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En la tumba de Apollinaire.

<<Ah Guillermo qué coraje tenías en la cabeza qué es la muerte

Caminé por todo el cementerio y no pude hallar tu tumba

Qué quisiste decir con ese fantástico vendaje craneal en tus poemas

Oh solemne y podrida cabeza de muerte qué has tenido que decir nada y eso es apenas una respuesta>>

Advertencias: escenas explícitas.

Cuando Ash notó el cambio en la respiración de Eiji, fue debido al pequeño gemido que escapó de sus labios.

—Ah...

Ash apartó sus labios, sintiendo su propia respiración cadenciosa. Los ojos de Eiji estaban cubiertos por el remanente de lágrimas y algo más. Algo que Ash había visto en otros ojos antes, pero de manera completamente diferente.

No era deseo, era añoranza.

Ash sintió su propia garganta cerrarse un momento, antes de que un jadeo luchara por escapar de esta. Empujó a Eiji contra el muro más cercano, dejando que su silueta –aún más alta que la del otro hombre- lo cubriera por completo. Sus labios viajaron a su cuello, tentando el camino, probando su piel.

—Ash...—Lo escuchó murmurar, apresurándose a tomar sus labios nuevamente, para acallar cualquier cosa que Eiji pudiera decir que rompiera el momento. Empero, Eiji pareció dejar esa idea rápidamente, optando por enredar sus brazos en el cuello de Ash, uniendo más sus cuerpos de ser posible.

—Eiji...—Musitó el, una vez se hubieran separado, sus pulmones aprovechando la oportunidad para recobrar un poco del aire que hubiera escapado de estos con anterioridad—Ven conmigo...

Ambos seguían compartiendo habitación. Akira se había estado quedando en el tercer cuarto, que al parecer funcionaba como estudio doméstico y salón de trabajo para Eiji. El cuarto de Sing, por otro lado, estaba fuera de cualquier clase de ecuación.

Aun si Eiji había insinuado que quizá Ash quisiera su propio espacio, la idea de invadir el de Sing no había pasado por su mente ni siquiera un momento.

Las mejillas de Eiji, ya sonrojadas, incrementaron en color. Sus labios temblaron con suavidad, y Ash se permitió sonreír, ligeramente pagado de sí mismo.

—¿Qué pasa? —susurró, su voz profunda chocando contra el oído de Eiji, casi como si lo besara. La proximidad de sus cuerpos logrando que Eiji estuviera completamente acorralado—¿No quieres?

Sintió a Eiji removerse bajo su toque, desde ese ángulo, podía ver perfectamente como las pestañas de su contraparte se removían. Parecía luchar con algo, y Ash creía saber exactamente qué era.

Eiji abrió la boca, una y dos veces, hasta que finalmente una respuesta pudo abandonar sus labios.

—...Sí quiero.

Aquello fue suficiente para él.

Dejó que su cuerpo se separar ligeramente de Eiji, sólo por un momento. Pues, antes de que pudiera darse cuenta, los brazos de Eiji se enredaban en su cuerpo, y su rostro se hundía en su pecho.

Ash sintió su corazón saltar un latido, y rogó a cualquier dios que se compadeciera en escucharlo, que Eiji no pudiera escuchar el pandemonio que su corazón acababa de generar.

Se sentía como una presa, lista para desbordarse.

—Pero no quiero que... te sientas obligado a dármelo—murmuró, dejando que sus manos se apretaran más contra su piel; y Ash pensó, que Eiji debía ser la única existencia en ese mundo, o cualquier otro, que pudiera tocarlo de esa manera y hacer que quisiera más.

Ash creía, de manera inequívoca, que nunca tendría suficiente de Eiji.

—No lo estoy—aseguró, mientras sus propios brazos se aferraban a la cintura de Eiji, ¿había bajado algunas tallas? Parecía que al menos, el ejercicio ya no era parte de su rutina diaria. Se sentía mucho más suave que en su juventud—Es algo que también quiero...—Aseguró, dejando que sus labios descansaran sobre la frene de Eiji, mientras hablaba con lentitud—Si es contigo, de verdad, lo quiero...

Dejó que su calidez se impregnara en su piel, que su aroma invadiera sus sentidos, quería memorizar ese momento, grabarlo a fuego lento en su mente y corazón.

Ash quería creer que estaba bien desear.

—¿Me darás esto, Eiji? —musitó, separándose levemente, enfocando los ojos del hombre que amaba.

Las mejillas de Eiji se colorearon más de ser posible, al tiempo que una pequeña sonrisa se pintaba en su boca

—Por supuesto que sí...

Estaba dicho.

Ash llevó a Eiji de la mano, de una manera que definitivamente parecería poco ortodoxa, mientras sentía el latido de su corazón llegar hasta sus oídos. Algo increíble, quizá, para alguien que había hecho esto tantas veces que ya no recordaba el número exacto.

Eiji, por su parte, se había mantenido con la mirada baja. Incluso entrando en su habitación, donde la única luz que los acompañara fuera la de la lámpara de noche a un lado de la cama.

Ash sintió algo muy parecido a las mariposas danzando en su estómago.

—¿Qué pasa? —Bromeó, al ver a Eiji sentado en la cama, sus manos detenidas en los botones de su cárdigan— ¿Estás nervioso?

Rio, mientras dejaba sus zapatos a un lado, recordando lo incómodo que sería intentar quitárselos luego.

Eiji se removió ligeramente, antes de que una risa ahogada escapara de sus labios.

—Un poco...—Dijo, acomodándose mejor en la cama. Ya no tenía zapatos, pero al menos el cárdigan ya estaba abierto—...un mucho.

Ash sintió sus mejillas colorearse un poco. Avanzando con lentitud, dejando que su rodilla se hundiera en la cama, y observando con fascinación como las mejillas de Eiji se arrebolaban con cada centímetro de distancia que cerrase entre ellos.

—Yo también...—Confesó, mientras una de sus manos tomaba los lentes de Eiji, aparatándolos con cuidado—También estoy nervioso...

Eiij sonrió, y por primera vez desde que hubiera despertado en aquel lugar, Ash juró que la sonrisa llegó hasta sus ojos.

—Podemos estar nerviosos juntos...

Ofreció, antes de que Ash respondiera al gesto con una sonrisa gemela.

—Me gusta cómo suena eso...

Sus labios encontraron los de Eiji nuevamente, y con un leve movimiento de lengua, tuvo nuevamente acceso a la boca de Eiji. Lo sintió jadear, temblando ligeramente, y se apresuró a usar sus manos para sostener su cuerpo.

