
-11-
El sol la despertó como de un sueño, uno que había sucedido en la vida real. Por un momento, le costó trabajo ubicar en dónde estaba y qué día era. No había tomado una sola gota de alcohol el día anterior, pero algo así se sentía. Estaba desorientada y con los ojos borrosos.
Sus hermosos perros la siguieron hasta la puerta del baño y ella acarició sus cabezas, por una parte, para saludarlos, pero también para tener algo que la anclara a la realidad.
Ya en el espejo del baño, se llenó el rostro de agua helada y poco a poco intentó recobrar la compostura.
—Ayer, ¿salí con Gabriel? —se preguntó a sí misma en el espejo, permitiendo que la expresión de sorpresa tomara protagonismo—. Oh, Dios. Ayer salí con Gabriel.
Volvió a llenarse el rostro de agua y miró el tiempo en su reloj. Lo de los tacos había sido muy breve, pero pasaron horas juntos en aquella plaza. Aún tenía que ir a la oficina, pero por primera vez no quería.
Tal vez estaba sobre pensando las cosas. No es que fuera...
🖤
—Sí era una cita —le contaba Gabriel a Alberto mientras se acomodaba en su cubículo. La cara le brillaba de alegría y sus ojos confirmaban que aquella reunión había salido de lo mejor.
—¿Y ahora qué harás?
🖤
—¿Y ahora qué haré? —se preguntaba también Jennifer, de camino a la oficina.
No lo había pensado bien, no lo había pensado bien en definitiva. ¿Cómo era posible que se metiera en un embrollo para meterse en otro durante su descanso? Ni siquiera se podía decir que su intento por sacarle información a Gabriel hubiera sido fallido, porque no lo había siquiera intentado durante toda la salida.
Se dio un golpe con la palma de la mano cuando las puertas del metro se le cerraron en la cara. Sí, definitivamente ese tampoco era su día.
Esperó el siguiente convoy recargada en la pared. Ahora que le había dado ilusiones a ese chico tenía que trabajar en desencantarlo lo más rápido posible, porque si no lo hacía, esto podría salírsele de las manos.
Cuando las siguientes luces alumbraron, creyó que había encontrado la solución. La iluminación para el problema del chico nuevo. Sacar a Gabriel parecía demasiado complicado, demasiado engorroso y demasiado fuera de su control como para llevarlo a cabo. Lo mejor, definitivamente, era que dejara las cosas en paz, tranquilas, así como tenían que estar.
Tal vez estaba dándole demasiada importancia a esta "distracción". Finalmente, si le dejaba de prestar atención al chico, tarde que temprano se aburriría y las cosas volverían a tomar su curso. Las personas de la oficina dejarían de prestarle tanta molesta atención y las cosas irían por un mejor camino para su descanso. Cuando volviera a ser la Rosa Negra, la vida brillaría de su lado.
El convoy abrió sus puertas y ella sonrió.
Sin embargo, esa sonrisa no duró demasiado. Las personas en la oficina la miraban con una sonrisa similar en sus rostros. Seguro el bocón de Gabriel ya les había contado todo y ella no podía desmentirlo precipitadamente. Todos la habían visto salir con él del edificio.
¡Tan solo habían ido a la plaza! ¿Por qué a todos les importaba tanto?
Llegó a su cubículo lo más pronto posible y se colocó los audífonos. La música apenas comenzaba a bloquear todo estímulo externo cuando notó un pequeño post it en su computadora.
"Me la pasé increíble, gracias a ti por querer pasar la tarde conmigo"
-Gabriel.
La chica se apresuró a despegarla, pero en realidad casi todos habían visto la nota. Estaban a la espera de su reacción, pero ella no les daría ese gusto, se fue corriendo al baño con el volúmen bien arriba y la nota en el bolsillo.
Tomó un respiro, dejó que la calma volviera a envolver sus pulmones. Se supone que aquello era un descanso, no una prueba de fuego.
Quería volver a echarse agua en el rostro, pero en ese momento, un sonido perturbó su tranquilidad.
—Hola, Jenny —era Érica, la chica de Recursos Humanos, que salía de uno de los cubículos—. ¿Cómo estás?
—Bien —respondió ella sorprendida. No era el momento para establecer una conversación, así que comenzó a acomodarse el cabello frente al espejo para disimular.
—Me enteré que estás saliendo con Gabriel.
El desayuno casi sale por donde había entrado en la mañana y el mareo se apoderó de sí.
—No, bueno sí, pero no en ese plan... tan solo me acompañó por unas cosas al centro comercial.
Érica la miró con ese gesto pícaro que uno suela hacer cuando las personas están mintiéndonos a propósito.
—Sí, por supuesto... Oye, sé que la empresa lo prohíbe en sus políticas, pero soy una romántica empedernida. ¡No te preocupes por mí! En realidad, creo que hacen una linda pareja.
La furia empezó a apoderarse de ella. Quizá era una combinación tan fuerte de tantos sentimientos que necesitaba que al menos una emoción tomara el protagonismo. La sentía ahí como siempre la había sentido, lista para que le de órdenes. Lista para destruir un imperio si era necesario, estaba preparada para permitirle destruir la misma empresa.
La chica salió del baño sin siquiera despedirse y después se dirigió al cubículo de Gabriel con el rostro enrojecido, pero esta vez por el fuego que crecía en su interior.
—¿Le estás diciendo a todo el mundo que algo pasó entre nosotros ayer?
Los ojos de toda la oficina nuevamente volvieron a colocarse sobre ambos.
—¿Cómo?
—¡Sí! Porque parece que todo el mundo tiene incluso más detalles de los que yo llegué a tener sobre nosotros ayer. —La chica giró con furia a mirar a todos los que estaban siendo espectadores—. ¡Sí! Para quien quiera saberlo, ayer salimos. Fuimos a la aplaza, comimos churros. ¡No es para tanto! No somos novios, ni lo seremos, fin. ¡Ah! Y me compré una carcasa y él se compró un cargador.
Toda la atención comenzó a disiparse, aunque por supuesto, era un desenlace que resultó interesante para todos.
—No sé qué te pasa, pero no me gusta que hablen de mí a mis espaldas, ¿queda claro?
Gabriel se quedó mirando cómo Jenny se alejaba de vuelta hacia los baños. Érica había estado asomada todo ese tiempo, así que notó que el caminar era tan firme que el cabello de esta última voló un poco.
—Creo que lo arruiné —soltó el joven mirando su nuevo cargador.
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