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A lover's garden.

How vainly lovers marvel, all /To make a body, mind, and soul/Who, winning one white night of grace,/Will weep and rage a year of days,/Or muse forever on a Kiss

-Allen Gingsberg

Yut Lung pasó sus días en Hong Kong con una naciente migraña que no parecía tener fecha de caducidad.

Aún si se había encargado de seleccionar muy cuidadosamente a los hombres que le acompañarían en esta nueva cruzada; pronto se había dado cuenta de una verdad ineludible.

Ninguno podía hacer tan buen trabajo como el de Sing.

Y, no es que fuera que el amo Lee no tuviera visión a futuro, o fuera tan denso como para creer que su mano derecha era alguien de quien no necesitara disponer. Sin embargo, y sin importar la clase de incentivo que pusiera frente a él, Sing siempre se había mostrado reacio a dejar el nido de ratas donde había nacido.

Ninguna cantidad de dinero, ni promesas de poder parecían ser capaces de hacer el truco.

—Comiquísimo.

Diría Yut Lung.

—Parecería que alguien ya te tiene bajo un potente hechizo.

Sing simplemente se limitaría a mirarle de mala manera, mientras rodaba los ojos y se elevaba de hombros.

No tengo idea de qué hablas.

Pero Yut Lung era mucho mejor mentiroso que Sing. Y, mejor detective, también.

Aunque, crédito aparte, uno no tenía que ser realmente un genio para averiguar el nombre y apellido del culpable de su actual predicamento.

Y, como en muchos otros aspectos de su vida, la raíz de todas sus desdichas podía rastrearse hacia una única persona.

Eiji Okumura.

Yut Lung debería agradecerle, quizá, con un animal muerto en su correo.

Ya que, gracias a él, ahora tenía que aguantar el desempeño menos que impoluto de sus hombres.

Quizá no sería mala idea intentar volver a empezar a contratar. Sólo para darles un nuevo incentivo, en forma de la desaparición de su sueldo.

Se encontró a sí mismo, entonces, dedicando esos últimos meses de mudanza encerrado en la que sería su nueva casa, escuchando los murmullos de su nueva red de inteligencia. Aprendido los secretos de las calles, los nombres importantes, y sus rostros también. Mientras que, con ojo vigilante, intentaba mantener aún en control su ya pasada y aburrida vida en Nueva York, donde Sing había decidido quedarse, y donde nunca pasaba nada interesante.

Al menos, hasta que esos rumores le hubieran alcanzado.

... ¿qué dices?

Yut Lung aún era capaz de recordar la forma en la que su rostro se había deformado, cuando esas palabras hubieran sido registradas.

Y, si bien todos sus hombres le habían dedicado una mirada confundida cuando les hubiera pedido seguir al tanto de las calles de la podrida gran manzana; Yut Lung no se iba a detener a explicar su intrincada relación con Sing. Decirles que, a pesar de todo, alguna clase de cariño había nacido entre ellos, y que, si su flamante mano derecha aún no parecía entender que toda el ala americana de su imperio un día sería suyo, era labor de Yut Lung mantenerla estable hasta el inevitable día de la entrega de la herencia.

Cosa ya de por sí increíble, porque Yut Lung –en su fuero más interno- aún tenía grabada la idea de que Sing, un día, sólo se pondría de pie, y preferiría dejar todo por lo que habían trabajado para mudarse a alguna ciudad campesina, perdida en medio de las montañas, de la mano de la viuda en la que se había convertido Eiji Okumura, mientras día a día intentaba llenar un lugar que nunca podría.

Pero, como su primer catastrófico escenario nunca había ocurrido, había sido hora de cimentar la segunda opción. Pues, Yut Lung de verdad quería a Sing. Y, su mayor deseo, era que cuando la charada que parecía haber construido alrededor del fotógrafo japonés finalmente cayera –porque la pregunta no era si lo haría, sino cuando lo haría- le quedara algo a lo que aferrarse. Aún si era algo tan podrido como un imperio de la mafia.

Sing ya podría tomarlo como un regalo, o como mejor quisiera.

Sin embargo, en aquella oportunidad, Yut Lung no había sido capaz de notar el silente rastro de la confusión y desgano al momento de dar su reporte.

Quizá ese debió haber sido su primera señal, pues lo que se encontró en el rostro de su interlocutor, fue algo parecido al miedo.

Se han reportado una larga serie asesinatos.

Recordaba que le había dicho, y Yut Lung sólo había podido rodar los ojos.

Como todos los días.

Había respondido con simpleza, mientras enarcaba una ceja. El otro hombre le haría regalado una expresión complicada, antes de continuar.

Lo sabemos, mi señor—La voz firme, los ojos; no tanto—Pero lo que nos llama la atención, es a quien se le han adjudicado estas muertes.

Yut Lung había girado la mano, mientras le señalaba; a modo de invitación.

—Ilústrame.

Un hombre. De cabellos rubios y ojos imposiblemente verdes. Una clase de belleza que muchos parecían apreciar, e incluso codiciar, pero que a Yut Lung sólo había llegado a causarle rechazo y desasosiego, mientras más pensara en esta.

Es Ash Lynx, mi señor.

Esa conversación había sido- interesante, por ponerlo de alguna manera. Con Yut Lung pidiendo que le repitieran de nuevo qué era lo que se habían atrevido a decir, y con sus hombres entregándole múltiples testimonios de personas que aseguraban haber visto al fantasma del lince, atravesando la ciudad.

