Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Mexico City Blues.

 Wild men| Who kill |Have Karmas| Of ill

Good men| Who love| Have Karmas| Of dove

But his Karma,| Uknown to him,| May end-

-Jack Kerouac

Max y él se mantuvieron charlando un poco más, en una conversación que no pudo haber durado más de dos horas; pero que para Ash se había sentido como una eternidad. Cada pequeño pedazo de información que fuera lanzada a él fungiendo como un crudo recordatorio de que, de hecho, habían pasado siete años. Y el mundo era un lugar diferente.

Intentando ignorar lo brillante que parecía ponerse la mirada de su interlocutor, cuando tocaba algo que parecía particularmente delicado, como la simbólica tumba de su hermano, el tener que explicarle lo que había pasado a Michael, los libros que había escrito en su memoria, o la decisión de Eiji de mudarse permanentemente a los Estados Unidos.

Eiji, por su parte, se mantuvo en silencio durante toda la conversación, acompañándolos únicamente con el sonido de los platos y el movimiento continuo en la cocina, que le decía a Ash que estaba haciendo la cena. Los invitó a pasar al comedor, y pudieron terminar cerrando la tarde con el estómago lleno.

—Mantendré el secreto—Le aseguró Max, aun si su expresión demostraba lo duro que sería—Aunque se pondrían muy felices de saberlo...

No pudo evitar decir.

Ash sabía que tenía razón.

—Lamento tener que pedirte eso.

Max movió una de sus manos de un lado a otro, asegurándole que no pasaba nada, y que se tomara todo el tiempo que necesitara. Ya que, de decirles, él tampoco tendría manera de explicar qué se suponía estaba pasando.

Ash asintió un par de veces, notando los cambios que había sufrido la mirada de Max.

Lucía- realmente mayor.

No de la manera en la que siempre solía molestarlo anteriormente, haciendo hincapié en la diferencia de sus edades. Era una clase de cansancio que, Ash creía, sólo podía venir de la mano de una catarata de emociones. Aguas demasiado turbulentas como para surcarlas en un solo día.

Y, aun así, lo habían hecho- de alguna manera.

Cerró la puerta lentamente, antes de soltar un pesado suspiro. Sus pies lo llevaron después hacia la sala, donde Eiji lo esperaba en el sofá, con una mirada que parecía preguntar si estaba bien.

Ash no se molestó en responder. Optando en cambio por acomodarse a su lado, enredándose en su cuerpo, y obligándolo a servirle de colchón. Eiji pareció no tener problema con ello, dejando que sus dedos acariciaran sus mechones de cabello, mientras la película que ahora se proyectaba en el televisor, era vilmente ignorada.

Disfrutó del contacto, mientras Eiji parecía intentar entender la trama de lo que sea que estuviera viendo, su mirada divagando entre los espacios del departamento que ahora era su hogar. Era lindo y agradable, y que tuviera dos pisos le decía que Eiji no estaba para nada corto de dinero, como hubiera tenido en un primer instante. Con el primer piso ocupado por las habitaciones de uso común, y las alcobas guarecidas en el segundo.

Alcobas...

En plural.

Ash sintió la duda danzar en su lengua.

—¿Por qué Sing tiene una habitación aquí?

Preguntó de pronto, antes de que algún pensamiento intrusivo le asegurase que no era una buena idea hacerlo.

Eiji, en su lugar, no se inmutó.

—Porque pasa mucho tiempo aquí.

Dijo con simpleza, Ash ahogó una risa, al tiempo que hundía su rostro en el pecho de Eiji.

—Y—intentó de nuevo—¿Por qué pasa mucho tiempo aquí?

Esta vez Eiji pareció pensar mejor su respuesta, apretando los labios un poco.

—Hmm...—Dijo, y aquello fue suficiente como para que Ash se acomodara de mejor manera, cualquier rastro de cansancio en su mirada desapareciendo, y asegurándose de enfocar perfectamente la expresión de Eiji.

Buscando, analizando, intentando ver más allá del pequeño manto de celos que siempre parecía cubrirlo cuando se hablaba de este nuevo Sing que no podía terminar de reconocer.

—No te va a gustar la respuesta...

Ash afiló la mirada, sólo un segundo.

—Eiji...—Pidió, con voz suave pero firme, antes de dejar que una de sus manos acunara su mejilla, besando sus labios—Dime...

Eiji se dejó fundir en el beso, buscando sus labios por un momento, incluso cuando Ash ya se había apartado, buscando hablar.

Los ojos se le enegrecieron. Y Ash sintió su corazón apretarse.

—Por favor...

Pidió.

Eiji finalmente tomó una bocanada de aire.

—Porque estaba preocupado...—Admitió.

Ash intentó acomodar su postura, sentándose correctamente, y dejando que Eiji también pudiera hacerlo. Lo observó por un largo momento, esperando que elaborara, pero no obtuvo más que esas palabras.

—Por ti...

Optó por decir, con una mirada que estaba cargada de significado.

Pues si él, en ese corto tiempo había sido capaz de notar los cambios en la actitud del muchacho; no dudaba que Sing también lo hubiera hecho.

Eiji había dejado de ser el vibrante joven que no dejaba que nadie le diera ordenes, y no temía enfrentarse a personas como él, para convertirse en una sombra que regalaba cripticas sonrisas de ojos vacíos.

El mentado pareció dudar un momento, para luego asentir con suavidad.

Ash apretó los labios. Dejó que sus manos buscaran las de Eiji, tomando sus muñecas con suavidad. Acarició una primero, y luego la otra. Eiji se dejó hacer, sin levantar ninguna clase de queja.

Ash ya había visto el cuerpo de Eiji completamente desnudo, y aún si había tocado más de él de lo que alguna vez hubiera podido tan siquiera soñar, aquellos pequeños roces eran- extrañamente distintos.

Casi como si el temor de que pudiera encontrar algo allí que no quisiera ver, hiciera la experiencia sentirse casi surreal.

Empero, sus muñecas estaban limpias.

Con su pulso y su calor como los únicos estímulos que se quedaran allí para recibirlo.

Ash sintió su alma regresar a su cuerpo, antes de acercar las manos de Eiji a sus labios, regalándoles un sinfín de besos.

Eiji dibujó una sonrisa lánguida.

—No me hice daño, Ash...

Y él no podía parar de agradecer a Dios por ello.

—Pero sí lo pensé...

Completó, haciendo que se detuviera en su accionar. Levantó la mirada lentamente, enfocando el rostro de Eiji. Quien, ahora, tenía la tristeza plasmada en la faz.

—Y creo que Sing también lo sabía...

Ash sintió su estómago hundirse.

—¿Por qué...?

Las palabras abandonaron sus labios antes de que pudiera pensarlo detenidamente, casi como un acto reflejo.