—Tienes que girar el rostro...

Pidió, separándose apenas y tomando las mejillas de Eiji, acomodándolo con lentitud. Eiji se dejó hacer, cediendo de nueva cuenta a los besos de Ash, quien, tras esperar unos segundos: Comenzó a usar las manos.

Dejó que sus dedos recorrieran terreno desconocido, las manos de Eiji aferrándose a su ropa con más fuerza, lo cual tomó como una afirmativa para aventurarse más allá de la tela, al tiempo que su cuerpo enviaba al de Eiji directamente contra la cama, ese ángulo sería mucho más cómodo.

Lo primero que Ash sintió fue la calidez de la piel de Eiji bajo sus manos, rozando apenas debajo de la camiseta.

Los ojos de Eiji, rojos debido al llanto, le observaron con algo muy parecido a la vergüenza.

—Ash...—murmuró. Sus labios brillando por la tanda de besos que acababan de compartir.

shh...—Le pidió, llevando sus labios hacia su oído, dejando un pequeño beso que bien pudo ser confundido con un roce. El cuerpo de Eiji tembló debajo de él, y Ash se permitió regocijarse con que, a pesar de los años, y de que Eiji era completamente un adulto, sus reacciones tímidas seguían allí. —Déjame guiarte.

Pidió, antes de elevar la tela de su ropa, dejando al descubierto parte de su piel.

—Ah...—Tembló Eiji, haciendo que Ash riera suavemente.

—Tranquilo—Aseguró, optando entonces por sentarse, si Eiji estaba nervioso, sabía qué hacer para que se tranquilizara, al menos un poco—No serás el único desnudo—Aseguró, al tiempo que se deshacía de la camisera negra que portaba, dejando su tórax expuesto.

No era la primera vez que Eiji le viera de esa manera.

Pero si era la primera vez que Ash se desnudaba para él.

Sonrió con picardía, al notar que los ojos de Eiji se abrieron ligeramente.

—¿Te gusta? —Preguntó, ganándose que Eiji imitara su posición, sentándose ligeramente.

—...mucho—confesó, mordiéndose los labios, y Ash tuvo que utilizar todo el control que tenía para no aventurarse a tomarlos nuevamente, olvidándose del pudor que de pronto parecía sentir—...yo también quiero...

Susurró, mientras dejaba que el cárdigan cayese por sus hombros. Cuando sus manos llegaron a la base de su camiseta, Ash le detuvo.

—Quiero hacerlo yo... ¿puedo?

Pidió, casi como un ruego.

Eiji jadeó.

—... por favor.

Ash era un experto al momento de quitar la ropa de otra persona. Pues había mucha gente que encontraba ello excitante. Empero, a pesar de los años de práctica, encontró que sus manos temblaban ligeramente al hacerlo con Eiji.

Tiró la prenda a un lado, al tiempo que Eiji cubría ligeramente su pecho con uno de sus brazos.

Si no hubiera sentido la respiración faltarle, quizá se habría reído.

—Eres hermoso...

Susurró en cambio, avanzando nuevamente hacia Eiji, quien lo recibió entre sus brazos.

—Tú lo eres...

Dejó que le respondiera, antes de tomar nuevamente su boca en un apasionado beso, que rápidamente se convirtió en una sesión de jadeos ahogado, y gemidos cortados.

Los labios de Ash quisieron seguir explorando, dejando en un segundo la dulce boca de Eiji, recorriendo su cuello de arriba abajo, sintiendo su pulso bajo la piel, grabando el sonido de sus gemidos en el baúl más preciado de sus recuerdos.

—Ash...

Lo escuchó pedir, usó sus piernas para acomodarse entre las de Eiji, abriéndolas sin pena alguna; y en respuesta- una estocada sobre la ropa fue lo que le dio.

Aquello bien pudo haber sonado a gloria.

—¡Ash!

Volvió a repetir Eiji, dejando que la última parte de su nombre muriera en sus labios. Parecía que estaba intentando ser silenciosa. Ash rio contra su cuello, mordiendo con delicadeza la piel que frente a él estaba, antes de impulsarse con sus brazos, observando los a Eiji a los ojos.

—¿Qué pasa? —Preguntó, mientras su pelvis mantenida un movimiento bamboleante que lograba que un espasmo de placer se dispara desde la base de miembro hacia su rostro—¿No me quieres dejar escuchar tu voz...?

Eiji, debajo de él, se mordía los labios con fuerza, aun si el rojo de sus mejillas y la manera en la que estiraba el cuello para atrás le decía que lo estaba disfrutando.

—Yo...

Jadeó Eiji, antes de que un pequeño gritito escapara. Ash presionó con más fuerza.

—Tú...—Continuó, dejando que sus manos bajaran a las caderas de Eiji, deshaciéndose sin problema alguno del pantalón que traía. Ni siquiera utilizaba cinturón. Su boca descendió, besando el pecho de Eiji, quien parecía no saber cómo responder ante tanto estímulo—Eres una dulzura...

La boca de Ash hizo su camino hacia abajo, mientras sus manos terminaban de deshacerse de los pantalones y ropa interior.

El miembro de Eiji le saludó, y Ash agradeció por un momento el saber exactamente qué hacer en esa clase de situaciones. Aun si al segundo siguiente se apresuró a enviar esos pensamientos al fondo de su mente, exiliados de irrumpir en su pequeño momento con Eiji.

No tenían poder allí.

No en ese momento.

Sin embargo, no pudo hacer mucho, pues cuando sus besos comenzaban a rozar la línea púbica de Eiji, sintió las manos del mentado tomar su rostro con delicadeza, halándolo levemente hacia arriba.

Ash le dedicó una mirada curiosa, mientras dejaba que su rostro descansara sobre la ingle de Eiji.

Él, por su parte, aún con las mejillas completamente arreboladas, rio un poco.

—Te amo...

Le susurró.

Y Ash sintió su mundo detenerse.

—Te amo, Ash...

Volvió a repetir, instando levemente a que volviera, dejando su posición en la parte inferior de su cuerpo, y Ash obedeció, casi como si de un hechizo se tratara.

Esta vez fue Eiji quien inició el beso, imitando apenas el movimiento de rostro que Ash le hubiera enseñado, y tomando sus labios en un beso casto, que luego de un par de segundos, avanzó con timidez.