Ninguna evidencia fotográfica, ciertamente. Pero suficientes palabras de gente que Yut Lung guardaba en alta estima, como para no limitar la noticia a simples habladurías.

Suficiente como para hacer que Yut Lung quisiera que su mejor elemento lo investigase. Suficiente como para pedirle a Sing que, y aún con su petición –lastimera- de vacaciones, investigara el asunto.

Después de todo, Yut Lung conocía perfectamente bien ese tono.

Era el que siempre utilizaba cuando algo pasaba con Eiji, y Sing juraba que necesitaba tiempo para entenderlo, y entenderse a sí mismo.

No era la primera vez que pasaba, y Yut Lung estaba seguro de que tendría una larga lista de próximas oportunidades en el futuro.

Ya que él recordaba perfectamente que había intentado ayudarle, incluso; un día en particular- donde Sing había estado desvariando de algo que ahora ya no recordaba, pero que tenía como protagonista, como no, al dolor de cabeza que era Eiji Okumura. Yut Lung recordaba, con vívida claridad, cómo es que sus ojos se habían girado del precioso paisaje que tenía delante, y con la mirada más seria que tuviera, le había dado el mejor consejo que se le hubiera podido ocurrir.

¿Por qué no te le declaras? —Le había dicho una tarde, mientras compartían una copa de la segunda botella de vino de la velada, y observaban el atardecer, desde un balcón en su mansión—Está claro que te gusta.

Sing había roto en un ataque de tos, mientras se doblaba sobre sí mismo.

¡¿Qué?!—Le había gritado, mientras golpeaba su copa contra la mesa, con una fuerza tal que Yut Lung casi había esperado que se rompiera ante el impacto—¡¿Cómo puedes decir eso?!

Yut Lung simplemente había podido reír.

¿Qué? —Le había preguntado, mientras enarcaba una ceja—¿Eres homofóbico acaso? —El tono burlón había destilado de cada una de sus palabras—Porque ese sería todo un acontecimiento. Homofóbico y perdidamente enamorado de un mojigato que está prendado de un fantasma—Había coronado su declaración con un largo sorbo de vino—Serías la prueba fehaciente de que Dios si castiga dos veces.

Sing había ahogado un gemido, mientras dejaba la copa a un lado, y miraba hacia otro lado

Ugh... eres un...—Sus palabras siendo cortadas por sus propios quejidos—Sólo cállate.

Yut Lung le había dedicado una ceja en alto.

¿Qué? Siento que eso mejoraría toda esta situación—Había explicado con simpleza, mientras vaciaba su copa, y la dejaba a un lado de la mesa que los separaba—O te rechaza, o te acepta. Sea cual fuera el resultado, o habrá lágrimas... o cosas que ni siquiera quiero imaginar—Había confesado, quizá porque el alcohol ya tenía su lengua más suelta, o porque el tema llegaba a hacerse cansino—De cualquier manera, cualquiera de las dos opciones es mejor que—y había elevado su mano derecha, para señalar a Sing por entero—Lo que sea que sea esto que haces ahora.

Sing sólo se habría quedado en silencio durante un largo minuto, para después reír, con una cadencia que le decía a Sing que ese sonido podría convertirse en llanto ante la mínima provocación.

No podría hacerlo...

Había dicho por fin. Haciendo que Yut Lung pensara que quizá, el licor también ayudaba a soltar la lengua de Sing.

¿Uhm?

—No podría... hacerle eso a Eiji.

Yut Lung sólo se había quedado en silencio, mientras sus ojos enfocaban el perfil de Sing, quien parecía haberse perdido en sus pensamientos, mientras miraba hacia el infinito.

¿Por qué?

Recordaba haberle preguntado. Mitad sorprendido por su sinceridad, mitad por la manera en la que sus ojos parecían haberse llenado de una tristeza tal, que Yut Lung no era capaz de relacionar con el muchacho más joven.

Porque usualmente esta sólo la veía en sus propios ojos.

O en los de Ash, antes de él.

Sing se había limitado a girarse, para dedicarle una sonrisa que pecaba de ser triste, mientras sus mejillas arreboladas por el alcohol se coloreaban más.

Porque me necesita...—Dijo, mientras se giraba y dejaba que sus brazos se doblaran sobre la mesa—A mí. Un amigo—Explicó, al tiempo que hundía su rostro en el precario refugio de su propio cuerpo—No a un idiota enamorado de él—Y la risa que había abandonado sus labios, Yut Lung también la conocía bien. Sonaba demasiado como las suyas—Y menos si no soy el idiota correcto, el que Eiji espera... aún si siempre lo estoy intentando.

Yut Lung se habría quedado en silencio, sólo unos segundos, antes de terminar rodando los ojos, e inhalando fuertemente por la nariz, en un fútil intento de apartar la mirada del cuerpo de Sing.

Patético.

Recordaba haberle dicho, aún si la última sílaba de su insulto se habría atorado en su garganta, como cuando decía algo en lo que no creía por entero.

Sin embargo, y fuera como fuere, en ese momento había cosas más importantes que atender que los problemas amorosos de su mano derecha. Yut Lung estaba dispuesto a quedarse el tiempo que fuera necesario al teléfono, si eso significaba que Sing le contestaría.

Lo había hecho con la primera llamada. Quizá Yut Lung comenzaba a estar con suerte.

Su charla había sido corta, y; tal como había esperado, el tono de Sing tenía derrota impreso en este.

Está bien.

Se dijo.

Esto le dará algo con lo que distraerse.

