
33. El traidor en las sombras.
Prepárese, y no deje de leer por nada del mundo. El final está cerca.
Stefano.
Corro hacia Helena con una sonrisa en los labios. Las piernas me tiemblan y todo mi cuerpo soporta un malestar lacerante ante cada paso, pero cuando su cuerpo se funde con el mío y la tengo entre mis brazos, el dolor desaparece debido a su calidez.
Es alucinante lo que una persona puede causar con el simple hecho de saber que es ella quien te acaricia.
Hunde su cabeza en mi pecho y ambos caemos desplomados al suelo de rodillas, sin dejar de abrazarnos.
Estoy exhausto, la guerra ha sido cruel y despiadada. Se ha llevado buena parte de mi energía, o de lo que quedaba de ella luego de la golpiza de Félix. Pero ni por todo el cansancio del mundo, aun sin manos o pies, dejaría de pelear por ella.
Siento el liberador suspiro que deja salir de su pecho y como este vibra en el proceso. Sus extremidades comienzan a temblar.
—Stef. Lo siento. Lo siento. —Cuando sus sollozos me advierten del estado en que se encuentra, me inclino para observarle. Con ambas manos acuno su rostro.
Mi Helena. Eres tan hermosa.
Embadurnada por las lágrimas, algunos mechones están adheridos a sus labios, así que, mientras recorro la belleza de sus facciones, voy apartándolos y acariciando con suavidad su piel. Continúa con los ojos cerrados y las lágrimas siguen cayendo, entonces vuelve a aferrarse a mi pecho.
—Siento haber dudado de ti, perdóname. Yo... yo también me equivoqué, debí decirte quien era en realidad, pero...—Tomo su barbilla con suavidad y la obligo a mirarme.
Sus intensos ojos miel están enrojecidos, y me observan con desconsuelo. Los labios le tiemblan por el llanto, sin embargo, acaricio su frente con ternura.
Mi arisca tirana.
Limpio las lágrimas con cuidado al tiempo que siseo. Mantengo la mirada fija en ella con una sonrisa a boca cerrada; continúo siseando y sigo acariciándole, acomodando sus cabellos y mimándola hasta que de a poco logra calmarse.
—Tranquila. Todo está bien. —Vuelvo a envolverla con fuerza entre mis brazos, y dejo pequeños besos en su frente. Luego de pensar un tiempo que decir, hablo al fin—. Ambos cometimos errores, somos humanos Helena. Tuviste tus razones y yo tuve las mías. Pero debes saber que en ningún momento se me cruzó por la cabeza tomar esa opción. Jamás intenté o busqué hacerte daño.
—Lo sé. La historia sería diferente si lo hubieras hecho... No estaríamos casados, supongo —acaricio su mejilla y me alegra su esbozo de sonrisa —. Y aunque me cueste admitirlo, en el fondo sé que no eres así.
Sus palabras son caricias divinas a mi pecho.
—Yo también comprendo porque me ocultaste ese detalle, aunque duela la verdad, ambos desconfiábamos del otro.
—Ambos teníamos miedo, ¿no? —Resopla y niega con su cabeza.
—El amor causa miedo. Abrirse a otro y mostrarse tal cual uno es, causa miedo. Somos unos idiotas. El amor nos hace así.
—Siempre he pensado que el amor en sí no es suficiente. Ahora comprendo por qué...
—¿Por qué?
—También implica seguridad en uno mismo.
—Y comunicación...
—Confianza...
—Y valentía.
Helena me observa y lleva una mano a mi rostro. El contacto hace que todos mis músculos tensos se calmen. Cierro mis ojos disfrutándole.
—Lo importante es que queremos solucionarlo. ¿Verdad? —Vuelvo la vista a ella tomando su mano y depositando un beso en su dorso.
—Si. —Sus ojos cristalizados me observan con curiosidad.
—Podemos tomarlo como nuestra primera pelea de casados. ¿Te parece? —Un esbozo de sonrisa cubre su boca al escucharme decir tales palabras—. Basta de secretos, y desde ahora, deberá haber mucha más comunicación entre nosotros. Sé que es difícil y nuevo, pero ya no estamos solos como antes. Ahora somos dos remando para la misma dirección pase lo que pase. Basta de encerrarnos en nuestros propios pensamientos. Eres mi mujer, y yo soy tu hombre. Somos un equipo. ¿Estamos de acuerdo?
—De acuerdo.
Una de esas escasas y amplias sonrisas en su persona aparece, permitiendo que mi corazón se acelere a mayor ritmo.
—Ahora dame esos besos que me prometiste, porque yo no luché hasta el final como un loco por nada.
Echa a reír.
—No es broma. —La jalo hacia mí quedando a un centímetro de sus labios.
