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La vida de Steve se había vuelto complicada y lejos de lo que el soldado había imaginado. Nunca pensó que lo diría pero le daba miedo la vida que había elegido, y no solo por él, sino por todos a los que había arrastrado consigo. Había acabado lo que los medios de comunicación llamaban la Guerra Civil contemporánea y él había sido uno de los que peor parado había salido. Moverse de un sitio a otro, luchando contra sus propios amigos, liberar a prófugos de la justicia, y escapar de ella misma, había conseguido agotar lo mejor de sí mismo. Había estado alicaído, desesperanzado, deprimido, pero había tratado de ocultarlo. No necesitaba que nadie se preocupara por él. Estaría bien si podía respirar, se conformaba con muy poco. Sin embargo, aunque no fuera capaz de reconocerlo, necesitaba ese roce de alguien cercano que no tenía. Estaba solo.
Meses atrás había estado rodeado de gente que le trataba de implantar su visión del mundo, le intentaban decir qué debía hacer, le intentaban dar órdenes. Él era un soldado, sabía obedecer, sabía acatarlas, pero no cuando se las imponían sin motivo. Mucha gente pensaba que era muy fácil convencerle si se excusaban en que la seguridad del mundo entero estaba en juego pero eso, a Steve Rogers, nunca le había sido suficiente. Las palabras se habían quedado cortas para él hacía mucho tiempo. Necesitaba pruebas, verlo por él mismo. Ya no se fiaba de nadie. Se había cansado de jugar a ser el tonto, el mandado, el soldado patriótico que todo el mundo esperaba que salvara el planeta. Él nunca había tenido ese rol, era una fachada que la gente le había impuesto. Y todos esos meses, esa gente le había estado recordando constantemente que lo que hacía estaba mal.
Paseaba solo por las instalaciones del centro de T'Challa, en Wakanda. Llevaba semanas repitiendo esa acción... incluso meses. Andar sin un rumbo fijo, andar por andar, andar sin ver el futuro. Todo lo que le rodeaba era extremadamente moderno, muy del siglo XXI, y él aún no se acostumbraba. Los pasillos eran demasiado espaciosos, todo estaba extremadamente limpio; el arte contemporáneo era la definición de pulcritud. Este lugar era así y se sentía muy lejos de casa. Desde que había despertado del hielo andaba perdido, tratando de encontrar su lugar. Quería volver a lo básico, a un mundo de salones de baile, de radios, sin televisiones, sin tanta tecnología. Quería regresar a la vida simple, a un sitio dónde se sintiera a gusto. Quería volver a casa. Pero ese lugar ya no existía. Para él era lo mismo estar aquí que en Nueva York. Ni siquiera Brooklyn era como antes. Todo lo que él conocía, todo su mundo, se hundió en el hielo junto a él en los años 40. A excepción de una cosa.
Bucky.
James Buchanan Barnes era lo único que le mantenía con los pies en la tierra en ese mismo instante. Gracias a Bucky había vuelto a casa. Recuperarle había significado recuperar a su mejor amigo y recuperar su hogar. Aún así, ahora mismo no se encontraba en ese lugar. Bucky estaba allí con él, a salvo, pero no de la forma en la que él preferiría. Había intentado auto convencerse de que criogenizarle era lo mejor. Meterle en esa cápsula y congelarle era la mejor opción. Se lo repetía una y otra vez. El mismísimo Bucky había sido el que se lo había pedido. Él había querido que le metieran en la cápsula porque temía que alguien volviera a jugar con su cerebro de nuevo y le convirtiera en el soldado de invierno, porque no quería hacer daño a ningún inocente más, porque tenía miedo de sí mismo. Pero Steve no. Steve nunca tendría miedo de Bucky.
Se conocían desde que eran niños y, puede que Hydra hubiera hurgado en la mente de su mejor amigo, puede que no recordara muchas de las cosas de su pasado, puede que cuando se convirtiera en el soldado de invierno se olvidara de quién era, pero Steve sabía que su Bucky seguía ahí dentro. Podía sentirlo y por eso nunca le dejaría de lado. Estaba con él hasta el final.
Criogenizarle había sido su decisión y Steve debía respetarla, aunque supiera que se arrepentiría de ello. De hecho, en este momento se arrepentía más que nunca. Ahora que sabía que Bucky estaba a salvo y con él pero que no podía verle, le echaba más de menos que nunca.
No le quedaba nada. Sí, en el centro se encontraban también Sam, Wanda, Scott, Clint y Natasha, la cual había decidido unirse a ellos al saber que también la buscaban. Incluso T'Challa había resultado ser un buen amigo, pero no podían salir por seguridad. Estaban encerrados y eso le torturaba. Era buscado por la ley. Él. El Capitán América. El que había desmantelado Hydra, una red terrorista en el mismísimo corazón del servicio secreto estadounidense. Era irónico.