La lengua de Eiji era tibia, y hacía cosquillas cuando tímidamente se atrevía a investigar su boca.

Se separaron con lentitud, y Ash no pudo apartar su mirada de los ojos de Eiji, que aún con la falta de luz, parecían brillar como el mismísimo amanecer.

—Házmelo...por favor—pidió. Y Ash no iba a hacer que se lo pidieran dos veces.

Se abrió los pantalones, desechándolos sin cuidado, mientras la mirada de Eiji seguía sus movimientos con el cariño desbordando de la mirada.

—No hay condones...

Dijo Ash de pronto, mientras volvía a sentarse junto a Eiji. La mirada del otro fija en su miembro, pero por primera vez, aquello de verdad no le molestaba.

—No los necesitamos...—Dijo, y aunque Ash habría querido replicar, la siguiente frase de Eiji sólo logró que una risa ahogada abandonara sus labios—...de verdad eres rubio allí también.

—No seas ridículo...—Se quejó, con tono de broma, mientras volvía a recostarse sobre Eiji, notando que aun si sólo habían sido unos segundos, había extrañado esa calidez—Tampoco tenemos lubricante...

Eiji tomó su mano, enlazando sus dedos y besándolos con amor.

—Sé que serás cuidadoso—aseguró.

Y Ash lo había sido.

Nunca no lo sería.

Lo fue cuando entre besos instó a que Eiji girara, dejando que su rostro descansara contra la almohada de su la cama, asegurando que esa era la mejor posición para empezar.

Lo fue también cuando dibujó un camino de caricias por toda la columna de Eiji, trabajando su camino hasta su entrada, dejando que allí su boca y sus dedos se encargaran.

Lo fue también cuando, con increíble lentitud, dejó que sus dedos exploraran el interior de Eiji, primero uno, luego dos, y finalmente tres.

Y también lo fue cuando, a pesar de que podía sentir como su pene parecía arder de anticipación- latiendo al mismo tiempo que su corazón, se permitió hundirse en el cuerpo de Eiji con lentitud tortuosa, sintiendo como es que lo recibían, al tiempo que la voz de Eiji llenaba el departamento.

Eran jadeos, gemidos, y su nombre.

Una sinfonía que se unió al sonido de sus estocadas al chocar contra la piel del otro, aunado a sus propios gruñidos, y bufidos.

Eiji le pedía más, entre palabras cortadas y sonidos ahogados, y Ash estaba más que feliz de complacerlo, quiso girar su cuerpo, aun si era solo un momento. Lo logró haciendo que el rostro de Eiji girara, su expresión deformada por el deseo y placer. Ash se estiró, mientras dejaba que su miembro penetrara aún más profundo en el cuerpo de Eiji.

Sus labios lograron rozar levemente los del otro, y Ash se sintió en el cielo.

El cuerpo de Eiji se tensó, al tiempo que la mano de Ash se presionaba con fuerza en su miembro, llevándolo al éxtasis.

Ash no duró mucho después de eso. Liberándose en el interior de Eiji, de una manera en la que nunca había hecho antes.

Sintió que las rodillas de Eiji temblaron, cediendo finalmente al peso extra que era el cuerpo de Ash sobre sí, cayendo a la cama mientras sus respiraciones intentaban recobrar un sentido de ritmo.

Ash salió del interior de Eiji, con cuidado, logrando un suspiro ahogado abandonara sus labios.

"Ha"

Pensó.

"Quiero hacerlo de nuevo"

En cambio, acomodó a Eiji en sus brazos, mientras acurrucaba el rostro de su amado en su pecho.

Dejó un par de besos, silenciosos y dulces en su frente.

—¿Cómo estás? —preguntó luego de un momento en silencio, su respiración aún se sentía pesada en su pecho, y podía notar claramente el calor agolpado en sus mejillas.

Eiji se removió ligeramente, antes de soltar un pequeño quejido, avergonzado. Sus largos cabellos pegados en su frente, y cayendo por sus hombros como si se tratasen de una cascada.

—...duele.

Musitó, haciendo que el corazón de Ash se detuviera. Besó sus parpados, mientras sus manos hacían que el cuerpo de Eiji se uniera más al propio.

—¿Duele?... —Preguntó, un tono más bajo de lo normal.

—Un poquito...—aceptó Eiji entonces, moviendo el rostro de tal manera que obligara al de Ash a verle directamente. La luz de la lámpara iluminaba sus ojos. Y allí no había miedo, ni repulsión.

Era infinita dulzura.

—Pero quiero hacerlo de nuevo...—Aseguró, mientras mordía sus labios, de una manera que Ash sólo podría haber calificado como coqueta.

Ash podría haber reído, o llorado.

—Prometo ser más cuidadoso, entonces...

Cuando Ash volvió a abrir los ojos, el sol ya brillaba en lo alto. En medio de la ciudad era casi imposible escuchar el trinar de las aves, pero las cortinas abiertas del departamento era más que suficientes para hacer una invitación a todas las señales que le decían que era bastante tarde para levantarse.

Ash bostezó, sintiendo un par de largos dedos acariciando su cabeza.

Era Eiji, quien le miraba con dulzura y tranquilidad a su lado.

—Dormilón. —Musitó, mientras reía con suavidad. Eiji ya tenía una camiseta encima, aunque él no tuviera más que la maraña de frazadas de su cama como única protección contra el frío.

—Aún no sé cómo puedes madrugar aún después de lo de anoche...

Masculló, mientras ahogaba un bostezo, y enredaba sus brazos en la cintura de Eiji, aferrándose a él con fuerza. Y aún si el ángulo no era el mejor, pudo ver perfectamente las mejillas de Eiji colorearse de rojo.

—Es que quería prepararte algo...—Dijo, mientras estiraba una de sus manos, y tomaba un recipiente de la mesa de noche.

Era ensalada de aguacate y camarones.

Su favorita.

—Lo recordaste...

Murmuró, sintiendo como un pequeño tinte de calor parecía crepitar a su rostro, desde lo más profundo de su pecho.

Eiji rio quedamente.

—Claro que sí...—Aseguró, mientras tomaba un poco de la comida con el tenedor, y la llevaba a los labios de Ash, quien tras hacer un pequeño puchero que claramente decía que no era un bebé, optó por tomar el bocado que le era ofrecido.

Eiji sonrió con deleite, dedicándose únicamente a darle de comer, hasta que el plato estuviera vacío.

—Hoy... ¿no debes salir?

