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Old Angel Midnight

"Chico, dijo el ángel, en este increíble delirio sin sentido tuyo; me hace suponer que pensarías que vivirías un momento más sencillo" – Jack Kerouac

Doppelgänger.

Era un término alemán que Ash había conocido bastante joven, oculto entre las líneas de una de las vetustas novelas que a Blanca tanto le gustaba recomendarle; y que no dejaría de empujar frente a él; hasta que Ash le diera una oportunidad.

La traducción más burda y simplista del mismo era "aquel que camina a tu lado", y la manera que la gente había encontrado de adaptarla al mundo de la ficción, había sido a través de la existencia de personas, como, los gemelos malvados.

Sin embargo, Ash estaba mucho más familiarizado con las leyendas nórdicas, gracias nuevamente- a los gustos de su maestro.

En estas, eran mucho más parecidos a un mal augurio. Cuando los veía alguien que te conocía, normalmente significaría que una gran ola de mala suerte estaba a punto de acontecer.

Y, cuando uno mismo se los topaba; quería decir que tu muerte estaba cerca.

.

Ash observó su reloj de pulsera, mientras suspiraba. Apenas había pasado una hora y un poco más dentro de su autoimpuesto paseo lejos de casa.

Una ráfaga de viento golpeó su rostro, haciéndolo maldecir; mientras acomodaba su chaqueta sin cuidado. Hacía frío.

Sus pies lo habían llevado sin dirección exacta, tras abandonar su nuevo hogar. Al parecer, su cerebro mucho más interesado en intentar no pensar en la imagen de Sing, con su mejilla herida, y en la manera tan rauda en la que Eiji se había apresurado a cuidarlo, como si aquella fuera una ocurrencia de lo más normal.

Es su amigo, Ash.

Había intentado razonar su mente, con un tono de sabelotodo que usualmente estaba destinado para la gente más densa de pandillas rivales, y no para él mismo.

Justo como tú lo eras.

Y Eiji haría exactamente lo mismo por él.

O, por cualquiera, que gozase del lujo de llevar ese título.

Esa era, después de todo; una de las cosas que simplemente lo hacían excepcional. Su capacidad de siempre querer cuidar de todos.

Ash lo sabía.

Era una de las cosas que más amaba de él, después de todo.

—Ha...—Se rio entonces, mientras detenía su andar y dejaba que su mirada se enfocara en el cielo nocturno de la ciudad. No había estrellas—Quién es el mocoso ahora...

Se preguntó, antes de suspirar.

Sus manos acariciaron su rostro, sintiéndolo helado. Quizá ya era hora de regresar.

Revisó sus bolsillos y contó el poco cambio que le quedaba. Suficiente para un boleto de autobús de regreso, ya que él mismo había tomado el tren para llegar hasta allí; en primer lugar.

Que lo ruidoso del centro en medio de la noche fuera mucho más relajante que el escabroso silencio de un barrio en medio de los suburbios, para una mente tan turbada como era la suya, quizá tendría un par de cosas que decir sobre él o su personalidad.

Sin embargo, Ash no tuvo tiempo de detenerse a deleitarse con la ironía de su descubrimiento.

Pues algo llamó su atención.

O, debería decir, alguien lo hizo.

Una figura corría en dirección contraria a la de él, en la acera del frente; con una rapidez que Ash simplemente podía describir como impresionante.

Pero aquello no fue lo que llamó su atención.

Lo que lo hizo, fue la melena rubia que se movía con el viento, lo rojo de su chaqueta, y lo verde de sus ojos.

—Pero qué...

Murmuró, apenas, pues lo siguiente que llenó el ambiente; fue el sonido de disparos.

Ash se lanzó contra el suelo antes de que pudiera procesar que pasaba, su cuerpo y reflejos entrenados haciendo acto de aparición tan pronto el sonido de un gatillo siendo presionado hubiera llegado a su cercanía.

Sin embargo, la persona frente a él siguió corriendo.

—¡Espera!

Gritó, al tiempo que el aire se le atoraba en la garganta.

Se puso de pie como pudo, y emprendió persecución, siguiendo a su propia imagen durante varios metros.

Sin embargo, así como había ocurrido en la biblioteca; tras girar en una esquina; este simplemente desapareció.

—Pero qué demonios...—musitó entonces, mientras recuperaba el aliento y cruzaba la acera. El amplio y vacío corredor de grava le saludó, con un par de personas caminando a lo lejos, demasiado interesados en sus propios asuntos como para prestarle atención a él, y a su expresión desencajada—Esto tiene que ser una...

Sin embargo, la idea se quedó incompleta en sus labios.

Pues mientras sus ojos aún seguían buscando alguna clase de rezago del hombre que hubiera estado persiguiendo, pudo captarlo nuevamente.

Ese sonido.

El de un gatillo listo para ser disparado. Y, posteriormente, el de un proyectil siendo despedido.

Para luego sentir algo a lo que ya debería estar acostumbrado.

El impacto de una bala chocar contra su hombro.

Sing sintió las manos de Eiji limpiar sus mejillas con cuidado, y sus labios temblaron levemente.

—¿Sabes que esto no es necesario, ¿verdad? —cuestionó, mientras intentaba ocultar el leve sonrojo que se había acaecido en sus mejillas, sin pedir permiso.

Él ni siquiera había tenido la intención de llorar, sin embargo, había sido incapaz de controlar la imperante necesidad que parecía haber nacido en su pecho, al por fin abrir una puerta que se había negado a reconocer durante todos esos años. Terminando buscando el contacto del abrazo de Eiji como única manera de calmar el torrente de emociones que de pronto se habían visto descubiertas.

Después de todo, él era su amigo.