Fue rápido y conciso con sus preguntas, como siempre lo había sido. Sin embargo, la palabra lince no había terminado de salir de sus labios, cuando algo llamó su atención desde el otro lado de la línea.

Era un par de sonidos que él ya conocía muy bien.

Uno, que a pesar de los años y de su nula creencia en lo sobrenatural, nunca podría confundir.

La voz de Ash.

Seguido por el segundo que, gracias a su tipo de vida, podría reconocer donde fuera.

El del impacto de una bala.

Y después: silencio.

—¿Sing? ¡¿Sing?!

Había gritado contra su celular, sólo para notar que la llamada había sido cortada.

Su dedo se abalanzó contra el botón de remarcado, sin éxito alguno.

El aparato estaba apagado.

—¿Sing...?

Preguntó al aire, mientras sus ojos eran incapaces de separarse de la pantalla.

Eiji se acomodó en el sofá, mientras observaba desde su posición, como Ash parecía observar con diligencia casi militar que todas las cerraduras de las ventanas estuvieran puestas, así como las nuevas cortinas cerradas, y la alarma activada.

Durante todos sus años viviendo allí nunca se había molestado en comprar una alarma, pero de pronto; el tenerla parecía más que necesario.

—No puedo creer que me hicieras pedir vacaciones del trabajo.

Dijo entonces, a manera de llamar la atención de Ash, quien luego de una nueva y escueta revisión, se giró para dedicarle una sonrisa.

—En mi defensa, Max también pensó que era una buena idea. —Explicó, al tiempo que se acercaba a él, enredándose a su cuerpo en un abrazo, y descansando todo su peso junto a él en el sofá—Y no quiero tenerte lejos de mi vista...

Eiji no pudo evitar suavizar su expresión, mientras sus brazos acomodaban mejor el cuerpo de Ash contra el propio, sus labios buscando la cien del otro muchacho, depositando un fugaz beso.

—Por favor....

Volvió a repetir Ash, como si de una plegaria se tratase.

Eiji negó con suavidad.

—Lo entiendo, no me iré—le aseguró, al tiempo que acunaba el rostro de Ash entre sus manos—Sólo...

Ash intentó ayudarle.

—¿Sólo?

Eiji no pudo evitar suspirar.

—Creo que ya había pedido la practica en esto, eso es todo.

Confesó, mientras intentaba alivianar su expresión. Sin embargo, pudo ver cómo los ojos de Ash mutaban, con una cortina de tristeza cubriéndolos de improvisto, mientras una traicionera risa amarga escapaba de sus labios.

—Perdóname...—le susurró, al tiempo que giraba su rostro ligeramente, y besaba la palma de su mano.

Eiji podía sentir el calor agolparse en sus mejillas.

—¿Por qué me estas pidiendo perdón tú?

No pudo evitar preguntar, mientras Ash continuaba con su camino de besos, que habían empezado en sus dedos, y terminado en su muñeca.

—Por... todo, creo—le confesó, y Eiji ya no podía recordar cuantos perdones había logrado sacar de los labios de Ash en ese corto tiempo—Porque cada vez que vengo a irrumpir en tu vida, terinas envuelto en cosas desagradables-

Eiji no le había dejado continuar, pues había acercado su rostro al de Ash, uniendo sus labios en un largo beso, que tenía sabor a necesidad.

—No me pidas perdón por estar a mi lado, Ash—le pidió, mientras dejaba que sus frentes descansaran una contra la otra, y los ojos verdes de Ash se clavaban en los suyos. Brillantes. Vulnerables—Sin importar qué, no hay otro lugar en el cual quisiera estar ahora mismo...

La risa de Ash llegó hasta sus oídos, clara como el canto de las aves.

—¿Con un asesino suelto y todo?

Eiji no había podido evitar reír.

—Con asesino y todo.

Max observó la infinidad de pestañas que tenía abiertas en su navegador, mientras sus ojos repasaban los pintorescos titulares que los periódicos habían decidido utilizar para la ola de asesinatos que se habían comenzado a suscitar en las calles. Unos más imaginativos que otros, y todos con diferentes grados de clase al momento de reportar.

Esa había sido su misión por las últimas seis horas. Y, tan imbuido como estaba, ni siquiera había notado que alguien se acercaba a él. Despertándole de su ensoñación, únicamente, cuando algo caliente ya hubiera chocado contra su mejilla, haciendo que soltara pequeños quejidos ahogados, al tiempo que alejaba su piel de la superficie.

Giró rápidamente, y la imagen que le saludó fue la de uno de sus compañeros más jóvenes, un recién graduado de la universidad; que le observaba con una gran sonrisa, y un par de vasos gemelos de café caliente.

—Thoma—saludó, haciendo que su interlocutor riera con suavidad.

—¿No notaste que estaba aquí? —preguntó, mientras le ofrecía uno de los vasos, y Max lo tomaba con un quedo murmullo de agradecimiento—Eso es raro—comentó, mientras bebía—¿A dónde se fueron tus reflejos de militar?

Max bufó, fastidiado.

—Esos están retirados—aseguró—Como yo ya debería estar—masculló, al tiempo que se masajeaba la cien—Eso, o es mi cuerpo diciéndome que necesito cambiar la medida de mis gafas.

Thoma rio, quitado de la pena.

—Es que ya estás anciano—explicó, sin un gramo de vergüenza, mientras se acercaba a él y observaba por sobre su hombro—¿Por qué rayos estás haciendo horas extra, además? —Max pudo notar los ojos del muchacho bailar rápidamente entre las letras que le devolvían la pantalla de la computadora, antes de que pudiera cerrar las ventanas—¿Asesinatos? Creía que habías cambiado tu campo de reportajes desde hace casi una década, Max.