No puedo evitar que mis pulsaciones aumenten cuando rozo su piel. Helena es una droga para mí, y dudo que algún día deje de causarme estos revuelos dentro.
—Estoy ansioso por ellos.
Entrelaza su mano en mi cabello, y la sola caricia hace que mis ojos se cierren mientras suelto el aire. Siento su calor cerca y me estremezco.
Cuando la tibieza de su lengua inunda mi boca, la envuelvo entre mis manos con firmeza. Las suyas viajan a mi rostro, delineando un camino de agradables caricias que, mezcladas con el dulce y adictivo sabor de sus labios, me llevan a un universo donde solo ella y yo existimos en este momento.
No puedo describir la magnitud de lo feliz que me hace con tan solo un toque. No sé si no se da cuenta aún o tal vez sí, pero me tiene a sus pies.
Estoy a su merced, y no me importa un carajo las situaciones que debamos pasar. Quiero sortearlas todas a su lado, porque esto que arde en mi pecho no se siente nada normal ni ordinario. Es diferente. Es un impulso de esperanza, un renacimiento; me hace sentir que la vida preparó algo maravilloso para mí... junto a ella.
Nuestros rostros se alejan y su dedo acaricia mis labios con delicadeza, sonrío bajo su contacto.
—Vamos a casa, esposo—susurra apoyando su frente en la mía—. Creo que debemos contarle a mi cuñada quien soy en realidad —Esboza una sonrisa ladeada, y se me escapa una pequeña risa mientras observo esas pupilas rebalsándose de luz debajo de sus largas pestañas.
—¿Tú... estabas escuchando?
—Por supuesto, pero interrumpieron tu respuesta. —Rueda los ojos, y se levanta aferrándose a una de sus rodillas. Extiende su mano para ayudarme. Suelta un mohín de picardía al hablar —. ¿Quién soy, Stefano Delatroitvz?
Tomo su mano y ella me da un jalón que me hace poner de pie de inmediato, quedando a centímetros de su rostro.
—Eres el jodido amor de mi vida, tirana.
Los soldados han quedado bajo las órdenes de Osman. El plan es descansar durante la noche y al amanecer partir a la capital para concluir con lo que hemos empezado. El derroque de Leónidas debe llevarse a cabo en su propio castillo, bajo la mirada de toda su gente.
La retirada de los soldados de Stolz ha sido una clara afirmación de que se han visto limitados, y por lo mismo, la decisión de resguardarse para ser capaces de defender el punto central del reino.
A pesar de nuestro cansancio, tenemos la ventaja de los soldados que llegarán desde Loreghz. Anub y ellos han partido al amanecer, si todo marcha en condiciones, arribarán en el momento justo.
Los dos cabalgamos en Averno con el agotamiento del día pasándonos factura. Estamos terminando de atravesar el bosque de Vezhaltz, cuando al fin la gran entrada al castillo se presenta frente a nosotros.
Hago una apnea de tres segundos.
Un momento.
¿Es cierto lo que digo?
LA. GRAN. ENTRADA. SE. PRESENTA. FRENTE. A. NOSOTROS.
Helena me roba las palabras.
—¡Stefano, la muralla! ¡No está! ¡Mierda!
—¡Phoebe!
De forma automática agito las riendas de Averno y este aumenta su velocidad en segundos. Recorremos la extensa entrada de prisa, doy un salto hacia el costado cuando llegamos al hall principal. Trastabillo, pero sigo corriendo desesperado.
¡No, León! Las puertas abiertas de par en par.
—¡Phoebe!
Cruzo frenético abriéndome camino al salón principal. Todo luce oscuro; un agónico silencio que no hace más que exasperarme.
—¡Noré! —Helena logra alcanzarme, pero nos quedamos estáticos cuando contemplamos la situación.
De la amplia escalera frente a nosotros, desciende Leónidas, con una sonrisa infernal de lado. Mis puños se tensan junto al cuerpo de inmediato. Este tipo me tiene harto.
El grito que aflora de mis cuerdas vocales hace que mi tráquea se contraiga y arda con fervor. No puedo. Por más que lo intente no puedo seguir conteniéndome. ¡Juro que voy a matarlo, voy a asesinarlo con mis propias manos!
—¡Stef! —Helena me llama, pero no me detengo.
Se acabó el maldito Stefano tolerante.
Él muy cínico comienza a reír a carcajadas y sigue bajando la escalera con total lentitud.
Unos cinco escalones más, malnacido y...
—¡¿Qué demonios?! —De pronto siento que mis pies dejan de tocar el suelo, mis extremidades no responden y comienzo a ver todo desde arriba.
León mío... ¿Qué brujería es está?
—¡Traidor hijo de puta!