Cuestionó una vez el plato estuviera vacio, y Eiji hiciera un ademán para dejar el cuenco vacío a un lado, en la mesa de noche. Sus manos aferradas fuertemente a la camisa de Eiji parecían transmitir claramente el mensaje que aún no se atrevía a articular en palabras.

"no te vayas"

Eiji era un fotógrafo profesional. Cosa que realmente no sorprendía a Ash. Lo que sí lo había hecho, eran los aparentemente caóticos horarios de trabajo que tenía, pues gran parte de su mañana la pasaba fuera, y en la tarde, casi siempre había estado al menos otro par de horas en su cuarto oscuro.

Y si bien durante la semana le había dado tiempo de familiarizarse y socializar con Akira y Buddy, Ash no estaba demasiado entusiasmado con la idea de repetir esa rutina nuevamente.

—No hoy—aseguró, y Ash se permitió respirar aliviado. Eiji, tras dejar el plato, se acomodó a su lado, y Ash tuvo que hacer su mejor esfuerzo para no reír ante la tímida expresión de pena que se formó en el rostro de Eiji cuando se movió de más. —Pero mañana sí...—completó con un tono de decepción que no pasó desapercibido.

Ash acunó a Eiji, hundiendo su rostro en su pecho.

—No quiero dejarte...

Le escuchó susurrar.

Ash sintió su corazón encogerse.

—Es el trabajo...

Intentó razonar. Después de todo, Eiji tenía una vida allí, y muchas responsabilidades que iban más allá de solo cuidar de Ash.

—...Es sólo terminar de desmontar mi exposición.

Explicó, logrando ganarse un pequeño murmullo de duda de parte de Ash.

Ash siempre supo que Eiji tenía mucho talento, incluso cuando lo utilizaba únicamente para dedicarse a tomar fotos de él o de sus amigos mientras se escondían en alguna casa maltrecha del centro.

Eiji encontraba la belleza en las cosas mundanas, en las cosas rotas, y definitivamente en las cosas olvidadas.

Ash nunca lo había dicho en voz alta, pero creía que eso se debía, a que Eiji siempre ponía corazón y alma en su trabajo; y un poco de él, inevitablemente, terminaría plasmado en este también.

Que su talento finalmente hubiera sido reconocido no le parecía extraño. Es más, él creía que era sólo cuestión de tiempo.

—No me llevaste...— Pero ni la fama ni el reconocimiento salvarían a Eiji de una buena y bien fundamentada queja.

El mentado solo pudo reír nerviosamente.

—Sabes que no podía...

Dijo, con la pena regresando a su voz, sólo un momento.

Ash se apresuró a tomar sus labios en un beso, alejando cualquier rezago de esta.

—Lo sé...—Aseguró—Sólo bromeaba.

Eiji le regaló una sonrisa.

—Pero sabes... hay algunas que no pude agregar—confesó, con algo de vergüenza—Al menos no... hasta el último día de la exhibición.

Ash elevó una ceja con duda.

—¿Cuáles?

Eiji sonrió con picardía, mientras le pedía que lo esperara. Ash obedeció, aunque no detuvo el bufido de queja que abandonó sus labios ante el abandono del lecho, que sin Eiji a su lado, se sentía realmente vacío.

Al menos, se dijo, podía seguir la figura de Eiji mientras él rebuscaba algo en la habitación.

Finalmente regresó, con una pequeña caja en sus manos. Eran fotografías impresas.

—Estas—Declaró, mientras Ash se sentaba para estas más cómodo, y Eiji se acomodaba con delicadeza a su lado.

Oh.

Se dijo entonces.

Eran fotografías suyas.

Ash recordaba esas fotos. Recordaba la espontaneidad de Eiji al tomarlas, ya que siempre parecía tener una cámara lista para capturar la imagen de Ash, haciendo que él le preguntara si de verdad le parecía tan interesante todo lo que él hacía, como para merecer ser grabado en el rollo de una cámara vieja.

"Sabes que esas no se pueden borrar, ¿no? No como una digital"

Siempre le habría dicho, aunque Ash estaba seguro de que Eiji conocía el funcionamiento de los artefactos fotográficos mucho mejor que él.

El mentado simplemente sonreiría, mientras le aseguraba que claro que lo sabía. Y que por eso es que las tomaba.

Quería preservar esos momentos, todos y cada uno de los que pasara con Ash.

Quizá había sido eso. Esa honestidad que parecía caer de cada palabra que Eiji tuviera para él, o de la manera en la que sus ojos parecían brillar entre la inocencia y la emoción, que había hecho que Ash-realmente- no se sintiera incómodo con el sonido de una cámara por primera vez en su vida.

Siendo visto como simplemente Ash, y no como un pedazo de carne a ser exhibido.

Alguien con quien valía la pena hacer memorias que duraran para siempre.

Ash se permitió examinar las fotografías, con lentitud. Era él, despertando. Él, intentando colocarse la camiseta. Con un gran pez en medio del lago de Cape Cod. Después de una ducha, con el cabello desordenado y una taza de té caliente en las manos, riendo por una palabra que Eiji había dicho mal en inglés.

Todas él.

—Lamento haberte tenido oculto tantos años...

Se disculpó Eiji, y de pronto la falta de fotografías en los marcos de su vieja habitación, ya no parecía tan extraña.

—No te disculpes...—Aseguró, mientras pasaba todas las fotografías con delicadeza, asegurándose de sólo tocar los bordes—Creo que lo entiendo...

Por las palabras que Sing le había dedicado. Por la mirada tan perdida que hubiera tenido Eiji hacía tan solo unos días.

Ash sintió su boca secarse.

—Pero entonces...—Continuó, observando a Eiji de refilón, sintiendo un poco de la confianza regresar a su cuerpo al notar que los ojos del contrario no habían abandonado su figura en todo ese tiempo—... ¿por qué decidiste agregar una mía?

Eiji dejó que su mano acariciara el rostro de Ash, y este se derritió con su toque.

—Porque recordé...—empezó, la cadencia de su voz ligera y baja, como si le estuviera a punto de contar un secreto—Lo maravilloso que era amarte...—Declaró, y el corazón de Ash se sintió de pronto, demasiado grande para poder estar dentro de su pecho—y quería que todos vieran a mi amanecer...

Ash sintió sus labios temblar.

—Cursi...

Eiji solo se limitó a reír, antes de tomar el otro objeto que acompañaba el gran cúmulo de fotos que descansaba en la caja.

Una cámara polaroid.

