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Somebody else

Sus ojos me engañan. Sé que hay algo que se guarda para él y necesito saber qué es.

Se limita a acercar su frente a la mía y a cerrar los ojos. No quiere mirarme. ¿Qué ocurre? ¿Qué le pasa?

Así permanecemos durante unos minutos, hasta que yo acerco mi boca a la suya y susurro:

—Te deseo.

Él permanece con los ojos cerrados. De pronto, parece muy cansado. No entiendo qué le ocurre.

—Te deseo y quiero hacer el amor contigo, necesito sentirte dentro de mí.

Mis palabras lo conmueven, se lo veo en la cara. Finalmente acerca su boca a la mía y me da un dulce beso lleno de cariño.

—¿Puedo quedarme contigo esta noche?

Asiento. Quiero que se quede siempre. Pero sus palabras me suenan a despedida e, inexplicablemente, los ojos se me llenan de lágrimas. Él me las seca, pero no habla. Después se levanta y me tiende la mano. Se la tomo y juntos vamos hasta mi habitación. Una vez allí se desnuda mientras lo observo. Mi hombre es grande, fuerte y sensual. Su porte soberbio es varonil y eso me humedece no sólo la boca.

En cuanto está desnudo, saca de debajo de mi almohada mi pijama, se sienta en la cama y yo me acerco a él. Dejo que me desnude. Lo hace lentamente y con mimo, sin apartar sus ojos de los míos. Cuando me tiene desnuda, se levanta y me abraza. Me aprieta con delicadeza contra él y siento que, a pesar de todo lo grande que es, se refugia en mí.

Estamos desnudos. Piel con piel. Latido con latido.

Agacha su cabeza en busca de mi boca. Se la doy. Se la ofrezco. Soy suya sin que me lo pida.

Sus labios se posan en los míos con una exquisitez y una delicadeza que me pone toda la carne de gallina y después hace eso que tanto me gusta. Me pasa su lengua por el labio superior y después por el inferior, y cuando espero el ataque a mi boca hace algo que me sorprende. Me coge con las dos manos la cabeza y me besa con sutileza. Su húmeda lengua pasea con deleite por el interior de mi boca y yo le dejo hacer mientras siento entre mis piernas su erección. Cuando su dulce y pausado beso me ha robado el aliento, se separa de mí y se sienta de nuevo en la cama. No deja de mirarme y, atraído como un imán, me siento a horcajadas sobre él.

—Cariño... —me dice con su voz ronca.

Lo veo hipnotizada, mientras siento las yemas de sus dedos subir por mi columna y dibujar circulitos sobre mi piel. Cierro los ojos y disfruto del contacto y la finura de sus dibujos. Cuando los abro, su boca busca la mía y me besa con dulzura mientras me aprieta contra él. Tranquilos y pausados, permanecemos durante más de diez minutos prodigándonos mil caricias, hasta que mi impaciencia hace que me levante despaldas sobre sus piernas y yo misma me introduzca su duro y excitado pene en mi interior.

Mi carne se abre para recibirlo y jadeo al sentir su invasión. Él cierra los ojos con fuerza y siente que se contrae para mantener su autocontrol. Lentamente muevo mis caderas de adelante hacia atrás en busca de nuestro placer. Espero un azote, un fuerte empellón que me traspase, pero no. Sólo me mira y se deja llevar como una ola en calma por mis movimientos.

—¿Qué te ocurre? —susurro, inquieta—. ¿Qué te pasa?

—Estoy cansado, cariño.

Su erótica voz al llamarme cariño, sus palabras y la suavidad de sus dedos al pasar por mi cuerpo me avivan. Ahora lo entiendo. Intenta hacer lo que le acabo de pedir. Me hace el amor. Nada de azotes. Nada de fuertes penetraciones. Nada de exigencias. Pero en ese momento, hundida dentro de él, yo no quiero eso. Yo quiero acceder a sus caprichos, a sus reclamaciones. Quiero que su placer sea mi placer.

Conmovida por el control que siento, me dejo llevar por mi placer, decido aprovechar lo que hace por mí y hacerlo cambiar de idea para que me posea como yo deseo que lo haga. El calor se apodera de mí, mientras siento que él ha dejado en mis manos el momento. Me muevo en círculos en busca de mi propio placer y lo consigo. Jadeo. Me aprieto contra él. Chillo y vuelvo a jadear. Su cuerpo tiembla mientras el mío vibra enloquecido porque su lado rudo y salvaje tome el mando de la situación y me penetre con avidez.

Lo necesito.

Lo anhelo.

