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The Gates of Wrath

I dwelled in Hell on earth to write this rhyme, I live in stillness now, in living flame; I witness Heaven in unholy time, I room in the renownèd city, I am Unknown

-Allen Gingsberg

El cuerpo de Max impactó contra el suelo, llenando el silencio que de pronto había reinado en la habitación.

Sing, desde su posición, se quedó completamente estático, mientras un par de espasmos aún remecían el cuerpo de Max, al mismo tiempo que la luz se apagaba de sus ojos.

Acabar con vidas no era un concepto nuevo para él. Aún si usualmente no lo hacía con sus propias manos, había visto esa clase de chispa de vitalidad desaparecer de incontables rostros, hacía tanto que, realmente tendría problemas intentando descifrar cuanto tiempo había pasado desde su primera vez.

Sin embargo, verlo en primera fila, siempre parecía dejarle un sentimiento extraño que en algún momento habría podido calificar como desasosiego.

O quizá, sólo había sido por la larga e insolicitada conversación que se había visto obligado a sostener.

Dejó que su cuerpo descendiera, arrodillándose a un lado del ahora inerte cuerpo de Max. Mientras su mano derecha hacia que los ojos del otro hombre se cerraran, con su piel sintiendo cómo el calor gradualmente desaparecía, no pudo evitar suspirar.

—Lo lamento mucho, Sing...—masculló bajo su aliento, al tiempo que su rostro mutaba con lentitud, las facciones que hasta hacía un momento hubieran sido las de la antigua mano derecha de Yut Lung cambiando por completo, deshaciéndose finalmente del disfraz que se había visto obligado a llevar desde que hubiera puesto una bala en medio del cráneo del sujeto que en sus expedientes tenía el nombre de Sing Soo Ling—Algo me dice que te habría gustado escuchar esas cosas.

O, al menos, eso era lo que la recolección de información del cuerpo cuya apariencia había tomado le decía.

La falsa empatía que generaba el compartir un poco de tu mente y recuerdos con otra persona era una sensación que realmente nunca le terminaría de encajar. Y si bien conocía a un par de sus colegas que parecían más que encantados con esa clase de actos -insulsos y poco profesionales a su parecer- había algo que Ehlwund siempre había mantenido como su estandarte personal -su pequeño orgullo, si había otra manera de ponerlo- y, eso era, que él siempre hacía bien su trabajo.

Sin importar el costo.

Especialmente si las últimas misiones habían sido tan confusas y faltas de información como esta. Usar su propio cuerpo como objeto de cambio podía ser una gran molestia, pero era mucho más seguro y eficaz que tener muñecos zombies corriendo por las calles. Sin importar la calidad que tuvieran comenzaban a degenerarse con el tiempo.

—Bueno, hora de trabajar.

Dijo, para nadie más que para sí mismo, otra mala costumbre que quizá se le había quedado pegado del mas parlanchin de sus compañeros. Ese que siempre le preguntaba los porqués de asuntos que, francamente, no le competían a ninguno de ellos.

El sonido de sus rituales para desvanecer materia no iba a ser un problema en una gran casa como esa. Suponía que, si había algo que tenía que agradecer de ese trabajo en particular, era que todos los involucrados parecían moverse bajo el mismo circulo de secretismo que él tenía que mantener. Aún si era por motivos completamente diferentes.

Cuando el trabajo hubiera estado hecho, buscó entre las cosas que el hombre hubiera dejado detrás de él.

Una credencial de conducir, un documento de la seguridad pública, y una foto familiar.

—Max Gleenreed...—pronunció, como si fuera la primera vez que lo hacía, mientras sus ojos se desviaban hacia la parte trasera de su identificación—Periodista. Hum, ustedes siempre hablan de más—musitó, al tiempo que guardaba los pedazos de plástico dentro de su chaqueta—Pero no te preocupes...

Aseguró, hablando con seguridad nuevamente cimentada.

—Sé exactamente qué haré contigo.

Ash abrió los ojos, casi como si una alarma interna hubiera sonado.

Su cuerpo ya acostumbrado al peso de la incertidumbre y el repente miedo que la clase de vida que mantenía solía infligir en las personas como él. Se removió con cuidado entre las sábanas, con delicadeza ya practicada, mientras dejaba que la suave tela rodara por su pecho.

