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29. ¿Quiénes somos en realidad?


Capítulos que amo, y este. Comenten mucho, plis. 

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Leónidas VI.


    —¿Su majestad?

Tres son los toques a mi puerta.

¿Quién molesta ahora? Diles que nos dejen en paz.

—¿Señor mío?

¡Qué nos dejen solos! ¡Ahora!

Cállate. Tomo mi cabeza con ambas manos. ¡Cállate! ¡Cállate!

¿Todavía no entiendes, Leónidas? Tu cuerpo y tu mente me pertenecen.

¡Cállate!

¡NO! —gruño.

Una parte de mí intenta con todas sus fuerzas no dejarse vencer, pero la otra sabe que el dolor no tardará en aparecer sí continúo oponiendo resistencia.

Tengo que poder. Tengo que poder. Voy a poder controlarte.

Trato de continuar erguido, observando la noche por el ventanal pese a los temblequeos, cuando los calambres comienzan a recorrer cada falange de mis delgados dedos; intento dejarlos en su lugar, pero se flexionan con lentitud mientras mis manos no dejan de palpitar. Un calor incesante se apodera de cada parte de organismo y mis poros comienzan a sudar.

Agacho la cabeza mirando al suelo con la respiración agitada. Mi mandíbula se tensa por oponerme al accionar involuntario de mi cuerpo.

¿Cuánto más debo soportar, León mío? ¿Por qué me has condenado a vivir así?

Hace casi dos décadas que repites eso. Y sigues siendo el mismo miserable débil. ¡Deja de nombrar al León, eres patético!

Sí. Soy patético. Lo sé. Débil, enfermo y patético. Se han encargado de decírmelo muchas veces.

Intento caminar hasta mi lecho. Debo descansar. La puerta vuelve a sonar. Quiero responder, pero un latigazo a mis extremidades se me hace insoportable y me incapacita.

—¡Ah! —Intento aferrarme al escritorio cuando caigo desplomado al suelo, arrastrando los objetos conmigo.

Mi visión se desenfoca. Los músculos no dejan de producir espasmos, y me acurruco desesperado en posición fetal, intentando de alguna manera que el dolor punzante aminore. Pero una mierda. Nada deja de doler. Jadeo exhausto. La piel me quema. El ardor es abrazante; como si una hoguera me estuviese consumiendo vivo en estos momentos.

—¡¿Señor?! ¡Voy a entrar! —Las puertas de mis aposentos impactan contra las paredes cuando mi guardia de recamara ingresa —. ¡Llamen al brujo! ¡Ahora! ¡Su majestad necesita su calmante!

Lo veo correr desesperado y arrodillarse a mi lado.

Las puntadas en mi sien comienzan como de costumbre. Agudas y penetrantes. Carcomen mi cráneo de manera animal. Es la sensación que ha convivido conmigo desde niño, y es la más horrible de todas. Siento como si hilos tensores estuviesen enredándose entre mis huesos. Se apoderan de ellos. Los apretujan, al punto de casi romperlos.

Doy un fuerte y ronco grito arqueando mi cuerpo hacia atrás, y me remuevo entre las sábanas cuando se intensifican.

Sabes que no me gusta que me desobedezcas. Esto es tu culpa.

—¡Maldita voz enferma! —gruño entre jadeos.

—¡Su excelencia, resista!

Percibo dos manos que toman mi cabeza. La respiración comienza a faltarme y siento como la fuerza abandona mi cuerpo. Doy vagas bocanadas de aire, buscando el oxígeno que mi cuerpo implora con desesperación. Mis ojos se van hacia atrás. Siento la boca seca y mi garganta tensa comienza a contraerse impidiéndome respirar.

—¡Hazte a un lado! —

Alcanzo a escuchar. Siento unas pesadas manos abriendo mi mandíbula.

—¡Señor, señor, pronto estará bien!

El líquido asqueroso y ya conocido corre por mi tráquea cuando me cierran la boca y caigo en trance.

Allí, cuando mi vista comienza a oscurecerse y mis sentidos se apagan...

Allí cuando mi cuerpo se aligera y deja de pesarme el dolor en mis entrañas, me pregunto lo que tantas veces en mis 19 vueltas al sol me he cuestionado: Si algún dios existe allá arriba... ¿Por qué, por qué me hiciste así?

El llamado a la puerta de manera insistente, hace que mis ojos se abran. Contemplo el techo de mi habitación por unos segundos mientras intento procesar la última crisis. Mi cuerpo se encuentra cansado, abatido. No me quedan muchas fuerzas luego de episodios así, pero al menos sé que la medicina ha funcionado porque no hay ninguna voz molestándome dentro de mi cabeza.