El mentado suspiro, mientras rascaba su nuca.

—Bueno...—intentó explicar, mientras movía su mano de un lado a otro—Supongo que las viejas costumbres no mueren fácilmente—dijo sin más—llámalo curiosidad de periodista.

El muchacho pareció sopesarlo, y tras unos segundos, aló una silla que estaba cerca, acomodándose a su lado.

—¿Y? ¿Qué buscas? ¿Alguna clase de asesino en serie?

Max enarcó una ceja.

—Pero ¿qué dices? —preguntó, realmente confundido—Esto es violencia de pandillas. Nueva York está lleno de ella.

Thoma le dedicó una mirada incrédula.

—Si de verdad te parece algo tan simple como eso, ¿Por qué lo investigas? —preguntó, para después sorber su café—Estoy seguro de que Jhonson ya hizo un reportaje de eso hace como una semana.

Max apretó los labios, mientras miraba a otro lado.

—Bueno....

Su compañero no pudo evitar sonreír.

—Lo has notado, ¿verdad?

Max intentó fingir que no entendía de qué le estaban hablando.

—¿Qué cosa?

Preguntó, ignorando la notoria emoción que destilaba de cada célula del más joven.

—Que pareciera que hay un patrón.

Max sintió su cuerpo entero girar, para observar directamente al otro muchacho, quien ahora tenía un brillo especial en los ojos.

—Patrón...—musitó—¿Crees que está queriendo decirnos algo?

El mentado se elevó de hombros.

—Puede ser... pero, quizá no sea eso—comentó, con un aura de secretismo—Sé que muchos creen que no es el caso, pero sólo piénsalo. Puede que esté intentando enviar un mensaje. Sólo que quizá no es a nosotros—aseguró—Ya sabes, no todo el mundo intenta ser un asesino del zodiaco, y no están obsesionados con tener la atención de la policía, o la de los medios.

Max frunció el ceño.

—¿Entonces qué, una amenaza?

Thoma pareció sopesarlo, mientras uno de sus dedos golpeteaba su mentón.

—Quizá... o quizá... sólo es hacerle saber a alguien que está allí...

Y, por algún motivo, esa simple afirmación fue capaz de hacer que un escalofrío recorriera la espina de Max. Quien, tras un segundo en silencio, intentó alivianar el ambiente, con una risa que sonaba más forzada de lo que a él le hubiera gustado.

—Oye, oye, ¿no estás viendo demasiadas películas?—Preguntó, como quien no quería la cosa, al tiempo que cerraba su computadora portátil, y terminaba el contenido de su vaso de un solo trago, aunque este le quemara la garganta—Hace unos años ocurrió algo similar—aseguró, mientras intentaba alejar la sensación de quemazón de su garganta—Tú debías estar en la escuela secundaria, de seguro; así que no sé si te enteraste. Pero sólo era una guerra de pandillas, por la dominancia de las calles del centro—le explicó, mientras su mano se presionaba con fuerza contra su muslo—Es lamentable, se pierden muchísimas vidas, sí. Pero no es más que eso. Violencia, nada más.

Thoma le respondió con un puchero.

—Quizá...

Max golpeó su frente con el dedo índice, mientras sonreía.

—La curiosidad es una virtud, muchacho—le dijo—pero a veces también es necesario poner los pies sobre la tierra, ¿sí? —le aseguró—Y descansar, como dios lo manda. ¿Qué dices? ¿Regresamos a casa? Tenemos que ser las últimas almas aquí.

El muchacho pareció ligeramente decepcionado, empero, tras unos segundos, simplemente se elevó de hombros.

—Claro.

Max sonrió, complacido, mientras terminaba de guardar sus cosas dentro del maletín que siempre llevaba.

Salieron de la oficina, y caminaron hasta el metro mientras compartían una charla sin mayor trascendencia. Thoma fue el primero en subir, tomando la línea que lo llevaría a su hogar, hacia el norte de la ciudad. Max esperó un poco más, ya que él tomaba una línea diferente.

Con la hora que era, el tráfico de la hora pico ya lo había dejado atrás, así que pudo tomar un vagón relativamente vacío, al menos por ahora.

—Un mensaje, eh...—Repitió, aun si en un primer momento, no hubiera querido decirlo en voz alta.

Porque el único posible destinatario que llegaba a su mente, era Ash.

Tomó su teléfono con cuidado, y revisó la lista de contactos, donde el nuevo nombre del muchacho descansaba. No lo pensó mucho, pero antes de que pudiera presionar el botón de llamar, una notificación saltó en su pantalla.

Era una llamada entrante.

Y, el nombre que le devolvía la pantalla, era el de Sing.

Max elevó una ceja, pero no tardó en responder.

—¿Sing?

La voz que llegó del otro lado de la línea sonaba calmada.

—Max—Dijo, a manera de saludo—Acabo de descubrir algo.

Los labios de Ash estaban sobre los de Eiji cuando el teléfono sonó.

Un leve gruñido abandonó su boca, mientras sus manos recorrían los espacios de piel que se podían ver a través de la camiseta abierta del fotógrafo.

Eiji, por su parte, se apartó ligeramente, con las mejillas arreboladas, y el cabello desordenado.

—¿No contestarás?

Le preguntó, mientras intentaba recobrar el aliento.

Ash atrapó sus labios en un nuevo beso, antes de contestar.

—¿No puede esperar?

Eiji rio suavemente, mientras sus manos acunaban el rostro de Ash con dulzura.