Junto a él, Eiji dormía plácidamente, completamente ajeno a sus turbulentos pensamientos. Las marcas de colores purpura y las nuevas que acababa de hacerle le saludaban, como una silente invitación a dejar de lado sus cavilaciones y regresar a la calidez del lecho con el hombre que amaba.

Una pequeña risa llena de pena abandonó sus labios.

Ash ya estaba acostumbrado a abandonar sus deseos por el bien mayor. Especialmente si este era sobrevivir. Empero, sólo cuando se trataba de Eiji es que esta clase de decisiones parecían tan increíblemente descorazonadoras.

Dejó que su rostro cayera entonces, para depositar un suave beso sobre el hombro desnudo de su amante.

—Perdóname...

Musitó. Una, dos, tres veces, haciendo que cada beso que separase cada afirmación durara solo un poco más que el anterior, como si intentara darse ánimos de manera silenciosa, al mismo tiempo que peleaba con la imperiosa necesidad de sólo tomar un poco más del tiempo de Eiji para sí.

Finalmente, luego de unos segundos, pudo obligarse a abandonar la cama.

Cubrió el desnudo cuerpo de Eiji con cuidado, para luego vestirse con prisa, haciendo un chiste mental de que al menos de algo tendría que servirle la experiencia de verse obligado a abandonar un sinfín de camas tan pronto hubieran terminado con él, solo para regañarse al momento siguiente, porque definitivamente eso sería algo que Eiji haría.

Se escabulló hacia el pasillo, mientras buscaba su teléfono en el bolsillo de su chaqueta, las palabras de Max aún frescas en su memoria.

Ash no había sido capaz de creerle. Ni una sola de ellas.

Max era la clase de hombre que llevaba sus sentimientos en la manga. Tan claro y honesto como un riachuelo del campo.

Había algo que no le había dicho. Y sonaba importante.

Sin embargo, Ash ya no podía darse el lujo de seguir preocupando a Eiji, ni tampoco dejar que toda la carga de la investigación cayera sobre los hombros de Max. Ya había hecho suficiente con volver su memoria y recuerdo un par de metafóricos grilletes en la vida de todos como para continuar con aquello incluso ahora.

Marcó el número que para este momento ya se sabía de memoria, aguantando la respiración.

Su llamada fue enviada directamente al correo de voz.

Ash chasqueó la lengua.

Si había algo que no había cambiado en Max a pesar de haber transcurrido casi una década; eso era que él nunca apagaba el celular. Ya fuera por sus malas costumbres como trabajólico empedernido, o porque la vida le había enseñado que las emergencias podían presentarse en cualquier momento y lugar, haciendo que la necesidad de mantenerse al alcance de todos fuera una prioridad en su libro; Max siempre contestaría.

Especialmente si quien llamaba era él.

—Maldita sea, Max...—masculló, casqueando la lengua—En qué demonios te metiste ahora...

Intentó una vez más, aún si ya sabía el resultado.

Finalmente, bufó bajo su aliento, antes de continuar sus pasos hacia la sala de su hogar.

Sus dedos marcaron el segundo nombre que tenía en mente esa noche, mientras supervisaba las cerraduras que se había encargado de instalar en todas las ventanas.

Llegó a la puerta principal y tomó las llaves que Eiji siempre dejaba en un pequeño colgador junto a la entrada, repitiendo que esa era la mejor manera de encontrarlas, aún si uno se encontraba retrasado o en un apuro.

Las presionó con fuerza contra su palma. Su estómago retorciéndose en nudos sobre sí mismo, la sensación catastrófica que le hubiera invadido en otras oportunidades durante su vida regresando como un viejo amigo a llenarle por entero.

Definitivamente.

Tenía un mal presentimiento.

Cerró la puerta detrás de si con cuidado, mientras finalmente se decidía por presionar el botón de llamada.

Esta vez no tuvo que esperar más de un par de segundos.

La voz amodorrada de Sing no tardó en sonar del otro lado de la línea, un aparente bostezo ahogado entre las palabras.

—¿Ash...? —preguntó, como si estuviera intentando terminar de apartar los últimos vestigios de sueño—¿sabes qué hora es...?

Ash no le dejó continuar.

—Necesito que vengas—Dijo en cambio, intentando mantener su tono bajo— Ahora.

El tono de Sing se volvió mucho más serio, acompañado del sonido de la tela al moverse.