Y Sing no conocía lugar más seguro que ese, ni antes; ni después.

Empero, aún con eso, no podía evitar sentir algo de vergüenza, ahora que el candor del momento ya hubiera pasado.

Eiji sólo se elevó de hombros con simpleza, mientras tomaba un poco de pomada y comenzaba a acariciar su mejilla herida, con demasiada suavidad.

—Sabes que me he curado sólo mil veces, ¿no? —Volvió a instar Sing, sin embargo—Cuando no estás allí.

Eiji sólo le regaló una pequeña sonrisa, antes de colocar un parche en la zona lastimada.

—Bueno...—razonó—Ahora estoy aquí, ¿verdad? —ofreció, al tiempo que una pequeña caricia hacía su camino hasta la mejilla de Sing—Y quiero hacerlo.

Aseguró, mientras se giraba un poco, y comenzaba a guardar todos sus instrumentos en una pequeña caja que fungía como botiquín de primeros auxilios. Una adición que también había hecho su camino a esa casa gracias a Sing y sus aficiones. Y, otro pequeño orgullo silente, del que Sing en silencio se permitía alardear.

Pues, era otra manera de decir que se preocupaban por él.

Sing solo pudo sonreír levemente, mientras jugueteaban con el borde de su taza vacía, antes de su mirada viajara, como quien no quería la cosa; hasta su reloj de pulsera.

Ya habían tomado como tres cafés, pero Ash aún no regresaba.

Su rictus se hizo mucho más serio por un momento, al tiempo que su mente comenzaba a jugar con la idea de que quizá; se había sentido demasiado incómodo.

Bah.

Pensó, ignorando la idea al instante.

El Ash que él había conocido, de seguro habría preferido correrlo, antes que alejarse de su hogar por una cosa así.

De seguro, ya regresaría.

Así que tenía que aprovechar el tiempo que le quedaba.

—Gracias—respondió Sing entonces, ganándose una respuesta similar del rostro de Eiji. La habitación llenándose entonces de un cómodo silencio, que era únicamente roto por el ronquido cómico de Buddy, que había escogido como lugar de descanso, las patas de la mesa.

Sing rio con gracia.

—Parece que alguien está muy cómodo con los cambios en la casa—aseguró, mientras se acomodaba de tal manera que, estirándose hacia abajo, pudiera jugar con las peludas orejas del can, quien sólo se revolvió en sueños.

Eiji regresó junto a él entonces, y le imitó en su accionar.

—Le tomó un tiempo—aseguró—no siempre es tan amable con todos.

Sing negó con suavidad.

—Siendo sincero, me sorprende que siquiera quisiera al nuevo invitado—elaboró—dicen que los perros pueden oler la naturaleza de las personas, y Buddy no es de los que quieran a los pesados.

Eiji sonrió levemente, mientras negaba.

—Ash es bueno con él, Sing—le aseguró—Es por eso que lo quiere.

El mentado solo revoleó los ojos, mientras dejaba al can continuar con su siesta, y se acomodaba mejor en la silla.

—Dudo que sea tan bueno con él como yo—se apresuró a agregar, aun si su tono parecía bailar entre la gracia y la seriedad—apuesto a que ni siquiera sabe qué comida debe comprarle, el idiota.

Eiji le dio un pequeño golpe en el hombro, mientras algo parecido a "no lo llames así" lograba hacer camino hasta los oídos de Sing, siendo apabullado por el sonido de su propia risa.

Sing siempre había sido particularmente proactivo al momento de cuidar de la mascota que Eiji había adoptado. Destinando una gran cantidad de su sueldo a la compra de grandes bolsas de comida medicada, pues el pequeño cachorro había tenido múltiples problemas de salud durante sus primeros meses de vida.

Esperable.

Había dicho el veterinario, mientras su rictus parecía dividirse entre la pena y la seriedad.

Es un cachorro de la calle, no sabemos cómo vivió sus primeras semanas.

Sing y Eiji habían tenido que leer una larga lista de bibliografía ofrecida por el médico, con diferentes nombres de virus, síntomas, y signos de alarma.

El pequeño Buddy había pasado sus primeras semanas en la nueva casa unido a una vía endovenosa, mientras Eiji luchaba contra el sueño y su inclemente cabeceo, para darle su medicación y la leche en botella cada dos horas.

Sing no había tenido la misma cantidad de tiempo para dedicarle al pequeño, pero creía que había hecho su parte de otra manera.

Después de todo, la despensa de Eiji siempre había estado llena, con esas croquetas que costaban el doble de lo que ellos comían usualmente.

Había dado resultado, claramente. Pues en las consecuentes visitas a la clínica, el doctor de Buddy había cambiado por completo su semblante, con la alegría y paz saliendo de cada uno de sus poros.

Eiji le había asegurado a Sing, meses después, que ya no era necesario tener que darle esa clase de alimento, que la ganancia de peso del pequeño ya había alcanzado los niveles esperados para un can de su edad. Empero, Sing no había estado de acuerdo, Buddy se lo merecía, por ser un buen niño, tan luchador.

Eiji, empero, parecía no compartir su creencia.

—Sabes que esa comida lo estaba poniendo gordo.

Sing se limitó a elevarse de hombros, restándole importancia al asunto.

—Se merecía un premio—aseguró, mientras dejaba que su brazo descansara sobre la mesa, flexionando su codo, y descansando su mejilla sana contra la palma de su mano—Y lo sabes.

Eiji negó con vehemencia, aun si la expresión de su rostro le daba la razón.

—Bueno, ahora está haciendo más ejercicio.

Sing apretó los labios, intentando no borrar su sonrisa.

—¿Gracias a Ash? —preguntó, aún si sabía la respuesta.