Ash la recordaba. Había sido una de las últimas cosas que le habría podido comprar a Eiji, antes de que la tormenta llamada Blanca llegar a sus vidas, dispuesto a destrozar la poca tranquilidad que habían logrado construir.

En su momento le había sorprendido, tanto que la cosa funcionara, como que Eiji se interesara en semejante vejestorio.

—¿Qué dices? —preguntó, mientras agitaba el aparato frente a él.

Ash estiró una de sus manos, desordenando el cabello de Eiji, y haciendo que su rostro se colorease aún más.

—Está bien.

Dijo entonces, acomodándose junto a él, mientras uno de sus brazos se enrollaba posesivamente alrededor de sus hombros.

Eiji acomodó la cámara frente a ellos, y Ash se permitió sentir regocijado al notar que sus dedos temblaban un poco.

—Tres, dos, uno...

El flash iluminó el cuarto. Y, segundos después, el sonido de un pequeño procesador les dijo que la fotografía se estaba imprimiendo.

Ash tomó con cuidado el pedazo de papel, recordando cómo es que Eiji le había enseñado que tenías que tratar esas fotografías para que no se arruinaran.

Del otro lado, un par de sonrisas gemelas le saludaron.

Eiji, con los cabellos desordenados y la camisa a medio poner, y él mismo, con un brazo alrededor de Eiji, demostrando claramente que ambos se pertenecían.

No pudo evitar sonreír.

—Es perfecta...

La mañana del lunes llegó, y Eiji fue el primero en levantarse.

Desenredar sus brazos del cuerpo de Ash era una tarea titánica. Mitad porque, aún dormido, Ash parecía tener una fuerza sobre humana y un temple de acero que le impedía soltar algo cuando realmente lo quería, y mitad porque el mismo Eiji no tenía realmente deseos de apartarse del cálido cuerpo de su acompañante.

Lo logró, de alguna manera, moviéndose por la habitación, mientras buscaba algo cómodo para ponerse. Su cuerpo aun recordándole constantemente lo que Ash y él hubieran hecho el día anterior. Se sonrojó al sentir leves punzadas que no podían calificar realmente como dolorosas, recordándose mentalmente, que quizá sí sería buena idea comprar un poco de lubricante.

Terminó de vestirse, tardando un poco más de lo que usualmente lo haría, y se dirigió a la cocina. La hora de la reunión en la galería, con todas las personas que se habían ofrecido a ayudarle a desmontarla; era a las diez. Así que podía darse la libertad de ser un poco más lento sin que eso afectara notoriamente su día.

Sacó todo lo necesario para hacer el desayuno, la cafetera, y la tostadora. Eiji usualmente ya no era tan dedicado con sus comidas, especialmente si eran únicamente para él. Sin embargo, en ese momento, sintió la jovialidad y la emoción llenar su cuerpo, mientras con cuidado preparaba el arroz, y ponía en el filtro una buena cantidad de café. Recién molido. Como le gustaba a Ash.

El cúmulo y mezcla de aromas llegó a su nariz, y le permitió trasportarse un segundo al pasado, las paredes de su departamento mutando en las del viejo pent house que hubieran compartido en su juventud.

Aún si Ash, podía seguir siendo considerado un joven.

El sonido de la arrocera indicando que ya había terminado la cocción lo despertó del ensueño, y mientras se encargaba de servir en dos tazones gemelos, recordó que Ash le había preguntado, la noche pasada –y como quien no quería la cosa- cuánto es que medía Sing. Ganándose una risa de su parte, mientras le prometía que se aseguraría de darle una ración extra de leche cada mañana, hasta que pudiera alcanzarle.

Así lo hizo. Colocando todos los platos del desayuno sobre la mesa.

Analizó su trabajo, y una vez se sintió satisfecho; regresó a la cama, para arrodillarse y acariciar el rostro durmiente de Ash.

Lucía realmente pacífico. Como si estuviera teniendo el mejor de los sueños.

Casi, pensó, desearía no tener que despertarlo.

Pero tenía algo que decirle.

—Ash...—llamó, mientras sus nudillos acariciaban la mejilla del muchacho; quien sólo se revolvió en su lugar, dándole la espalda.

Eiji rio con presteza, recordando los años en los cuales incluso tuviera que arrastrarlo, sábanas y todo, desde la cama hasta la ducha, sólo para lograr que pudiera desayunar a una hora prudente.

Había funcionado, más veces que las que no.

—Ash... vamos—Instó esta vez, optando por un modo distinto. Buscando el rostro de Ash con sus manos, y obligándolo a abrir los ojos al depositar sendos besos en sus mejillas—Vamos, dormilón...

Eiji lo sintió removerse en sueños, mientras quejidos ahogados abandonaban sus labios. Como si fuera un niño pequeño.

Se limitó a reír.

—Sabes qué puedo hacer esto todo el día, ¿no?

Ash, en respuesta, cubrió más su rostro con la sábana, mientras murmuraba.

—Y yo también.

La sonrisa del rostro de Eiji se amplió. En momentos así, era muy sencillo fingir que nada malo había pasado, que ese seguía siendo el piso del centro, oculto a plena vista, y que los hombres de Ash llegarían en cualquier momento a compartir un poco del desayuno con Eiji, mientras esperaban por las palabras de su líder.

Sin embargo, el sonido del recordatorio en el celular de Eiji le hizo recordar que no era el caso.

Esta vez, no estaban ni Alex, ni Bones, y tampoco Kon. Además, a quien esperaban era a él.

—Lo sé...—sus dedos viajaron a través de las mantas, enredándose ligeramente en las largas hebras de Ash, disfrutando de la suavidad—Pero hay algo muy importante que debo preguntarte...

Dijo, con tono solemne. Lo suficiente como para que Ash bajara el pedazo de tela que tenía aferrado contra su rostro, dedicándole una mirada confusa.

—Es sobre quienes van a venir a ayudarme en la galería...

Cuando Eiji llegó, todo el resto del equipo ya estaba listo para empezar con el desmantelado del local. Eiji se disculpó un par de veces, haciendo profusas reverencias, mientras todos le aseguraban que sólo había sido diez minutos, y que no era la gran cosa.

Él por su parte, había intentado apartar el sonrojo de su rostro, que era mitad por la pena y mitad por la carrera que había emprendido desde la estación de buses hasta el local, mientras su cuerpo no paraba de recordarle; que definitivamente no era el mejor momento para intentar hacer esa clase de actividad física.