Una de las causas de la gran Guerra Civil fueron las distintas opiniones entre sus compañeros del grupo de los vengadores y él. Unos estaban a favor de que estuvieran bajo la supervisión de un comité como la ONU y otros, como él, se negaban en rotundo. Steve nunca había sido fan del gobierno en los años 40, pero aún en el siglo XXI veía cómo el mundo no había avanzado en ese aspecto. La ley le buscaba como si fuera un criminal. Por mucho que le hubieran insistido, no podría haber firmado nunca ese acuerdo. La ley estaba mal y él no se iba a poner al servicio de gente corrupta.
Por eso se encontraba en esta situación hoy en día. Estaba amargado y no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Solo una persona podría sacarle de esta miseria. No podía luchar, no podía salvar inocentes, no podía proteger el mundo. Un hombre como él, un soldado, no podía vivir de esa manera. Se pasaba el día en tensión, de mal humor, viendo el mundo a través de un cristal. La guerra era lo único que le traía paz; ayudar a los más indefensos. Estaba en su naturaleza vivir en el campo de batalla.
Después de cenar, de camino a su habitación, se pasó a ver a Bucky, como hacía cada noche. Estaba en una sala en la planta más baja del edificio. Nadie bajaba allí, lo cual le apenaba pero a la vez lo prefería. Prefería estar solo visitando a Bucky, sin que nadie le viera. Al llegar se detuvo delante de la cápsula donde dormía su mejor amigo. Apenas se podía ver su rostro. El hielo había congelado casi todo el pequeño cristal que se encontraba a la altura de su cabeza. Se acercó y apoyó una mano contra él. Agachó la cabeza y suspiró con abatimiento.
Le acababa de recuperar y tuvieron que criogenizarle. Apenas había podido pasar tiempo con él. ¿Cuánto tiempo estaría así esta vez? ¿Cuándo encontrarían una solución para su problema? Cada minuto que Bucky pasaba congelado, era un minuto que Steve envejecía. Sin embargo, Bucky se quedaba intacto. No quería envejecer si no era con él. Ya había perdido a todo el mundo que le conocía. Había perdido incluso a Peggy. No quería perder a nadie más, y mucho menos a él.
"Sabes que nunca me arrepentiré de haberme convertido en un fugitivo por salvarte la vida, ¿verdad?"
Conocía a Bucky y, si estuviera despierto sabía que se martirizaría con esa pregunta. Esa era una de las razones por las que Steve odiaba tanto que su amigo se encontrara criogenizado. No habían tenido tiempo de hablar. En el avión de camino a Moscú habían entablado una pequeña conversación pero no había sido suficiente. Iban hacia una misión y los dos estaban concentrados. A Steve no le servían unas horas, necesitaba días, semanas, para ponerse al día con Bucky, para convencerle de que siempre lucharía por él, por mantenerlos juntos a los dos. Steve ya había perdido a Bucky una vez, había visto cómo moría una vez, como se caía por un precipicio, y no iba a dejar que eso pasara dos veces. Si una pistola apuntaba a su amigo, Steve se pondría delante para recibir el impacto de la bala.
Steve siempre protegería a Bucky. Ya se lo había demostrado en el incidente de Washington DC. El soldado de invierno había tratado de matar a Steve. Esa había sido su misión, matar al Capitán América. Y Steve se dejó, porque no iba a ser él quién matara a su mejor amigo. No podía. Le era imposible. Puede que Bucky hubiera sido capaz de matarle a él, pero Steve siempre haría lo imposible para que Bucky viviera, y si eso requería morir, que así fuera.
El rubio miró entristecido la cápsula, pensando en lo distinta que sería su vida si pudiera hablar con alguien que hubiera compartido sus experiencias. Pero eso ahora era imposible y Steve debía aceptarlo.
"Buenas noches, Buck."
Y tras esas palabras, se retiró a su habitación.
*
Los días pasaron y la monotonía les acompañó, como era habitual en Wakanda. Las noches eran incluso más duras. El centro caía en un inmenso silencio. La cama era demasiado blanda. No podía dormir. No encontraba el sueño y no tenía nadie a quién recurrir. Natasha era la que más podía leerle y conocía sus problemas aunque no se los contara. Era una chica increíblemente inteligente, y por eso no se había acercado a decirle nada, había preferido mantener las distancias y Steve lo agradecía. Se había distanciado del grupo entero y, sinceramente, no quería que le siguieran a ninguna parte. Por su culpa, ellos estaban aquí, condenados a un exilio que ninguno de ellos se merecía.
Una de esas noches, mientras dormía, lo cual ocurría muy pocas veces, un ruido le despertó. Se levantó alarmado, no acostumbrado a escuchar ni una mosca en todo el tiempo que llevaba allí. Pronto reconoció la melodía. Era un teléfono, o más bien... el teléfono. Abrió el cajón de la mesilla y vio el objeto brillando mientras sonaba. Lo tomó entre sus manos y lo miró, indeciso. Apretó la pantalla y se lo colocó en la oreja.