Eiji respondió, de cualquier manera.

—Gracias a Ash.

Sing chasqueó la lengua entonces, mientras asentía.

—Supongo que algunos cambios si son bien aceptados, entonces...

Eiji le dedicó una sonrisa sabihonda.

—Y necesarios.

Aclaró, refiriéndose a la nueva rutina de Buddy.

—Y necesarios...

Repitió Sing, empero, con la mente muy lejos de ese tema.

Sus dedos repiquetearon contra la mesa entonces, intentando darse valor.

—Eiji...—empezó, mientras un pequeño retorcijón se sentaba en la base de su estómago—Creo que debo buscar un nuevo lugar donde vivir, ¿no?

El rostro de Eiji cambió entonces, con sus comisuras cayendo levemente, al tiempo sus labios se abrían con lentitud.

—Sing...

El mentado rio, aun si no había nada de gracia en su tono.

—No creo que Ash se sienta muy cómodo conmigo aquí todo el tiempo, ¿no?

Preguntó.

—No es todo el tiempo.

Respondió Eiji con rapidez.

Sing tomó aire.

—Permíteme reformular—Pidió entonces, uniendo sus manos en señal de rezo y pegándolas contra sus labios, al tiempo que su mente viajaba a los pequeños retazos de interacción que había podido compartir con ambos. Antes, y después del incidente. En el lenguaje corporal que compartían, y en las nadas sutiles marcas pálidas que sobresalían por encima de la ropa de Eiji—No creo que Ash se sienta cómodo sabiendo que yo puedo venir aquí cuando quiera.

Ofreció en cambio.

Eiji pareció dudar, mientras sus manos se presionaban sobre la mesa.

—Pero...—musitó, y Sing fue capaz de ver los metafóricos engranajes dando vueltas en su mente—Esta es tu casa también...

Dijo, y Sing sintió su corazón achicarse un poco.

Nunca la habían llamado así antes.

—Pero ahora también será la de él. Permanentemente—se apresuró a clarificar—y yo no quiero interferir...

Aseguró.

Eiji acentuó aún más su expresión preocupada, pero antes de que pudiera decirle algo; Sing tomó su mano.

—Además...—continuó—Creo que necesito estar lejos un tiempo...—La presión que ejercía sobre la mano de Eiji aumentó, y su rostro intentó suavizarse—Necesitamos.

El rostro de Eiji se tornó triste, y Sing sintió su resolución decaer, sólo por un segundo.

La mano de Eiji viajó entonces hasta su rostro, acariciándolo con cuidado, como si intentara buscar algo en este.

Sing se permitió descansar contra su toque.

—Te aseguro que no volveré a desaparecer...

Aseguró con suavidad.

Eiji detuvo su accionar, observándolo con calidez.

—¿Es una promesa?

Preguntó.

Sing se permitió volver a sonreír.

—Lo es—Aseguró, antes de apartarse con suavidad del calor de Eiji—Después de todo, no toda la custodia de Buddy la tienes tú.

Eiji rio, y Sing pudo jurar que nunca se cansaría de escuchar ese sonido.

Sin embargo, algo interrumpió el momento.

El sonido de su celular.

Eiji parpadeó, confundido, mientras examinaba la pantalla principal. Sing, desde su posición, estiró el cuello para mirar también.

Era un número desconocido.

Eiji le dedicó una mirada confusa.

Sing se elevó de hombros.

—Contesta—instó—Quizá sea importante.

Eiji asintió, antes de responder. Sing, por su parte, se acomodó en la silla, mientras estiraba sus piernas.

Sin embargo, y con las respuestas que Eiji comenzó a musitar, su mirada rápidamente viajó de regreso a su rostro.

El color lo había abandonado por completo.

Y Sing ya sabía que algo malo había pasado, incluso antes de que Eiji colgara el teléfono, observándolo con premura, y susurrara.

—Es Ash...

Había sido una suerte que Sing hubiera ido en su propio auto.

Pues así no habían tenido que esperar ni siquiera un momento antes de emprender el camino hacia el hospital. Sing estaba seguro, incluso, de que se había saltado al menos un par de señales de pare y otro par de semáforos en rojo. Sin embargo, no podría importarle menos, especialmente al tener a Eiji así de desesperado junto a él.

Podía ver el terror reflejado en sus ojos, así como el ligero temblor de sus hombros mientras más tiempo pasaba.

—Eiji...—le llamó, cuando hubiera tenido que detenerse ante una larga cola de vehículos, a sólo una cuadra de su destino—Todo va a estar bien.

Le aseguró, aún si no tenía idea del estado de Ash, o de qué había pasado.

Sin embargo, la mención de su nombre y de un hospital en la misma oración, nunca tenía buenas connotaciones.

Así como tampoco las llamadas sorpresa, informando de su estado de salud.

Sing no pudo evitar golpearse la frente, intentando que los recuerdos de hacía siete años desaparecieran de su mente.

No.

Se dijo.

Todo estará bien.

Eiji, desde su lugar, no respondió. En cambio, se limitó a asentir un par de veces, mientras sus manos se entrelazaban una con la otra, presionándose con fuerza.

La luz del semáforo cambió, y la caravana de autos comenzó a andar. Sing presionó el acelerador, y no se detuvo hasta la puerta de emergencia del nosocomio. Eiji fue el primero en bajar, corriendo rápidamente al interior del lugar.

Sing, por su parte, intentó estacionarse lo mejor que podía, explicándole a medias tintas la situación al guardia de seguridad, que había fallado en detener a Eiji para preguntarle a dónde se dirigía.