Cuando recuperó un poco de su aliento, avanzó hasta la parte central de la galería, con los ojos fijos en la pieza central que hubiera agregado. Junto a ella, Michael se encontraba, mientras la miraba con particular interés.

—¡Eiji!

Le saludó, antes de abrazarlo con fuerza, siendo correspondido con la misma intensidad.

Michael adoraba a Ash. Lo había hecho desde que su pequeña mente infantil hubiera encontrado en él la imagen de un hermano mayor, y lo había hecho su modelo a seguir, así como su héroe. Por ende, había sido el más vocal para expresar su gusto cuando Eiji hubiera decido cambiar sus piezas para la exposición.

Detrás de él, su padre le saludó, con una bonachona sonrisa decorando su rostro.

—Eiji—Dijo Max, mientras le daba una palmada en el hombro.

Eiji les sonrió a ambos.

—Muchas gracias por venir.

Michael agitó una de sus manos, quitado de la pena, asegurando que a él le encantaba ayudarlo, ya que le daba oportunidad de ver sus trabajos, y que, si necesitaba cualquier cosa, sólo estaba a una llamada de distancia.

Max, por su parte, rio con gracia, mientras decía que acomodar un par de pinturas era lo menos que podía hacer por él –además, de las cosas más sencillas que hubiera hecho por él, también, haciendo que ambos adultos rieran, como si de un chiste oculto se tratara.

Michael, a su lado, sólo parpadeó un par de veces, antes de que su padre lo enviara a ayudar con las cajas del fondo, que debían ya estar llenas.

El mentado hizo una señal con las manos, mientras decía a la orden, mi capitán; y salía corriendo en la dirección que su padre le hubiera indicado.

Eiji se permitió sonreír con apreciación. Michael era un muchacho precioso, dulce y servicial como ninguno, y mientras más tiempo pasaba, más de Max podía ver en él.

Una vez solos, sin embargo, el silencio se asentó entre él y Max. Pesado, como sólo podía serlo un nunca acordado voto de silencio. Uno que parecía haberse instaurado hacía muchísimo tiempo, después de que Max hubiera tenido que sostenerlo mientras Eiji sentía sus piernas fallarle frente a la tumba de ASh.

Suspiró, observando la fotografía frente a él.

Amanecer.

Ese era el título.

Eiji creía que había escogido perfectamente.

Estiró su mano, dejando que sus dedos la acariciaran con cariño, sintiendo que la sola imagen lo llenaba de fuerza gradualmente.

La iba a necesitar.

—Me alegra...—Dijo Max entonces, rompiendo el silencio, mientras su mirada cándida se posaba sobre él—que pusieras esta fotografía.

Eiji le devolvió la mirada, sonriéndole con suavidad.

—A mí también—ofreció, antes de que Max lo rodeara en un abrazo, y le diera un par de palmaditas en la espalda, mientras lo llevaba a un lado de la galería, lejos de la imagen de Ash. Casi como si intentara que nadie los escuchara, aún si los únicos presentes en ese momento, en ese ambiente, eran ellos dos.

—Oye...Eiji—susurró—Tienes un brillo especial hoy...

Dijo, mientras examinaba su rostro y faz de arriba abajo, como si intentara encontrar la respuesta a una interrogante que no había hecho.

Eiji, por su parte, rio con nerviosismo.

—¿Qué quieres deci-

—Conociste a alguien—Dijo Max entonces, interrumpiendo su frase a la mitad, logrando que el color volviera a llenar el rostro de Eiji, cosa que solo hizo que una gran sonrisa se plasmara en el rostro del otro—Eso es genial—se apresuró a felicitar, sólo para que su rictus se deformara el segundo siguiente en uno de horror—Espera, no me digas que es Sing.

Eiji juró que el rubor de su rostro llegó hasta sus orejas.

—¡Claro que no!

Max soltó un suspiro exagerado de alivio, antes de estallar en una carcajada.

—¡Oh bueno! —espetó, mientras intentaba que los rezagos de risa abandonaran su cuerpo, y sus hombros se movían de manera esporádica—Me alegro, porque esa sería toda una caja de pandora

Eiji frunció los labios.

Max había sido uno de los únicos primeros en decirle que, así como estaba bien el querer a Ash, también lo estaba el querer a alguien más.

Que Ash no se sentiría traicionado. Que Ash lo entendería.

Y, de hecho, era uno de los pocos que hablaba de ellos como si realmente hubieran tenido una relación. Y, por ende, merecía el tiempo que creyese prudente para guardarle el luto.

Aún si eso no había evitado que Eiji le respondiera, quizá de manera demasiado cortante, cada vez que traía a colación el tema de nuevas personas entrando en su vida. Ya fuera hablándole de amigos del trabajo, o preguntando constantemente si había conocido a alguien especial.

—¿Entonces? —Instó Max, abriendo ambos brazos, y con una expresión emocionada plasmada en su rostro—Cuéntame todo.

Eiji apretó los labios.

Max siempre había sido muy bueno con él. Tomando el lugar de Ibe-san tan pronto su mentor hubiera tenido que regresar a Japón, dejándolo atrás en contra de su mejor juicio. Y, aun cuando Eiji le había dicho que no tenía que hacerlo, Max sólo se habría limitado a reír, muy despacio, asegurándole que Ash vendría a cobrárselas en su contra si dejaba a su Eiji solo.

Su Eiji.

Max había tenido que disculparse profusamente después de aquello, pues esas dos simples palabras habían desatado una nueva cadena de llanto, que Eiji se habría jurado jamás volver a mostrar delante de nadie más.

—Eso era lo que quería contarte...

Dijo entonces, observando fijamente el rostro de Max. Quien, a medida que las palabras comenzaron a dejar los labios de Eiji, cambió de expresión; como si de un poema se tratase: Pasando por la duda, la preocupación, y la incredulidad en sólo en espacio de cinco minutos.

—¿Max...?

Intentó él entonces, estirando ligeramente la mano en su dirección. La expresión del mentado no cambio, abriendo y cerrando los labios, como si intentara analizar si debía comenzar a preocuparse realmente por la salud mental de Eiji.

Y, cuando finalmente las palabras parecieron tomar forma en su mente, dijo:

—Tengo que llamar a Sing.

En teoría, Ash sabía que su muerte había jodido a muchas personas.

O, al menos, eso era lo que había podido entender de sus escuetas y accidentadas charlas con Sing.

Él, como primer y claro ejemplo. A quien Ash en su momento sólo había visto como un niño cualquiera, para finalmente comenzar a reconocerlo como un medianamente competente jefe, a quien le debía una por haber ayudado a Eiji. Sabía de su admiración, y de esa idea tan extraña y alienígena que tenía en la mente, la de poder parecerse a él. La había escuchado antes, después de todo. De los labios de los hombres de Dino, cuando intentaban hablar con alguno de sus nuevos juguetes. De miembros de otras pandillas, cuando intentaban enaltecer a sus propios jefes.

Sin embargo, no había esperado que Sing llevara sus deseos, de manera consiente o no, a incluso hacer lo mismo con Eiji. La cadena de culpa que Ash había colocado en su cuello, uniéndolo para siempre a Eiji, con un metafórico hilo rojo que parecía únicamente estar teñido de ese color por toda la sangre que se había derramado en el proceso de su creación.

A Eiji, claramente. Quien Ash –en sus momentos más bajos, cuando el peso de sus acciones pasadas caía sobre sus hombros, haciéndole verse como una máquina más que como una persona- había creído que podría olvidarle con facilidad, convirtiéndose en una imagen de colores sepia, perdida en la anécdota de un viaje que con el paso del tiempo dejaría de contarse, convirtiéndose en lo que siempre debió ser. Una mala memoria.

Y en cambio, había transformado en un alma silente, casi fantasmagórica. Que se desenvolvía en su día a día como lo haría una viuda de guerra, encargada de mantener los pequeños memoriales que aún pudiera tener, mientras el resto del mundo parecía avanzar, sin importarle que una persona deseara que el tiempo se detuviera. Aún si era sólo por un segundo.

En una casa.

En una fotografía.

—Ash...

Empero, otra persona en quien Ash no había pensado hasta ese momento, era Max.

El viejo tozudo y entrometido que, de alguna manera, había terminado ganándose un lugar en su corazón. Y, al parecer, él había logrado hacer lo mismo en el suyo.

—De verdad eres Ash...—La voz de Max salió casi como si se tratara de un suspiro, lejos estaba sus tonos gruesos y demandantes, abandonados en pos de una suavidad que era en partes iguales desconcertante, y casi aterradora.

Cuando Eiji le dijo que quería decirle, Ash estaba nervioso, naturalmente.

Sin embargo, no se había imaginado tan falto de palabras ante la situación.

Max lucía... realmente mayor.

Tomó aire, asintiendo un par de veces, al no encontrar mejor manera de responder.

El mentado avanzó un poco entonces, sentándose frente a él en la sala, mientras Eiji, aún en el dintel de la puerta les preguntaba si querían que les trajera algo.

Max se giró levemente.

—Creo que necesitaremos un par de cervezas...sólo para empezar.

Eiji les dedicó una sonrisa llena de entendimiento, y tras un par de asentimientos silentes, salió del lugar.

El silencio volvió a caer sobre ellos, como una pesada cortina, que sólo fue rota por las palabras de Max, varios minutos después, y ya con un par de viejas Heineken frente a ambos. Eiji excusándose a la cocina, para darles algo de espacio.

—... ¿Cómo?

Fue todo lo que dijo. Ash tomó la lata entre sus manos, dándole vueltas sin prisa alguna.

—Eso quisiera saber—Dijo entonces, abriéndola, y dejando que el silencio que siguió a su declaración fuera llenado por el sonido del gas escapando de la lata.

Max asintió un par de veces, con una solemnidad que Ash difícilmente podía asociar con su figura. Imitó su accionar, y tras pensarlo un largo segundo, hundió la mitad de su lata de un solo bocado.

Si la situación no se hubiera sentido tan tensa, Ash se habría incluso permitido silbar de la impresión.

—Haha...—Dijo Max, con la imitación más triste de una risa que Ash hubiera escuchado alguna vez—¿Sabes? Acabo de notar que es la segunda vez que pasa algo así.

Ash le miró con duda.

—Que aparezcas vivo, después de que todo el mundo te creyera muerto—Dijo, tomando un poco más de su lata, con mucha más moderación esta vez—La primera vez fue cuando te internaron en el centro de salud mental, ¿recuerdas?

Oh.

Pensó Ash.

Cierto.

—Uhum—Dijo, sin elaborar.

Max removió la lata entre sus dedos.

—Tuve que ver tu autopsia, ¿sabes?

—Oh...

—Dos veces.

Ash sintió el calor abandonar su cuerpo, aun si sólo se limitó a asentir. A diferencia de Sing, Max parecía mucho más dado a hablar, aún si sus palabras dolían, de una manera distinta.

Lo vio dar un trago nuevamente, y le imitó, sintiendo de pronto la necesidad de alcohol en su sistema.

—Ningún padre debería enterrar a su hijo...

Dijo entonces, con sus labios rozando el borde de la lata, y Ash tuvo que apretar la suya propia.

—Lo lamento...

Musitó. A lo que Max, simplemente respondió con una risa ahogada.

—Ha... ¿qué dices? —negó un par de veces, dejando finalmente la lata en la pequeña mesa que decoraba la habitación, elevándose entre ellos como única barrera—Debería ser yo quien se disculpe...—aseguró, con sus ojos, que de pronto lucían particularmente cansados enfocados en su rostro—Es labor de los padres cuidar de sus hijos, Ash... y nunca pude hacerlo contigo.

Ash se mordió los labios, ahogando las palabras que querían salir.

Una afirmativa, asegurándole que sí lo había hecho, de una u otra manera. Estando allí para él, siendo un gran desgraciado que no parecía tener miramientos al momento de decirle las cosas en la cara, y al mismo tiempo mantener el tino suficiente como para que Ash no fuera capaz de contradecirle con algo más que un ceño fruncido o un cambi de tema. Incluso- tras el incidente de las fotografías, donde con una expresión que Ash apenas le conocía a Max, le había pedido que al menos intentara olvidar un poco de su pasado, que, si este venía a buscarle de regreso, lo harían cenizas.

—Sabes que no era tu responsabilidad...—dijo en cambio, tragando duro, y ahogando un poco más de la cerveza que tenía en frente. Hablar con Max era difícil, pues a diferencia de Sing, no parecía querer reclamarle nada. Y, a diferencia de Eiji, tampoco quería defenderse de sus aseveraciones. Y Ash, francamente, prefería ser el objeto del reclamo, antes que el de las disculpas—No es como si fueras mi padre...