"¿Tony?," no se escuchó nada al otro lado de la línea hasta que un fino hilo de voz habló.
"Hola, Steve."
Se quedó sin habla y el otro hombre también. Se había hecho a la idea que Tony nunca le llamaría, que estaba demasiado enfadado, disgustado con él para llamarle. Sin embargo, estaba pasando. El hombre que portaba el traje de Iron Man le estaba llamando, a altas horas de la noche.
"¿Estás bien? ¿Te ocurre algo?," preguntó Steve, alarmado.
Cuando Steve rescató a su equipo de la prisión submarina y escaparon, mandó un paquete a Tony. En él le entregó un teléfono y una carta, donde contaba lo arrepentido que estaba de que los acontecimientos hubieran tomado un camino tan turbio para ambos. Esperaba que él acabara entrando en razón y lo comprendiera. Le dijo que, si alguna vez le necesitaba, cogiera el teléfono y le llamara porque, a pesar de sus diferencias, Steve iba a estar ahí para él siempre.
"No. Todo está bien," comentó el hombre, con una voz difícil de identificar. Volvió a hacerse un silencio en el que ninguno de los dos compañeros habló. Era difícil encontrar las palabras después de tanto tiempo.
"Me alegro de que hayas llamado," dijo Steve, al darse cuenta de que el motivo por el que había llamado no tenía nada que ver con una invasión alienígena en Nueva York ni con ningún grupo terrorista. Tenía otra finalidad. "¿Cómo está Rhodey?"
Supuso que esa era una pregunta al orden del día. Sabía que Sam había estado preocupado por él y se sentía culpable porque el amigo de Stark se hubiera quedado paralítico tras la lucha. Escuchar noticias de él le animaría.
"Hemos hallado una nueva fórmula para las prótesis que le pusimos alrededor de las piernas. Funcionan mejor que los primeros prototipos."
"Me alegra oír buenas noticias," Steve sonrió levemente. Realmente se alegraba. Sabía muy bien que en las guerras había daños colaterales, pero ese era un concepto que Steve nunca había soportado. Él quería salvar a todo el mundo siempre.
"Podrían ser mejores," musitó Tony, con voz cortante. Steve le escuchó soltar aire con fuerza. "Llamaba porque... ver mejorar a Rhodey me ha hecho pensar... No quiero que esto sea una conversación ñoña así que lo diré rápido. Puede que no tuvieras toda la razón, pero tampoco estabas del todo equivocado."
Steve se quedó sin saber qué decir. Habían pasado tres meses más o menos desde la última vez que vio a Tony. Aún recordaba sus ojos entristecidos, destrozados, al igual que su cuerpo, reflejando su alma y el corazón de un niño que recordaba la muerte de sus padres como si hubiera ocurrido ayer. Steve conocía su historia y ese acontecimiento había marcado un antes y un después en la vida del multimillonario. Había nublado sus días y Steve presentía que el cielo de Tony seguía de ese color gris. No pensaba que fuera a llamarle tan pronto, y mucho menos si no había ningún loco amenazando la Tierra, pero se alegraba de que lo hubiera hecho.
"Quiero hablar con el soldado," anunció, sin rodeos.
"¿Con Bucky?," exclamó Steve. Eso sí que era algo que no se esperaba.
"Sí. Y por eso necesito que me deis vuestra ubicación para crear la ruta con el helicóptero". Steve se quedó callado como una tumba y Tony enseguida supo por qué. "¿He mencionado que no voy a mataros? No voy de forma oficial. No voy a deteneros, Steve. Solo pienso viajar yo." Steve continuó en silencio, incapaz de pronunciarse. "Mira, sé que no tienes por qué confiar en mí, pero te estoy diciendo la verdad. No quiero meteros en problemas, solo quiero hablar con Barnes." Tony estaba hablando más de lo que él hubiera anticipado y estaba diciendo cosas que no esperaba, pero había una en concreto, después de esa llamada, que tenía clara.
"Confío en ti, Tony," fue lo único que contestó Steve.
Para el final de la conversación, Steve ya le había desvelado la ubicación de las instalaciones de T'Challa en Wakanda y Tony había anunciado que se presentaría allí al día siguiente. Aún así, Steve no le había confirmado que pudiera hablar con Bucky. No sabía si era buena idea despertarle, o si acaso le dejarían hacerlo. Esperaba que el rey de Wakanda no se enfadara por haberle desvelado la ubicación del sitio a Stark. Tal vez, debería haberlo consultado con él previamente, pero la ilusión que le había hecho la llamada de Tony le había impedido pensar con claridad. Mañana a primera hora hablaría con T'Challa. Sin embargo, no contaba con quedarse dormido.
*
Para que os hagáis una idea los que no habéis visto la película, Bucky está criogenizado así:
Y la escena en que Steve le va a dar las buenas noches me la imagino así:
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