—Creo que no.

Ash no pudo evitar bufar, mientras plantaba un último y casto beso en los labios de Eiji. Estiró su mano a un lado de la cómoda, tomando su teléfono, alcanzando a contestarlo antes de que el último vibrar del mismo lo enviara a la casilla de voz.

—¿Max?—preguntó, mientras se dejaba llevar por los brazos de Eiji, descansando en su pecho, con un lado de su rostro presionado contra el espacio donde descansaba su corazón.

Al otro lado de la línea, una voz preocupada le respondió:

—Ash, ¿Cómo estás?

Ash sonrió, mientras su mano libre llegaba a golpearse el hombro.

—Si lo preguntas por la herida, creo que mejor que hace una semana—Explicó, sientiendo como los dedos de Eiji jugueteaban con su cabello—Si lo dices por lo demás... bueno, no es que algo haya cambiado realmente.

Ash pudo escuchar la risa de Max.

—Parece que te estas tomando muy bien esto de que alguien esté intentando asesinarte.

Comentó, con un tono que parecía mitad jocoso y mitad incrédulo.

Ash se elevó de hombros como pudo, antes de hundir su rostro en el pecho de Eiji.

—No es la primera vez que me pasa, viejo.

—¡Mocoso maleducado! —Ash sintió una sonrisa pintarse en sus labios, como siempre pasaba cuando lograba tocar los botones correctos de Max, haciendo que perdiera la paciencia—Y, ¿cómo está Eiji?

Ash giró su rostro como pudo, observando desde su posición privilegiada la sonrisa dulce de Eiji, sus labios hinchados y levemente enrojecidos.

—Está perfectamente—Dijo entonces, mientras se acomodaba de manera tal, que una de sus manos pudiera acariciar el rostro del otro muchacho.

Max pareció dudar unos momentos.

—Bien. Bien. Eso es bueno-

Ash elevó una ceja.

—¿Estás bien, Max?—preguntó, intentando abandonar un poco el ambiente de ensueño en el cual siempre parecía caer cuando se encontraba con Eiji, tomando un tono mucho más serio—Suenas nervioso.

Del otro lado de la línea, un suspiro se dejó escuchar. Ash casi podía imaginar la imagen de Max, rascándose la nuca con nerviosismo.

—Creo que sólo estoy pensando de más.

—Eso sería nuevo.

—Ha-ha, muy gracioso—escuchó a Max espetar—He estado dedicando demasiadas horas a esto...

Ash sintió su expresión suavizarse.

—No te desgastes pensando, te dije que yo me encargaría, ¿verdad?

El tono de Max cambió entonces, por uno mucho más suave.

—Ya han pasado siete años y sigues igual de terco—masculló—Sing y yo queremos ayudarte, te lo dijimos, ¿verdad?

Ash apretó lo labios.

—Ayudar no quiere decir dejar de lado tu propio cuidado. Suenas realmente cansado, Max.

El mentado rio con suavidad, el sonido siendo aplacado por un sonido mecánico, y luego una seguidilla de pasos.

—Bueno, sí, un poco.

Ash dejó que su mirada vagara hacia el reloj de la pared, y sus nervios se crisparon cuando notó la hora que era.

—Y tú deberías estar en casa, ¿por qué escucho a tantas personas a tu alrededor?

Max soltó un silbido, impresionado.

—¿Eres detective ahora?—preguntó con gracia—Ya estoy en eso, estoy en eso. Vaya que no se te pada nada, chico listo—le respondió, dejando que la última parte de su oración se ahogara en un bostezo mal ocultado—Sólo tengo un último encargo que hacer y regresaré a casa en un taxi, ¿sí?

Ash bufó bajo su aliento.

—Ten cuidado.

Ash estaba seguro de que Max le había sonreído, aun si no podía verlo.

—Siempre lo tengo.

Max colgó el teléfono, y lo guardó en uno de los bolsillos de su gabardina. Revisó el nombre de las calles mientras caminaba. Y, tal como Sing le había dicho, no había habido manera de que se perdiera llegando hasta el edificio donde estaba su departamento.

Max sabía que su trabajo con Yut Lung pagaba bien, pero aún ahora no podía evitar ahogar una expresión de asombro, al ver la clase de lugar donde vivía Sing.

En otra ocasión, quizá, se habría preguntado porqué –de tener tal pent house- Sing prefería pasar los días en la casa de Eiji. Aunque claro, él ya sabía la respuesta.

Se acercó hacia la recepción, y tras informar que llegaba a ver a Sing, fue dejado pasar por el guardia de seguridad. Avanzó hasta el ascensor, y dejó que este lo llevara hasta el último piso, donde el largo pasillo sólo conectaba con la puerta de Sing.

Un silbido escapó de sus labios, cuando el amplio resiento se abrió ante sus ojos.

Ese lugar no tenía nada que envidiarle al viejo condominio que Ash le hubiera pedido comprar, hacía tantos años atrás.

Tocó, y en menos de un minuto, Sing ya estaba frente a él, con el semblante más tranquilo que Max le hubiera visto en esos últimos meses.

—Max—le llamó, mientras abría la puerta—Pasa.

Max hizo un gesto de agradecimiento, y tras dejar sus zapatos en la entrada –una costumbre que aún se le hacía difícil de recordar- se adentró en la casa. Ambos intercambiaron cordialidades, como preguntarse cómo estaban, cómo estaba el trabajo, y qué tal les había tratado la noche. Al menos, hasta que Sing decidió invitarle al comedor.