Finalizó, recibiendo una patada en la espinilla por parte de Max.

—Mocoso...

Lo escuchó murmurar, con las cejas fruncidas, y los ojos caídos. Bañados en tristeza.

La garganta de Ash se sintió seca.

—Pero...—tragó duro—Creo que eres lo más cercano que he tenido a uno...

Dijo, y pudo notar el momento exacto en el que la mirada de Max, que solía ser tan azul como el cielo, comenzó a aguarse.

—Intenté ser mejor, ¿sabes? —Dijo sonriendo—Después de tu muerte... Para Michael, para Jessica.

Ash no pudo evitar que una expresión similar a la de Max se formara en su rostro.

—¿De verdad? —Cuestionó, intentando sonar incrédulo.

Max asintió, con los hombros temblando levemente.

—No quería que más personas tuvieran que llorar... no quería ver a alguien así de destrozado, si podía evitarlo. —Las palabras de Max no eran como las de Sing, pensó entonces Ash, aun si ambas relataban cosas similares. Mientras Sing había estado lleno de frustración y cólera, como si sintiera que revivía ese día mientras hablaba con Ash, Max parecía haber entrado en un espacio mental completamente ajeno al asunto. Con los ojos perdidos en algún punto detrás de él. Como si le contara algo que acababa de pasarle a alguien más, y no realmente a él. De la misma manera, en la cual, contaba sus anécdotas de la guerra—No quería sentir que le volvía a fallar a uno de mis hijos...

Sonrió con amargura.

—Quiere ser periodista, ¿sabes? Michael—Dijo mientras reía, aún si esa risa no tenía fuerza—Aunque le he recalcado lo peligroso que puede ser... Me hace pensar que, aunque lo intente, hice un pésimo trabajo como padre—Dijo, intentando dar un nuevo trago a su lata, solo para darse con la sorpresa de que estaba vacía—Justo como ti siempre dijiste que haría...—Suspiró derrotado—Pero es lo que Michael quiere... luchar por la justicia, dice, por la búsqueda de la verdad... como tú.

Ash le dedicó una mirada incrédula.

—Yo no hacía nada de eso.

Dijo, como si fuera un hecho.

Max elevó una ceja.

—Claro que sí—aseguró—A tu... propia manera.

Ash no pudo evitar reír, seco y meditabundo.

—Ha... haces sonar a mi viaje egoísta por la libertad y por mi hermano como si fuera un cuento épico—Dijo, con la incredulidad aún presente en su voz. Él sólo había querido matar a la gente que había sido responsable de la muerte de Griffin. Y, aún si había deseado ser libre, realmente le era difícil imaginar la forma que la libertad pudiera tomar después de completado su cometido. —De esas que inspiran gente, y no sólo una pelea entre un Don de la mafia y su viejo prostituto.

Los ojos de Max refulgieron con dolor un segundo.

—Me inspiró a mí—Dijo, estirando su brazo y tomando la mano de Ash—Y no sólo a mí—Continuó—A Eiji, a Jessica, Sing, Michael...

Listó, mientras Ash ya podía ver como un par de gruesas lágrimas se comenzaban a formar en las comisuras de sus ojos.

—Ash—Dijo, casi como si suplicara—Influenciaste en la vida de muchas personas, aunque no lo creas... de maneras que ni siquiera puedes llegar a imaginar.

Continuó, abandonando su lugar en el sofá, y rodeándolo en un abrazo que Ash no pudo rechazar.

—...Me destrozó que nunca pudieras llegar a verlo...—Terminó de susurrar, antes de que su voz se rompiera, presa clara del llanto, que ahora parecía caer libremente por su rostro—Que no pudieras disfrutar de eso por lo que tanto peleaste...

Ash sintió sus propios ojos arder, al tiempo que un jadeo abandonaba sus pulmones.

—¿Qué había que disfrutar...?

Cuestionó, y Max se apartó de él apenas. Tomándolo de los hombros.

—Esto—Aseguró—Tú, aquí. Con nosotros—su voz se hizo más suave—Con Eiji...

Dijo, mientras sus labios se deformaban en un intento de sonrisa, contrastando con la hilera de lágrimas que aún caía por sus ojos. Ash le imitó, apretando los labios.

—Vamos, ya son muchos años para que sigas negándolo.

Se burló.

Ash negó un poco.

—No lo estoy haciendo.

Max lo regresó a sus brazos, presionándolo con más fuerza que antes.

—Yo... no sé cómo es que esto es posible—jadeó, mientras parecía pelear con los espasmos de su cuerpo—Y tampoco me importa. Sólo... déjame ser parte de tu libertad también, por favor...

Pidió.

Y Ash tuvo que tomar aire para poder encontrar su propia voz, dejando por fin que sus propias manos buscaran el cuerpo de Max, devolviéndole el abrazo.

Dejando que la figura del hombre que afirmaba una y otra vez ser su padre le cubriera, mientras los ojos de Ash se fijaban en su cabello, que ya pintaba algunas canas.

—Supongo que ya estas lo suficientemente viejo como para tener un hijo de mi edad...

Terminó de decir, mientras reía levemente, escondiendo el rostro en el hombro de Max.

—Estúpido...—Lo escuchó quejarse, y Ash podría jurar que nunca había estado tan contento de escuchar a alguien llamarlo así antes.

—Y sabes...—Continuó, cuando al fin sintiera que su voz era lo suficientemente firme—Sí eres un buen padre, Max...

El mentado pareció sufrir de un pequeño espasmo entonces, y Ash podría haber jurado que la fuerza de su abrazo se incrementó, si es que aquello era posible.

—Bienvenido, Ash...

Notas finales:

Quería avanzar un poco "al otro lado del río, entre los árboles" y me di cuenta que el resumen de esta vez supera las 8k palabras. Bueno- sigue a medias haha, espero que para el fin de semana pueda avanzarlo bien, a pasito de vencedores, porque esta semana parece que el universo se conspiró para hacer que surgieran mil cosas de la nada. Así que bueno, lento pero seguro.

Estos días estuve escuchando libido y el ost de Given, y de alguna manera terminó transformándose en esto.

De a poquitos las personas importantes en la vida de Ash comienzan a acoplarlo a su vida, algunas mejor que otras. Así que vamos al arco de la felicidad domestica antes del arco de, cómo se supone que Ash está aquí haha, que no fue buena idea dejar a todos atrapados bajo tierra a manos de Golzine y su séquito.

En fin, ¡gracias por leer! 

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