Era tonto decirlo, o tan siquiera pensarlo. Especialmente si Ash ya era familiar con el sentimiento. El de tener un dolor tal en el pecho, agitándose de manera tan violenta que, la única manera de escapar pareciera haciéndolo sangrar; literal o metafóricamente, por cualquier lugar del cuerpo.

Eiji le acarició la mejilla.

—Porque—Dijo, sus labios temblando levemente—... a veces... sentía que era la única manera de parar de pensar...

Ash se acurrucó contra el toque de Eiji.

—¿En mí...?

Cuestionó, con la voz contrita.

Eiji negó, suavemente.

—No... en mí...

—... ¿eh?

El corazón de Ash se detuvo, mientras sus ojos se abrían más de la cuenta. La expresión de Eiji no había cambiado, pero esta vez, parecía mucho más dado a elaborar.

—En el yo que había quedado atrás...—Le dijo, mientras su mano abandonaba su mejilla, haciendo que Ash tuviera que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no seguirle, con mirada suplicante—En ese algo que... frente al espejo, ya no parecía tener forma...

Eiji delineó su propio rostro. Su frente, su nariz, deteniéndose sobre sus labios.

—A veces sólo quería... acabar con esa imagen que me devolvía el espejo—Confesó—porque ya no me encontraba a mí mismo...

La garganta de Ash se secó, por un momento, las líneas de expresión en el rostro de Eiji parecieron acentuarse, haciéndolo lucir como de su verdadera edad.

—Era en esos momentos donde Sing estaba...—Musitó, con una pequeña sonrisa—No sé si lo estuvieras pensando, pero déjame asegurarte que nosotros nunca tuvimos nada, Sing y yo...—El cuerpo de Ash se tensó un momento, pues la idea no le había sido ajena, y Eiji pareció notarlo, pues una suave y encantadora risa llenó el ambiente.

—No como lo nuestro—Dijo, continuando con su explicación—pero... Somos cercanos. Y yo... yo lo adoro, Ash.

Y Ash habría querido que esa simple declaración no causara una pequeña revolución en la base de su estómago. Porque no se sentía con el derecho de sentirlo. De enojarse, o frustrarse.

Porque Ash dejó roto a Eiji, y quien había intentado recoger y ensamblar esa infinidad de piezas, había sido- indudablemente Sing.

—Por eso... quisiera que fueras más amable con él...

Pidió, en un susurro.

Ash jadeó, incapaz de luchar contra los deseos de aferrarlo contra su cuerpo.

—Lo sé...—Musitó, mientras sentía como el cuerpo de Eiji se acoplaba al suyo propio—Lo intentaré...

Eiji enredó sus brazos en su espalda, acariciándolo.

—¿Lo prometes?

Él asintió, ganándose un pequeño murmullo feliz.

—¿Eso quiere decir que no más golpes?

Una risa abandonó los labios de Ash.

—Ha... creo que Sing merecía darme ese, Eiji.

Le aseguró, mientras pensaba que quizá, no sólo ese; sino una infinidad más.

La casa de Eiji era silenciosa. Extremadamente silenciosa.

El barrio donde estuviera erigida recordándole a Ash un poco más a los suburbios que a las movidas avenidas por donde alguna vez ambos se hubieran movido.

Eso era agradable, hasta cierto punto. Sus noches ya extrañas de los gritos de alguna pelea callejera, o de una bala perdida. En cambio, siendo sólo acompañadas por el pesado respirar de Buddy, que había hecho eco de sus quejas al ser dejado fuera de la habitación ya varias noches seguidas.

"No me gusta que nos mire cuando te toco"

Se había quejado Ash, observando al can con desidia claramente fingida.

Eiji sólo había reído, diciéndole que entonces, tendrían que acomodar sus horarios con el gran cachorro.

Ash había puesto una expresión de sorpresa, pero Eiji había sido firme con su petición, dejando que las noches que Ash quisiera reclamarlo para sí, Buddy pudiera hacer lo mismo con la habitación de Sing.

Sí, las noches, aun con todo; eran agradables.

En cambio, las mañanas...

Las mañanas parecían hacer uso de ese silencio para repiquetearle a Ash, muy dentro de su subconsciente, la imperiosa necesidad de hacer algo. Lo que fuera.

Había sólo cierta cantidad de horas de televisión, y re-lecturas de libros que uno pudiera hacer antes de caer en el insufrible pesar de la monotonía. Y, Ash, creía estar ya muy cerca de dicho límite.

Eiji le había asegurado que podía hacer lo que quisiera, e incluso –luego de sopesarlo mucho rato, con una expresión que casi parecía rozar en el miedo- había aceptado que sería seguro salir a las calles del centro, aún si esta vez lo hacía solo. Ash podía entender su preocupación, especialmente ahora que un poco de vida pareciera estar haciendo su camino hacia el interior de Eiji, así que había preferido no probar su suerte, ni forzar los límites que el otro hombre pudiera tener, y no querer decirle.

Pues, aún si no había tenido problemas con dejarle tomar largos paseos con Akira, cuando hubiera estado visitándolos; la idea de Ash y la soledad, en medio de las calles, parecía generar un gran rechazo en Eiji.

Ash no podría culparlo.

Aun recordaba qué se suponía que había pasado la última vez que se hubiera encontrado solo, en medio de la avenida.

Empero, en ese momento, creía que quizá- quizá- podía intentar aprovechar el permiso de Eiji.

Sólo un momento.

Observó a Buddy, quien despreocupadamente, descansaba sobre su espalda en la sala. Su largo cabello brillando con el sol de la mañana.

—¿Eso es lo que haces todo el día? —preguntó, ganándose su atención, haciendo que el can elevara las orejas—¿No te aburres?

El mentado dio una vuelta en su lugar, antes de agitar su cuerpo y dar un ladrido.

Ash sonrió, poniéndose de pie.

—Sí... yo también.

Tomó las llaves que descansaban cerca de la entrada, haciéndolas saltar en sus manos. Una, dos y tres veces.

Buddy ya lo había seguido, sentado en posición, como si esperara la pregunta.

Ash no lo iba a decepcionar.

—¿Qué tal un paseo?

Cuestionó, aún si estaba seguro que, en la tarde, y después de cenar, Eiji volvería a sacar al pequeño, de la mano de Ash, como todos los días.

Buddy ladró con emoción, removiéndose en su lugar y moviendo la cola. Ash tuvo que batallar un poco al momento de ponerle la correa, recordándose mentalmente que aún necesitaban entrenarlo, y no sólo con palabras bonitas como Eiji parecía creer se hacía.

Se colocó los lentes de sol, y emprendió marcha.

.

Ash conocía la ciudad mejor que cualquier mapa. Había recorrido las calles un sinfín de veces, y; aún con los ojos cerrados, podrían apostar que terminaría hallando su camino sin problemas. Por eso, creía, que si bien había salido sin un rumbo definido en un primer momento; sus pies lo habían llevado al único lugar del que había evitado hablar con Eiji desde que hubieran regresado de Cape Cod.

La biblioteca central.