Max agradeció el gesto, mientras se dejaba caer en una de las sillas que tenía allí, dejando que sus brazos se desparramaran en la mesa del frente.

—¿Noche pesada?

Le preguntó Sing, mientras le observaba con curiosidad.

—Semana pesada—explicó Max—Y no quiero imaginarme la tuya, con la mudanza y todo.

Sing, a modo de respuesta, negó suavemente, mientras le aseguraba que no había sido nada. Y, en cambio, le ofrecía una taza de café, en el momento exacto en el que la cafetera hacía saber a los presentes que ya acababa de procesar ese manjar de dioses.

Max agradeció el gesto, mientras su mirada seguía la figura de Sing, quien después de pensarlo un poco, tomó un par de tazas del gabinete superior, y las sirvió para ambos, humeantes, al medio de la mesa.

—Muchas gracias.

Le dijo Max, observando como Sing se sentaba frente a él. El reportero continuó entonces con lo que había estado diciendo, mientras observaba el cambio en el semblante de Sing, quien parecía atento; pero de vez en cuando, podía notar que su mirada se perdía en el espacio, como si intentara buscar algo que estaba mucho más allá de Max.

Él, por su parte, tenía mucha curiosidad por el descubrimiento que había hecho Sing. Sin embargo, quizá era la edad, o la sensación de que uno siempre podía hacer más cosas hablando que quedándose callado, que lo llevó a dejar su taza en la mesa, y a preguntar.

—Sing, ¿estás bien?

El mentado parpadeó un par de veces, regresando a la realidad que acaecía.

—Ah, sí—aseguró, mientras suspiraba—Lo lamento, creo que estoy un poco distraído.

Max sonrió.

—Puedo entenderlo...—aseguró, mientras sentía su expresión suavizarse—...¿Cómo has estado tomando todo... este cambio?

Preguntó, mientras se aseguraba de cuidar muy bien sus palabras.

Sing, en respuesta, le dedicó una mirada dubitativa.

—Estoy bien—aseguró, mientras estiraba la mano, y tomaba una carpeta que había estado descansando a un lado de la mesa, junto a otro montón de libros; que Max había pensado eran material de universitarios—Perdón. Aquí está lo que quería mostrarte.

Le dijo, mientras abría la gruesa carpeta, y la depositaba frente a él.

—¿Qué piensas de eso?

Max revisó todos los folios.

Eran fotografías. Muy bien tomadas.

—Pero...estas son...

Pudo sentir las palabras atorarse en su garganta. Frente a él, Sing se limitó a sonreír.

—Las tomaron mis hombres—explicó, mientras los ojos de Max no podían apartarse de las imágenes. Eran cuerpos. Todos eran cuerpos—Sacar información del cuerpo policial es tarea sencilla, si sabes a quien pedírsela.

—Pero estas cosas...

Sing se apresuró a negar.

—Como ya puedes haber sospechado, ninguna de estas imágenes ha salido a los medios—Dijo, con celeridad—Creo que los llenaría de pánico, ¿no crees?

Y con justo motivo.

—Pero dejando de lado a las masas. Tú si debes reconocerlos, ¿verdad? Aún si les falta casi la mitad de su rostro...

Max sintió que algo se le atoraba en la garganta.

—Son... los hombres de Arthur.

O lo que quedaba de ellos.

Max los había visto la cantidad suficiente de veces como para recordarlos. Como para saber de qué clase de rostros cuidarse, cuando intentaba ver a través del rabillo del ojo. Y, aunque así como con las personas que en su momento hubiera visto a través de la mira de su fusible en la guerra, sus rostros se hubieran vuelto borrosos con el pasar de los años, un poco de ellos siempre se quedaría en la retina de Max.

Como imágenes den un viejo rollo de fotografía.

—Pero creía que habían muerto por un disparo... ¿por qué lucen-así?

Sing pareció sopesarlo.

—La causa de su muerte sí fue un disparo—explicó—Es lo que dicen los informes de necropsia—estiró su mano, mientras señalaba las borradas facciones de los rostros en las fotografías—Eso... lo hizo algo más.

Max tomó aire, mientras dejaba que su palma impactara contra su frente.

—¿Qué quiere decir esto, Sing?

Preguntó, aunque no esperaba que el muchacho tuviera una respuesta.

—Es lo que quiero averiguar.

Max hundió su rostro en una de sus manos.

—Oh Dios... ¿le has dicho algo de esto a Ash?

La expresión de Sing se tornó complicada, y negó con lentitud.

—No...

Confesó.

—¿Por qué? —preguntó, y; ante el silencio que siguió, se apresuró a agregar—Esto es importante—le instó—Y necesitamos su cabeza de genio metida en esto para poder descifrarlo.

Sing pareció sopesarlo un poco más, antes de que una expresión que Max creía era de derrota llenara sus facciones.

—Lo sé...—musitó—Creo que estaba esperando a aclarar algunas de mis ideas primero, pero tienes razón; Max—aseguró—Deberíamos llamarlo aquí, ¿verdad?

Al notar el cambio en la expresión del muchacho, Max sintió sus propias facciones relajarse.

—Sería lo mejor—ofreció, mientras sus ojos regresaban a la gruesa carpeta que Sing había preparado para él—Después de todo, esto le afecta directamente...—razonó, buscando los ojos de Sing—Aunque entiendo que te sientas aun algo... incómodo—propuso—Lo entiendo. De verdad que sí.

Sing le regaló una mirada de confusión, y Max tuvo que usar todo su autocontrol para no lanzarse a reír allí mismo.