Recuerdo la primera vez que la sentí. Creí haberme vuelto loco; haber perdido la cabeza por los cuentos que mi nana me narraba.

Mis extremidades tiemblan al evocar la reacción de mi padre cuando se lo conté: me dio 5 azotes y dijo que dejara de inventar estupideces. Mi madre, en cambio, me advirtió que la próxima vez que pasara le dijera, y eso hice.

Era pequeño en ese entonces, y no entendía por qué bajábamos hasta los calabozos en busca de respuestas.

La primera vez que la vi, supe que nada bueno saldría de ella. Era una anciana decadente y andrajosa. Tenía terror de ella. Allí encorvada y enferma en ese húmedo y espantoso calabozo.

Recuerdo su aliento nauseabundo pegando en mi rostro cuando me habló:

"Eres un hijo de Vezhaltz, niño. Las voces llegaron más rápido de lo previsto" "No puedo recetarle nada que logré salvarle. Esa mujer vendrá, está escrito —dijo a mi madre—. Solo una educación amorosa y respetuosa, quizás, podría funcionar".

Ocurrente. Algo que mi padre, claramente, no compartía.

"Debes ser capaz de ver el camino el día que te conviertas en un adulto, donde nuevas sensaciones brotarán y correrán en tu sangre".

Pero yo era hijo de Leónidas V. Futuro heredero de un reino pudiente y poderoso, y como tal, debía ser un hombre. Hecho y derecho. Las palabras de padre llegan a mi mente: No dejarás que ninguna mujer tome lo que es tuyo. Esto es culpa de todas ellas...

Y pensé que así lo había logrado, pero tenía que estar viva...

—¿Qué es tan importante para molestarme a estas horas? —Contesto tras la puerta al ponerme de pie.

—La tienen, su majestad. Está aquí.

Mis comisuras ascienden. Mi pecho cosquillea ante la noticia.

—Excelente. Llévenla al salón del trono. Bajo enseguida. —Mi humor mejora en demasía.

Llego tu hora... Helena




     —Vaya, joven Lancour. Volvemos a vernos.

Esbozo una sonrisa y acomodo mi capa para sentarme en el trono —. Veo que ha hecho lo correcto, señorita.

—Mirabella—frena mi discurso—. Mi nombre es Mirabella. Y yo veo que usted es un cerdo miserable, su majestad —escupe con rabia.

Suelto una risa ante la osadía de la plebeya. Me observa con los ojos enrojecidos. El muchacho a su lado la intenta calmar. Bonita la fiera que tengo frente a mí. Un bostezo escapa de mis labios. ¿Qué hora es? Ni siquiera amanece y tengo que escuchar estupideces.

—Temo que me he enterado de su pérdida. Mis hombres se han pasado, debo reconocerlo. Mis condolencias, señorita Mirabella. —Llevo mi mano derecha al pecho en un gesto fingido—. Pero mejor perder a uno que a cientos de ciudadanos por culpa de una perra miserable... —Mi voz se endurece al igual que mis facciones a medida que expreso lo que siento.

Cruzo mis piernas. Me importa una mierda que un peón haya muerto. Es lo correcto, debe sacrificarse por su rey. Debería estar orgulloso de morir en manos mías y no de rebeldes infelices como de seguro iba a suceder.

—Bueno. ¿Dónde está? Me disculparán, pero no tengo tiempo para perder. Entre más rápido hagamos las cosas, más pronto tendrá a su hermana a su lado, muchacho. —Hago una pantomima con mi brazo apoyado en el trono. —¿Dónde está la hermosísima, Helena Delatroitvz? —Intento que mi voz suene serena.

La adrenalina y ansiedad recorren mis venas. Siento mis palmas humedecidas, me las limpio de forma disimulada.

Al fin te tengo, traidora.

—Me gustaría, con todo respeto, ver a Phoebe y asegurarme de que está bien. —Lancour se adelanta y de forma respetuosa se dirige a mi persona.

No puedo evitar las carcajadas. Es gracioso que sea tan educado después de todo. Sin dudas es un idiota.

—Claro. Me parece lo justo. —Mi mirada viaja al guardia a mi lado, y pronto manda a otros dos por ella con un ademán.

Veo la forma en que los hombres se alejan y se pierden por el oscuro pasillo.

