―Que los cumplas, feliz. Que los cumplas feliz, que los cumplas, mi hermosa Roooni...que los cumplas, feliiiiiiz...―la gruesa voz de Fabien es adictiva para mis oídos, mucho más cuando me sorprende en la cama con una bandeja repleta de cosas ricas para el desayuno.
Por fortuna, todas las calorías extra que obtengo comiendo las elimino en sus brazos.
Es un ganar-ganar absoluto.
Aparto el mechón de cabello que cae sobre mi rostro y cruzo mis piernas, ubicando la bandeja sobre mis muslos. El edredón cubre mis senos desnudos y pido tres deseos en el más profundo de los silencios.
Soplo la pequeña vela que montó sobre un cupcake decorado con un apetitoso frosting con formitas de corazones. Sin dudas, no esperaba recibir mis treinta años de este modo.
Me besa los labios y corre la bandeja. Sin embargo, agarra el cupcake, le quita la vela y arrastra el dedo sobre la cresta de crema, llevándoselo a la boca.
―¡Hey! Eso es mío. ―protesto.
―Lo sé, lo he comprado para ti, pero pensé que podíamos volvernos creativos y usar esta crema para otras cosas también ―eleva una ceja, malévolo.
Aun me duele el cuerpo a causa de la maratón sexual que hemos tenido durante la madrugada. No nos habíamos visto en dos semanas y ambos estábamos que explotábamos.
Fabien aleja las sábanas que he arremolinado junto a mis pechos, haciendo que mis pezones se erijan ante el contraste con la temperatura del ambiente. Los mira con deseo e inesperadamente, roza mis botoncitos de carne tierna con la cresta fría de crema.
―Oh, eres muy, muy malo. ―Mi voz sale ronca.
Su lengua traza círculos, esparciendo, limpiando y lamiendo mis senos. Inclino mi peso sobre mis codos, invitándolo a seguir.
―Nunca me saciaré, Veronika. Nunca tendré lo suficiente de ti.
―Me alegra que estés al acecho ―Echo el cuello hacia un lado y hacia atrás, observando con avidez el modo en que unta mi cuerpo con ese delicioso pastelito azucarado.
Muerdo mi labio, absorbiendo sus ojos lívidos, sus labios calientes sobre mi abdomen y su respiración erizando mi piel. Circula mi ombligo y lo delinea con lo poco que queda de crema.
Fabien jala del cuello de su sudadera hacia adelante, delatando su propósito a futuro. Se sube a la cama y a la mierda el cupcake, porque comienza a mordisquear y a recorrer mi cuerpo con una paciencia innata.
En dirección al sur, su rostro se hunde entre mis piernas, tomándome como su desayuno. No me quejo, me encanta alimentarlo y que me haga retorcer de goce.
Mis pliegues aún están sensibles por tanta actividad, lo cual acelera mi explosión. Su nombre sale en un suspiro, mi clímax ha llegado rápido, fuerte y él se vanagloria de sus logros.
―Feliz cumpleaños, nena.
―Con un regalo así desearía cumplir años todos los días ―le digo y estampa un beso en mis labios, haciendo que me saboree.
―Hoy será un día difícil y quería que lo comiences lo mejor posible.
―Gracias, te amo por tener en cuenta eso.
Vamos a la ducha pero esta vez no tenemos sexo, por el contrario, nos mantenemos en un cómodo silencio mientras nos enjabonamos y nos limpiamos.
Desayunamos y esta vez exijo comer todo lo que me alcanzó en la bandeja.
Tomamos un taxi para reunirnos con Daniel Fritzman, el abogado de mi padre después de debatirlo por varios días. Ha sido insistente con el tema de que asista el mismísimo día de mi natalicio.
Aguafiestas.
No fue una idea genial, pero supuse que algo importante tenía que decirnos.
Su oficina real se encuentra en Cleveland y, por lo tanto, a sabiendas de que mis planes eran volar a Chicago para celebrar mi cumpleaños junto a Fabien, nos citó en una cafetería coqueta del centro.
