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Capítulo 9 Lágrimas

Un único plan. Controlar sus sentimientos hacia su rival, sólo eso pedía. Y si no era posible, al menos notarlo en un escenario menos deprimente.

La semana de exámenes inició, todo el mundo estaba de un lado a otro, y honestamente el grupo de amigos formado en el caso fuga no pudo estar junto todo el tiempo.

Hasta el final de los exámenes se lograron reunir a duras penas. Era sábado, día de descanso al fin, y con eso en mente iban de camino a la sala común para pasar un rato y ponerse al corriente.

"Entonces, ¿ya tienen los resultados de sus exámenes?" dijo un contento Midoriya por reunirse de nuevo. "Yo saqué noventa sobre cien." dijo con una sonrisa maquiavélica.

"Aprendan malditos extras" Bakugo azotó una su mano contra la mesa de centro. "Noventa y ocho sobre cien" sonrió amenazante.

"Maldición, saqué noventa sobre cien, también." Se quejó un pelirrojo "¿Debería irme despidiendo de mis ahorros?."

No tan ansiosos por saber la respuesta casi predecible de su compañero, voltearon hacia Shoto esperando su respuesta.

“Noventa y nueve sobre cien” aunque su expresión no cambió mucho de la estoica y seria que tenía, se podía notar un leve orgullo por aquel resultado.

“Mierda.” dijeron los tres al mismo tiempo.

“No es posible, hubieras sacado cien al menos.” exclamó Ejiro.

“La verdad es que ya sabía que esto pasaría, de algún modo.” concluyó Midoriya.

Mientras tanto, la cabeza agachada del rubio Bakugo los tomó por sorpresa, y con ellos su curiosidad iba en aumento.

“¿Bakubro?” llamó el pelirrojo, posando una mano en el hombro tambaleante de su amigo.

“¡JAJAJA!” rió Bakugo con fuerza, espantando a todos a la vez provocando que Midoriya casi cayera hacia atrás con todo y silla. “¡Sólo una maldita décima! La próxima vez, ten por seguro que te alcanzaré, y para el final del año te rebasaré.” 

“¿Es una amenaza?” la cara del bicolor que anteriormente había estado calma, se encontraba en un regocijo divino por tan retadoras palabras. Y aunque parecía estar sonriendo, su esfuerzo fue tanti que terminó por asustar a sus acompañantes.

“Si tienes las agallas.” correspondió Bakugo.

La conversación se vio divertida por unos momentos más, pudieron realmente haber pasado horas cuando Shoto recibió una llamada.

“Ahora vengo, debo contestar.” avisó al notar que el número de llamada era de su hermano Natsuo. Un poco más lejos, aunque no tanto, pudo responder a la llamada. “Bueno, qué sucede.”

“¿Shoto?” Habló la voz a través de la línea.

“Si, soy yo. ¿Qué sucede, Natsuo? Te escucho algo agitado.” su respiración se vio comprometida, haciendo un vaivén nervioso en su pecho.

Los chicos que seguían en la mesa miraron la repentina reducción de palabras y el incremento en su ritmo respiratorio.

“Mamá ha...” 

El celular de Shoto cayó al piso, resonando por toda la sala común. Esto, más pronto que tarde alertó a sus amigos sentados ignorantes a la verdad detrás de esa llamada.

La mano de Shoto seguía vacilante, aún así, dio su intento para llevarse ambas manos a la cara, tratando de hacerse creer que si no veía nada, podría desaparecer de este mundo y dejar de soñar.

Pero esto no era un sueño.

Sus amigos lo llamaban, pero eso era apenas audible para él, no estaba enfocado, y temía no estar en la misma realidad que ellos. El bullicio sólo entraba por una oreja y salía por otra, sin ninguna intención verdadera por ignorarlos, él sólo quería irse de ahí.

De rodillas terminó por caer al piso, con ambas manos aún en su rostro, evitando ver la verdad, las lágrimas empezaron a brotar. Eran interminables, largas y saladas; eran las únicas que podrían comprender su verdadero dolor, y también eran las posibles ayudantes para que éste se fuera.

Pero por alguna razón, ese sentimiento de tristeza y pesadumbre, no se iba.

“¿Shoto? ¿Shoto?” llamó Midoriya, pero ni con su conocida voz pudo entrar en consciencia.

“Maldita sea, háganse a un lado.” gritó con poder el rubio cenizo, quien desesperado por calmar a Shoto, lo único con lo que pudo hacer fue la gran bola de gentío de su salón que se había formado.

“Ba...kugo” llamó débil, no sabía si las palabras que estaba diciendo siquiera iban en el órden correcto, o si existían. No tenía idea, pero aún así, el rubio se acercó.

