podido apreciar toda la pasión y afición que ella le había ofrecido... Ahora que ella ya no estaba...
Así es el amor. Dura cuanto tiempo lo atiendas. Si lo descuidas, se va pudriendo y muriendo. Si realmente aprecias algo, no lo sueltes. Demuestra lo mucho que te importa, no solo lo digas. Muchas veces no entendemos el daño que nuestras acciones causan, pero realmente está ahí. Di lo que sientes y deseas antes que sea demasiado tarde, nada en la vida es eterno. No lo olvides. No permitas que la rosa muera si puedes hacer algo. Si le has perdido el cariño, díselo, la harás sufrir menos, ella al amarte realmente lo entenderá. No esperes a valorar lo que alguna vez quisiste cuando ya se haya ido y darte cuenta que había estado decayendo lentamente.
Sígueme en Instagram: rea_purpleheart 💜
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro