Resaca
―Espérame aquí―dice Alex dejándome en una de las mesitas del Mini Mercado mientras él va al área de bebidas heladas.
Me siento como envuelta en una capa acolchada invisible. Le dirijo una sonrisa tonta a un señor que come unos nachos con queso.
Alex revuelve el refrigerador, como si tuviera problemas para elegir. Luego lo veo buscar algo en su bolsillo y finalmente se pierde entre los anaqueles.
―Mira, es un café helado, te va a caer bien―dice ya que lo ha pagado.
Abre la botella para mí y me la entrega.
―No estoy bien―le digo antes de beber.
―Es normal, necesitas azucar o unos tacos. La grasa también sirve... ¿tomaste con el estómago vacío?
―No hablo*hic* de mi borrachera*hic*. Odio el nuevo trabajo de papá, mi nueva escuela ¡quiero que todo sea como antes!―y me pongo a llorar a grito pelado.
El señor voltea a vernos y la cajera también, masticando su chicle despacio.
―Esa niña es mala copa―dice la mujer.
―¡Claro que no, quería beber para olvidar!
―Shhh, no pasa nada―me consuela Alex que se arrodilla junto a mí―Dale un trago al café.
Me lo bebo de golpe y me quedo quieta.
―¿Mejor?
Corro al estacionamiento tapándome la boca.
―¡Tenemos baño!―grita la cajera.
Ya nada puede detenerme. Vomito detrás de un auto.
En una de las arcadas, siento como Alex me sujeta el cabello por detrás, mientras vacío mi estómago.
Esto es mucho peor de lo que pensaba.
Se supone que iba a ser una chica fuerte y al final me he convertido en una dramática y posiblemente hasta alcohólica. Así empiezan todos. Dicen que basta con una copa.
Y mientras continuo matando toda la pasión de mi noviazgo de la forma más escandalosa, decido que esto ya no puede seguir así. Pero tampoco es que pueda hacer mucho, porque el esfuerzo me ataranta de tal forma que ya no sé ni cómo me llamo.
* * *
Un rayo de sol potente me pega de lleno en los ojos.
―Ouch, ouch―lloriqueo agarrándome la cabeza.
Me duele el estómago y hay sabor amargo en mi boca.
Al girarme me topo con la cara de Alex. Está acostado junto a mí y sigue durmiendo apacíblemente.
Poco a poco empiezo a reconocer dónde estoy.
―¿Cómo amaneció mi alcohólica favorita?―dice apretándome la nariz.
―Este...
Su puerta se abre de golpe.
―¡Ah, con razón!―dice Carmina quedándose parada ahí y abriendo la puerta de par en par―¿Por eso te fuíste sin avisar?
Yo me cubro con la cobija.
―No molestes Carmina―responde Alex.
―¡Encontré a tu hijo muy bien acompañado!―dice ella, y la mamá de Alex se asoma.
―¿Anabel? ¿No te oí llegar?
Ahora sí me tapo hasta la cabeza, roja de vergüenza.
―No es lo que crees mamá, ni lo que esta malpensada cree, sabes que no hago estas cosas en la casa.
―¿Que no las haces?―susurro, furiosa de que sea un infiel y lo remato con un puntapie.
―¿Me dejarías aclarar las cosas?―masculla metiéndose bajo la cobija.
―Pero rápido.
Sale de un salto de la cama.
―Estoy vestido ¿Ven?
―Ah, pero no hace falta para qué...
―Gracias por la ayuda Carmina, de veras.
Carmina suelta una carcajada mientras se va a la sala, Alex bufa.
―Tuve que traerla má, Anabel no se encuentra muy bien.
―Es verdad―grito todavía escondida―¡No hicimos nada!
―Mira má, sé que no nos vas a creer...
―Tranquilo, yo no los estoy acusando de nada.
―¿No?―dice él.
―Lo que importa es que Anabel se mejore, voy a servir el desayuno en media hora. Pero avísale a tus papás.
La puerta se cierra despacio, aunque yo no me atrevo a salir de las cobijas. Escucho cómo Alex se aproxima de puntitas y con una risita triunfal. Se deja caer en la cama y echa su brazo alrededor mío.
―Ya puedes salir―me dice en el oído.
―Ni loca, no pienso dar la cara ni de chiste ¿qué va a pensar tu mamá de mí? Va a pensar que soy una alocada que se mete en la cama de su hijo ¡casi en sus narices!
La sola idea me sonroja más, y el cuerpo tibio de Alex no ayuda a que me sienta menos acalorada (de pena claro)
―Ella sabe cómo eres, pase lo que pase te tiene mucho cariño.
―Quieres hacerme sentir bien, ¡qué horror! Voy a salir por la ventana.
Él me detiene por los hombros.
―¿Cómo crees? Entonces sí pensaría mal.
―Ay, no―me doy vuelta y Alex descubre mi cara―Y todo por emborracharme, el acohol es malo de verdad, malo.
―Mientras no lo vuelvas hacer.
―Ni de chiste.
Alex me echa el brazo alrededor de la cintura y me mira a los ojos.
―Cuéntame todo.
Me encojo de hombros.
―He estado lloriqueando por todo ultimamente. En resumen, preferiría que mi papá siguiera desempleado con su bata y barba de tres días en el sofá que en ese mugroso trabajo que ha puesto todo de cabeza.
―Tan mal está ¿eh?
Niego con la cabeza.
―El dinero está bien, pero son muchas cosas... apenas va empezando el curso y ya soy un desastre de lágrimas y vómito, ¿crees que soy una malagradecida, verdad?
―No, no. Ya sé que eres, digamos que muy sensible.
―Gracias.
―De nada, tú me dijiste aquel día en la fuente cómo te sentías y no te tomé muy en serio.Creí que sólo estabas nerviosa.
―Como de costumbre.
―Sí, no vuelvo a subestimar tus nervios―dice pasando su pulgar por mi ceja.
―¿Qué crees que debo hacer? ¿Adaptarme de verdad o sabotearlo todo?
―Aunque las dos son una buena idea, yo diría que escogieras lo que asegure un techo sobre tu cabeza. Ana, tienes que dar un paso, y mejor que sea para adelante. Estás atascada, nada más, por eso estás sufriendo.
Me muerdo el labio.
Suena muy simple. Salir de mi atascadero. Es todo.
―Tú sí sabes cómo ponerme de buenas―le digo rodándome un poco sobre él y dándole un suave beso que él responde enseguida. Apoya su espalda completa en el colchón así que quedo encima de él.
―El pensamiento es mutuo―me dice y justo cuando va a besarme otra vez la puerta se abre.
―Y supongo que esto tampoco es lo que parece―dice Carmina―El desayuno está listo.
Cuando se va sólo tengo un pregunta qué hacerle a Alex:
―¿Por qué está ella aquí y tan temprano?
***continuará***
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