“¿Si? ¿Qué sucede?” respondió vacilando entre si posar su mano en su hombro o darle alguna clase de espacio personal.

“Mi madre ha... muer... mu... murió.” dijo al fin y Bakugo miro a Midoriya, él de inmediato le indicó que le devolviera la palabra.

“¿Qué, qué debería hacer ahora?” preguntó realmente no sabiendo qué hacer.

“Abrázame.” imploró Shoto.

Así, Bakugo acató la órden sin objeciones. Haría de todo para no ver de ese modo a su amigo, o de no poder hacer mucho, al menos intentaría aminorar la carga que llevase en sus hombros.

Un ambiente desesperante era el que yacía dentro de ese hospital. Bakugo, con sus manos tensas en sus rodillas no podía mover su vista del piso.

Natsuo, Fuyumi, Enji y el mismo Shoto entraron al cuarto donde su madre había permanecido en coma durante tanto tiempo. Donde ellos la visitaban con las esperanzas de que algún día de podrían encontrar nuevamente. Volver a comer juntos, o volver a salir de compras, o simplemente volver a ver sus ojos, que ya no podían recordar.

“¿Saben algo de Touya?” preguntó la única voz femenina que ze encontraba en el lugar.

“Dijo que arregló un vuelo para acá.” habló la voz del hermano mayor. “Estará aquí en unas once horas.”

Bakugo no era alguien que espiaba personas, mucho menos en eun momento de duelo como este, pero las paredes eran un poco, bastante, delgadas.

“Hey, Shoto, ¿estás bien?” preguntó la misma voz femenina.

“No.” se escuchó débilmente. Seguido de pasos, el rubio miró hacia la habitación. Entonces las puertas se abrieron y la cara de angustia en el Todoroki menor disminuyó al ver a su acompañante de emergencia. Con cuidado y pesar se sentó en una silla al lado de la del contrario. “Lamento haberte hecho venir hasta aquí para que sólo pierdas tu tiempo sentado en una silla de hospital.” dijo esta vez con un tono más calmado que la última vez que hablaron.

La situación fue un poco difícil. Tras un rato de la llamada, el profesor Aizawa alertado por alguna persona fue a verlo y lo separó de Bakugo. Hasta tiempo después Bakugo supo que contactaron con su familia nuevamente y le pedían ir al hospital, pero Shoto re rehusaba diciendo que no podría lograrlo.

En cuanto se enteró, Katsuki fue a dar la cara instandole a dejarlo ir con él. De algún modo, tanti Aizawa como los Todoroki terminaron aceptando.

“Fui yo el que eligió pasar tiempo aquí.” contigo, también quería decir, mas no era ni momento ni lugar para empezar a decir cosas como esa.

El brazo del más bajo se pasó por detrás de sus hombros, haciendo que el bicolor acurrucarse más cerca de él. En algún punto en el que su cabeza se quedó cómoda en el hombro amigo, el sueño fue adueñándose de él. No era para menos, entre todo eso, la noche ya estaba cayendo sobre la ciudad.

El calor corporal de Shoto, le agradaba, pero debía admitir que la posición en la que quedó porvocó en sus extremidades un adormecimiento.

Recordando que los Todoroki salieron de la habitación hace ya un buen rato, dejó acomodado como pudo al bicolor, sintiendo la curiosidad por conocer, o al menos saber cómo lucía la madre de Shoto.

¿Tendría la misma hermosura? ¿Los mismos colores de cabello?

Con eso en mente entró un poco apenado a la habitación.

“Siento la intromisión.” dijo como si alguien lo fuese a escuchar.

Las cortinas, la camilla, las sábanas, todo era de un blanco tan deprimente. Siempre se preguntó porqué los hospitales debían ser de ese color. Probablemente era porque en el blanco no resguardas memorias de un lugar tan horrible viendo a tus seres queridos sufrir de inerrables dolores y momentos.

Lentamente se dirigió a la camilla, donde pudo apreciar el rostro de la mujer descansando en paz.

Aunque.

¿Los muertos realmente descansan?

Sus facciones lucían hermosas a pesar de haber sido arrastradas por la edad y los años sin actividad física y de único nutriente la intravenosa a un lado que yacía vacía. Su cabello blanco le recordó al de su hijo, de ese del que estaba sintiendo cosas. Su piel blanca, esa también la heredó Shoto.

“¿Cuidarás de mi hijo?” escuchó una voz, pero no supo de dónde venía, porque cuando se dio la vuelta, Shoto lo miraba analizando sus movimientos.

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