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La última batalla

Me estrellé, exhausto, en las proximidades del linde de la vieja Selva de las Luces. Anochecía, pero nadie habría jurado tal cosa porque las hogueras ardían. Como el espíritu del Norte, que una vez más se había rebelado contra lo que era injusto.

El olor a muerte era más fuerte de lo que hubiera recordado antes. Nunca en mi vida lo sentí de esa manera. Y puedo jurar que amenazaba con asfixiarme.

Escuchaba el ruido. Ensordecedor infierno de una contienda que sabía que ya tenía lugar no muy lejos de donde me encontraba. Y eché a correr. Exhalando mi último aliento de vida con cada zancada. Deprisa. Más de lo que jamás había corrido, surcando campos y caminos y saltando las muestras de destrucción que los levantamientos habían dejado a su paso. Mi corazón martilleando fuerte en mi pecho. Sus latidos amenazaban con dinamitar los límites de mi existencia y darme el fin allí mismo. Pero no dejé de correr. El viento en mi cara, parcialmente cubierta. Escondido tras una capucha y una armadura negra de cuero. La mano derecha agarrando con fuerza la empuñadura de mi espada.

Hasta que lo divisé.

Ananork en llamas. Edificios y hogares en llamas cercaban los gritos de una muchedumbre furiosa que había decidido vivir dignamente o morir allí mismo en esa noche. Asediados por un ejército de mercenarios y rastreadores. Luchaban a cambio de nada, hasta su último aliento con lo poco de que eran poseedores que todavía no ardía en las hogueras. La última oportunidad que tenián de hacerle saber al universo que fueron personas, y murieron, peleando juntos, por su derecho a ser personas.

Fue en ese momento cuando encontré a mi madre. Y a aquel rastreador que estaba por acabar con ella. Desenvainé mi espada, me recoloqué mi pasamontañas y la capucha del uniforme, que me daba un factor sorpresa entre aquella locura, y eché a correr hacia ellos. Tan rápido que ni yo fui consciente de quién era. Si todo terminaba en ese instante, era un buen día para morir.

Llegué a su altura y me encaré con él a tiempo para salvarla. Bailé frente a la muerte reproduciendo la danza que a los luchadores nos enseñan en el Norte y que convierte a los sladers de Infierno Verde en algunos de los más temibles bajo el cielo. Era un rastreador. Uno de verdad, no como yo que solo había llegado a ser un proyecto de mercenario. No tardé más de dos estoques en matarle. Y no tuve piedad. Pateé su pecho mientras daba una enorme voltereta sobre su cabeza, girando en el aire para quedarme justo a su espalda. Le agarré del pelo aprovechando el impulso con el que caía hacia atrás. Y no me contenté con cortarle el cuello. Le arranqué la cabeza, le prendí fuego y la arrojé con violencia contra un vendido del ejército del Norte que amenazaba a unos vecinos de la aldea a los que conocía de toda la vida. Sabía que sus uniformes eran de tela raida porque Infierno Verde no podía pagar otra cosa. Así que ardió vivo en cuestión de segundos.

Por mucho que a vuestros ojos llevase toda mi vida matando, puedo jurar que aquella fue la primera vez que maté.

Me giré para constar que mi madre seguía allí, con vida. y ella se irguió firme, meditando por un instante mientras me observaba petrificada. No tardó más de un segundo en averiguar quién era. Después sonrió, orgullosa y casi con lágrimas en los ojos. Recogió su espada del suelo y asintió. Dispuesta a cubrirme. Y seguimos adelante, peleando hombro con hombro, y codo con codo. Hasta que ella encontró a mi padre y ambos volvieron a luchar juntos, como siempre habían hecho.

Pero nada iba bien.

Nada iba a estar bien.

Pasados treinta minutos la victoria anunciada se volvió más evidente. Cada persona que conocía desde niño comenzó a morir a manos de aquellos mercenarios. Desorientados, ahogados por el humo. Y sin nada más allá que las herramientas del campo para luchar y para protegerse.

― ¡Eliha busca a tus hermanos! ―chilló mi madre entre la multitud―, ¡Encuéntralos y sácalos de aquí! ―Suplicó.