Quiero que mis demandas sean las suyas, pero él se niega. No quiere entrar en mi juego y, finalmente, cuando el calor inunda mi atizado deseo, apoyo mis brazos sobre la cama y soy yo la que me muevo con brusquedad. Busco mi placer, me muero por encontrarlo. Cuando el orgasmo me llega, gimo y me arqueo sobre él y, entonces, sólo entonces, él me agarra de la cintura. Siento la tensión de sus manos, cómo me aprieta una sola vez hacia él y luego se deja llevar en silencio.

Permanezco abrazada a él unos minutos.

No entiendo por qué se ha comportado así.

—Cariño... a esto me refiero. Para que yo disfrute el sexo, necesito mucho más.

Me niego a mirarlo.

Me niego a dejar de abrazarlo.

No quiero que esto acabe y, menos aún, perderlo.

Pero, finalmente, se levanta de la cama y me arrastra con él. Coge un pañuelo de papel de mi mesilla y me limpia. Después se limpia él. Sin hablar, coge el pijama y me lo pone. Él se pone los calzoncillos. Apaga la luz y me obliga a tumbarme junto a él. Esta vez me da la vuelta y me agarra por detrás. No hablamos, no decimos nada. Sólo intentamos descansar mientras los dos oímos el sonido de nuestras respiraciones en nuestra despedida.

***

Después de eso te fuiste e hice lo posible por encontrarte. Oí que has encontrado a otra, dijiste que encontrarías a alguien para ocupar mi lugar. Pero, cariño, esta no es la última vez que veré tu rostro, porque vamos a seguir haciéndolo.

Odio pensar que estás con alguien más y que estás entrelazando tu alma con ella.

Hago como que no te veo, mientras tú estás mirando a tu teléfono. Me acerco a ti y te arrastro contra la pared.

Saco mi lengua y te chupo el cuello. Me deleito con tu sabor y finalmente acabo en tu boca. Adoro tu boca. Te devoro los labios y oigo un gemido gutural salir de tu interior. Cada segundo que pasa me siento más alterada. Sin dejar de mirarte a los ojos, meto mi mano bajo tus calzoncillos, agarro tus duros testículos y saco todo de ello al exterior. El poderoso latido de aquel grueso glande hinchado hace que mi vagina tiemble de impaciencia. Y cuando acerco mi boca hasta tu rosado capullo y me lo introduzco, te siento temblar. Mi lengua, deseosa, pasea por tu pene y te reparto cientos de dulces besos cargados de erotismo y perversión. Juego mimosa hasta que tus jadeos por lo que te hago me hacen mirarte y veo que tienes la cabeza recostada y los ojos cerrados. Tu mandíbula está tensa y tiembla de gozo. Noto tus caderas moverse y tu pene se acomoda aún más en mi boca. Eso me da fuerzas para continuar mientras siento como todo tu cuerpo se contrae de placer. Con delicadeza, mordisqueo alrededor de tu capullo y me paro en una finita tela. Mi lengua se desliza por ella consiguiendo que te muevas y resoples. Y más cuando finalmente la agarro con mis labios y tiro de ella.

Como si de un helado se tratara, lo chupo, lo degusto. Con mi otra mano libre te agarro los testículos y te los toco. Tienes un espasmo, después otro y sonrío al oírte resoplar.

Anhelante de tu pene, regreso a él. Lo meto con mimo en mi boca, pero ya está tan enorme e hinchado que no cabe, por lo que decido subir y bajar mi lengua por él mientras disfruto su sabor. Te enloquece lo que hago, lo que te digo, así que lo repito una y otra vez hasta que tus jadeos son más continuos y fuertes. Tus caderas me acompañan, tus dedos en mi cabello se tensan y me embistes en la boca.

La sensación me embriaga. Estoy poseyéndote con mi boca y me gusta tenerte entre mis manos y bajo mi merced. Pongo una de mis manos sobre tus marcados abdominales y te acaricio. Eso te hace jadear más mientras tus caderas no paran de moverse. Agarro tu glande endurecido con mis manos y comienzo a masturbarlo con embestidas potentes, como te gustan, mientras fantaseo sobre lo que otro hombre me estaría haciendo a mí. Tu cuerpo se contrae una y otra vez pero se niega a dejarse llevar.

Sí cariño, te haría el amor una y mil veces, pero me dejaste.

No quiero tu cuerpo, pero odio pensar que estás con otra. Así que me limito a mirarte desde la distancia, mientras te vas con alguien más.


Inspirado en la canción Somebody Else de The 1975.

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