—¿Qué ocurre? —Preguntó Sing, sólo para después de unos segundos de silencio completar con un muy leve —¿Es sobre Eiji?

Ash ahogó una pequeña risa que intentaba no sonar completamente sardónica.

—No deberías sonar tan sorprendido.

Un bufido de exasperación mezclado con cansancio fue su única respuesta.

—Sé claro, Lince— Espetó Sing, haciendo particular hincapié en la última palabra—No tengo tiempo para tus juegos, ni para tus secretismos.

Ash chasqueó la lengua, mientras llevaba su mano libre detrás de su cabeza, desordenando sus cabellos en un intento por mantener la compostura.

—Necesito que cuides de Eiji...—Terminó por admitir, sin ser capaz de reconocer por completo lo difícil que aún parecía decir esas palabras en voz alta para Sing—... lo prometiste, ¿verdad? —continuó, suavizando su tono y recobrando la compostura—No puedo estar tranquilo—terminó por confesar, con vulnerabilidad que preferiría no estar mostrando—sabiendo que estará solo...

Sing se mantuvo en silencio por lo que pareció una eternidad. El frio viento rozando el rostro de Ash y moviendo sus cabellos como única compañía.

Ash se sintió tentado a reclamar, pero antes de que pudiera volver a abrir la boca, la voz de Sing volvió a resonar del otro lado de la línea.

Esta vez, se escuchaba mucho más parca. Casi meditabunda.

Como si hubiera tenido que meditar una verdad incómoda.

—De verdad debes quererlo demasiado...—le susurró, con un tono que Ash nunca le había escuchado antes—Como para pedirme a mí ayuda.

Soltó entonces, al ritmo de más movimiento. Ropa, pensó Ash.

—Te lo dije, ¿no? —respondió en cambio, con nueva seguridad instaurada en su semblante—Eres el único que sé que lo cuidaría tan bien como yo.

El silencio llenó la línea nuevamente, para ser roto únicamente por lo que Ash suponía era un pequeño suspiro, seguido de una lánguida sonrisa.

—Y no permitirías que fuera de otra manera.

Le dijo Sing. Aquello era más que una afirmación.

Ash se permitió sonreír entonces, sólo un poco, mientras negaba con la cabeza aún si su interlocutor no podía verlo.

—Por supuesto que no.

Al parecer Sing no necesitaba más.

—Dame cinco minutos.

Ash tamborileó sus dedos contra la tapa del celular en un intento fatuo de amilanar su ansiedad. No necesitaba ver la pantalla para saber que habían pasado más de quince minutos.

Sus dedos ya se habían deslizado por las teclas del teléfono cuando lo vio.

A un par de manzanas a la distancia, un par de luces se encendían y apagaban. Una, dos veces. Para luego simplemente terminar en la completa oscuridad.

Soltó el aire que no sabía había estado guardando en los pulmones antes de acomodar mejor su capucha, aún si no era realmente necesario cubrir su rostro.

Un auto negro se detuvo varias puertas más lejos de su hogar.

De este, Sing no tardó en bajar.

Ash intentó ocultar la media sonrisa que se pintó en sus labios.

—¿Nuevo vehículo?

Preguntó, mientras observaba la camioneta que ahora a un lado de la acera.

No era realmente estrafalaria, ni mucho menos. No parecía algo que Yut Lung permitiera que sus hombres condujeran. Aunque, para ser justos, el auto original de Sing tampoco lo parecía.

El mentado sólo se elevó de hombros, mientras cerraba la puerta y activaba la alarma del coche. Avanzó en su dirección con lentitud, de una manera que Ash realmente nunca le había conocido antes.

Aún si Yut Lung le había intentando vender la mentira de que todos los chinos tenían la facilidad para pasar desapercibidos al andar, y aún si Sing había sido infinitamente más cauteloso que Shorter desde que le conociera, algo parecía no encajar del todo.

Sus labios se abrieron un momento, sin embargo, antes de que pudiera formular una nueva pregunta, Sing se apresuró a contestar.

—Sí—afirmó mientras agitaba la mano, el ambiente de pronto perdiendo un poco de la extraña solemnidad que parecía haberles cubierto—El auto usual llamaría mucho la atención, ¿no crees? —preguntó, mientras elevaba una ceja—Si bien no es raro que la gente aparque aquí cerca, si hay alguien siguiéndonos, ya debe saber qué vehículo conduzco.