Memoria muscular, suponía, era su lugar favorito- después de todo.

—No ha cambiado nada...

Murmuró para nadie, mientras sus ojos recorrían las ominosas figuras de leones de piedra, y Buddy ladraba con impaciencia, enfadado porque el paseo se hubiera detenido.

El ingreso con mascotas estaba prohibido, y eso Ash lo sabía, no por nada había recorrido esos pasillos con escuetos letreros una infinidad de veces antes. Pero no importaba, pues ese día, no tenía pretensión alguna de quedarse a leer.

En cambio, enfocó las escaleras, y la larga avenida que mostraba lo ancho de la biblioteca.

—¿Fue aquí?

Preguntó al aire, mientras avanzaba a paso lento, observando el camino asfaltado; hasta que llegó a un pequeño callejón.

Era un buen escondite, suponía, si se trataba de un principiante.

—¿No se te ocurrió algo mejor, Lao?

No pudo evitar decir, al tiempo que daba un par de pasos al interior del callejón. Allí sólo había botes de basura, y un gran contenedor.

Observó el lugar un poco más, mientras Buddy olisqueaba todo lo que estaba a su alcance. Examinó las paredes, el suelo, e incluso las pintas de graffiti.

Nada.

Absolutamente nada.

Aquel lugar no tenía nada de particular.

Se golpeó la cara con premura, mientras chasqueaba la lengua.

No era como si tuviera derecho alguno de decirlo, o reprocharlo; después de todo; él había caído en una emboscada tan sencilla como esa.

Negó un par de veces y aló de la correa del cachorro, que, tras un pequeño quejido de molestia, siguió a Ash de regreso a la entrada principal de la biblioteca.

Su paso fue lento y parsimonioso, casi procesional. Sus ojos fijos al frente, pero su mente perdida en el gigantesco océano de posibilidades.

¿Qué era lo que podía haber estado pasando por su mente en esos momentos? Se preguntó. ¿Cómo es que había sido capaz de ignorar una amenaza tan obvia?

Cómo es que alguien, especialmente Lao, había logrado emboscarlo.

Sintió su cabeza doler levemente, pues por muchas vueltas que le diera, era incapaz de encontrar una respuesta satisfactoria. Decidió entonces que lo mejor sería regresar, y estaba listo para cruzar la avenida, emprendiendo camino de regreso a su hogar compartido con Eiji, cuando lo vio.

O, mejor dicho; se vio.

Una figura de cabellos rubios desordenados, que; en medio de la calle observaban hacia adelante con ojos desencajados, y con la boca abierta. En su mano, un pedazo de papel descansaba.

Una carta.

Ash sintió el universo detenerse.

La persona frente a él comenzó a correr, sus ojos fijos en la nada, su respiración alterada y la desesperación grabada en el rostro.

No tardó mucho en llegar hasta donde Ash estaba, y mucho menos, en superar su marca.

Sólo el sentir del hombro de aquella persona chocar con el suyo propio fue capaz de levantarlo del trance en el cual se había sumergido, haciendo que se girara con violencia.

—¡Espera! —Gritó, empero, sólo se encontró con vacío.

Vacío, y la mirada extrañada de los demás transeúntes de a pie.

Buddy, junto a él, aulló- exaltado, instándolo a avanzar en la dirección que había tomado esa figura. Ash, ni lento ni perezoso, comenzó a correr, esperando dar con algún rezago de la imagen que acababa de ver.

Lo hizo hasta que, inevitablemente, terminó regresando a ese callejón. Donde Buddy, con voz ronca, comenzó a ladrar a la nada.

—...Pero qué demonios...

Preguntó Ash.

Pero nuevamente, sólo obtuvo silencio.

El sol ya se había puesto cuando Ash finalmente regresó a casa.

Y, como suponía; Eiji ya estaba allí.

Caminaba de un lado a otro de la sala, mientras su expresión parecía batallar con la cara preocupación que pugnaba por nacer de sus facciones. Cuando escuchó la puerta abrirse, no demoró en correr a su encuentro.

—¡Ash!

Le dijo, el tono algo más alto de lo normal, aún si él mismo aún no se atrevería a calificar aquello como un grito.

—Perdón por tardar—Sus manos se apresuraron a retirar la correa de Buddy, quien una vez libre, se acercó a su amo; menando la cola—Quería caminar un poco.

Eiji acarició la cabeza del cachorro un momento, para luego acercarse a él, saludándolo con un beso. Momento que Ash aprovechó para tomar su cintura, aferrándolo con fuerza a su cuerpo.

—Está bien—Le aseguró Eiji una vez se hubieran separado, un pálido sonrojo cubriendo sus mejillas—...Sólo me preocupé un poco.

Ash ahogó una pequeña risa.

—¿Hay algún momento donde no te preocupes? —Cuestionó, recibiendo como única respuesta un adorable puchero—Creo que sólo necesitaba distraer mi mente, ¿sabes? No estoy acostumbrado a estar encerrado en un solo lugar mucho tiempo.

El rictus de los labios de Eiji se deformó un momento, pero Ash no le dejó hablar.

—Además... al regresar, me detuve a preguntar por un empleo.

Explicó, dejando convenientemente fuera su visita a la biblioteca, así como su experiencia casi extracorpórea, con lo que Ash sólo podría describir como un doppelgänger.

Eiji parpadeó, claramente confundido.

—¿Eh?

Ash sólo se elevó de hombros.

—Vi un letrero, necesitan ayuda en una tienda a un par de calles aquí.

Eiji frunció el ceño.

—Pero Ash...

El mentado suspiró quedamente, antes de aferrar un poco más la cintura de Eiji, en un silente gesto que le pedía escucharlo.

—No me digas que acaso no piensas dejarme hacer nada por la casa—Inquirió, mientras acercaba su rostro al de Eiji, logrando que sus narices se rozaran la una con la otra—No puedo dejar que me mantengas, Eiji.

Las mejillas de Eiji se inflaron ligeramente.

—Pero tú lo hiciste—Puntuó, frunciendo ligeramente su ceño—Mucho tiempo... aunque nunca me dijeras cómo lo hacías.

Ash amplió su sonrisa. La capacidad adquisitiva que había tenido gracias a la fortuna robada de Dino aun siendo un secreto que no se sentía particularmente dispuesto a compartir.

—La diferencia, Eiji, es que tú eras una linda ama de casa—aseguró en cambio, poniendo una expresión que deliberadamente intentaba lucir infantil—Yo ni siquiera sé cocinar.

El mentado frunció los labios.

—Eres un tarado.

Espetó, dándole un pequeño golpe en el pecho, aún si ambos terminaron riendo por lo cómico de la situación. Sólo separándose, cuando Buddy les recordó, a base de ladridos, que ya era hora de su cena.

Ash se encontraba poniendo los nuevos productos que hubieran llegado en diferentes anaqueles, cuando su reloj de pulsera le anunció que su turno ya había empezado. Aquella era una tarea molesta y repetitiva, pero entre él y su nuevo compañero de turno ya habían logrado crear un horario para evitar lidiar con eso cada vez que tocara una entrega de producto.

