
13. Limando asperezas (parte I).
Stefano.
Por cada paso a su habitación mi corazón aumenta en número la cantidad de latidos por minuto. ¿Qué me espera, León? Porque sí a Noré que es su amiga y confidente la trató de tal forma a mí, un esclavo más, me aguarda lo peor.
En una mano sostiene la jarra —de la cual solo queda la mitad— ha ido bebiendo de camino, y en la otra lleva sus delicados tacones. Ofuscada, se ha quitado los zapatos apenas subimos al primer piso.
Voy detrás de ella con precaución y tratando de igualar su velocidad. Pues sostengo la antorcha que ilumina nuestro andar. Pronto tres figuras se alcanzan a ver en las puertas de sus aposentos. Al acercarnos compruebo que se trata de Félix y los guardias. Ella les hace un gesto rápido para que le abran, y se adentra a la alcoba sin detenerse a mirar a su favorito quien, erguido a un costado, no ha dejado de seguir sus movimientos con la mirada confusa.
—¿Qué haces entrando a su cuarto? —Suelta con desdén cuando cruzo la puerta.
—Es largo de explicar, y aunque tuviera tiempo, no quiero hacerlo.
Al verme detenido hablando con el muchacho vuelve sobre sus pasos molesta.
—No vuelvas a mi cuarto hasta que yo no te dé la orden, Félix. ¡Debiste estar cuando se te necesitaba! ¡No ahora, idiota! —gruñe sin una gota mínima de paciencia.
—Pero...
—¡LARGO!
Los guardias cierran las puertas tras sus duras palabras, y ella ocupa lugar en la antesala de su cuarto. Se deja caer sobre el gran sofá y a los puños, susurrando insultos acomoda los cojines para estar más cómoda. León, qué carácter...
La veo fuera de sí. Se ve molesta, impaciente, más que eso, ofuscada. Es como si le incomodara estar dentro de ella misma en estos momentos. Necesito que se calme. Su caos me atormenta. Me pone nervioso, hasta me sudan las manos y todo.
—Disculpe, ama. —Opto por llamarla de esa manera—. ¿Hay algo que pueda hacer en por usted? —Consulto con timidez.
Sé que no somos amigos. Sé que no le agrado. Y probablemente me asesine por entrometerme, pero es que... su malestar me está afectando. Hace que me sienta incómodo e inútil. Quisiera ayudar... sé que puedo ayudar.
Me observa por unos segundos y luego vuelve su vista al jarrón, ahora, vacío.
—Sírveme algo fuerte. —Ordena señalándome la mesa del extremo derecho de la sala que contiene decenas de botellas y copas.
Su peinado recogido está totalmente desarmado y se lleva sus manos a la cabeza, abatida.
Quisiera decirle que no. Qué no va a hacerle bien, pero sé que no es el momento y tampoco soy quién para entrometerme. Ella es un adulto, sabrá lo que hace. Además, en estos momentos lo peor que puedo hacer sería contradecirla.
Asiento y me pongo de pie para traerle lo que ha pedido.
Me acerco a la larga y delgada mesada, opto por un whisky. Doble función: una bebida fuerte y caliente para la velada gélida que estamos sobrellevando. Preparo su copa y no puedo evitar sentir algo raro. Es extraño lo que percibo... no puedo explicarlo. Solo siento una tensión incómoda sobre mi espalda y compruebo que estoy en lo cierto al mirar de reojo. Ella me está observando...
Extiendo mi brazo para alcanzarle la bebida y me lo agradece con un asentimiento de cabeza. Sin emitir palabra alguna, me dirijo a su cuarto dispuesto a prepararlo.
Enciendo la chimenea para que el ambiente se encuentre más acogedor, saco unas mantas de piel extras de la cajonera que yace al pie de la cama y comienzo a tenderlas.
La he observado anteriormente, y, sé que tiene un libro que le gusta leer en su mesa de noche. Así que enciendo un par de velas alrededor de su cama y coloco el tomo junto a sus cojines, orgulloso. Estoy terminando de amuchar el último almohadón cuando veo su figura tendida sobre el marco de la puerta.
—Ten. Hace mucho frio. —Sostiene un vaso extra en su mano y me lo ofrece.
Me extraña su actitud, pero no voy a rechazar la oferta. Está helado y el fuego demora en avivarse. Además, deberían ver la calidad de esta bebida. Debería entregar todo mi pago como caballero si quisiera comprar una de esas botellas.
—Gracias, ama. —Quiero sonar cordial.
Suelta una risa sin ganas.
—¿Has aceptado que lo soy? —Consulta sentándose ahora en uno de los sillones frente al hogar.
Me quedo parado frente a ella procesando una respuesta.
—Lo he aceptado, sí... —confieso en un tono risueño mientras juego con la bebida.
—¿Cuándo lo has hecho? ¿Puedo saber? —Se cruza de piernas totalmente interesada y relame sus labios al terminar su trago.
Me gusta que porque se une en el mismo tono divertido. Doy unos pasos amplios mientras me hago el pensativo...
—Cuando accedí a Sr. Delatroitvz—comienzo dándole la espalda—, lo entendí. La mejor opción es obedecerle a usted siempre. —Vuelvo a ella saboreando la bebida en mis labios—. Está claro que Noré no puede intervenir.
—¿Noré, sin más? —pregunta risueña y me indica con un gesto que tome asiento frente a ella.
Acomodo mi traje antes sentarme y busco en mi mente una buena respuesta. Algo que le haga reír, que siga rompiendo este muro incómodo entre ambos.
—Ella no es mi ama —exagero la entonación de la última palabra—. Así que supongo que no debo decirle así, ¿o sí?
Una sonrisa de lado aparece en su rostro.
Quien diría que el mismísimo Vezhaltz puede sonreírte de formas tan preciosas.
Me uno a la sonrisa y, al notarlo, vuelve a cubrir su rostro con su máscara de indiferencia habitual. Hielo otra vez. Se pone de pie bruscamente y eso la hace marear. Retoma el equilibrio antes de que pueda ayudarla y se apoya en el respaldar del sillón.
Me observa fijo. Toma otro sorbo y me da la espalda.
—Ayúdame a despojarme de estas prendas.
—Como ordene.
Me acerco y tomo el diminuto gancho de su extravagante pechera de oro. Es bastante pesada. Al poner en contacto mis dedos con la seda del vestido el roce genera un pequeño choque eléctrico, y ambos damos un pequeño saltito sobre nuestro lugar.
—¡Ten cuidado! Es solo sacar una prenda, campesino. —Levanta la voz.
—Lo sé, lo sé. Lo siento. Ha sido un accidente.
—Pues ten más cuidado. Es sumamente costosa —gruñe.
Suspiro con violencia y ruedo los ojos.
¿Por qué tiene esa necesidad de tratar a todo el mundo mal siempre?
Vuelvo a retomar mi accionar con sumo cuidado, y mis nervios comienzan a salir a flote debido a su alteración. Me concentro en tomar el diminuto gancho en contraste con mis grandes y toscas manos e intento desabrocharlo.
Fallo.
—Está atascado. Hay unos hilos de la tela del vestido que se han enganchado y dificultan su apertura —explico intentando que deje de repiquetear su pie contra el suelo en señal de impaciencia.
¡Yo debería ser el impaciente! ¡Es ella insoportable!
—Eres un inoperante, eso sucede. La sirvienta lo colocó perfectamente —masculla, tambaleándose un poco, pero continúa empinando la copa de modo que sin quererlo la tira y chorrea el líquido por todo su escote —. ¡Ahg! ¡Mira lo que me haces hacer!
En ese mismo momento logro desprender el broche. Su grito va acompañado del alejamiento de mi persona en forma brusca, por lo que el precioso accesorio sufre una ruptura en una de sus cadenas.
Al sentir el agudo sonido del material impactando en el suelo gira colérica, viendo con odio lo que acaba de suceder.
León, ya.
—¡Ni en las mil vidas vas a poder pagarlo! —grita y por el accionar violento cae sentada en su cama. Las mantas y los cojines suavizan su caída y se hunde de forma exagerada en el mullido colchón.
Tranquilo, Stef. Respira, respira. No te rías, no te rías.
—No te quedes parado ahí. La copa se te cayó, tráeme otra —balbucea mareada.
—Terminaré de desvestirle para que pueda descansar, y ya luego traigo más vino.
Asiente no muy convencida. Prosigo por sus muñequeras y cuando solo queda el vestido desabrocho los botones y me alejo para darle su espacio.
—¿A dónde vas?
—¿Le doy su privacidad? —pregunto con sarcasmo ante lo obvio.
—No.
—¿No qué? —inquiero a ceño fruncido.
Ella duda unos segundos en responder...
—No...no puedo en este estado. —Quedo con la boca abierta por su confesión. ¿La señora omnipotente no puede hacer algo? —. Además—carraspea—, para eso te tengo. Solo obedece —Ordena. Su extremo orgullo surge de nuevo.
—De espaldas. —Demando cansado de tanta altanería.
Me regala una de esas miradas asesinas, pero decide por darse la vuelta.
Comienzo por las mangas. Deslizo con delicadeza mi mano sobre el material y es inevitable no detenerme en su espalda. Tiene unos cuantos lunares en tonos marrones que indican un camino hasta su nuca. Cuando los pulpejos de mis dedos se ponen en contacto, el contraste de mi mano fría y húmeda con su piel cálida y firme produce que sus poros se ericen y lance un leve suspiro.
Continúo y bajo el traje siguiendo la línea de su hombro. El vestido ahora está a la altura de su cintura dejando expuesta la sinuosidad de sus curvas. Las vértebras marcadas en su espalda me indican el camino bajo hasta su cadera, donde aún hay ganchos cerrados que mantienen sus partes cubiertas.
—¿Puedes apurarte?
—Se-seguro. —Meneo mi cabeza para continuar enfocado.
A lo que va, hombre.
Uno de ellos se encuentra sumamente cerrado, por lo que ejerzo más fuerza de la habitual y aun no consigo abrirlo.
—¿Pero campesino... nunca desvestiste a una mujer? ¡Por los dioses! —Se enfurece y comienza a removerse para sacarlo ella misma, aun cuando yo sigo con las manos en el vestido.
¿Por qué no puede quedarse tranquila? ¡Es solo un minuto! León, que mujer.
Sus movimientos poco acertados y exacerbados la hacen caer a la cama arrastrándome con ella. Para cuando quiero reaccionar se encuentra con sus rodillas apoyadas en el borde la cama y su torso tendido sobre la superficie. Estoy arriba suyo, una de mis manos cercana a su cabeza y la otra bajo uno de... sus pechos. Mi entrepierna está apoyada sobre sus glúteos y tengo de pleno paisaje la imagen de su cuerpo debajo de mí con la diferencia de tamaño entre su cintura y sus caderas.
P.O.R. T.O.D.O.S L.O.S. D.I.O.S.E.S.
Intento respirar profundo y así calmar a mis nervios, pero ese aroma cítrico y dulce que emana de su pelo ahora despeinado me invade. Al intentar quitar la mano de ese lugar incómodo, mi palma contiene su seno por completo. Me tenso. Es suave pero firme a la vez y sumamente cálido. Sobre que ya la situación es bastante embarazosa suelta un leve gemido.
Trago grueso. Un espasmo se produce en la parte baja de abdomen. Y sí. Jamás he desvestido a una mujer. Siento mis pómulos arder y rápidamente intento ponerme de pie, aunque este estúpido colchón está mullido y no me permite salir rápido. Tengo todo el maldito rostro caliente desde la frente hasta el pecho. Mi abdomen se contrae y el corazón me bombea más rápido de lo normal.
—Lo siento señorita. De verdad. —Me disculpo con rapidez —. Creo que ya es hora de descansar. —Intento cambiar de tema.
—Ni pienses que vamos a dormir juntos en la misma cama. No soportaría ese olor nauseabundo que cargas por más a la orilla que estés —espeta en un tono agudo mientras se acomoda.
Gracias al León también deja pasar el incómodo momento. Pero esas palabras son la gota que logra rebalsar el vaso. Soy su esclavo ahora, sí. Pero no me dejaré humillar. Menos si mi trato para con ella es de sumo respeto.
—¿Pues quien dice que yo quiero dormir junto a usted? —espeto con determinación. No es gritando. No es subiendo ni la voz ni de mal modo. Tan solo pongo límites.
Soy una persona. ¡Soy simplemente una persona!
—¿Disculpa? ¿Con qué autoridad me dices eso? —escupe con los ojos abiertos de par en par.
—Con la autoridad que tengo como una persona de carne y hueso que siente igual que usted. Siempre la he tratado bien... ¿No puede devolverme con la misma moneda? ¿O tan insegura es de usted misma que debe rebajar a los demás para sentirse en la cima?
Ay. Lo noto cuando la veo abrir sus ojos de par en par. Me pasé. Se levanta de la cama hecha una sola furia, y con uno de sus brazos envuelve sus pechos. Grita totalmente sacada de sí y comienzo a arrepentirme al instante. De reojo observa las espadas que yacen colgadas en una de las paredes de su habitación y vuelve la vista a mi persona, sonriendo como la vil serpiente de Vezhaltz.
Demonios. Pero gracias al León qué no soy tan estúpido como parezco, y me doy cuenta de sus intenciones. Atino a correr y ella también lo está haciendo en la misma dirección.
—¡VOY A CORTAR TU MALDITA LENGUA, INFELIZ! —masculle mientras empuña la espada de arriba al tiempo que llego a tomar una del medio en el mismo momento—. ¡Te voy a enseñar a respetarme, mal nacido! —grita alzando la espada por encima de su cabeza.