Y, aún si Ash no podía evitar darle la razón mentalmente, lo que abandonó sus labios fue un bufido.

—Eso, o quizá sólo confundirían tu auto con el de algún payaso—ofreció, mientras se cruzaba de brazos, incapaz de borrar de su memoria la imagen de un hombre tan alto como Sing intentando encajar en la pequeña cabina del piloto—Me pregunto si creerán que algún circo llegó a la ciudad.

Una de las cejas de Sing dio un pequeño salto, aún si intentaba mantener la expresión serena de hace unos momentos.

—No la mejor manera de hablarle a alguien que intenta ayudarte—Puntuó—Pero continúa.

Ash le evaluó con la mirada. Y, tras unos segundos, finalmente decidió que podía hablar.

—Es solo... un mal presentimiento.

Explicó.

Sing, por su parte, se cruzó de brazos.

—¿Me estás pidiendo que crea que dejarías a Eiji sólo por un mal presentimiento? —musitó Sing—Sé que eres la clase de hombre que adora autosabotearse—recalcó, mientras elevaba una ceja y le dedicaba una mirada que, de ser posible, Ash creía lo pondría un par de metros bajo la tierra—Pero sé que no eres un estúpido.

Esta vez, Ash no pudo ocultar su pequeña sonrisa.

Un Sing dispuesto a devolver las puyas era mucho más sencillo de tratar que aquel que sólo le guardaba silenciosas miradas llenas de reclamos y arrepentimientos.

—Se trata de Max—Ofreció entonces, recobrando su seriedad. Sing colocó una expresión confundida, pero antes de que pudiera hacer preguntas, Ash continuó—Llamó hoy con preguntas un poco extrañas y ahora no contesta el teléfono.

En el rostro de Sing pareció dibujarse un poema.

—¿No se te ocurre que puede sólo estar durmiendo? —preguntó, como si fuera lo más obvio del mundo— Es decir, tiene una vida muy aparte de todas las locuras a las que lo arrastras.

Dijo, con un tono claramente cansino. Mucho más parecido al día que él mismo le había ayudado a mudarse.

Sin embargo, Ash sólo pudo soltar una pequeña risa sardónica, sazonada sólo con la justa ración de culpa.

—Diría que eso aplica para cualquier ser humano en la faz de esta tierra, excepto para Max—Explicó sin más.

Sing, frente a él, se cruzó de brazos, como si analizara la situación.

—O puedes llamarlo intuición de padre e hijo—continuó—Y estoy casi seguro de que...pasara lo que pasara—dijo, incapaz de poner en palabras los escenarios más catastróficos que ya se habían comenzado a dibujar en su mente—tiene que ver con todo esto.

Ofreció finalmente, haciendo que la expresión de Sing pareciera suavizarse sólo por un momento.

Ash, por su parte, dejó que su mano descansara sobre el hombro del otro hombre. Su fachada de confianza flaqueando tan sólo por un segundo.

—No puedo seguir viviendo mientras pongo a todos los que me importan en peligro...—confesó, con sinceridad que nunca antes le había dedicado. Los ojos se Sing brillaron por un momento, con algo parecido a la sorpresa, sus labios quietos en un rictus de confusión—Sing... ya estoy harto de esa vida.

Musitó, dejando que su mano cayera, pegándola a su pecho en un fútil intento de darse valor que creía que no poseía. Al menos no en ese momento. En medio de la noche, aún con el aroma de Eiji impregnado en su piel, fungiendo como única ancla y aliciente para su cordura y fortaleza. Justo como lo había hecho en su batalla final contra Arthur.

—Ash...

El mentado negó con la cabeza, mientras tomaba aire y cerraba los ojos, rememorando.

Algunos hombres rezaban. El mismo padre de Ash le había enseñado un par de oraciones, que ahora mismo estaban perdidas en el baúl de sus recuerdos. La magnificencia de un todo poderoso suficiente para que cualquier hombre se aferrara a la esperanza.

Todos necesitamos algo en que creer.

Recordaba haber escuchado alguna vez, durante una de las pocas ocasiones en las que su hermano lo hubiera llevado al servicio dominical de la única iglesia protestante de Cape Code.