Cuando logró ingresar al espacio donde tenían a Ash, la imagen que le saludó fue la de Eiji, con los brazos rodeando por entero el cuerpo del otro muchacho, quien intentaba disimular la expresión de dolor en sus facciones, mientras acariciaba la espalda de Eiji.

Sing se quedó quieto un momento.

Su hombro derecho tenía una gran venda, que por el rojo bruño que le coloreaba; antes había estado cubierta de sangre. El resto de su rostro tenía algunas cortadas, y otros moretones.

Además, su ropa era un desastre.

¿Qué demonios había pasado?

Un hombre con bata blanca llegó entonces, y por su expresión Sing dedujo que se trataba del médico tratante.

El galeno recorrió la habitación con la mirada, y tras un momento de deliberación, y notar que Eiji aún parecía demasiado conmocionado para hablar, mientras revisaba el cuerpo de Ash de arriba abajo a pesar de las quejas de este último; pareció decantarse por hablar con Sing.

Le llamó con suavidad un momento, mientras lo hacía a un lado.

El mentado tuvo que tomar aire, por un segundo regresando a un hospital no muy diferente de ese, con un médico –de expresión más sombría- que le pedía que, por favor, diera un paso hacia la morgue. Pues tenía un cuerpo que reconocer.

Asintió con la cabeza y siguió al galeno, quien por la expresión que portaba, parecía algo contrariado al momento de dar su declaración.

Comenzó explicando cómo es que habían traído a Ash –o, Christopher, como descubrió luego Sing que era el nuevo alias del muchacho- la revisión que habían hecho, y las subsecuentes curaciones que habían realizado en su hombro.

Lo más peligroso había sido la cantidad de sangre que había perdido, aún si en ese momento no ameritaba realmente una transfusión.

Sing se había limitado a asentir un par de veces, intentando que su expresión reflejara preocupación, y que las ganas de decirle que "Este hombre ha sobrevivido cosas peores, no se preocupe" no fueran más fuertes que su sentido común.

Sin embargo, cuando el galeno llegó a cierto punto de su retahíla, volvió a captar la atención de Sing.

Había un agujero de entrada, pero no uno de salida.

Y, al igual que con los asesinatos que se habían estado dando en el centro – y que a Sing le traían difusos y desagradables recuerdos de aquella época oscura, en la que desde la lejanía observaba la guerra sin cuartel en la que se habían hundido Arthur y Ash-, no habían encontrado ningún proyectil.

Al menos no dentro del cuerpo de Ash.

—Revisamos minuciosamente—aseguró el doctor—antes de cerrar la herida.

Sing solo pudo cerrar los labios con fuerza, antes de asentir. Su mirada girando ligeramente hacia Ash, quien ahora parecía tener un semblante meditabundo.

No era para menos, pensó entonces.

Sing no era alguien que se vanagloriara en la falsa modestia. La cantidad de años que había dedicado a la perfección de sus artes y al entrenamiento, haciendo que pudiera admitir sin tapujo alguno su habilidad, tanto en combate como con las armas.

Empero, aún con los años de experiencia encima; sabía que aún estaba a años luz de poder alcanzar el nivel que alguna vez le hubiera conocido a Ash.

No había mejor tirador que él, que Sing conociera.

Que alguien hubiera sido capaz de darle de esa manera, era preocupante.

Y quizá no únicamente por las razones que el médico le citaba.

Sin embargo, se esforzó para regresar su atención a su interlocutor, que tras un par más de oraciones y movimientos de mano, le dijo que ya podía ir a ver a su paciente. Que él regresaría, antes de terminar su turno, para poder darle de alta.

Sing agradeció con sinceridad, y después de que el médico se retirara del pequeño cubículo de emergencia; que sólo era separado del resto por un par de cortinas; se aventuró junto a los otros dos muchachos.

Eiji lucía muchísimo más calmado ahora, pudo notar Sing; aún si su mirada parecía danzar entre la duda y preocupación. Ash, por su parte, parecía haber relajado su semblante; de seguro- porque ya no tenía que fingir ahora que estaban solos.

Sing apretó los labios, aventurándose a preguntar.

—¿Qué pasó?

Ash simplemente rio por lo bajo, sin gracia alguna.

—¿No es obvio? —cuestionó, girando su rostro hacia él, con una sonrisa irónica en los labios—Me dispararon.

Respondió, claramente a la defensiva.

—Ash—se apresuró a corregir Eiji, con un tono un poco más duro. Sing simplemente rodó los ojos, mientras desechaba la idea de que ya podrían comenzar a llevarse mejor.

—¿Puedes dejar esa actitud? —pidió en cambio, suspirando de manera cansina—No conozco a ninguna persona viva que pueda atinarte—aseguró, mientras señalaba todo su cuerpo, con amplios movimientos de las manos—y mucho menos dejarte así. ¿Qué mierda pasó, Ash?

Eiji le dedicó una mirada afectada, y Sing habría tenido el tino de sentirse ligeramente culpable por su tono duro, de no ser por la respuesta de Ash.

Él, simplemente, seguía sonriendo.

—Me dispararon.

Volvió a asegurar, haciendo que Sing contara mentalmente hasta diez.

Sin embargo, esta vez no tardó en elaborar.

—Pero tranquilo, Sing. Esta vez no estás equivocado—afirmó, logrando que el mentado elevara una ceja; dubitativo—Pues no creo que sea alguien "vivo".

Eiji ahogó un sonido de sorpresa.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, antes de que él pudiera hacerlo.

Ash giró su rostro entonces, suavizando su expresión, antes de hablarle a Eiji.

—...porque me disparé yo mismo.

El camino de regreso a casa fue completamente silencioso.