Fue considerado.
―Hola Daniel ―le digo y estrechamos nuestras manos. Lo mismo hace Fabien.
―Feliz cumpleaños, Roni. Siento mucho haber cambiado tus planes para hoy. ―Luce acongojado y, como si fuera posible, mucho más avejentado que la última vez que nos vimos en el departamento de policía. ¿Quién lo diría? Ha defendido a mi padre por años, ha guardado más secretos de los posibles y parece tener remordimiento alguno.
―Vamos al grano, Daniel. Como bien dices, no tenía pensado estar reunida contigo un día como este.
―Oh, sí, sí, por supuesto. ―Abre su maletín ubicado en la silla de lado y extrae un sobre manila bastante grueso.
La camarera elige este momento para tomarnos la orden.
―Nada, gracias ―le digo, inmerecidamente cortante. Le agrego una sonrisa, suavizando mi impaciencia.
―Un vaso de agua fresca está bien ―pide Fabien. Es obvio que Daniel ya lleva varios minutos aquí, a juzgar por su taza de café vacía y un plato pequeño con migas.
―Tu padre ordenó esta reunión ―ruedo los ojos, obviamente que lo hizo ―. Aquí dentro, están todos los papeles que acreditan tu millonaria herencia.
―¿Perdón? ―mi agudo sale más fuerte de lo deseado. Agradezco que el bullicio se lo haya tragado.
―Tu madre heredó una gran suma de dinero de tus abuelos, como bien debes sospechar, además de las joyas que se encontraron en la caja fuerte enterrada ―explica ―. No obstante, en su testamento, se puso una cláusula bastante particular. Indeclinable y sin posibilidad de cambio.
Elevo las cejas con la pregunta lógica. Tanto Fabien como yo sabíamos de esto, sin tanto detalle.
―Todo lo manifestado aquí tendría validez en cuanto cumplieras treinta.
―¿Treinta? ¿Y por qué esperar tanto?
―No lo sé, pero sospecho dos cosas ―clavo mi mirada invitándolo a seguir adelante ―: Tal vez creían que para entonces tu padre, cómo decir sin que suene mal...―hago rápidas cuentas considerando que mi padre tenía 40 años al casarse con mi madre.
―¿Estuviera muerto? ―Completo por él.
―O porque consideraban que era la edad perfecta para que estuvieras asentada.
―Viejos anticuados ―farfullo. Ninguna de las dos alternativas suena descabellada. Han odiado a mi padre desde que tengo uso de razón y pretender que se hiciera de la herencia, es justo. Ahora bien, suponer que a mis treinta alcanzaría mi "madurez" emocional, eso sí que es raro ―. De todos modos, papá podría haberse quedado con todo. Ha falsificado tantas cosas... ―Hablo en voz alta mientras veo sellos, números monstruosos y la escritura de una propiedad.
―Como ya lo saben, él estuvo asociado a Alice Pearce durante mucho tiempo. Estafaban juntos, hacían negocios juntos y bueno, compartían la fortuna amparados en una sociedad secreta. Eran una sociedad para el mal. ―se me eriza la piel. Fabien me inclina hacia su cuerpo y frota el lateral de mi brazo. Agradezco que me conozca tanto y no me haga falta hablar para expresar lo que necesito ―. Lo que se encontró en la casa de Fabien, ese botín, estaba escondido allí porque él no quería que Alice lo tuviera en su poder.
―Oh.
―Su modus operandi era básico: tu padre seducía a sus víctimas, las convencía de venderles las propiedades a este grupo inmobiliario que operaba en las sombras prometiéndole ganancias irrisorias y cuando todo estaba hecho, Martin desaparecía. Luego, se deshacían de los inmuebles con rapidez, ingresaban las joyas preciosas que robaban a hurtadillas en el mercado negro y lo convertían todo en dinero. Las posesiones de Alice, las que hay a su nombre, son las únicas legalmente adquiridas ya que fueron el legado de sus exesposos.
―Esposos que mató.
―La justicia nunca lo confirmó a pesar de las sospechas que recaían sobre ella. Es posible que se abra una nueva línea investigatoria a partir de las acusaciones en torno a tu padre.
Asiento. Las náuseas ante el horror suben por mi garganta.
―Roni, estoy aquí como portavoz de Martin. Él quiso que todo esto te perteneciera. Es lo que te corresponde. ―señala ―. Por primera vez, quiere hacer las cosas bien.
Es cierto. A excepción de algunas joyas de menor valor, y la sortija de la madre de Fabien, que no logré reconocer en la estación de policía, el resto pertenecía a mi madre y a sus antepasados.
―Hay una sola propiedad que quiso mantener en su poder a pesar de que la metodología de la dupla era deshacerse de los inmuebles ―parpadeo inquieta, esperando la respuesta que no tarda en llegar ―: La casa familiar de Fabien.
Llevo una mano a la boca, sintiendo la tensión en la mandíbula de Fabien. Juro escuchar un tic que probablemente rompió sus molares.
―Por eso estaba la caja fuerte enterrada allí, sin que nadie lo supiera. Lamento confirmar que la firma original de Maria Knight estaba en los papeles, Fabien. Ella accedió a vender la propiedad antes de morir; después de todo, Maria contaba con la custodia de tu parte.
―Estoy seguro de que fue obligada a hacerlo. Mamá amaba esa casa porque además significaba mucho para mi padre.
―Lo siento, Fabien. No estoy en condiciones de afirmar eso ―su tono es honesto y avergonzado ―. Lo único que me atrevo a decir es que la firma es real, ya que lo hemos corroborado con algunos peritos. Ella vendió su casa al grupo inversor que lideraba Martin Harris en secreto.
―¿El detective Branson está al tanto de todo esto?
―De cada palabra. Me he reunido con él antes de verlos a ustedes.
Toda esta información me hace doler la cabeza y agradezco que Fabien haya pedido un té para mí en algún momento indetectable para mi psiquis.
―Roni, yo no sabía nada de esto. Tu padre también me defraudó; he sido muy amigo suyo, leal, pero jamás lo creí capaz de semejantes atrocidades ―puedo ver sinceridad en sus ojos grises. Conozco a Daniel desde hace mucho tiempo. He jugado con sus hijas Macy y Patricia durante el funeral de mi madre, he compartido tardes de té con ellas y su esposa, Christine ―. No puedo creer el monstruo que fue...no...no lo vi venir...lo juro. ―Gimotea y limpia el sudor que se acumula sobre su labio superior.
Guardo los papeles prolijamente en el sobre sintiendo que la escritura de la casa de Fabien quema allí dentro. Es demasiado por asimilar.
Sin embargo, si pensaba que todo había acabado, estaba equivocada. El abogado saca un sobre blanco, liso.
―¿Y esto qué es?
―Una carta. Me han permitido traértela y lamento si no está bien doblada. Ha pasado algunos controles ―confiesa. Fabien, la mira intrigado.
No la abro, aguardando un momento de calma para leerla.
La reunión con Daniel continúa durante algunos unos minutos más. Me sugiere aceptar la herencia, administrarla y analizar con detenimiento el futuro de la misma. Es amable al ponerse a nuestra disposición, además de aclarar que ya no representará más a mi padre y que sobre sus espaldas caen acusaciones de fraude por su defensa. Acusaciones por las que deberá rendir explicaciones. Se marcha antes que nosotros, dejándonos a solas.
―¿Venderán whisky en esta cafetería? ―pregunto por lo bajo.
―No lo creo, pero quizás haya un pastel empapado en alcohol que pueda funcionar ―Fabien me responde con gracia.
―Apenas he leído los números de las cuentas bancarias y todo esto me parece una locura.
―Tómalo con calma, nena. No es necesario que te encargues de eso ahora mismo.
De momento, hay millones de lugares a los cuales destinarlos. Mirando el sobre, perdida en este confuso episodio, existe una sola cosa que no puedo seguir postergando.
―Fabien, ¿me acompañarías a un lugar? ―extiendo mi mano y aunque veo que no sabe con qué me saldré ahora, confía en mí.
―Adonde quieras, Roni.
***
La presión de su mano se incrementa en la mía.
De pie frente a su casa familiar, ya no hay rastros de la cinta de "no pasar" montada por la policía ni de los montones de tierra en donde se hurgueteó para hallar la caja de seguridad que mi papá enterró en la propiedad.
―¿Quieres entrar? ―le muestro las llaves que estaban dentro del sobre.
Fabien está nervioso. Lo ha estado desde que le dije esta dirección al conductor del taxi que nos trajo hasta aquí.
―Sí.
Atravesando el parque delantero, dejando el extenso portón de rejas por detrás, subimos los dos escalones que nos separan del porche envolvente e introducimos las llaves, no sin antes tomar su mano y rodearla con la mía.
―¿Listo?
―Listo ―giramos al mismo momento y abrimos.
Puedo ver la nostalgia en sus ojos, los recuerdos – buenos y malos – agolpándose en el cuerpo de Fabien al entrar. La última vez que estuvo aquí dentro fue testigo de la muerte lenta y cruel de su madre.
Una lágrima se desliza sobre su rostro, generalmente pétreo. A esa primera le sigue una segunda y una tercera.
Es mi momento de contenerlo.
Su cabeza se estrella en mi pecho, mis manos acunan su nuca, acompañando su conflicto interno.
―Nunca pensé que volvería a entrar ―confiesa en un llanto angustioso. Mis lágrimas también ruedan por mis mejillas, sin freno. Él se aparta al cabo de unos minutos, sorbe su nariz y me mira ―. Es tu casa, Roni.
―No, Fabien. Es nuestra. Nuestra casa.
Me mira con miles de pensamientos viajando en su cabeza.
―¿Realmente quieres que sea nuestra?
―Por supuesto. Haremos los papeles necesarios para que ambos estemos a cargo y la decoraremos a nuestro antojo ―Después de años de venganza acumulados en su cuerpo, promesas frente a un ataúd, estrategias rotas y reconvertidas y un amor inesperado, me abraza con intensidad.
―Nuestra casa. ―repite en un susurro como si no se lo creyera.
―Nuestra, para y por siempre.
―Eso suena bien ―y nos besamos.
***
Tres meses después.
Los niños de Gus y Maya son encantadores. Educados, aunque inquietos como toda criatura.
Hope es todo un personaje y como es de esperar, es la niña de papá.
He conocido finalmente a Gustave Mitchell, un viejo amigo de Fabien. Un tipo atractivo y de aspecto rudo que brindaba servicios al FBI y que comenzó con su propio negocio como detective privado hace un tiempo. Así es como conoció a Maya, su esposa y complemento.
Maya, en cambio, es cálida, jovial y muy dulce. Habla suave y mira a Gus con ojos de enamorada.
Los hombres están alrededor del asador supervisando la barbacoa, mientras que nosotras estamos con los niños y ultimando los detalles en la mesa montada en el exterior.
La primavera nos ha permitido disfrutar de este día formidable, a pleno sol y con una brisa que apenas nos despeina.
Me he mudado a Chicago sin arrepentirme en absoluto. Solucionando algunos inconvenientes ligados con las tuberías de los baños y filtraciones menores en el tejado, la casa estuvo habitable en poco tiempo.
Asumimos por gusto propio pulir los pisos de madera, cambiar los gabinetes de la cocina y modernizar sus artefactos.
Las habitaciones estaban bien conservadas, con paredes blancas y pisos en buen estado, y es en donde pusimos mayor creatividad. Hay algunas cajas dando vueltas todavía, pero son las menos.
El sitio que reformulamos por completo fue el segundo garaje, la adición de los inquilinos anteriores: hace una semana, conseguimos los permisos para transformarlo en un consultorio para mí.