—Eres humano, Sing—le aseguró, mientras descansaba su mentón contra uno de sus brazos doblados—Y aunque todos estos años has estado construir esta...—explicó, mientras lo señalaba entero con una de sus manos—figura a tu alrededor, aún recuerdo cuando eras un niño que no me llegaba ni siquiera al hombro. Está bien. No tienes que intentar ser fuerte frente a todos.

La mirada de Sing se posó sobre él, y Max casi podía asegurar que veía los metafóricos engranajes de su mente dar vueltas.

—¿Por qué lo dices...?

Preguntó, con un hilo de voz. Casi como alguien que teme que hayan descubierto un secreto.

Max se rascó la nuca.

—Perdón—musitó—Sé que no debería meterme, pero... sé que a veces necesitamos hablar—aseguró, mientras cerraba el portafolio—Y si tú necesitas a alguien, creo que soy tan buen escucha como cualquier otra persona.

Terminó, mientras se señalaba con el pulgar.

Sing sólo volvió a parpadear.

—¿Por qué eres tan amable?

Max esta vez no pudo contener su risa.

—Digamos que tengo un doctorado especializado en Ash—explicó—Pero también uno en Eiji—exclamó, mientras sonreía—Y apuesto a que encontrar a alguien con quien hablar de ese segundo, puede ser un poco más difícil para ti, ¿no?

Y, como si de magia se tratara, algo pareció cambiar en la mirada de Sing.

Bingo.

Se dijo Max.

—¿Lo dices en serio?

Le preguntó, mientras se acomodaba en la silla.

Max infló el pecho.

—Claro—aseguró—Si a ti no te molesta decírmelo.

Sing pareció sopesarlo, para luego ponerse de pie, y tomar las dos tazas que ahora estaban vacías, y llevarlas al lavaplatos.

—Max—dijo entonces Sing, a mitad de camino—... ¿recuerdas como era todo... antes?

Max parpadeó.

—¿Antes?

Sing tardó un segundo en responder.

—Antes de que Ash muriera...

Max parpadeó.

—¿Qué quieres decir?

Sing se mantuvo en silencio, recobrando el hilo de la conversación, sólo cuando hubiera regresado con sus tazas llenas de café nuevamente, y se hubiera sentado cómodamente frente a Max. Quien ni lento ni perezoso, regresó a su afán de beber.

—Ash siempre estuvo interesado en Eiji, ¿verdad? —constató—Y viceversa.

Max pudo sentir como el café se iba por la vía incorrecta.

Un ataque de tos le invadió. Y, cuando al fin pudo sentir que su respiración regresaba, se aventuró a preguntar.

—¿En serio es esto lo que quieres preguntarme?

Sing asintió, quitado de la pena.

Max se rascó la mejilla.

—No entiendo a los jóvenes...

Masculló, haciendo a Sing sonreír.

—Dame el gusto, por favor—le pidió.

Max bufó, exasperado

—Eres masoquista o qué...—dijo, mientras negaba con la cabeza—Bueno, supongo que podrías decir que sí. Tú estabas allí, Sing—aseveró—Debes saberlo. Ash siempre tuvo esta... fijación por Eiji. Incluso antes de que yo pudiera notar que no era más que un adolescente enamorado—explicó, sintiéndose de pronto extrañamente consiente de sí mismo, por decir tales cosas en voz alta—Creo que era una de las pocas veces que podía ver a Ash siendo tan genuino, y a la vez tan denso, con algo que quería.

Sing ni se inmutó.

—¿Y Eiji?

Max se rascó la mejilla con nerviosismo.

—Eiji era un poco más difícil... Ash siempre ha sido, ya sabes—intentó explicar, mientras agitaba las manos de más—Ash. Es fácil olvidar un poco a las personas a su alrededor cuando él está presente.

Sing pareció estar de acuerdo.

—Llama mucho la atención, ¿verdad?

Max tuvo que darle la razón.

—Siempre lo ha hecho. Y, bueno; Eiji era un buen niño... uno que yo, francamente, creía que huiría asustado tan pronto entendiera la gravedad que significaba estar involucrado con Ash—confesó, sintiéndose algo culpable—O con todo lo que hacíamos—razonó, mientras dejaba su taza a un lado—Sería lo más lógico, ¿no te parece?

Sing, frente a él, dio un largo sorbo de café, mientras asentía.

—Pero Eiji no lo hizo.

Max asintió.

—Claro que no lo hizo—masculló—Eiji siempre fue un chico terco. Y, vaya—rememoró, mientras reía—eso nos causaba tantos dolores de cabeza en su día... pero agradezco que lo fuera... porque nunca dejó a Ash. Nunca quiso hacerlo, hasta el final.

Sing le hizo eco.

—Hasta el final...

Musitó, mucho más bajo.

Max sintió su rictus tensarse.

—Sing...

Pero Sing continuó.

—Ash...—dijo, como si intentara hallarle sentido a su nombre—Ash siempre hizo cosas muy arriesgadas, ¿no?—cuestionó, mientras se ponía de pie y avanzaba hasta el lavamanos nuevamente, completamente imbuido en sus propios pensamientos.—Dejando de lado toda la lucha contra la mafia... esos hombres eran unos sádicos enfermos. Pero él nunca pareció dudar, casi... como si no le tuviera miedo a la muerte.

Max se giró en su lugar, mientras sus ojos enfocaban la espalda del muchacho.

—Dudo que la tuviera.

Sing se giró para verle.

—¿De verdad?

Max asintió.