Eiji aún podía escuchar los leves murmullos de ofuscación de Ash, quien no había podido creer que lo hubieran obligado a tomarse la inmensa cantidad de analgésicos que había dejado el doctor, recordándoles una y otra vez que había pasado por escenarios así durante su vida un centenar de veces; y que nunca había necesitado más que un poco de descanso para estar en óptimas condiciones después. Cediendo únicamente, después de que Eiji le acercara tanto las pastillas como el agua a la boca.

El doctor les había informado que podría hacer que se sintiera somnoliento, o se quedara fuera de combate durante toda la noche; y que esa clase de cosas no tendrían que preocuparles. Ash, nuevamente en su fachada de Christopher, había asentido con parsimonia; mientras agradecía los cuidados del galeno.

Eiji y Sing, por su lado, habían fingido tomar en consideración aquello, aun si ambos estaban seguros que ni siquiera la medicina tendría el efecto esperado en un cuerpo como el de Ash.

Sin embargo, y después de conducir por un par de cuadras, mucho más lento gracias al tráfico de la hora punta; Ash se había acomodado mejor en asiento trasero del auto de Sing, dejando que su cabeza descansara sobre los muslos de Eiji, quien acariciaba sus cabellos con suavidad y sin prisa.

—Es peor que un animal salvaje—Dijo Sing desde el asiento del piloto, mientras encendía las direccionales antes de girar—No creí que realmente se quedaría dormido.

Eiji se permitió sonreír con suavidad, mientras sus dedos se seguían enredando en las largas hebras de cabello.

—Sólo está descansando—aseguró—Al mínimo ruido extraño, abrirá los ojos.

Y, tal como había dicho; tan pronto hubieran dado con una de las siguientes señales de alto, Ash ya parecía completamente consiente.

—Te detuviste.

Dijo, sentándose con rapidez, a pesar de las protestas de Eiji.

Sing señaló la señal que les saludaba, con su potente color rojo.

—Tranquilo, es una buena distancia—aseguró Sing, y Ash asintió. Eiji, por su parte, les miró con confusión, alternando de uno a otro.

—Aún quedan dos cuadras...

Sin embargo, Ash no le dejó terminar. Abriendo la puerta del auto sin miramientos, mientras salía a toda prisa, gruñendo apenas un masticado: Iré primero, cuida de Eiji.

Eiji se apresuró a la puerta, intentando abrirla, pero Sing fue mucho más rápido, bloqueando todas las entradas con seguro, después de sólo presionar un botón.

—¡Ash!—llamó, golpeando la ventana.

El mentado sólo le devolvió una mirada seria.

—Quédate dentro—espetó.

Eiji giró el rostro entonces rápidamente, observando a Sing con furia grabada en la mirada. El otro muchacho no se dignó en devolverle el gesto.

—Quédate dentro, Eiji.

Dijo simplemente, con un tono demasiado parco para su gusto.

Ash se acercó a la ventana del piloto, mientras miraba a su alrededor.

—Llamaré cuando esté dentro. Sólo si es seguro—empezó, lo suficientemente bajo como para que sólo ellos pudieran escucharle—Si no llamo en diez minutos, llévate a Eiji lejos de aquí.

Eiji sintió las palabras atorarse en su garganta.

—¡¿Qué?!

Pero Sing y Ash parecían estar ignorándolo.

—No tienes que decírmelo.

Aseguró Sing, antes de arrancar.

—¡Ash! —Volvió a llamar Eiji, pero la figura del muchacho ya se perdía a lo lejos, siendo que Sing había pisado el acelerador a fondo.

Chasqueó la lengua con frustración, antes de golpear su frente.

—¡Sing!—Volvió a intentar Eiji entonces, y- ante la nueva falta de respuesta, se aventuró a maniobrar su camino hacia el asiento de adelante, ganándose una retahíla de quejidos por parte del conductor, que ya de por si era demasiado grande para la pequeña cabina—¡¿Cuándo hablaron de esto?!

Exigió saber, mientras se acomodaba mejor junto al muchacho, obligándole a mirarle.

Sing intercaló la mirada, entre su rostro y el camino, decidiendo finalmente detenerse, varios metros lejos del camino que lo llevaba a casa.

—No lo hicimos—aseguró, jadeando—Pero creo que ambos pensábamos lo mismo—Dijo, y tras notar que Eiji no parecía querer luchar más, volvió a arrancar.

—¿A dónde me llevas?

Preguntó entonces, a la defensiva.

Sing suspiró.

—A casa—aseguró—Este es sólo un camino más largo.

Eiji frunció el ceño.

—Pero Ash-

Sing se apresuró a cortarlo.

—Eiji—instó, con un tono duro—Tranquilo...

Pidió, intentando sonar más suave. Él, por su parte, sólo pudo fruncir más el ceño.

—Ash necesita asegurarse de que estés seguro...—Le recordó Sing—Y yo también.

Eiji apretó los labios, al mismo tiempo que sus manos.

—Por favor... no pelees, ¿sí?

Eiji suspiró, derrotado.

—Está bien...

Sing dejó escapar un suspiro, aliviado.

—Y yo creyendo que esto no podía ser más extraño...

Musitó, mientras seguía conduciendo. Eiji chasqueó la lengua, frustrado, mientras presionaba su puño con algo más de fuerza contra sus labios.

El auto avanzó en silencio por aproximadamente cinco minutos, antes de que el sonido del celular de Eiji rompiera el ambiente, por segunda vez esa noche.

Sing detuvo su coche en seco, arrebatándole el teléfono a Eiji, antes de que pudiera contestar.

—¡Hey!

Se quejó, pero Sing nuevamente lo estaba ignorando, mientras escuchaba atentamente la voz del otro lado de la línea.

—Entendido—Dijo con simpleza, entregándole el celular a Eiji, quien lo recibió de un movimiento brusco.

