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Al que le quede el saco...

Después de retorcerme y chillar como un cerdo cuando me jalan hacia el interior de un sótano, al fin puedo ver la luz. La luz de un foco para ser más precisos. Estoy a punto de gritar a los oficiales que estoy siendo secuestrada, cuando me doy cuenta de no son secuestradores los que me retienen.

Cuando se acerca a mí bastante, reconozco al muchacho que comentó todos los juegos, luego, me hace una señal de silencio mentras me indica que lo siga a él y a su séquito de organizadoras y organizadores a un cuarto lejos de la puertita de entrada que da a la calle.

―Tenía muy buena impresión de tí chica, sabía que ibas a ganar desde un principio―dice estrechándome la mano.

―El otro enmascarado me ayudó―contesto un poco turbada―.Él también merece una parte del premio.

―Y se lo vamos a entregar en cuanto llegue.

―¿Dónde está Carmina?

―Se salió de la competencia o la agarró la policía, como a todos los demás.

―¡Qué mala suerte!―digo para mis adentros.

Es un tanto irónico que yo estuviera tan cerca de ser atrapada y tuviera que salir del embrollo por mi cuenta, y ella terminara arrestada (si es que es así). Mis malos pensamientos apuestan más por la teoría de que me abandonó, por lo que me lavo de toda culpa.

―¿Y cuando es la ceremonia de premiación?

―Ahora mismo, mira, esto va a tener que ser austero considerando la redada, al menos no hubo disparos esta vez. ¿Bety?

Una chica, Bety, se acerca y pone un cajón de refrescos en el suelo y me coloca una corona de cartón de Burger King.

―Por el poder que me confieren los organizadores―dice asintiendo hacia los demás que devuelven el gesto―.Y nuestro fundador tras las rejas, yo te nombro campeona alfa de los Juegos del Calambre.

Unos cuantos aplausos provienen de las siluetas en penumbra.

―Oh, muchas gracias―contesto recibiendo un sobre con mis flamantes mil quinientos pesos y a continuación me pasan una banda por el cuello.

—Te esperamos el próximo año―dice el muchacho con vehemencia.

―Ya veremos, ahora quisiera saber ¿alguien me puede llevar a mi casa?

El sol brilla en una mañana resplandeciente, nueva y maravillosa. Los juegos han quedado atrás y puedo pasar la página a lo que sigue.

Voy casi dando saltitos por las calles del centro mientras me acerco al parque donde Alex me espera en el Kiosko.

A como están las cosas será cuestión de nada para que Chino salga del reformatorio y se olvide de que los dos existimos. Todavía me hace un poco de ruido que no sepa qué le pasó a Carmina, pero asumo que nada muy malo porque de lo contrario ya lo sabría. Como dice mi papá: "las noticias malas siempre tienen alas".

Sujeto la correa de mi bolsito cruzado mientras voy saltando para esquivar la línea entre las baldosas.

―¡Pareces maníatica!―grita Alex, está apoyado en la baranda filmándome con su celular y sonriendo de oreja a oreja.

―Sin paparazzis―le contesto aterrizando al pie del kiosco y luego subo corriendo las escaleras.

Estoy muy contenta de verlo, ya que aceptó mi propuesta de comprar su traje. Me advirtió por mensaje que sólo si él pagaba la mitad. No se pueden ganar todas, pero me parece un buen trato, además hay un par de bailarinas que me he querido comprar desde hace tiempo y ese dinerillo extra me viene de perlas.

―¿Lista?―dice metiendo las manos en su bolsillo rápidamente y guardando su celular.

―Como nunca, mi Capitán―respondo poniéndome firme y haciendo un saludo militar.

Un rato más tarde vemos aparadores y nos decidimos por la primera tienda de trajes en renta que vemos.

Buscamos en el mismo rack y vamos recorriendo los trajes que quedan descartados.

―Uh, ¿qué tal este?―le digo mostrándole uno blanco con faja azul cielo.

―Ni que fuera a patrocinar pollo frito.

―¡Este!―anuncio sobreponiéndole un traje de cuadritos diminutos con corbata de moño.

Con la cabeza apenas asomando del gancho, protesta.

―Tampoco voy a presidir un funeral, ¡tienes muy mal gusto!

―Es que no sabes apreciar el estilo.

Entonces, agarra al azar algunos y ya en su antebrazo revisa la talla.

―¿Ves? Así de fácil.

―Aguafiestas.

Cierra la puerta del probador, y se escucha que forcejea.

―¿Problemas con la cremallera?

―Nunca he tenido problemas en ese departamento, muchas gracias.

Me doy vuelta y me recargo en la puerta.

―Cómo si me fueras a contar si te hubiera pasado.

―No creo que estos me queden.

―Déjame ver.

En realidad, no creo que vaya a hacerlo, pero escucho el click del picaporte, así que me aparto y espero que abra.

―¿Qué tal?―dice orgulloso con las manos tras la espalda.

―Ese es perfecto—me burlo.

Las mangas del saco le quedan a la altura del antebrazo, le queda medio estómago de fuera y los pantalones dejan ver sus tobillos.

―Mejor vamos a otra tienda―susurra para que no escuchen los dependientes.

Optamos por ir a una tienda departamental, y cuando pasamos por la sección de los zapatos me quedo con la boca abierta al contemplar el más perfecto par de bailarinas rojas que podría existir.

―¡Tienen que ser mías!―babeo.

―¿Qué las hace especiales? Son iguales a todos los demás zapatos rojos que hay aquí.

―Tú no sabes de esto porque eres hombre.