Los pocos que quedábamos nos habíamos dispersado entre las diferentes colinas que conformaban extramuros. Unos aquí y otros allá. Para dificultar la lucha. Nos defendíamos con lo que podíamos. Pero era un hecho que no bastaba para ganar aquella batalla perdida. Mi pueblo no tenía nada que hacer contra ellos. Aunque muchos fuéramos sladers, y de los mejor preparados de la dimensionalidad, no sería suficiente para hacer frente a un ejército de mercenarios.

Y, lejos de desaparecer, el olor a muerte solo se hacía más fuerte con cada golpe.

― ¡Tienes que sacarlos de aquí!, ¡Sácalos y llévatelos lejos! ―bramó mi padre, intentando mantener la firmeza que le caracterizaba al tiempo que asestaba un golpe mortal a un mercenario que a punto había estado de ensartar a mi madre.

Obedecí.

Continué luchando, junto a ellos y junto a algunos de mis vecinos. Entre ellos Yan, el padre de Agnuk, quien era uno de los mejores guerreros que jamás hubiera conocido. Matando como un verdadero asesino. Recordando cada conjuro exterminador que había aprendido a escondidas durante los últimos meses de la biblioteca de Galius y valiéndome no solo de la espada, sino de la magia, para brindarles a aquellos cobardes las formas más espantosas de morir que recordara. Siempre y cuando el combate cuerpo a cuerpo no fuera una opción, claro está. Porque yo no soy un cobarde.

Llegado el momento apenas quedábamos cinco personas con vida en la zona en la que luchaba, a parte de los niños y los ancianos que corrían escondiéndose entre las hogueras buscando algún subterfugio para alcanzar la selva de las luces y escapar de aquel infierno. Frente a nosotros más de veinte rastreadores y treinta hombres del ejército del Norte, dispuestos a arrebatarnos lo único que conservábamos todavía. Una vida que ellos no merecían tener.

Yo enfurecí mientras recordaba un conjuro que hacía no mucho había leído en un libro. Visualicé sus palabras en mi mente y me adelanté corriendo hacia ellos mientras la magia relumbraba en mis ojos. De seguro color escarlata en ese instante. Pero en lugar de arrojarme contra su barrera humana me agaché y golpeé la tierra con el puño.

Desaté un terremoto sin parangón en la historia de Aztlán, y la tierra se resquebrajó bajo sus pies. Solo les quedó contemplar horrorizados cómo sus cuerpos se precipitaban a cientos de metros bajo tierra, y acto seguido yo me levantaba, y hacía juntarse el suelo resquebrajado, sepultándolos para siempre bajo los pies de aquellos cuyos nombres habían intentado borrar del universo esa misma noche.

Los vítores se desataron a mi espalda. Los pocos slader que quedábamos en la zona ordenamos al resto de nuestros vecinos que corrieran hacia la selva e intentaran escapar. En los próximos meses se desataría una caza de brujas entre esos bosques, pero Stair no sabía algo que para todos nosotros era evidente. La Selva jamás le entregaría una sola vida suya. Los habitantes del Norte le pertenecíamos, y nunca le permitiría encontrar a las personas que entre sus árboles buscaran refugio.

Pero la dicha duró poco porque llegaron más y más efectivos mocenses a la zona. Hasta que, después de un tiempo, para mí fue eternidad, aunque quizás no fueron más de unos minutos, vislumbré a mi hermano. Y maldije todo bajo el cielo.

Lejos de intentar idear un plan eché a correr una vez más, sorteando y ensartando rastreadores a mi paso. Cortando cabezas y gargantas. Derramando su sangre como una ofrenda a mis antepasados. Tan rápido que mi figura se desdibujaba entre las sombras y las hogueras. Como alma que lleva Ella. Hacia el Bello Oeste.

Para cuando llegué hasta Onan estábamos casi a las afueras, en las últimas casas tras las colinas. Y el pelotón de sladers con el que luchaba y entre el que se contaban mis padres se acercaba para cubrirme, aunque despacio, y encontrando grandes obstáculos por el camino. Yo me catapulté como la metralla sobre una mole de mercenario que había de ser un démaco híbrido mezcla genética de demonio y gigante. Un auténtico monstruo enfundado en una armadura de piel de dragón, y que manejaba, con tino, dos inmensas espadas de aniantum.