—Deja de ignorarme, Sing—Amenazó, mientras fruncía el ceño.

El otro muchacho relajó su semblante, mientras asentía.

—Lo lamento—ofreció, mientras bajaba el rostro ligeramente, pero Eiji no se dejó comprar por su semblante—Pero todo está en orden. Podemos regresar.

El mentado se cruzó de brazos, demostrando claramente su disgusto, pero no opuso resistencia, escogiendo en cambio el silencio como único acompañante, hasta que estacionaron a un par de puertas de su hogar. Él bajó primero, con Sing siguiéndole un par de pasos por detrás.

Abrió la puerta sin cuidado, y cuando al fin tuvo a Ash frente a él, no pudo evitar espetar:

—Ash, no puedes hacerme eso.

Sin embargo, el mentado no tardó en callarle, tomándole de los hombros y pegándolo contra su pecho, como si de pronto necesitara sentirle allí. Con él. A salvo.

—¿Nadie te siguió? —Preguntó a Sing, haciendo que Eiji suspirara, pero se rindiera ante la sensación del cuerpo de Ash contra el suyo, decidiendo calmarse.

Sing pareció leer el ambiente, mientras cerraba la puerta.

—Nadie—aseguró.

Ash suspiró, presionando el cuerpo de Eiji con más fuerza.

Él, por su parte, tuvo que cerrar los ojos un momento, tomando fuerza y apartándose del cuerpo de Ash, quien le dedicó una mirada que parecía ser casi dolida.

Empero, Eiji no se amilanó.

—Ash, Sing—los llamó, enfocándolo primero a uno, y después al otro—Yo también soy parte de esta conversación.

Ash apretó los labios.

—Lo sé, lo sé...—admitió, mientras su semblante intentaba relajarse—Perdón...

Sing sólo se cruzó de brazos, dejando que su espalda descansada contra el borde de la puerta de la sala.

—Pero si hay otro... ¿yo? Buscándome... no puedo arriesgarme a que te lastime a ti.

Eiji suspiró en silencio, mientras acariciaba el rostro de Ash.

Sing, detrás de ellos, intervino.

—¿Estás seguro de eso?

Ash se dejó relajar un momento, contra la mano de Eiji, aún si la mirada que tenía seguía demostrando dureza.

—Lo estoy—Aseguró—Lo vi perfectamente, en el museo.

Eiji sintió el mundo detenerse un segundo.

—... ¿En el museo? —preguntó, haciendo que Ash volviera a enfocar su mirada en su rostro, mientras asentía.

—El de ciencias naturales—explicó—Pasaba por allí y... bueno, me vi a mí mismo—Su expresión se tornó agria—Estaba corriendo. Intenté seguirme, pero me perdí de vista; y al llegar a la entrada, me recibió una lluvia de balas.

Eiji se quedó en silencio, mientras los engranajes de su mente giraban sin parar.

Eso no podía ser-

—¿Y qué pasó luego?

Cuestionó Sing, haciendo que Ash suspirara con cansancio.

—Logré escapar, pero algunos transeúntes ya habían llamado a la policía al escuchar todo el ruido—explicó, mientras giraba una de sus manos—cuando me encontraron tuve que decir que alguien había intentado asaltarme, y que me resistí.

Sing frunció la nariz, al igual que las cejas.

—Eso no tiene sentido.

Aseguró, pero Eiji seguía inmerso en sus pensamientos.

—...en el museo...

Volvió a murmurar.

Ash apretó los labios.

—Y no sólo es eso...—terminó confesando, ganándose un par de miradas llenas de duda—Me vi hace poco también... en la biblioteca.

Explicó, girando el rostro lo suficiente como para que su mirada no se cruzada con la de Eiji.

El mentado sintió una punzada en el corazón.

¿Qué?

Pensó, al tiempo que una pesada sensación hacía camino hacia la boca de su estómago.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó entonces, intentando enfocar nuevamente la mirada de Ash; quien sólo atinó a rehuirle más.

—Corría... con una carta en la mano.

El dolor en el corazón de Eiji no hizo sino acrecentarse.

—Ash...—Musitó, antes de tomar el rostro del otro muchacho entre sus manos, obligándole a que lo mirara—Dijiste... que no recordabas nada después de nuestra huida de la mansión de Golzine, ¿no es así?

El mentado asintió.

—Sí...

Eiji apretó los labios con fuerza, al tiempo que Sing dejaba su antigua posición en la puerta, y Eiji podía escuchar sus pasos acercarse por su espalda.

—Sing y yo nos separamos en las alcantarillas, cuando Lao lo lanzó al torrente de agua...—Explicó, recordando lo que había pasado esa noche—Así que él no sabe lo que ocurrió después...

—¿Eiji? —Preguntó Sing entonces, mientras que Ash le observaba con una expresión confundida dibujada en el rostro.

—Es que... creo que hay algo que deben saber...

Ash sentía su cabeza latir, clara señal de que una migraña se avecinaba.

—Repítelo todo de nuevo.

Pidió, con un tono poco amable. Frente a él, Eiji se removió ligeramente. Los otros dos presentes en la habitación: Max y Sing, suspiraron con cansancio.

—El museo—comenzó a enumerar—Los muelles, el centro de salud mental, la biblioteca...

Ash asentía ante cada nombre que fuera mencionado, mientras que, a su lado, Max volvía a hacer círculos con un marcador rojo, sobre una copia de un mapa de la ciudad.

—¿No están olvidando ningún otro lugar? —preguntó Ash, a todos los presentes.

Sing y Max parecieron sopesar la pregunta.

Junto a él, Eiji se abrazó a sí mismo, mientras negaba con suavidad.