—Es curioso, Lancour... —Me levanto lentamente de mi trono y bajo con parsimonia los escalones hasta ellos. Mis manos cruzadas por detrás—. Hace unos meses estuviste aquí y fui muy caritativo contigo al aconsejarte una salida para lo de tu pequeña hermana. ¿Por qué esperaste a que volviera a repetírtelo por medio de un tercero?

Levanta la cabeza, sorprendido, y mira hacia el pasillo que han cruzado los guardias, tragando saliva vuelve con su mirada tensa hacia mí.

—¿Sabías que perdí a mi mayor General por culpa de esa mujer de los infiernos? —Prosigo. Él joven sigue callado —. No quisiera pensar que estabas pensando en... traicionarme. No serías capaz ¿Verdad? ¿A tu propio rey? —Inclino mi cabeza cerca de él.

—Yo... Jamás, su majestad. Por eso la he traído. Que pague por lo que sea que le haya hecho.

Río ante su descaro. Pero me quedo callado. Mis hombres vuelven trayendo a la niña a rastras.

—¡Stef! ¡Stef!

—¡Phoebe!

El plebeyo intenta correr hacia la niña, pero hago un gesto con mi mano izquierda y otros dos guardias detienen su paso.

—¡Stef, estás aquí! ¡Suéltenme! ¡Suéltenme! ¡Es mi hermano!

La niña grita y se retuerce en brazos de mis hombres. Su hermano hace lo mismo. Lo veo... ¿llorando? Por favor.

—¡Ya basta! Suéltenla —Se queja la mujer que ha venido con él.

Vuelvo a cruzar mis brazos. Con un gesto de mi barbilla ordeno a mis hombres a que vuelvan a encerrar a la niña en sus aposentos.

—¡No! ¡No!

Los gritos retumban por el gran salón.

—¡Phoebe! ¡Hijos de puta!

—¡Dijo que nos la entregaría!

—¡Ya basta! —advierto —. Claro que les daré a la niña. Pero ahora soy yo quien desea asegurarse de que traen a la persona que les pedí.

Ambos se encuentran alterados y llenos de impotencia. Lo veo en sus ojos, cristalizados pero ardientes por la ira.

—Estoy de acuerdo. —Alcanza a decir con la voz quebradiza Lancour. —Mis hombres la traen... —Señala a la entrada de la puerta principal y mis sentidos se agudizan cuando la observo.

León mío, sí.

Su larga cabellera rojiza es lo primero que veo. El hombre la trae cargando. Está inconsciente y amarrada de pies a cabeza por lo que veo. Cierro mis ojos con una sonrisa a boca cerrada mirando el cielo.

Al fin. Al fin dormiré en paz. Lo he hecho padre, el trono es mío. Nada más que mío.

—Aquí está. Tal como lo pidió, su majestad —masculla, pero una puntada acecha mi cabeza y me encorvo un poco ante el repentino dolor.

Ambos me miran confundidos. Mierda. Mierda. Ahora no.

No seas idiota. ¡Claro que debo venir! Asegúrate que es ella.

Formo una línea con mis labios, y aprieto tan fuerte, que temo porque deje de circular sangre en la zona. Claro que es ella. Me digo a mí mismo. La voz y el dolor parecen desaparecer cuando empiezo a caminar.

Mi guardia se acerca.

—Su majestad, ¿se encuentra bien?

Hago caso omiso a sus palabras, y me detengo frente al hombre que carga a la culpable de mi insomnio.

Han pasado muchos años, pero reconocería a mi pequeña hermanita pase el tiempo que pase.

Acaricio su mejilla cuando la depositan en el suelo frente a mí. Mis dedos recorren sus carnosos labios y su sedosa piel.

—¿Sabes Lancour? —comienzo de cuclillas en el suelo —. Es curioso que, siendo tan diferentes, tengamos algo en común...

Veo sus puños tensarse junto a su cuerpo cuando acaricio los cabellos de mi hermana.

Vaya, vaya. ¿Un simple plebeyo y una princesa?

Ay, Leah...

Uses el nombre falso que uses, sigues siendo la misma princesa rebelde de siempre. Suelto una carcajada ante la situación y me observan confundidos.

—La verdad... —esboza entre dientes—, no veo ningún parecido entre usted y yo. —Afirma con determinación. Y soy consciente del asco con que lo ha dicho.

—Pues yo creo que sí. —Hago un gesto a mis hombres y estos cargan a la traidora. Los dos se adelantan un paso, pero me interpongo —. Ambos haríamos cualquier cosa por recuperar a nuestras hermanas... —Lo miro fijo, mientras siento como mis comisuras ascienden al ver su repentino asombro—. ¿No lo sabías? —Me enderezo y aliso mi traje. Esto es más divertido de lo que pensé—. Leah, la princesa acusada de brujería. Quizás, no lo recuerdes, eras pequeño. Sin embargo, fue un escándalo. El pueblo entero la exilió. Fue un desfile muy conmovedor e histórico para nuestro reino...