Ash, entonces Aslan, realmente no lo había podido entender. La gran figura hecha de mármol que descansaba en medio de aquel enorme edificio fungiendo más como una imagen aterradora y sangrienta que una de sosiego.

Bueno, si Ash tenía que creer en alguien, ese siempre sería Eiji.

Y, si era necesario, también en Sing.

—Quiero proteger lo que tengo ahora...—su voz se mantuvo férrea, aún si sus manos temblaban—...y necesito tu ayuda.

Completó, con lo más parecido a una súplica que alguna vez hubiera pensado usar en Sing.

—No soportaría si algo le ocurriera a Eiji... y no hay nadie más en el mundo que sepa que lo pueda cuidar tan bien como.

Terminó de confesar, aún si esas últimas palabras parecían aún causar un pequeño punzón en lo más profundo de su alma.

Pues, después de todo, y si tenía que ser completamente sincero; quizá Sing había hecho incluso un mejor trabajo que él mismo.

Él se había quedado, después de todo. Acompañando a Eiji en su eterno deseo de permanecer en el pasado, aún si el resto del mundo continuaba hacia adelante.

Aún si eso significaba que él tampoco podía avanzar.

—Vaya...—el sonido de la voz de Sing rompió el silencio de la noche. Sus labios curvados en una pequeña sonrisa que parecía en partes iguales una de entendimiento y de derrota—Es tan extraño verte siendo sincero...

Ash imitó su expresión.

—Debía pasar alguna vez en mi vida.

Sing chasqueó la lengua, antes de asentir.

—Haz lo que tengas que hacer—Le dijo Sing entonces, con una seguridad que Ash sólo recordaba haberle escuchado cuando aún tuviera catorce años y usara ropa un par de tallas más grandes de las que debería—Yo no me moveré de aquí.

Ash sonrió una ultima vez. Y, antes de partir, sólo pudo susurrar.

—Sólo... mantente lejos de la habitación.

Sing observó la figura de Ash perderse entre los callejones. La sombra de su espalda desaparecer en la noche y el sonido de sus pasos ahogarse en la bastedad del vacío.

Soltó un pequeño suspiro entonces, dejando que su espalda chocara contra la puerta de entrada, su alta contextura logrando que casi pudiera rozar el dintel de la puerta.

Esperó uno, dos, tres segundos.

Cuando notó que Ash definitivamente no regresaría, finalmente se decidió por entrar a la casa. Completó el ritual de las cerraduras. Las dos superiores y la principal.

La casa de ese par era muy distinta al lugar donde hubiera encontrado a Sing.

Empatizar con las decisiones -o falta de- de decoración del hogar de Sing había sido mucho más sencillo. La falta de cuadros y de objetos personales, todo acomodado de manera funcional y eficiente.

Sin embargo, el hogar de Eiji era un pequeño universo, lleno de ínfimos detalles que, de seguro, le tomaría un largo rato reconocer.

Pero Ehlwund tenía tiempo, y unas largas horas repasando el expediente del sujeto llamado Eiji Okumura que podría poner en buen uso en un lugar así.

Repasó el lugar con la mirada, reconociendo las fotos, los detalles, la ropa, los aromas.

Todo como en el libro de texto.

Una pequeña sonrisa pagada de sí misma se dibujó en sus labios.

—Qué...sentimental.

Murmuró, para nadie en particular.

Porque definitivamente, Eiji Okumura parecía ser la clase de persona que se aferraba a cualquier ínfimo pedazo de memoria que pudiera haber creado, fundiendo todo en una amalgama que él aún no podía terminar de calificar como hermoso o lastimero.

Quizá, porque ambos eran adjetivos adecuados para semejante obra.

Después de unos minutos de silente reflexión, finalmente continuó con su travesía.

Subió las escaleras que llevaban al segundo piso, donde suponía estaban las habitaciones.

La madera crujió bajo su peso, pero él ni siquiera se inmutó.

La oscuridad del pasillo le saludó cuando terminara la subida. Desde lo profundo del corredor, un profundo gruñido se dejó escuchar.

Oh.

No había pensado en eso.

Tienen un perro.

El cuerpo del animal se dejó ver entre la penumbra. Su figura doblada en un ángulo tal que le decía que estaba listo para atacar en cualquier momento.

Sing intentó regalarle una sonrisa.

—¿Qué ocurre, Buddy? —Preguntó, con un intento de dulzura impostada en la voz—¿no me reconoces?