—Podríamos pensar en las calles del centro, en general... y el hospital donde estaba yo, pero...—su voz pareció dudar un momento—En ese momento apenas podía verte, por toda la medicina que estaba en mi cuerpo. No sé qué hiciste antes, ni después...

Ash se permitió suspirar, relajando su cuerpo.

Estiró su mano, pidiendo la de Eiji. El mentado obedeció, y Ash entrelazó sus dedos, dejando un delicado beso en sus nudillos.

—No tienes que forzarte. Así está bien.

Max soltó un murmullo, pensando.

—El centro de salud mental fue demolido.

Acostó, haciendo una gran "x" en el círculo.

—Eso nos deja con ... sólo una ubicación concreta—razonó Sing—Los muelles. Pues ya lo viste en el museo, y en la biblioteca.

Ash tuvo que ahogar una risa, que no tenía ni un atisbo de gracia.

Los muelles.

El lugar, donde de acuerdo a lo que le habían contado, le habían disparado a Eiji. Sí, no es como si Ash tuviera deseos de visitar ese lugar.

—Creen que mi otro ¿yo? Aparecerá allí.

Preguntó Ash a todos los presentes.

Eiji se elevó de hombros.

—Quizá...—Razonó—Te viste en la biblioteca corriendo... y si esta vez alguien te disparó, fue porque... tú estabas disparando aquella vez—Explicó—antes de que los hombres de Yut Lung nos llevaran allí, para intentar hacer que te entregaras.

Max jadeó, mientras masajeaba el puente de su nariz con el índice y el pulgar.

—Pero no encontraron ningún proyectil—recordó—Ni cerca, ni dentro de ti.

Ash ahogó algo que parecía una risa.

—Pero sentí la bala entrar en mi cuerpo—aseguró. Deteniéndose un instante, mientras su mano viajaba hasta su hombro herido—Aunque... se sintió ligeramente distinto a los disparos que he sentido antes...

Y Ash tenía experiencia con eso.

Demasiada, si alguien le preguntaba.

Max lanzó un quejido exasperado, mientras sus manos despeinaban sus cabellos.

—Ahhh, ¡¿Qué demonios es esto?!

Ash presionó la mano de Eiji, antes de dejar caer una idea que ya había estado dando vueltas por su mente.

—Doppelgänger.

Musitó con simpleza.

Sing, junto a él, elevó una ceja en confusión.

—¿Perdona?

Ash repitió.

—Doppelgänger—aseguró, mientras se elevaba de hombros—Es tan buena explicación como cualquier otra.

Sing rodó los ojos.

—Eso es tan bueno como decir que no tenemos idea de qué es lo que pasa.

Ash le regaló una sonrisa sabihonda.

—¿Y no es así?

Max se apresuró a intentar calmar los ánimos.

—Tranquilos—pidió—No nos precipitemos.

Ash y Sing bufaron al unísono, como aceptando silentemente la tregua.

Max pareció agradecer el gesto, con una sonrisa.

—Si alguien quisiera seguirte... ya lo habría hecho—Dijo, para empezar—Además, dijiste que no habías sentido nada extraño. A nadie detrás de ti—Recalcó, también—Sino que... simplemente... te viste.

Ash asintió.

Max pareció cavilar un poco más.

—De momento... mantengámoste alejado del centro—concluyó—Y de los muelles.

Ash le dedicó una mirada incrédula.

Max se apresuró a responder.

—¿Acaso tienes un mejor plan?

El mentado no pudo argumentar nada contra esa lógica. Limitándose únicamente a chasquear la lengua.

—Maldición.

Sing soltó el aire que había estado guardando en sus pulmones, al tiempo que dejaba la última caja en su lugar.

Era la más pesada, completamente llena de libros de la facultad.

Sacar sus cosas de la habitación que tenía en la casa de Eiji había sido... duro, a falta de una mejor palabra. Sin embargo, al mismo tiempo, Sing creía que también había sido ligeramente liberador. Como si un extraño peso extra fuera finalmente levantado de sus hombros.

Creo que eso es todo.

Recordaba haber dicho, mientras Ash le ayudaba a embalar las últimas cajas, el día anterior.

¿Y eso? —Había preguntado el otro muchacho, mientras se estiraba el hombro y Sing se preguntaba de qué tenía que estar hecho ese hombre, para poder maniobrar con tanta facilidad luego de recibir el impacto de una bala—¿no te los llevarás?

Sing había examinado los objetos que Ash hubiera señalado.

Era una gran pila de libros.

Ah...—Recordaba haber murmurado—No. Esos son tuyos, de hecho.

Ash le había mirado con una expresión contrariada, mientras elevaba una ceja.

Sing se había tomado el atrevimiento de reír, con premura.

Digamos que intentar utilizar tu computadora personal era muy difícil—Se explicó—Con lo vieja que era. Temía que en algún momento fallara y perdiera todos esos archivos.

Ash pareció unir las piezas de información, sonriendo levemente mientras asentía.

Encontraste mis ensayos incompletos.

Sing le imitió.

Me ayudaron mucho como material de estudio para mi ensayo de admisión a la universidad—Le dijo, mientras se cruzaba de brazos y rememoraba las largas horas que había pasado repasando las palabras olvidadas de Ash, asombrado por la clase de ideas que podían descansar en la mente de alguien tan joven—Así que gracias, supongo.

Ash había reído un poco.

¿De nada?

Sing se elevó de hombros, mientras tomaba una de las cajas entre sus manos. Ash, quien parecía también dispuesto a ayudarlo a llevar todo al auto, lo imitó.

Habían continuado con lo mismo durante unos minutos, sin embargo; cuando Sing hubiera tenido la última caja en sus manos, se había detenido, sólo para preguntar.