―¡Es un comentario muy sexista!

―No es cierto, lo que pasa es que no creo que sepas mucho o poco sobre zapatos de mujer―digo cuando abordamos la escalera eléctrica―.Como la mayoría de los hombres―susurro.

―Sí sé, mira está los zapatos de tacón, y luego todos los demás. No hay mayor ciencia, yo no me fijo en los zapatos sino en la chica.

―Pero las chicas en tacones llaman más la atención de los de tu género.

―Yo no puedo hablar por "mi género" sino por mí―anuncia cuando llegamos al segundo piso― Y luego ¿por qué zapatos rojos? ¿por qué no plateados o de cristal como de Cenicienta?

―Porque me gusta Dorothy, del Mago de Oz, ya sabes, choca los talones de sus zapatos y puede viajar con ellos, las zapatillas de Cenicienta no tenían ningún poder mágico, eran de cristal y ya.

―Te informaron que los zapatos mágicos no existen ¿verdad?―dice inclinándose a mi costado y quitándose un segundo después para dar paso a una pareja de ancianos, por lo que no puedo desquitarme.

Finalmente, llegamos a la sección de Caballeros y luego de una selección concienzuda, Alex elije tres trajes para medirse. Descarta los dos primeros y me los pasa por arriba de la puerta.

―Ni loco te dejo que me veas con estos.

―Aaah, le quitas todo lo divertido a las compras.

―Sólo te puedo decir...―grita justo cuando pasa una señora de aspecto severo con un niño pequeño―¡que no dejaba nada a la imaginación!

Me tapo la boca y aguanto la risa, pero no me salvo de que la señora me mire de forma acusadora.

―¡Eh! ¿Te comieron la lengua los ratones?―dice, y yo espero a que la mujer se aleje.

―Tu discreción casi me cuesta que me dieran unos bolsazos―susurro pegándome a la puerta―.Dime que ese traje si te quedó.

―Si me quedó.

―Espero que no sea sarcasmo.

―No es.

―¿Y puedo ver?

Alex guarda silencio por un rato.

―Así está bien, me lo llevo.

―Oye, si no te queda y lo escoges para salir del apuro luego te vas a arrepentir.

―Despreocúpate mamá.

Entorno los ojos.

―Ya, no seas tan ridículo, ¿qué tal si tu crees que se te ve bien y te ves horrible?

―Por favor, nunca vayas a trabajar de dependienta.

Cuando al fin abre la puerta, y sin previo aviso, casi se me cae la quijada al suelo. El saco y los pantalones le quedan justo a la medida, y así descalzo parece uno de esos modelos de revista, no guapos-guapos-perfectos-cara-de-niña sino del tipo esbelto y masculino.

―¡Válgame si estás guapísimo!―digo llevándome las manos a las mejillas, lo cuál es bueno en caso de que mi quijada se desprende que no caiga al piso.

Alex se rasca la nuca y se sonroja un poquito.

―¿Tú... tú crees?

―¡Si claro! ¿Todavía lo dudas? Oiga, señorita―digo a una de las dependientas―¿Verdad que es el chico más guapo que haya visto?

Ella responde que si.

―No... ¿qué haces?―masculla Alex―Agarrando el picaporte.

Dejo ir a la dependienta y voy hacia Alex, sujeto el otro extremo del picaporte impidiendo que cierre.

―Tienes que estar orgulloso de tu belleza―me burlo, pero luego reparo en su mano que está manchada de pintura.

―Está bien si lo piensas―dice azotando la puerta cuando la suelto―.Pero no deberías exhibirme con los extraños.

―Bah, qué sensible. Pásame el traje para irlo a pagar.

Alex me lo pasa y cuando agarro el saco se siente todavía tibio.

Voy hacia la caja, rebuscando en mi monedero.

La cajera marca el precio y dobla el saco con sumo cuidado guardándolo en una bolsa cuadrada.

―Aquí tienes el traje de tu novio.

―¿Alex? No―aclaro riéndome―. Él no es...

―¿De verdad? Creí que sí por como se llevan, además por cómo te mira.

―¿Cómo me mira?―digo guardando el cambio y procesando esa observación.

―Bueno, pues si no tienes novio y te gusta un poquito deberías de considerarlo.

―Ajá...―le respondo aturdida y un poco ofuscada por su entrometimiento.

No entiendo qué le pasa a la gente, mis papás, Clara, todos de algún modo creen que a mí podría interesarme Alex. No digo que no tenga su encanto, pero a él le gusta Carmina, eso no se puede negar.

―Señorita―dice un señor entrado en años―. Quiero devolver este traje, lo compré ayer pero mi esposa dijo que no era mi tipo.

La caja registradora emite un sonido de Caching.

Mi tipo.

Algo que no es mi tipo.

"No creo que yo sea su tipo."

La pintura roja en la mano de Alex.

El enmascarado.

¡El enmascarado y Alex!

―¿Todo bien? Vamos por tus zapatos―dice acercándose.

Me quedo pálida y le entrego la bolsa sin decir nada. Alex va platicando sobre su odisea a la hora de probarse la ropa, mientras mi cabeza va dando vueltas.

Ay Dios, Ay Dios, Ay Dios.

Estaba hablando de mí en la cloaca.

¡Yo le gusto!

―¿Sabes qué? Tengo que irme.

Él me mira sorprendido.

―Estás sudando.

―Creo que me sorprendió algo, algo que le pasa a las mujeres cuando...¡nos vemos el lunes!―digo echando a correr.

Alex dice algo, pero no puedo oírlo, mientras me alejo a toda prisa.

***

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