Después de todo, era una tienda pequeña, y Ash sólo trabajaría medio tiempo. Para la cantidad de dinero que percibiría, prefería trabajar inteligente, antes de trabajar duro.

Aún si tanto Eiji, como Max parecían más que incrédulos sobre el desarrollo de la situación en general

Por un lado, Eiji, quien a pesar de sus palabras repitiéndole que confiaba en que estaría bien, mientras que sus ojos y lenguaje corporal parecían gritarle que preferiría tenerlo junto a su persona en cada momento del día.

Ash no podía culparlo, pues una larga temporada, había sentido exactamente lo mismo.

Max, en cambio, sólo le había dedicado una mirada incrédula, al tiempo que Ash revisaba los dos regalos que le había traído, una de las noches que los hubiera ido a visitar.

Un celular nuevo, y un gran fajo de papeles junto a una identificación.

Ash había revisado ambos, centrándose particularmente, en la segunda.

Era la misma que había usado para comprar el condominio.

—... ¿Aún tenías esto guardado, desde esa época?

Había preguntado él, pero Max no le había respondido.

—¿Por qué un trabajo de medio tiempo?

Ash se había limitado a fruncir el ceño, mirándolo de una manera que parecía decir, que no podía creer que no entendiera algo tan obvio.

—Necesito el dinero.

Max frunció la nariz.

—¿Y no has pensado en estudiar algo?

Él, por su parte, sólo pudo suspirar. Nunca había pensado en cosas así. En una educación formal, al menos. Pues si algo debía agradecerle al –ahora cadáver- de Dino, sería que no había escatimado al momento de brindarle tutores.

Llenando su mente de conocimiento que, tarde o temprano, habría querido usar en su contra.

Creo que también se necesita dinero para esas cosas, Max.

Respondió, sin intención real de sonar sarcástico. Max, por su parte, pareció contrariado.

Sabes que podría ayudarte con eso-

No—Se había apresurado a puntuar, elevando su mano, como una metafórica barrera entre ambos—¿Acaso Michael no está también en edad escolar?

Preguntó, elevando una ceja.

Viendo por dónde iría la conversación, Max sólo pudo suspirar, derrotado.

Sí.

Ash había sonreído complacido, mientras giraba ligeramente el rostro.

Encontraré cómo ingeniármelas, Max. No te preocupes por eso. —Había asegurado, mientras su nueva identificación reposaba en su mano—Ya has hecho suficiente por mí.

"Más de lo que me merecería"

Después de todo, un trabajo y existencia tranquila, parecía salido de los sueños más locos e imposibles de Ash. Empero, de alguna manera, allí se encontraba.

Con una larga lista de comestibles en la mano, revisando que ninguno de ellos estuviera fuera de lugar.

—Creo que eso es todo.

Se dijo a sí mismo, terminando el breve censo de los enlatados, antes de regresar a la caja registradora.

Allí, su compañero, parecía pelear con los deseos de dejarse caer dormido sobre el cristal.

—Odio este horario—Lo escuchó mascullar—Hace demasiado frío.

Ash, o; Christopher, se había limitado a elevarse de hombros.

—Pronto llegará la primavera.

El muchacho, que no podía tener más dieciséis años, lanzó un gemido al aire.

—¡No puedo esperar tanto!

Una risa invadió sus labios.

—Eres un niño, deberías aguantar esto mejor, ¿no se supone que están llenos de energía?

El mentado hizo una expresión de desagrado, enteramente infantil.

—Mira quien lo dice, sólo eres dos años mayor que yo—bufó, antes de girarse hacia la parte interna del mostrador, donde junto a una vieja cafetera que ya parecía lista para expulsar su carga, descansaba también una muy antigua radio de antena—¿Te importa si la prendo? Necesito algo para distraer mi mente, o moriré aquí.

Ash, por su parte, sirvió una gran taza del café recién hecho, murmurando un asentimiento sin cuidado.

Sabía fatal, si lo comparaba con el que Eiji siempre tenía listo para él. Pero, Ash había probado cosas peores.

Una marcada interferencia llenó el ambiente, acompañado de suaves maldiciones del adolescente, hasta que finalmente- una estación pareció sintonizarse.

Era un noticiero.

La voz de la mujer, una reportera aparentemente, relataba que la esa mañana habían encontrado seis cuerpos en medio de un callejón del centro. Todos asesinados por un arma de fuego. Un agujero de entrada, ninguno de salida.

Entre las marcadas descripciones, que Ash creía eran más por morbo que por verdadera intención de informar, incluso llegó a escuchar que las víctimas estaban desarmadas.

Su estómago se sintió arder.

Qué clase de deja-vú era ese.

—Woah...—Su cadena de pensamientos fue irrumpida por la nada animosa intervención de su compañero que, desde su posición, ahora miraba a la radio con una expresión consternada—Qué miedo. La violencia callejera parece sólo aumentar con los años...—analizó—Esa gente ya no tiene miedo de matar personas a plena luz del día.

Ash sólo pudo presionar su vaso, con un poco más de fuerza extra.

—Increíble, ¿no?

La nota continuó, informando que los cuerpos habían sido identificados, y todos formaban parte de una pandilla criminal. Ash no reconocía el nombre, ni de la organización, ni de sus miembros. Aquello también era esperable, pues Ash sabía de la facilidad con la que un grupo podía formarse, así como deshacerse.

Sus conexiones siendo tan volátiles como el título de más fuerte, sobre la cabeza de uno.

Aunque a veces, quizá, eso podía ser también algo bueno.

Después de todo, cuando Ash le había preguntado a Eiji sobre el destino de sus amigos, este le había dicho con una sonrisa, que todos habían logrado conseguir una vida lejos de las guerrillas de pandilla, y del crimen organizado.

Resultaba que, la lealtad de sus hombres, no les había permitido seguir después de su muerte. Aún si Ash sabía que Alex era un gran segundo al mando. La decisión de desmantelar su grupo, había venido directamente de él.

Ash se había sentido particularmente orgulloso y cálido al enterarse de aquello, aún si, por la manera en la que Eiji lo contaba, no pudiera evitar pensar en que, claramente, Eiji se había distanciado de todos ellos.

Alejándose, como una ola hacia el mar. De manera tal, que incluso para personas que en algún momento le hubieran importado tanto, era casi imposible de alcanzar.

—Es una pena...—Comentó el muchacho entonces, cuando al parecer la nota hubiera llegado a su fin. Aún si Ash no había estado escuchando ya por buen rato—hace poco escuché que había incluso niños allí, ¡no mayores de siete! —Exclamó, con la indignación recorriendo cada una de sus palabras—Me pregunto qué tiene que pasar uno para terminar metido en eso...

Ash apretó los labios.