¿De verdad crees que todo va a estar bien? —Había cuestionado, mientras sus ojos se perdían en el horizonte. Podía escuchar la respiración de Ash detrás de él, a sólo centímetros de su auto—Max parecía muy confiado con su teoría.

Ash había ahogado un suspiro cansino.

No lo sé...

Aquella no había sido la afirmación que Sing hubiera esperado.

Reamente no lo sé, Sing.

El sólo había podido girar en respuesta, enfocando los ojos color jade de Ash, que en ese momento; parecían brillar con preocupación.

Pero quiero que me prometas algo—Había continuado el muchacho—Si algo llegara a pasar... Vas a proteger a Eiji.

Sing había fruncido los labios.

Ash...

Empero, el mentado no le había dejado terminar.

Lo digo en serio—Puntuó, mientras una de sus manos lo tomaba del hombro, con un poco más de fuerza de la necesaria—Aún no sé qué ocurre. Pero necesito averiguarlo—Aseguró—Y si en algún momento debo estar lejos para eso, necesito saber que Eiji estará seguro, sin importar qué.

Sing habría podido reír.

Lo dices como si mantenerlo en un lugar sabiendo que tú estás lejos, o en peligro, fuera sencillo.

Razonó, con una sonrisa socarrona en los labios.

Ash le sonrió entonces, con un poco más de sinceridad.

Por eso te lo estoy pidiendo a ti—Aseguró, sorprendiendo a Sing—Sé que encontrarás la manera.

Sing se permitió sonar dubitativo.

¿Por qué?

Ash simplemente había relajado más su expresión.

Porque sé que te importa tanto como a mí.

Sing volvió a suspirar, dejando que su cuerpo cayera en la cama del departamento que había comprado hacía tanto tiempo, pero que nunca usaba.

Vaya manera de intentar iniciar un nuevo capítulo en su vida.

Las palabras de Ash aún resonaban en su cabeza, como un continuo recordatorio. Así como las suyas propias, que habían aceptado.

—Tal vez sí digo que sí con mucha facilidad...

Musitó, con el rostro hundido entre las almohadas. Y, con el cansancio de la mudanza pesando sobre sus hombros; Sing pensó que no sería mal momento para intentar tomar una siesta.

Sin embargo, al parecer el universo tenía otras ideas, pues; su celular no tardó en sonar.

Sing ahogó un quejido de hartazgo, antes de tomar el aparato, y llevarlo a su oído.

Una conocida voz lo saludó desde el otro lado de la línea.

Era Yut Lung.

—¿Sí? —preguntó Sing a la línea—¿Qué pasa?

Del otro lado, le respondieron con calma.

—Al fin te dignas en contestarme, vaya—y la risa tan característica de la cabeza de los Lee, que Sing había escuchado en incontables ocasiones. Una que parecía intentar ocultar la molestia, aunque no lo hacía del todo bien—¿A qué debo el honor?

Sing bufó, exasperado.

—Te dije que iba a estar... indispuesto.

Yut Lung chasqueó la lengua.

—Qué buena manera de ponerlo—Comentó, con un tono lleno de ironía—Pero bueno, podemos hablar de tu compromiso con el trabajo en otro momento—puntuó—Quería hablarte de algo distinto ahora.

Sing se estiró en su lugar.

—¿Sí?

Yut Lung no tardó en explicarse.

—Hay un rumor rondando las calles de Nueva York...

Sing ahogó una risa.

—Ah, ¿sí? —cuestionó—Creía que ahora todos tus oídos estaban concentrados en saber qué pasaba en Hong Kong.

Yut Lung chasqueó la lengua.

—Casi todos—aseguró—Lo cual sólo debería demostrar la importancia, o lo largo de este rumor, ¿no?

Sing se elevó de hombros, entendiendo el punto. Pero antes de que pudiera responder, el timbre sonó, haciendo que elevara una ceja.

¿Visitas?

Se puso de pie entonces, acercándose a la mirilla de la puerta, y observando con cuidado.

No había nadie.

Yut Lung continuó entonces, de seguro fastidiado por su falta de atención.

—Es un rumor sobre un lince.

Aseguró, haciendo que Sing se quedara quieto en su lugar.

—¿Qué..

Comenzó a preguntar, empero; en ese momento- algo más llamó su atención.

El cerrojo de su puerta se abrió por sí solo, al tiempo que la entrada quedaba abierta de par en par.

Frente a él, una figura conocida le saludaba.

Era Ash.

—Sing Soo Ling.

Dijo, con un tono que Sing jamás le había conocido.

Sonaba completamente parco. Completamente drenado de emociones.

Tenía su brazo derecho en alto, y en su mano, un revolver descansaba.

Sing dio un paso para atrás, su mano viajando al cinturón, donde usualmente siempre guardaba su pistola.

—Lo lamento—Dijo Ash entonces, aun si su tono no parecía encajar con sus palabras—Pero esto está tomando más de lo que esperaba, y tú eres el primero de la lista.

Sólo un sonido llenó el ambiente en ese momento.

El de un disparo.

Notas finales:

Oh no, la trama hizo acto de presencia al fin.

Si alguien aquí leyó "20 de diciembre" ya debe tener más o menos idea de la clase de elementos fantásticos que me gusta poner en mis historias.

La acción no es lo mío –bah, nada es lo mío- x'D pero la trama la pensé con mi michi, y tras un par de deliberaciones al fin logré darle un orden a qué pasará, y por qué pasará. Espero poder explicarme bien en los capítulos que siguen.

Ah, Sing mi amor, perdón.

Si alguien llegó hasta aquí, ¡Muchas gracias por leer!

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