El grito de Helena y su expresión de desconcierto captan mi atención. Ella desenfunda su gladio, iracunda, y cuando creo que está a punto de lanzarla hacia su nefasto hermano, observo que en realidad se dirige a toda velocidad hacia el ala oeste. Mis ojos se abren al comprobar que es frenada en medio del aire.
Una figura entre las sombras pronto revela su rostro ante la luz de los candelabros. Verlo hace que mi columna vertebral se erice. No es cierto, maldita sea...
—¡¿Barján?! ¡Ahg! ¡Voy a degollarte! ¡Colgaré tu maldita cabeza calva en mi muro! —Helena arranca de unos de los escudos anclados a la pared una imponente espada, y corre en dirección a las escaleras.
¡Maldición! ¡Esto es desesperante!
Intento con todas mis fuerzas salir de esta situación, pero es inútil. Agito mis brazos y piernas desesperado por volver al suelo y ayudar. ¡No puedo creer que Barján este con él! ¡Por todos los dioses! ¡Nos ha engañado todo este tiempo!
Ahora lo entiendo, sin su ayuda, Leónidas jamás hubiese tenido acceso a nuestra ubicación. Un momento... ¿Y el ataque en los Lupercales?
León mío ¿Sería posible? ¿Atacar a su propio pueblo?
—Hermanita, yo no haría eso. —Leónidas se lleva mi atención cuando se atreve a soltar tales palabras desprendiendo un humor ácido—. Pero si insistes... ¡Guardias!
Los individuos aparecen de los laterales. Son bastantes y rodean a Helena blandiendo sus espadas. Por si fuese poco, la cosa no queda allí, acercándose a las barandas del entrepiso, más hombres apuntan sus flechas hacia ella ocupando el centro de la sala.
¡Por todos los dioses! ¡Necesito bajar de aquí!
Intento removerme cómo puedo, pero mis músculos parecen negados a obedecer.
—¡Eres un maldito cobarde hijo de puta! ¿Por qué no haces tú el trabajo sucio? ¿Eh? ¡Ven, baja a matarme de una vez si tienes los malditos testículos que se necesitan!
—Siempre has sido tan vulgar... —Le responde arrogante y dan ganas de partirle la maldita de cara —, claro que haré el trabajo sucio —Muestra sus dientes en una sonrisa turbadora—, pero voy a llevarte a la capital. Todos los idiotas que te idolatran se deben enterar de una vez que les sucede a los traidores de la Corona. Destruir a la raíz de mis males frente a todos, será lección suficiente para que nunca más alguien se atreva a enfrentarme.
—¿Y quién es la corona? ¿Tú? ¡Tú eres un débil cobarde! ¡Yo soy la Corona! ¡Leonor es la Corona! Tú eres un mocoso de mierda al que le dieron poder y no sabe cómo carajo manejarlo —escupe irascible, mientras apunta la espalda amenazando a los hombres que la rodean —. Así que no te atrevas a hacerte llamar de ese modo.
Leónidas aprieta su mandíbula mientras la sonrisa engreída se le borra, sin embargo, al observar la mirada preocupada de Helena sobre mí, está se vuelve a dibujar aún más radiante:
—Barján, bájalo.
Oh, mierda.
El efecto que me mantenía levitando, abandona mi cuerpo y comienzo a caer en picada al suelo.
—¡Stef!
El gélido y rígido suelo me recibe, y pronto me veo rodeado por los caballeros de Leónidas. Tanto mi rostro como cada músculo me palpitan de dolor, pero intento mantenerme apacible, cuando uno de ellos me pone de rodillas y amenaza mi garganta con una filosa daga.
—Yo que tú dejo el arma en el suelo y me entrego —exclama Leónidas en tono arrogante cuando ella se adelanta dos pasos.
Veo los ojos de Helena rebuscando una salida, un plan alrededor, pero cuando vuelven a los míos observo la angustia reflejada. Sé lo que supone esto para ella, y antes de que cometa una locura hablo.
Esto no es justo, no llegamos hasta aquí para nada. Cuando nos enfrentamos a esto sabíamos que habría consecuencias... y si debe haber pérdidas, que las haya.
—¡No lo hagas! —El grito es corto, puesto que el guardia golpea mi cráneo con la empuñadura de su arma antes de que pueda continuar—. ¡No lo hagas! ¡Lucha, por el León! ¡Tú puedes con ellos! —Me retuerzo de dolor en el suelo, llevándome una mano a la cabeza.
Leónidas se da la vuelta hasta mi posición, observándome con repudio. Rueda los ojos antes de volver a ella. Para ese momento, Helena ha corrido hacia la pared de donde arranca el escudo de Averhz, y alcanza a protegerse cuando las flechas venideras del primer piso la intentan herir.
—Leah, no seas testaruda...
Pero eso no parece importarle. Los guardias se aglomeran rodeándole, pero ella va venciéndoles con cada zarpazo. Uno cae al suelo de espaldas cuando lo aleja de una patada al pecho, mientras desincrusta la espada del brazo de otro hombre.