Pensando en Alex, a quien había conocido buscando dinero para su madre, mientras él hacía lo mismo por Griffin. En Kong, quien, por su apariencia y ascendencia racial, parecía no poder hallarse en ningún lugar que le pudiera ofrecer un trabajo de ocho a cinco. En Bones, quien ni siquiera tenía la secundaria terminada, y que cada vez que alguien le preguntaba por ello, sólo dijera que era demasiado caro. Incluso una escuela pública.

O en Skipper, que para cuando hubiera llegado a la vida de Ash, se hubiera encontrado casi tan sólo como él. El nombre de su padre para siempre desconocido, y la reciente muerte de su madre a causa de una sobre dosis aún fresca sobre sus hombros.

—Bueno...

Dijo Ash, mientras la imagen de Max, en partes iguales llena de preocupación y pena mientras le preguntaba si estaba seguro de que no quería ver a sus chicos, al menos una vez más, aún si sólo era a la distancia- volvía a su mente.

Ash se había negado.

Y no sólo por la dificultad que significaría explicarles cómo es que su antiguo jefe aún seguía respirando.

Ellos habían escapado de esa vida.

Ash no podía permitirse recordarles lo que hubieran hecho alguna vez. No alterar el hito que su trágica y prematura muerte –a palabras de Max- parecía haber marcado.

Como un silente recordatorio, demostrándoles que incluso el más intocable de ellos, podía estar bajo tierra en un abrir y cerrar de ojos.

Algo a lo que mirar con temor.

Algo que les hiciera rezar por no terminar así.

Ash, al menos, les debía eso a sus muchachos.

—Vaya a saber uno.

Ash dejó que todo su peso cayera sobre la cama, haciendo que los resortes del colchón se quejaran.

Eiji, quien había entrado detrás de él, lo acompañó al momento siguiente; besando su espalda con cariño.

Era su tercera semana en el trabajo, y por ende, ahora tenía tres sobres de dinero guardados en la mesa de noche. Eiji le había asegurado que pronto podrían abrirle una cuenta en el banco, cuando Max terminara de afinar los últimos papeles de su nueva identidad, ya que ahora- al ser mayor de edad, la cantidad de papelería legal que podía llegar a necesitar, era mucho mayor que cuando hubiera tenido sólo diecisiete años.

No había apuro alguno, así que, de momento podían dejarlas allí.

—Estoy muerto...

Se quejó Ash, mientras estiraba sus músculos con pereza. Eiji, a su lado, dejó que utilizara su pecho como lugar de descanso. Uno de sus brazos abrazándolo por detrás de la cabeza, mientras con su mano libre revisaba su teléfono.

Ash se acomodó mejor entonces, observando apenas por el rabillo del ojo.

Era una conversación.

Una particularmente larga.

Al menos, de parte de Eiji.

Pues, por la distribución de los mensajes, parecía que no había tenido respuestas durante varios días.

Examinó la pantalla con más cuidado.

En la parte superior, el nombre de Sing le saludó.

—¿Qué haces?

Se animó a preguntar finalmente, acomodando mejor su cabeza, para que lo único en contacto con el pecho de Eiji fuera su mejilla, obteniendo esta vez sí, una vista completa del pequeño aparato.

Eiji lo acomodó mejor, entonces, dejando que sus dedos comenzaran a dibujar patrones entre el cabello de Ash.

—Sing no me responde...—Dijo. Y, ante la insistente mira de Ash, se permitió elaborar—Y él...—Las palabras de Eiji parecieron trastabillar, como si no supiera exactamente cómo explciarse—Suele venir... muy seguido.

Lo suficiente como para tener su propia habitación.

Entendible.

—Quizá sólo está muy ocupado—Ofreció Ash entonces, intentando que su tono no delatara los pensamientos que comenzaban a nacer en su mente—¿A qué se dedica?

Eiji sonrió ligeramente.

—Es dueño de unas compañías.

Ash no pudo evitar soltar un silbido, claramente sorprendido.

—¿En serio?

Su acompañante asintió, mientras sus dedos se se enredaban más en sus mechones.

—Además de seguir trabajando de cerca con Yut Lung.

Oh.

Ese nombre.

—No ha podido separarse de esa víbora, entonces.

Analizó, recordando apenas, como es que para él; la última vez que hubiera hablado con Sing –de buena manera, al menos- hubiera sido cuando este le hubiera ayudado a escapar, lanzando una metafórica bofetada a cualquier buera relación que él o sus hombres hubieran podido tener con los Lee hasta ese momento.

Yut Lung no era un hombre que perdonara a los traidores.

Y Sing, tampoco uno que agachara la cabeza ante aquellos que lo trataban como basura.

¿Cómo es que esos dos habían llegado a forjar una alianza?, era algo que Ash quisiera saber.

—Vaya...

Musitó, intentando ignorar el sentimiento de pesadez que se instaló en su pecho. Sing, en su momento, no le había parecido la clase de persona que quisiera vivir como un perro de la mafia.

Quizá.

Sólo quizá.

Se había equivocado con él.

O quizá.

Sólo quizá.

Sing no había tenido otra opción.

—¿Y cómo es que terminó viviendo aquí?

Preguntó entonces, prefiriendo ahogar esos pensamientos en su cabeza, encerrados bajo llave; junto a otros tantos conceptos que Ash temía explorar, aún si de vez en cuando, parecían reptar fuera de ese lugar, y acompañarlo a sobre pensar.

Eiji se limitó a girar el rostro levemente, mirándolo directamente a los ojos.

—Él no vive aquí, Ash...

Ash solo bufó levemente, intentando no reir.

—Tiene una habitación aquí, Eiji—Dijo, acomodándose—Estoy muy seguro de que eso cuenta como vivir aquí.

Aseguró, y, ante la expresión inamovible del otro, continuó:

—Además... vi libros, apuntes...—los ojos de Eiji se apretaron un momento, llenos de duda—No toqué nada, claro. Pero no sabía que a Sing le interesasen esas cosas.

Eiji suspiró.

—No lo sé...

Ash elevó una ceja.

—De verdad... no estoy seguro...de si realmente le interesan esas cosas—Puntuó—Un día sólo... comenzó a traerlos, y decirme que eran para sus próximas clases en la universidad.

—Oh—musitó—Así que era para eso.

Eiji tomó un poco de aire. Su mano finalmente dejando caer el celular sobre su pecho, junto a Ash.

—Y en cuanto a vivir aquí...—su ceño se frunció—Creo que... sólo pasó.

La expresión de Ash se agravó aún más.

—¿Cómo? —Preguntó, claramente sin poder entender a qué se refería Eiji.

—Cuando me mudé, los chicos venían a verme—Explicó. Aún si eso era algo que Ash ya sabía, y, de hecho, esperaba; pues la fidelidad de sus muchachos par con sus quereres, era más que férrea—Pero digamos que yo no era... la persona más agradable para tener cerca...

... ¿Qué?