Tropiezo con la alfombra y caigo sentado sobre mi trasero, pero cubriéndome a tiempo con el arma para frenar el ataque. El chillido estrepitoso de los metales chocando y su falta de reflejos me dan el tiempo necesario para ponerme de pie con rapidez.
Aquí vamos, tirana. Seguirás escuchándome hasta que logres entender.
—¡Qué casualidad mi bella dama! ¡Eso mismo te estoy pidiendo! —grito agitado cuando debo cambiar con agilidad mi posición tras su siguiente avance.
Su espada recae con ferocidad sobre el tocador haciendo que el espejo estallé por completo. Los vidrios y objetos en él caen esparciéndose en miles de pedazos al suelo.
—¿¡Quién demonios te crees que eres para pedirme tú a mí respeto!?
Apunta a mi pecho y toma carrera. Contraataco con la tenacidad de mi espada. El eco del impacto produce que ella suelte arma debido a la fuerza contraria. Ágilmente la traigo hacia mí por su cuello sosteniéndola con firmeza... dejándola de espaldas a mi torso con el compás de nuestras respiraciones agitadas.
—Soy su esposo, Sra. Delatroitvz —La vuelvo a retar.
Las puertas de nuestra habitación son tocadas con alteración y aprovecha ese momento para propinar un puño a mis testículos.
—Mal-maldita tirana —Caigo al suelo arrodillado. El aire me falta.
¡Ese ha sido un golpe bajo!
Sonríe con malicia y corre hacia la puerta. Me levanto con velocidad para alcanzarla, aunque no puedo negar que tengo los ojos llenos de lágrimas y un grito ahogado en mi garganta tras el punzante dolor. Para cuando ambos llegamos a abrir las puertas Ayzhi, Noré, Alexan, un par de sirvientes más y hasta Anub, aguardan con unas expresiones dignas de retratar.
—Eh... El Sr. Anub me advirtió sobre ruidos extraños provenientes de aquí —Suelta Ayzhi anonadado y todos nos miran de pies a cabeza.
Me despojo de mi saco rápidamente al darme cuenta de su desnudez y la cubro.
—¿Está todo bien? —Frunce su ceño.
Alexan me guiña un ojo mientras niega con su cabeza risueño detrás del mayordomo. Noré sonríe y se lleva una de sus manos a la boca. Las sirvientas nos miran estupefactas y Anub, bueno. Está totalmente serio esperando una respuesta. Tiene una cara de desaprobación que me está poniendo a temblar.
Mi odiosa esposa lo mira incrédula mientras solo se limita a sonreír.
—Solo... —Tomo la palabra —, solo limábamos asperezas ¿verdad querida? —La atraigo hacia mí rodeándola por los hombros mientras unas carcajadas de miedo afloran de mi boca.
Está endurece su cuerpo, pero no tiene otra opción que sonreír y seguirme la corriente.
—Así es, jaja —Suelta una risa nerviosa mirando a Anub mientras pellizca mi espalda y gruño—. Cosa de matrimonios, ya saben...
Anub se mantiene con sus impenetrables ojos azules observándonos. Tiene sus manos cruzadas tras su espalda y nos mira por encima de su barbilla. Tras los peores segundos de incomodidad jamás vivida, una sonrisa de lado retorcida aparece en su rostro.
—Claro que sí, mis queridos. Entiendo de estas cosas... —Se acerca a nosotros y temo por su accionar, pero solo me da una fuerte palmada sobre mi hombro y comienza a reír haciendo que la gravedad de su voz retumbe en todo el pasillo —. ¡Así es el matrimonio señoras y señores! —grita, entusiasmado—. Bien. Hora de dormir. —Nos observa con orgullo y una mezcla de extraña ternura. No sé, está demente.
Todos regresan a sus lugares luego del espectáculo. Cerramos la puerta con lentitud, y su postura desafiante vuelve a enfrentarme.
—Tus días están contados. Ni bien el príncipe saqué sus pies de mi castillo eres hombre muerto. —Enfrenta su rostro al mío y siento su aliento chocando mis labios.
—Como quiera la Sra. Tirana, pero por ahora queda dormir, esposa mía. —Afirmo con descaro.
Se acabó el Stefano que todo lo soporta. Sí todos hacen conmigo lo que quieren cual títere, yo también comenzaré a jugar y poner mis cartas sobre la mesa en este estúpido juego.
UY, KIETOS. QUE STEF TIENE MUCHAS FACETAS Y LA VIDA DA MUCHAS VUELTAS, SINI.
*inserte RISA MALEFICA*
Besos y látigos para ustedes, amas mías <3
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