Veo como los arqueros vuelven a prepararse y doy un grito para advertirle cuando está de espaldas a las escaleras envuelta en la lucha con dos hombres más. Rápidamente, toma a uno de su cuello y lo utiliza de escudo humano. Las flechas alcanzan a sus propios hombres y aminoran la situación de Helena.
—Vuelvo a insistir... —Con un gesto de su mano hacia la izquierda, Leónidas ordena a varios guardias y estos se pierden por el pasillo que lleva a los calabozos.
Ella lo observa agitada, y trata de recomponerse antes de subir por él. Pero en esos minutos, quejidos y gritos ahogados invaden el espacio.
—Yo que tú, tiro el arma al suelo. Ahora.
Ambos soltamos un suspiro abrupto al girarnos hacia los soldados. Traen encadenados y silenciados con una mordaza en sus bocas a los nuestros: Alexander, Noré, Mirabella, Ashly y...
—¡Phoebe! ¡No!
Intento ponerme de pie, pero soy rebajado al suelo de un golpe. Me remuevo en mi lugar, y siento las lágrimas amenazando con salirse, pero trato con todas mis fuerzas de aguantar.
Ver a mi mejor amigo en ese estado me revuelve el estómago.
Luce muy golpeado. Sus ojos hinchados y los ropajes todos rotos, hay manchas de sangre seca en su camisa y veo sus nudillos inflamados. Me mira con vergüenza y frustración. Pero yo le doy un asentimiento de cabeza queriendo consolarlo, porque sé que debió haber querido evitarlo, y sé que, de seguro, hizo lo que pudo.
—Acérquenlas. —Ordena frívolo.
Tanto el soldado que tiene a Noré como el que apresa a Phoebe, se encaminan hacia las escaleras empujándoles y jalándolas de forma grotesca. Leónidas observa a Noré, la recorre de arriba abajo con sus ojos y veo a Alexander removerse en su lugar con la misma ira que golpea en mi pecho en estos momentos. Él lleva su mano con lentitud a su mejilla e intenta acariciarle con el dorso, cuando Noré aparta su rostro a un lado, soltando un quejido de impotencia.
—¿Y bien, Leah?
Ahora su mirada baja hasta la pequeña a su lado y mis puños se tensan de la rabia.
—¡No la toques! ¡No la toques infeliz!
Vuelvo a intentar zafarme de los brazos de los guardias cuando veo como Phoebe retrocede ante el acercamiento de ese enfermo.
—Eso depende de Leah —Sonríe descaradamente y se atreve a tomar de la barbilla a mi hermana.
Tenso mi mandíbula y gruño al lograr zafarme. Estoy corriendo hacia él cuando alguien se aparece de mi lateral y me tira al suelo.
—¡Stefano! —Helena intenta acercarse, pero Leónidas se le adelanta sosteniendo a Phoebe de los hombros.
Doy patadas y me remuevo con furia, entonces otros dos hombres se acercan y comienzan a encadenarme de brazos y piernas. Cuando Leónidas saca un gladio de su cinturón y roza el cuello de mi hermana con su filo, el corazón deja de latirme por unos segundos.
—Elige, las mato frente a ti ahora mismo o te entregas.
Estoy a punto de gritarle una cantidad de improperios, cuando siento la tela acaparando mi cavidad oral. El guardia fija bien el nudo por detrás de mi cabeza a pesar de que me remuevo sin control desesperado. El material aprieta la piel de mis pómulos, haciendo que arda cada roce. Pero nada arde más que mi garganta y mis ojos en estos momentos. Entre lágrimas veo la tristeza y desesperación en el rostro de Helena.
—Está bien. —Lentamente coloca la espada en el suelo y le da una patada acercándola donde los guardias —. No les hagas daño. Suéltalos, a todos. Me quieres a mí, pues bien. Desquítate conmigo entonces. —Dice levantando sus brazos hacia el techo.
Leónidas plasma una sonrisa esplendida en sus ojos y yo solo quiero morirme.
Sus hombres toman a Helena apresándola de manos y pies. Él hijo de puta suelta a mi hermana quien no deja de llorar, y es llevada junto a Noré con los demás hacia las mazmorras. Cuando me levantan del suelo y me empujan a seguirles, intento con todas mis fuerzas zafarme, pero es en vano.
¡Por el León, no puedo permitir que se la lleve!
Mi corazón late con fuerza y se me forma un nudo en la garganta ante la impotencia que me da verme lejos de ella.
—¡¿Qué haces?! ¡Dijiste que no les harías daño! —Reprocha, pero ya me encuentro recorriendo el oscuro pasillo.
—Dije que no les haría daño, no que los dejaría en libertad. Se pudrirán aquí.
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