La duda debió verse reflejada en su semblante, pues Eiji no tardó en sonreírle con dulzura, al tiempo que su ahora mano libre viajaba hasta su mejilla, acariciándole con suavidad.

—Fui un muy mal amigo, Ash—afirmó, en un susurro—Un mal estudiante y ayudante para Ibe-san, un mal compañero para los muchachos, y un mal invitado para Max...—los labios de Eiji se apretaron, pero siguió hablando—Lo veía, en sus rostros... en la manera en la que poco a poco a no había sonrisas cuando compartíamos habitación, o en cómo... sus semblantes parecían tensarse cuando yo entraba a algún lugar...

Ash intentó hablar entonces, aún si no estaba seguro de qué iba a decir; pero Eiji no lo dejó. Su índice puesto con suavidad displicente sobre sus labios.

—Ibe-san tuvo que regresar a Japón sólo, aún si se pasó incontables noches rogándome seguirlo... la última vez que lo vi antes de su viaje, tenía un rostro completamente derrotado... pero yo no tenía palabras de aliento para él. Nada que pudiera mantenerlo tranquilo...

Ash sintió la culpabilidad embargarle, aún si no estaba seguro de porqué.

Los deseos de disculparse con Ibe habían regresado, aún si ya lo había hecho el día que le había entregado a Eiji, en el departamento.

Ibe, el extraño fotógrafo que nunca había vocalizado su disgusto por Ash. O, quizá, el que nunca había sentido tal cosa por él en primer lugar. Aún si Ash mismo juraba que, en cualquier momento, se llevaría un sermón y una amenaza, mientras regresaban a Eiji al lugar donde pertenecía.

Imaginar a ese hombre con esa clase de expresión, no parecía hacer sentido en la mente de Ash.

—Max juraba que todo estaba bien, pero yo mismo podía notar que a veces... prefería simplemente no venir—explicó—No lo culpo, tenía muchas responsabilidades, ¿sabes? Reconstruyendo su matrimonio, yo quería que esa fuera su prioridad.

Y Ash también habría querido eso.

Incapaz de pedirle a Max que sacrificara más de lo que ya había hecho por algo relacionado a él. Como si venganza, su guerra, o su amor.

—Finalmente los chicos... en algún punto... sus visitas se hicieron más espaciadas. Hasta que un día, sólo cesaron—Le contó, con el fantasma de algo que parecía nostalgia cubriendo sus ojos—Aún hablamos por el celular, pero nuestras visitas son demasiado espaciadas.

Terminó.

Y Ash...

Ash sólo pudo sentir una profunda pena.

Pues, recordaba con vivida añoranza, el confort que sus muchachos parecían encontrar gracias a la presencia de Eiji. No por nada los encontraba constantemente en el departamento, comiendo de su comida, o tan sólo pasando el rato; existiendo en una pequeña burbuja, incluso cuando él no estaba allí.

Un pequeño espacio seguro, alejado del mundo; y al alcance de sus manos.

—Pero Sing fue diferente...

Instó Ash.

Eiji sólo asintió.

—Sus visitas sólo incrementaron, con el tiempo...—se detuvo, y Ash pudo ver las metafóricas ruedas girando en su cabeza—A veces muy tarde en la noche, y yo no me sentía cómodo dejando que se fuera a casa así...

—Sing podía cuidarse sólo—Interrumpió Ash, mordiéndose la lengua tan pronto terminó.

Eiji sólo le regaló una mirada profunda.

—Y se suponía que tú también...—Dijo, haciendo que el corazón de Ash se apretara—pero eso no hizo que dejara de preocuparme por ti tampoco...

Suspiró.

—En algún punto, el pequeño cuarto de la cama extra comenzó a tener vida propia, ¿sabes? Había ropa, fotografías, libros...

Comenzó a enlistar, mientras que Ash intentaba hacerse una idea mental de cómo podría haber sido ese proceso, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el mismo proceso que Eiji había hecho en cualquier lugar donde hubieran tenido que vivir, sin importar el corto tiempo que fuera.

—Sing comenzó a hacer del lugar su espacio, y yo no lo detuve...—susurró—Cuando me di cuenta, yo revelaba fotos en el estudio, y él repasaba para sus exámenes... subía conmigo a la camioneta, me acompañaba a Cape Cod, y me ayudaba a arreglar tu vieja casa.

Silencio, un leve asentimiento.

—Traía las compras, para pedirme que le preparara algo de comer... porque sabía que, si era sólo para mí, había días donde prefería sólo no hacer nada...

Ash acarició su rostro, como instándolo a continuar.

—Llegando tarde en la noche, aún si sólo fuera para dormir...y correr..., si escuchaba algún ruido viniendo de mi habitación—La voz de Eiji se volvió contrita, y sus ojos brillaron, como si estuvieran listos para romper en llanto—Aún si ninguno de nosotros decía qué eran... o qué soñábamos, había noches donde... ninguno de los dos podía cerrar los ojos...

Una traicionera lágrima cayó, y Ash se apresuró a limpiarla.

—Sing hace mucho por ti...

Musitó.

—Demasiado...—Concedió Eiji, apretando los ojos con fuerza, en un fútil intento de luchar contra el llanto—Demasiado....

Ash sólo lo abrazó con fuerza, cambiando sus posiciones, y hundiendo el rostro de Eiji en su pecho.

—Está bien—le aseguró—Está bien ahora...

Eran las seis de la tarde, y el paseo de Buddy acababa de terminar. Eiji aún podía sentir el frío de la tarde en sus mejillas, y las luces de la calle comenzaban a encenderse.

Ash fue el primero en entrar a la casa, intentando inútilmente apartar las hojas secas que habían quedado enredadas en su cabello; ya que al parecer Buddy había tenido la brillante idea de arrastrarlo hacia una pila de hojas cejas, cuando esperaba tranquilamente por la comida rápida que Eiji había comprado para ambos.

—¿Cómo es que un animal puede tener tanta energía?

Preguntó, ignorando la manera animosa en la que Buddy le movía la cola, como si exigiera –aún más- de su atención.

Eiji, que ya cerraba la puerta, sólo se limitó a reír.

—Es un cachorro aún, Ash.

El mentado sólo pudo rodar los ojos.

—¿Contigo paseaba así?

Eiji dejó su abrigo, antes de acercarse, y con una facilidad envidiable, terminar de desenmarañar el desastre en el que se había convertido el cabello de Ash.

—Nunca pareció divertirse tanto conmigo.

Ash solo murmurón un quedo "Humm", mientras dejaba que Eiji terminara su tarea.

Eiji lo había notado sin ningún problema.

Cuando era él quien tomaba la cadena, Buddy parecía actuar mucho más calmado. Andaba a su ritmo, deteniéndose cuando Eiji lo hacía, olfateando un poco, y sólo dejando que su cachorro interior se exteriorizara una vez llegaran al parque de perros.