Si bien he aplicado para trabajar en el hospital zonal, no quiero largas jornadas que me alejen de casa; prefiero montar mi propio lugar y trabajar desde aquí, sobre todo teniendo en cuenta que está en nuestra agenda embarazarme en algún momento.
No hemos hablado mucho al respecto, pero ambos lo deseamos en un futuro no muy lejano.
Mi apuesto novio trae la comida a la mesa y el aplauso de los invitados no tarda en llegar.
Los niños comen, se ensucian mucho y reímos al ver sus caritas felices.
Fabien me besa la sien y su sonrisa me hace sentir completa, sumamente feliz.
Puede que el modo de conocernos no haya sido del todo convencional, pero sin dudas, no me quejo de este capítulo que estamos escribiendo.
Con papá y Alice Pearce tras las rejas hasta que comience el juicio por sus consumadas estafas, presuntos asesinatos y amenazas varias, vivimos más tranquilos. Los compañeros de Fabien y nuestros abogados han sido claros al respecto: es más que probable que les quepa cárcel de por vida o cargos tan altos que, dada las edades de ambos, los tengan encerrados hasta el fin de sus días.
La carta de mi padre, aquella que me entregó su abogado en la cafetería, no era más que un extenso pedido de disculpas.
Las acepté, permitiéndome sanar.
Lo perdoné por ser un padre que no supo cómo ocupar su papel, cómo lidiar con la viudez y una hija pequeña.
No lo perdoné, sin embargo, por las monstruosidades que cometió. Tampoco me lo pidió, si soy precisa.
La jornada transcurre con liviandad y entre risas; Mitchell - cuyo apellido verdadero es otro que mantiene en secreto, pero ya me he acostumbrado a llamarlo así - es parecido a Fabien en cuanto a su humor seco y sarcástico.
El pequeño Isaac está sentado en su sillita alta, desmenuzando un trozo de calabaza y haciendo puro arte con él, cuando el tintineo de un tenedor contra una copa desvía mi atención. Sin embargo, eso no es todo lo que cambia mi punto focal: es el hombre que está arrodillado a mi lado, abriendo una caja azul de terciopelo y exhibiendo la sortija más hermosa del mundo.
Es la sortija de su madre, la que ha recuperado de las garras de mi padre.
―Te busque, te encontré y tenía un plan. Un plan que se desbarató cuando presencié lo increíble que eras. No pude resistirme. Eras demasiado buena, bella y luminosa para un alma negra como la mía. No te merecía para entonces, pero te anhelaba. Conocí lo que es el amor desinteresado, el calor de un abrazo sincero. Conocí lo que es tener un corazón sano y un corazón roto gracias a ti ―mi lengua se traba, sin articular palabra ―. Seguramente te haré enojar muy seguido y nunca seré lo suficiente bueno, pero prometo trabajar para conseguirlo. ―Para entonces, soy un charco de babas. Sin embargo, falta la pregunta oficial que lo hace todo real, todo cercano ―: Veronika Harris, ¿estarías dispuesta a aceptarme como tu esposo, tu amante y tu protector eterno?
Mis manos aletean. Mis ojos lagrimean.
―Oh, no, no... ―digo y él frunce el ceño automáticamente. De repente, nadie habla ni gesticula.
―Vaya "no, no" no es la respuesta que esperaba. ―Fabien luce desilusionado.
―Tonto, ¡no te estoy rechazando! Es que...no, ¡no lo puedo creer!
―Créeme, esto está pasando y estoy muriendo de angustia por un "sí" que no llega.
Es tiempo de risas.
―Sí, sí, claro que sí. Te acepto. Con tu malhumor, tus gruñidos y tu amor.
―Uf. Menos mal, nena. ―Fabien se inclina y me abalanzo sobre él. Tres pares de aplausos y un "gagaga, papaaaa, mamama" nos recuerdan que tenemos compañía mientras su mano temblorosa encaja la sortija en mi dedo.
Nos besamos sabiendo que el espectáculo debe ser apto para todo público.
Sin dudas, esta noche, lo haremos a nuestro modo: triple X.
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