Sus ojos abiertos de par en par. Veo unas lágrimas brotando de sus ojos, a pesar de que no reacciona.

—¿Ellos son hermanos? —Susurra la chica al idiota que se ha quedado mudo a su lado.

—Por desgracia... —respondo por él.

Está bastante conmovido por la noticia. Me pregunto qué relación tendría con Leah.

Por el León, que bajeza de tu parte, hermanita.

—Cumplí mi parte del trato—suelta luego de unos segundos. Su garganta temblorosa —. Ahora entrégame a Phoebe, por favor. —Se adelanta un par de pasos y mis guardias lo rodean.

Sonrío mientras relamo mis dientes. Vuelvo a darles la espalda de brazos cruzados, y me siento en mi cómodo y ostentoso trono de nuevo.

—¿Sabes, Lancour? No soy estúpido. Lo tuyo es clara traición. —Mis gestos se vuelven serios—. Así que, o te devuelvo a tu hermana o te perdono la vida... —Está a punto de contestar, pero lo detengo levantando mi mano—. No te estoy preguntando —Mi sonrisa vuelve—. Como soy un rey benévolo te perdono la vida. Ahora puedes marcharte.

Me levanto de mi trono con una sonrisa radiante mientras veo su ridículo intento por acercarse a mí. Mis hombres lo detienen enseguida.

Plebeyos.

—¡Es usted un miserable! —Grita con rabia y cae de rodillas al suelo. Una vena en su frente sale a la luz.

Qué espectáculo, por favor.

—Me lo dicen con frecuencia —observo al techo con una mano en mi barbilla—. Deberías mejorar el vocabulario de insultos. Miserable es bastante cliché para un rey —muestro mis dientes sin descaro. —Guardias, sáquenlos de mi vista. —Ruedo mis ojos y agito mi mano aburrido.

Ambos forcejean y patalean contra los guardias, pero no me detengo a observarlos. Son patéticos. Me concentro en el guardia que carga a la bella durmiente.

Oh, Leah. Te me escapaste una vez fingiendo tu muerte... pero ya no hay más oportunidades, querida.

—Llévala al calabozo más asqueroso que tengamos. En unos minutos estoy por allá.

Alabado seas León. Me has dado el mejor amanecer de toda mi vida.




    —¡Hijo!

Siento los pasos de madre tras mis espaldas, pero no me detengo. Estoy demasiado ansioso por verle la cara a mi rebelde hermanita detrás de esos barrotes de hierro cuando despierte.

Ya puedo imaginar su rostro lleno de rabia.

—Leónidas, para. ¡Es una orden! ¡Soy tu madre!

Freno de golpe cuando se dirige así a mi persona, frente a mis guardias. Vuelvo sobre mis pasos con firmeza y la encaro. Sus pelos blanquecinos bajo la imponente corona... pensar que le queda demasiado grande. Cuando la tengo en frente le doy una bofetada a su rostro. ¿Cómo osa levantarme la voz así?

—¿Qué quieres?

Retrocede con temor, su mano en la mejilla. El enorme y pomposo vestido azul le dificulta sus pasos. Sus ojos color miel se llenan de lágrimas, pero ninguna sale en realidad.

—¿Es cierto? ¿Ella? ¿Ella... está aquí? —Alcanza a susurrar. Me río de la estupidez que pregunta.

—Ella te desprecia... —sonrío—. ¿Y tú preocupada por saber si está aquí? ¿Qué vas a hacer? ¿Saludarla después de todos estos años? ¿Llevarle un té? Por favor, madre. Ve a tus aposentos ahora. ¡Es una orden!

A veces entiendo porque padre no la soportaba. Es una mujer tonta y estresante. Sigo mi camino sin voltearme a verla. Me adentro a la oscuridad de los pasillos del sótano que dan acceso a los calabozos.

Mi ansiedad por tenerla en frente es palpable. Espero que haya despertado. Será más satisfactorio ver su cara de derrota absoluta. Paso la jaula de mi león y lo veo durmiendo. Sigo unos metros más, hasta que llego a su celda.

Se me infla el pecho de la emoción al ver su figura entre el estiércol y las heces de los presos anteriores. Está de espaldas, al parecer continúa dormida.