En cambio, si quien lo llevaba a era Ash, no dudaría en comenzar a dar saltos, ladrar animosamente, e intentar arrastrarlo; como si quisiera decirle que era él quien lideraría el paseo.

—Dicen que los animales son muy perceptivos, ¿sabes? —Dijo, jugueteando con la última hoja entre sus dedos—Creo que Buddy sólo, estaba intentando seguir mi ritmo... me alegro que ya pueda ser él mismo.

Ash suavizó su mirada entonces, en un gesto que había comenzado a hacer cada vez que Eiji parecía decir algo particularmente doloroso sobre su vida antes de él.

—No pongas esa cara...

Pidió, dejando que sus manos acunaran las mejillas de Ash, que también estaban frías.

El muchacho se derritió en su toque, imitándolo, y haciendo que Eiji disfrutara de la tibieza de su piel, antes de que sus labios fueran atraídos en un suave beso.

Los labios de Ash se abrieron entonces, como si estuviera listo para decirle algo. Aún si no pudo hacerlo, pues sus palabras fueron interrumpidas por el ladrido de Buddy, quien ahora miraba la puerta con mucha intensidad.

—¿Uhm?

Un par de golpes se dejaron oir.

Golpes con una cadencia que Eiji conocía bien.

—Espera...

Pidió entones, girándose levemente.

Ash sólo entornó la mirada, pero le dejó hacer.

En unos días se cumplirían cinco semanas de ausencia en el hogar de Eiji, desde que muy amablemente, los hubiera ayudado a llevar a Akira al aeropuerto. Sin embargo, allí estaba Sing, de pie, y con la mejilla teñida de un fuerte color violeta

Eiji no pudo evitar poner una expresión de sorpresa, llevándose una mano a los labios.

Sing, por su parte, sólo le dedicó una mirada contrariada.

—Hola...

Saludó.

Pero Eiji ya tenía sus dedos rozando la piel lastimada, mientras aferraba con fuerza su mejilla sana.

—¿Qué fue lo que pasó...?

Cuestionó.

Sing le sonrió con algo de vergüenza.

—Creo que estas semanas he estado...—guardó silencio—muy distraído.

Eiji parpadeó, sin entender.

Pudo sentir la mirada de Ash detrás de él, y antes de que Sing pudiera decir algo más, ya lo estaba instando a entrar.

—Sing...

Replicó, pidiendo una explicación más elaborada.

—Bueno—Dijo entonces—Los chicos de la práctica de boxeo pueden ser muy...—Su mano se removió un poco de lado a lado, al tiempo que se sentaba en el sofá—Bruscos, a veces.

Ash, quien los había seguido hasta allí, solo les dedicó una expresión difícil de leer.

—Voy por hielo.

Dijo con simpleza, antes de abandonar la sala con dirección a la cocina.

Eiji siguió su camino, al tiempo que Sing suspiraba, dejando caer su cabeza entre sus hombros; aún si no había hecho ningún otro ademán por irse.

Eiji le acarició la espalda, y sólo entonces, la mirada del muchacho volvió a fijarse en la suya.

—Sing...

Dijo Eiji, pero antes de que pudiera continuar, Ash ya había regresado.

—Tienes suerte de que Eiji tenga de estos.

Espetó, mientras dejaba en el regazo de Sing una de las compresas congeladas que guardaba en el refrigerador.

Los labios de Sing se curvaron en una pequeña sonrisa confiada, mientras asentía sin muchas fuerzas.

Eiij sólo se mordió los labios, incapaz de decir en ese momento, que la razón por la que los tenía, era especialmente por él. Temiendo que algo así pasara, desde que se hubiera enterado de sus clases de boxeo.

—Sí—terminó por decir Sing, mientras una lánguida risa abandonaba sus labios—Lo sé.

Eiji negó suavemente, antes de tomar la compresa entre sus manos y acercarla a la mejilla de su amigo. Empero, Sing lo detuvo, alejando su mano con delicadeza, y optando por colocársela él mismo.

Desde el sofá frente a ellos, Ash los miraba con ojos renuentes.

—No vine a pelear.

Dijo Sing, después de un largo rato de silencio.

Eiji sólo pudo bajar la mirada, pues esa opción ni siquiera debería cursar la mente de Sing.

Ash, por su parte, sólo asintió.

—Yo tampoco quiero hacerlo.

Concedió.

—Pero quiero hablar con Eiji—Se apresuró a puntuar—A solas.

Ash elevó una ceja de manera desafiante. Eiji suspiró.

Sing solía ser alguien muy abierto al momento de expresarse; importándole más bien poco quien escuchara lo que tuviera que decir, o si esto fuera agradable para todos sus interlocutores, o no. Sin embargo, los años habían hecho que se convirtiera en alguien mucho más privado; en todos los aspectos de su vida.

—Ash...—Pidió, y el mentado sólo pudo dedicarle una larga mirada llena de significado.

¿Estás seguro?

Parecía preguntarle.

Más que seguro.

Respondió él.

—Iré a caminar.

Anunció entonces, poniéndose de pie. Y, sin intercambiar palabra con ninguno de ellos, abandonó el departamento.

El silencio que siguió a la partida de Ash pareció hacerse eterno. Con la mirada de Sing fija en el suelo, la de Eiji en él, y un jovial Buddy, que ingenuo a la situación, descansaba su cabeza en el sofá; como si pidiera que Sing resarciera el cariño que le había negado en ese tiempo de ausencia.

—Intenté escribirte—Dijo Eiji entonces, en un fútil intento por romper el hielo. La mano de Sing, decidiendo finalmente, ceder ante la silente súplica del cachorro; acariciando su pelaje con cariño—Pero no contestabas.

—Ah..

Fue la poco elocuente respuesta de Sing.

Eiji le dio unos momentos más.

—Lo lamento...

Fue todo lo que pudo conseguir.

—Estaba preocupado...

Intentó Eiji de nueva cuenta.

Esta vez, ganándose un poco más de la atención de Sing, quien al menos; había girado a verlo.

—Lo sé... lamento haber desaparecido—musitó, con una expresión que a Eiji le decía que batallaba con las palabras—Pero necesitaba tiempo para pensar.

Eiji sonrió, con aura comprensiva.

—¿Quieres tomar algo?

Cuestionó. La mirada de Sing giró hacia la puerta, y Eiji tuvo que girar su rostro, delicadamente, para que volviera a enfocarlo.

—Ash tardará en regresar.

Aseguró.

Una vez en la cocina, puso el café a prepararse. Sing tomó su lugar usual en la mesa, mientras observaba como Eiji servía una copiosa tasa, con sólo dos cucharadas azúcar, y una pizca de leche.

Sing siempre decía que eso no le gustaba, pero Eiji recordaba haberlo visto buscando el cartón más de una vez, especialmente después de una larga noche de estudio, cuando lo único que daba vueltas en su mente, era la idea de poder relajarse.

Sing dejó la compresa a un lado, para poder tomar la taza con ambas manos. Analizando su contenido.

—...Es justo como me gusta...