El animal respondió elevando su hocico, mientras le mostraba los colmillos.

Sing sintió su expresión cambiar, al tiempo que la imagen de un pequeño cachorro de Golden retriver, que parecía estar en los huesos, acurrucado en los brazos de Eiji invadía su mente.

—No me hagas hacer esto...

Musitó, sin efecto alguno.

El can frente a él mantuvo su posición de ataque, y al ver que el intruso no retrocedía, se dispuso a atacar.

Sing frunció el ceño.

Era una de las partes que realmente no le gustaban de su trabajo. El tener que ensuciarse las manos. El tener que hacer actos innecesarios.

Investigar era una cosa. Él siempre había encontrado un extraño placer en leer sobre las anomalías que aparecían de vez en cuando en la intrincada red que era el conjunto de realidades que hacía el universo. Así como también de las personas que los rodeaban.

Pero matar.

Bueno.

Digamos que nunca sería uno de sus pasatiempos.

El ahogado llanto de Buddy inundó el pasillo, antes de que su cuerpo inerte cayera contra el suelo, regresando el silencio al pasillo. Sing se mantuvo quieto un momento, pero ante la falta de cualquier respuesta, continuó hacia la habitación que el cachorro hubiera estado resguardando.

La recámara de Eiji.

Cuando abrió la puerta, la imagen de un cuerpo durmiente le saludó.

Eiji.

La sonrisa regresó a sus labios.

La figura del otro hombre se revolvió un poco, pero Sing no le tomó importancia. En cambio, caminó quitado de la pena hasta el borde de la cama, sentándose con cuidado en el espacio que suponía antes hubiera ocupado Ash.

Su aroma aún era perceptible en la habitación.

Las sabanas cayeron por un lado de los hombros de Eiji, haciendo que Sing intentara cubrirlo de nuevo.

Eiji se revolvió nuevamente en sueños, como si buscara a alguien. Sing intentó darle una respuesta a su silente súplica. Elevó su mano con cuidado, acariciando su mejilla con suavidad.

Los párpados de Eiji temblaron.

Grandes ojos marrones de pronto se abrieron, al mismo tiempo que la voz llena de modorra de Eiji preguntaba, aún adormilado:

—¿Ash...?

Sing sonrió con pena, mientras negaba.

La pequeña fracción de segundo que le había tomado realizar el movimiento de cabeza suficiente como para que los ojos de Eiji se llenaran de sorpresa y reconocimiento, todo al mismo tiempo.

—Hola, Eiji...—Musitó entonces, al tiempo que sus propias facciones comenzaban a cambiar, dejando atrás el conocido rostro de Sing—Lo lamento, pero no soy Ash.

Notas finales:

La trama se complica, haha. Vaya. Lamento mucho el retraso -si es que aún hay alguien leyendo este pequeño experimento- pero muchas cosas pasaron estos meses. Perdidas tanto materiales como personales. La muerte es algo que toma a todos por sorpresa, eso lo sé, pero creo que nunca me había detenido a pensar realmente en ella como en estas últimas semanas. Incapaz de procesar mis propias emociones a menos que fuera a través de palabras escritas, aún si es sólo en papel virtual.

Regresando a este pequeño experimento, si alguien ha tenido la mala suerte de leer otros de mis trabajos; notarán que muchos factores se repiten. Que Ash y Eiji tengan que estar juntos en cada línea temporal existente es uno de ellos. Su evento canónico, por llamarlo de alguna manera. Un pequeño concepto que sé que se ha utilizado muchísimas veces pero que también tenía dentro de mi pequeño universo de historias originales y que definitivamente tenía que aplicar en alguno de mis fanfics. ¿por qué? Porque siempre seré la más aferrada al dicho de "el canon está mal, mejor lean el fanfic"

Espero ser capaz de terminar de atar los cabos sueltos que quedan aquí, creo que deben quedar ¿dos? Capítulos más antes del final. Prometo que terminaré esta historia, así también como Sommersi, aunque el perder todos mis borradores de ese mes con la muerte de mi laptop si fue un golpe del que aún no me recupero :') pero, de nuevo, gracias a todos los que llegaron hasta aquí <3 

Por cierto, aquí una pequeña cosita, una comisión de la preciosa YakiBUSTAMANTE

https://youtu.be/GMejYla7X2U

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