Puedo jurar que en ese instante me morí de miedo.

Pero no tuve tiempo. Solo me lancé sobre él cuando se disponía a matar a Onan. A él y a Sarila, en realidad, ya que él la protegía con una mierda de espada que había roto en el primer asalto contra esa bestia.

Aquel engendro se tambaleó y me arrojó contra el muro de una vieja casa, que traspasé por la fuerza de un golpe, quedando cubierto de escombros y ceniza. Y envuelto en llamas.

Aunque para mí no era un problema. Y había previsto que algo así podía suceder, así que había encantado mi ropa para que no se desintegrara bajo el fuego.

Todavía no sé cómo, pero me levanté y encontré convoqué a mi espada. Que, de vuelta a la lucha, no resistió más de dos asaltos contra esa mole.

Y vale, dado aquel funesto giro de los acontecimientos, podía darnos por oficialmente muertos. O al menos yo lo estaba. Porque no consentiría que ellos se unieran a mi suerte.

― ¡Onan llévate a Sarila de aquí, corred! ―chillé. Por si mi hermano aún no estaba seguro de quién era, acababa de descubrirme ― ¡Tomad el sendero Norte y encontrad la senda que lleva a Yingkaih!, ¡La selva lo protegerá con su magia!, ¡Es un lugar sagrado nadie que quiera dañaros lo encontrará nunca!

No fue hasta ese momento en que Onan me reconoció. Me observó desconcertado porque mi cuerpo ardía por completo y yo permanecía intacto, como si el fuego solo formase parte de mí. Me quité el pasamontañas y asentí mientras me giraba para encarar de nuevo a aquella bestia, esta vez, protegiendo con mi cuerpo a mis dos hermanos.

Pero...

― ¡Maldita sea Amarna, no puedo dejarte! ―estalló Onan, desesperado.

Agarró un hacha y se colocó junto a mí.

Acto seguido ambos recibimos un golpe brutal que fuimos incapaces de parar. Para nuestra suerte era una maza y no una espada.

Para cuando logré ponerme en pie, y con Onan todavía en el suelo sin recuperar el aliento, alcancé a ver, con mayor horror del que ninguno de vosotros pueda imaginar, cómo ese monstruo agarraba a Sarila del cuello, levantándola lentamente y alzando en el aire su espada.

― ¡VAS A MORIR POR ESTO ENGENDRO! ―bramé mientras corría en su dirección, alzando mi espada rota con desesperación y sin un plan A, ni B, nada en la cabeza más allá de la impotencia que te embriaga en el momento en que comprendes que perderás a alguien a quien amas, y que ya no importa lo que hagas para evitarlo.

Pero en aquel instante, el momento exacto en el que me encontré lanzándome contra su espada con la esperanza de interponer mi cuerpo entre aquel filo y la vida de mi hermana, una figura oscura salida de la nada chocó conmigo y me arrojó unos metros más allá.

Todo lo que pude ver fue como alzaba su arco y disparaba una flecha directa al cuello de aquella bestia.

No acertó, pero sí atravesó su pecho. Y logró que olvidara a mi hermana, cuyo cuerpo se desplomó en el suelo, pesado e inmóvil, probablemente porque había estado al borde de morir asfixiada.

Fue precisamente en ese instante cuando vi acercarse a mi madre. Sonriente y altiva, como siempre se mostró en la lucha. Se aproximaba para cubrir a aquella figura de negro que ahora peleaba contra una de las espadas del gigante tratando de esquivar los golpes mortales del otro filo que éste acababa de recuperar.

Ella asintió con firmeza y la figura encapuchada se acercó hacia nosotros, retirando su tupida capucha para dejar a la vista aquellos ojos verdes que me habían salvado la vida no hacía mucho. No sin jurar que habríamos de volver a encontrarnos. Se acercó a mis hermanos y a mí, y tomó a mi hermana en brazos con delicadeza. Frené a Onan, quien no se fiaba de quien, para él, era un asesino. Ion Graves. El Desertor de Parnassos.

― ¿Ion qué estás haciendo aquí?

Pero en ese instante algo más importante acaparó toda mi atención.

Te quiero, resonó la voz de mi madre en mi cabeza.