Cojo la llave colgada en mi pecho cuando unos pasos acelerados hacen eco por el pasillo. Mi guardia aparece con una antorcha entre sus manos y por el resplandor del fuego veo a otra persona detrás de él, pero no distingo con claridad de quien se trata.

—¡Su majestad! ¡Su majestad! —Grita a todo pulmón y me enderezo ante la euforia de mi sirviente.

—¿Qué ocurre? ¡Habla!

Veo a Lorhenblack a sus espaldas. Este luce agitado y bastante nervioso. Viejo asqueroso, su aspecto es horripilante.

—Señor, es Siniestra —exclama mirando al suelo el anciano decrépito.

Resoplo.

—¿Qué?

Siento unos quejidos detrás de mí. Sonrío. De seguro la bella durmiente ha despertado.

—Está planeando invadir Berlehz, su excelencia. Tengo fuentes oficiales. Lo hará al amanecer, no queda tiempo. ¡Hay que preparar a las tropas de inmediato! —Suelta cabizbajo. Juega con sus manos arrugadas como pasa de uvas con nerviosismo.

Comienzo a reír a carcajadas. Ambos se quedan serios, observándome.

—Eso es imposible, Lorhenblack. —exclamo y me pongo serio—. La mujer a quien llamas Siniestra, se encuentra en este puto calabozo. —Señalo y mi sonrisa se ensancha—. Bajo mi poder.

—No, su excelencia. Yo lo sé, mis soldados me enviaron una carta de emergencia. ¡Lo han visto! ¡En la frontera! Son cientos de soldados, su majestad. Nos superan en número. Necesito sus refuerzos de la capital. Mis hombres no podrán solos. —Las gotas de sudor bajan de su coronilla pelada.

Tenso mi mandíbula. La piel se me pone fría y siento el aire pesado de repente. Les doy la espalda, cansado de tanta estupidez, y giro la llave con ansiedad mientras abro la celda. Me acerco a toda prisa a ella y cuando volteo su cuerpo...

—¡MALDITOS INFELICES HIJOS DE PUTA! ¡Ah! ¡Voy a arrancarles la cabeza con mis propias manos! —Me llevo las manos a mis cabellos y comienzo a tirar de ellos con desesperación.

Estúpido. Estúpido. ¡Te lo dije! La voz y las puntadas a mi sien regresan.

—¡CALLATE! —Bramo iracundo.

—¡Señor, pero si no he hablado!

Le doy puñetazo al estúpido del guardia aun gritando con todas mis fuerzas.

Lorhenblack se acerca a la supuesta Leah, pero no es ella.

Sus cabellos rojizos ya no están. Su nariz se ha ensanchado. Los pechos han desaparecido, y su abdomen se incrementa cada vez más, al igual que el bello en su barbilla.

—Es... es un hombre. —Dice de cuclillas observando, el viejo muy estúpido.

Mi hombre se levanta del suelo tomándose la barbilla.

—¡Manda a las tropas reales camino a Berlehz, ahora! ¡No hay mucho tiempo!

Ambos hombres corren a obedecer mis órdenes, mientras sigo observando la metamorfosis del tipo tirado en el suelo.

Brujería.

Este me mira y se retuerce en el suelo, como una gallina atada de patas que sabe que está a punto de morir. Le infrinjo patadas en su vientre hasta que me canso. Siento todos los mechones molestándome en el rostro, y los quito hacia atrás con violencia intentando tranquilizarme.

Me encamino a la celda de mi precioso león, él último que me queda; dispuesto a utilizarlo. Es lo único que he sabido controlar de esta maldición de mierda y pienso utilizarlo. Abro rápidamente y lo llamo.

No responde. Vuelvo a llamarlo.

¿Qué carajos?

Me acerco a toda prisa aun con las puntadas destrozándome la cabeza y entonces lo veo.

La serpiente muerta a su costado en el suelo.

Caigo de rodillas.

Una daga negra con rubíes incrustados en el mango yace estaqueada en medio de la garganta de mi preciada bestia y estallo en furia.

—¡MALDITOS INFELICES! —Gruño con todas mis fuerzas mirando al cielo. Doy un fuerte puñetazo al húmedo suelo.

Descubro entonces un pequeño pergamino en el suelo. Lo tomo desesperado.

"Buenos días, hermanito". 




JAJAJAJ. En tu cara mocoso! 

xD. 

¿Qué dicen de Leónidas? (Está re bueno, pa' que mentir. Cuesta ser mala con él :P) 

¿Qué opinan de todo esto? Les leo :). 

Besos y Látigos, Gre. 

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