—Estuvo al borde de fallecer múltiples veces, ¿sabes?—dijo—Sé que no estabas presente después de su pelea contra Arthur. Pero aquella vez... parte mía realmente temía que esos fueran sus últimos momentos—confesó, mientras sus manos se apretaban una con la otra—El doctor dijo que era casi un milagro...—repitió, recordando las palabras del galeno, que había salido a hablar con ellos, con su traje quirúrgico aún manchado por la sangre de Ash—Milagro.... No sé si a Ash le hubiera gustado esa connotación.

—¿Por qué?

Max se elevó de hombros.

—Siempre creí que él era muy... dueño de sí mismo, en ese sentido—explicó, intentando hacerle sentido al asunto—Que, si algún día el moría, sólo sería porque así él lo habría querido...—dijo, recordando sus propios pensamientos—Me alegra nunca haberle dicho eso a Eiji, le habría roto más el corazón.

Sing le dedicó una larga mirada, mientras dejaba su taza a un lado del lavamanos, y le miraba directamente, parado sin hacer nada más, desde el otro lado de la habitación.

—Aún si el mundo le diera las oportunidades de estar vivo... si él escogiera algo más...—los ojos de Max se enfocaron en el rostro de Sing, quien parecía haber tenido una epifanía—Si él prefiriera el abrazo de la muerte a todo lo que el mundo tiene para ofrecerle... ya fuera una familia contigo, una oportunidad para una vida más o menos normal, o a una vida con Eiji...

Max sintió su pecho encogerse.

—Supongo que no hay nadie que pudiera detenerlo si él decidiera eso, ¿eh?—terminó diciendo Sing, como conclusión; para luego soltar un bufido, que tenía rastros de hartazgo—Vaya decisión más estúpida—sentenció, mientras se cruzaba de brazos—vaya vida de soledad... vaya futuro tan trágico.

Max intentó intervenir, pero Sing tenía más cosas que decir.

—Y Eiji aun así lo sigue eligiendo...

Max sintió que algo se revolvía en su interior.

—Mira, Sing...podemos hablar de otra cosa—dijo, mientras enfocaba su mirada en él—No tienes porque... torturarte así.

El mentado le miró con duda. Max continuó.

—Sé que te gustaba Eiji...—explicó, sintiéndose un poco como un ama de casa chismosa, más que como un adulto intentando mediar una situación que creía que iba en picada—Y... quizá no debería decir esto, porque entiendo lo complejo de su relación; pero... de verdad lamento que no haya funcionado... nunca es fácil lidiar con un corazón roto.

Soltó, sintiéndose de pronto extrañamente vulnerable.

Sin embargo, para su sorpresa, Sing solamente le sonrió.

—No estaba destinado a ser.

Y, por algún motivo, esa frase resonó como un cuchillo contra el pecho de Max.

—No quiere decir que no vaya a doler—replicó, mientras se giraba, acomodándose mejor en la silla, y trataba de distraer su atención en la cubierta oscura de la carpeta que había armado Sing—Quizá así duele más...

Pudo escuchar los pasos del muchacho, que se dirigían a su espalda.

—Creo que habría muchas personas que compartirían tu pesar.

Dijo Sing entonces, demasiado sereno.

Max rio agriamente. Su mente viajando al pasado de pronto, a un pequeño convoy en medio de una ciudad de arena, donde el olor a pólvora era su único acompañante, además del calor del cuerpo de Griffin, pegado al suyo.

—¿Y tú no?—cuestionó, con un tono de desenfado en la voz—Te vi llorar por él un par de veces—sentenció, mientras se volvía a girar, y enfocaba el rostro de Sing.

El muchacho, le dedicó una sonrisa que parecía estar llena de pena, mientras una de sus manos viajaba a su pecho.

—Esa pena ya está en el pasado—Dijo, como si fuera un hecho, al tiempo que sus ojos se fijaban en los de Max—Hay cosas que sin importar cuánto lo deseemos, no pueden pasar; ¿sabes? —le dijo—Así como una semilla de manzano siempre será un manzano. Lo ... mío- con Eiji, no estaba escrito. Y así está bien.

Aseguró, mientras estiraba las manos en dirección a Max, tomando su rostro con delicadeza. Sus pulgares rozando la línea mandibular.

—¿Sing...?

El mentado no lo escuchó.

—Pero gracias por terminar de confirmarme que, así como es, muchas cosas aquí tampoco estaban escritas.

—Pero qué-

Las palabras no terminaron de salir de su boca. Pues, lo último que pudo sentir Max, fue una fuerza sobrehumana hacer presión en su cuello, mientras lo giraba hacia un lado.

Lo último que pudo sentir, fue el dolor punzante que lo atravesaba.

Y, lo último que pudo escuchar, fue el sonido de algo romperse, al tiempo que Sing frente a él, le susurraba.

"Gracias, Max"

Notas finales:

Para mi querida Kitty, porque sé que ama muchísimo a Yut Lung, y sus palabras me animan a escribir un poquito más día a día. Además, porque siento que, a través de sus trabajos, puedo ver más caras de los personajes. Si tienen oportunidad de ver sus trabajos, ¡háganlo! No se van a arrepentir.

Como vemos, la trama sigue persiguiéndonos. Prometo que todo tendrá explicación, tarde o temprano. Garden of Light siempre me pareció una versión alterada de la realidad, donde todo había terminado increíblemente mal.

Parece que al falso Ash, y ¿falso Sing? tampoco les parece bien.

Si llegaron hasta aquí, ¡muchas gracias por leer! ♥

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