Recuerdo que me giré, a tiempo para observarla pelear, sonriente. Valiente. Como siempre fue. Sus ojos colmados de la luz que a tantas personas siempre les faltó.

Sus pies danzaban junto a su cuerpo. Su larga melena, oscura y trenzada, le ayudaba a mantener el equilibrio en aquellas posturas y acrobacias imposibles en las que su lucha se basaba, y que resultaban hipnóticas a los ojos de cualquier que conociera la guerra. Conocía los movimientos de la lucha cuerpo a cuerpo y amaba el vaivén de las espadas en sus manos. Para muchos matar no es un arte. Pero sí hay una cosa cierta. La danza de un slader frente a la muerte es lo más terrorífico y lo más maravilloso que unos ojos puedan ver. Y en esa danza. Ella era la mejor.

No importa lo lejos que estemos, de las personas que nos aman, Eliha ―resonaron sus palabras en mi cabeza―. Si las amamos con todo nuestro corazón. Pase lo que pase. Siempre acabaremos llegando a donde nos esperan.

Todo lo que pude sentir después fue un corazón desgarrarse, al ver como una inmensa espada partía en dos el cuerpo de mi madre, quien aún conservaba intacta la sonrisa en los labios. Después su mitad superior se deslizó lentamente sobre la inferior, y su cuerpo, hecho pedazos, se desplomó inerte para siempre en ese suelo. El mismo que la había visto nacer, crecer, y en el que había peleado durante cada día de su vida para dar a otros la vida que merecían.

Solo en ese momento, y sin ser consciente aún de lo que acababa de pasar, logré escuchar los gritos rotos de mi padre que, con todo su coraje se arrojó contra aquel monstruo que acababa de llevarse con él la vida de la persona más valiente que he conocido.

Mi impulso fue echar a correr. Y ayudarle a matar a ese engendro. Sin terminar de asumir que mi madre se había ido. Pero Ion dejó a mi hermana con Onan, y me agarró con fuerza por la espalda, impidiendo que me alejase de allí. Mientras gritaba cosas que no he podido ni creo que consiga recordar.

Solo recuerdo la voz de mi padre.

― ¡CONFÍA EN ÉL!, ¡ELIHA!, ¡DEJA QUE SE LOS LLEVE, ÉL LOS PONDRÁ A SALVO! ―bramó, aunque no pude entender cómo ni por qué me hablaba de él en ese preciso y maldito instante― ¡ENCUÉNTRALA Y REGRESA PARA CUMPLIR TU DESTINO!

Pero yo no reaccioné.

No pude más que ver cómo mi padre encaraba su suerte contra aquella montaña armada, sacudiendo en él toda su ira y todo su dolor. Tan solo me quedó asumir que en ese instante ya se había ido. Que su decisión estaba tomada y que quedaba nada bajo el cielo que yo pudiera hacer.

― ¡PAPÁ...! ―grité, tratando, con todas mis fuerzas, de soltarme del agarre de Ion, sin el menor atisbo de éxito en mi empeño.

Estoy orgulloso de ti, Eliha, siempre lo estaré proyectó su voz en mi cabeza, ensalzando esa preciada habilidad que tenemos los sladers para comunicarnos sin romper el silencio. Solo sabía que aquellas eran las últimas palabras que sus labios me regalaban en esta vida―. Confía en Ion. Haz todo lo que te diga suplicó―. Falta mucho para que puedas comprender estas palabras, pero sé que algún día entenderás que las personas que nos aman no nos abandonan, jamás. Encuentra el Hogar de los Inmortales, y Ella te dará las respuestas que necesitas para seguir con vida. Siempre has hecho que me sienta orgulloso. Hijo mío.

Al eco de sus palabras en mi cabeza, le siguió mi padre uniéndose a mi madre en la muerte.

https://youtu.be/6Ejga4kJUts

Después solo quedó el silencio. Entre todos los gritos del universo estallando en un mismo segundo. Tan fuertes que me dejaron sordo. Con la promesa de que algún día esa bestia moriría en mis manos, se convirtiera o no en mi última batalla.

https://youtu.be/6Ejga4kJUts

Buena semana. Quedan 9 capítulos para el final

Aquí he lanzado la bomba pero esto solo acaba de empezar...

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