Comentó, con un tono que era difícil de identificar.

—Lo sé.

Aseguró Eiji con una amplia sonrisa. Sing elevó la mirada, y Eiji pudo ver un leve carmín decorarlas.

—...Estás diferente—Dijo finalmente, ahogando sus palabras en un sorbo—Mucho.

Eiji se acomodó a su lado.

—¿Lo crees?

Sing sólo sonrió levemente, acercando la porcelana a sus labios.

—Eiji... parece que brillas.

Declaró.

El mentado sintió sus mejillas arder, y Sing sólo se limitó a reír.

—Me da un poco de rabia, ¿sabes? El tener que agradecer eso a alguien como Ash.

Dejó una de sus manos caer en la mesa, haciendo que Eiji tuviera deseos de tocarla.

—La facilidad que tiene para cambiarte es...—Tomó aire— francamente aterradora.

Eiji sintió su expresión decaer.

—Sing...

Musitó, dejando que su mano cubriera la de Sing, quien no rehuyó al contacto.

—Pero al mismo tiempo, innegable... Eiji—Le dijo, olvidando el café—Lo supe toda mi vida, y sería tonto negarlo ahora...—confesó, mientras su rictus parecía relajarse, de una manera que Eiji no estaba seguro de su calificar como buena o mala—Y, creo que he sido un poco tonto todos estos años... Pidiéndole a Ash que te dejara ir, una y otra vez...cuando quien no quería dejarlo ir, eras tú.

Eiji apretó los ojos un momento, pero no apartó la mirada.

Sin pareció agradecer el gesto, pues su expresión se suavizó, sólo un poco.

—Y lo lamento... por haber creído que la única manera en la que estarías bien, sería si lo olvidabas.

Eji ya no pudo mantener silencio.

Con cuidado presionó la mano de Sing, instándolo a escucharlo.

—No te disculpes...—pidió—Por mucho tiempo, yo tampoco quise visitar esa memoria...—Su cuerpo se lo impedía. El temblor incipiente en sus manos cada vez que tomaba las fotos, lo débil que se sentía luego del llanto, y las preguntas que posteriormente atormentarían su consiente e inconsciente, llegando a cuestionarse incluso, si valía la pena el tan siquiera salir de la cama—Creía que si no tocaba el cuchillo que tenía en el pecho, no tendría que enfrentarme a la sangre que claramente saldría de allí...

Su mano libre descansó donde estaba su corazón, sintiéndolo latir, una, dos y tres veces.

Sing lo observó con cautela, y tras un segundo, se atrevió a colocar su mano sobre la suya, queriendo sentir lo que Eiji sentía.

—El lugar de Ash nunca debió ser la oscuridad, Sing... no de joven, no entonces, y no ahora...—señaló, sus ojos fijos en los de su amigo, que parecía haber perdido cualquier capa de dureza que hubiera portado durante su entrada—No fue justo de mi parte, relegarlo a eso...

Sing apretó los labios, bajando la mirada.

Eiji soltó su mano, para poder acunar su rostro; levantándolo con cuidado.

Los ojos de Sing brillaban, y un par de lágrimas ya se asomaban por la comisura de sus ojos.

—Así como tampoco fue justo relegarte a ti a intentar recoger las piezas de lo que quedaba de mí...

Una pequeña traicionera cayó.

Sus hermanas no tardaron en seguirla.

—Tú nunca me pediste nada...

Jadeó.

—Pero tampoco te detuve...

Sus dedos limpiando con cuidado el pequeño torrente que ahora enmarcaba las mejillas de Sing. Lo perdido de su expresión recordándole, aun si sólo por un momento, al pequeño de quince años que lo había ido a recibir al aeropuerto, con la mirada perdida y casi asustada, como los ojos de un ciervo que se encuentra frente a las luces de un auto.

—Pero yo quería hacerlo...—replicó Sing, con el sonido de la pena ahogándose en su garganta—Y lo intenté...Eiji, de verdad lo intenté...—jadeó—cuidarte como lo hacía Ash...

Eiji sintió su corazón encogerse, para después romperse, con la siguiente parte de su declaración.

—Pero era un lugar difícil de llenar, Eiji...—Las lágrimas de Sing aumentaron en caudal, sus labios frunciéndose en una expresión de dolor—Especialmente cuando ya no me dejabas entrar...

Eiji sólo aferro más su agarre en el rostro de Sing.

—Pero no era un lugar para llenar... nadie podría hacerlo...—musitó—y nadie tendría que, Sing...

Sus ojos ardieron, y su pecho se sintió pequeño.

—Lamento haberte hecho creer que tú tenías siquiera que intentarlo...

Pues, de pronto, muchas cosas parecían hacer más sentido. Las horas interminables de entrenamiento extra, el repentino repunte de interés por los estudios, en la política, e incluso- en su idioma. Incluso, que quisiera irse a vivir con él.

Sing había construido su vida intentando llenar la sombra de alguien que no era, y la realización de aquello era suficiente para romper su corazón.

—No tienes que ser nadie más, Sing...—Aseguró Eiji—Sólo tú...—le aseguró, dejando que sus frentes se rozaran un momento, el calor que despedía el cuerpo de Sing fungiendo como un fatuo recordatorio de que, en ese momento, sólo eran ellos dos—Eres valioso e irremplazable también.

Los labios del muchacho temblaron, dejando escapar un suspiro quedo.

Sus brazos se aferraron con fuerza al cuerpo de Eiji, y él lo dejó hacerlo, devolviendo el gesto.

—Perdóname...—Pidió, al tiempo que sus brazos se enredaban en su cuello, y el rostro de Sing se hundía en su hombro—Por haber hecho que lo olvidaras.

El cuerpo de Sing tembló en su abrazo un momento, pero Eiji lo dejó ser, mientras acunaba más su figura. El sonido del ahogado llanto desapareciendo como un murmullo en la noche.

—Eiji...

Dijo Sing entonces, cuando su postura finalmente se hubiera relajado, y se hubiera permitido apartarse lo suficiente como para que sus rostros se rozaran.

—Te extrañé mucho.

Eiji sonrió.

—Yo también me extrañaba mucho.

Notas finales:

¿Han escuchado "La canción del adiós"? Es del grupo "Los nocheros" y es una adaptación del poema del autor cubano José Angel Buesa, hoy en la mañana la comencé a escuchar –después de mucho tiempo- en casa, y comencé a pensar en Ash y Eiji haha.

Además, ¿han visto "El abogado del diablo" mi michi me hizo verla hace una semana, y de hecho, ella misma me dijo que la trama le recordaba un poco a esto. Así que si alguien la vio, entenderá que clase de cosas anda viendo Ash.

Mi pareja favorita es Sing/amor propio, necesito que este niño encuentre algo que sea solamente de él, e intente dejar de vivir bajo la sombra de otros. Eiji es su amigo, quiero que comience a actuar como uno.

¡Gracias por leer!

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro