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La noche cayó y me sentía nerviosa, pensando en una manera de no darle más preocupaciones cuando me viera.
Zacarria tardó más de lo esperado en organizarlo todo.
Fue al verlo ajustar la computadora de cara a la pared, cuando comprendí el motivo de su meticulosidad. Eliminó cualquier objeto que pudiera aparecer en cámara, e hizo algunos arreglos en su antiguo portátil. Todo eso para asegurarse de que no fueran a localizarnos.
Luego se aproximó a mí, pero retrocedió al darse cuenta de que se había acercado demasiado.
—Recuerda nuestro acuerdo. No me des más problemas, ¿entendido? —Me hizo un gesto para que tomara asiento en la silla de frente al computador.
Digitó varias instrucciones sobre el teclado. En una página en blanco con el encabezado Pulse Web, surgió un cuadro de diálogo oscuro, poblado por una sucesión de caracteres alfanuméricos. Siguiendo un proceso similar al que había observado en innumerables películas, ingresó algunos comandos. Lo hizo con la destreza de un programador experimentado.
Una vez que una barra de progreso emergió en la pantalla, se alejó, pero no se apartó de mi lado. A medida que se llenaba, mi nerviosismo se incrementó a pasos agigantados. Cada pequeña fracción del progreso del indicador aumentaba la tensión en mi pecho, creando un tumulto de emociones en mi interior.
El mensaje «conectando» emergió y, unos segundos después, apareció su rostro. Mis ojos se llenaron de lágrimas e hice lo posible por contenerlas. A pesar de haber considerado prácticamente todas las posibilidades, no preví que mi corazón se desbordaría en un torrente de sentimientos, como si hubiera pasado una eternidad a la espera de este instante.
—¡Sam! —exclamó, mostrando sorpresa en su rostro. Zacarria no le habría comentado sobre el motivo de la llamada. Sus ojos se movieron de un lado al otro, examinando por todas partes, hasta donde su mirada podía llegar—. ¿Cómo estás? ¿Te hicieron algo?
Una oleada de nostalgia me inundó, pero me contuve. Incluso me resistí ante la tentación de rascarme los brazos, y tragué saliva antes de responder.
—Me encuentro bien.
—¿Segura? —Hubo una segunda intención en su voz al formular la pregunta, como si sospechara y aguardara a que le diera alguna pista. Pero no podía olvidar que tenía a Zacarria parado justo al lado, aunque la persona en frente de mí no pudiera verlo.
—Sí. ¿Y tú qué tal te encuentras?
Por un momento creí que la llamada se había cortado, pues se quedó tan quieto y callado como una imagen estática.
—Te sacaré de ahí —prometió.
—¿La tarea que debes realizar es muy complicada? —En realidad, quería decir si era moralmente incorrecto. Sin embargo, habría sido una pregunta ingenua, teniendo en cuenta quiénes le dieron el trabajo.
Su rostro se oscureció por una sombra, e intenté descifrar lo que sucedía de su lado de la cámara. No me di cuenta de lo que ocurría en verdad, hasta que percibí su aliento cerca de mi oreja. Antes de poder reaccionar, su mano atrapó mi mentón, lo inclinó y sentí su mordida fuerte en mi cuello.
Me levanté de un salto, sujetándome el lugar afectado. Cuando intentó tocarme de nuevo, retrocedí de prisa.
Escuché la voz de Alastor de fondo, pero no fue comprensible entre el caos en mi cabeza.
Zacarria cerró la portátil sin dejar de mirarme con satisfacción, y un toque de altivez.
—Así que, ¿crees que esto lo apresurará a hacer su trabajo? —Parecía pensar que Alastor estaba perdiendo el tiempo.
—Me aseguraste que no te acercarías. —No esperaba que fuera un hombre de palabra, pero tampoco anticipé que faltaría a nuestro trato tan pronto. Mi comentario también pareció tocar una fibra sensible en él, ya que todo rastro de diversión desapareció de su semblante.
—Dije que lo intentaría. —Con el dedo pulgar tocó la sangre en su labio inferior, pero no era la mía. No había llegado tan profundo. En realidad, ocurrió al levantarme, que acabé propinándole un golpe con el codo—. Es la tercera vez. Sin duda, eres una mujer peligrosa.
Obvié sus palabras.
—Lo hiciste a propósito, para provocarlo.
Se rio, y comprendí que su tatuaje no era una broma. Tenía un maldito complejo de serpiente. Podía sentir la marca que había dejado en mi piel. Dolía con tan solo rozarla.
—Siempre preocupándote por él. Pero, ¿qué hay de ti? No tienes miedo. —Esa no era una pregunta. No obstante, era imposible que no fuera consciente de lo que causaba en mí—. Creo comprender por qué te eligió como su mujer. Quiero deshacerme de ti casi tanto como...
—Basta. —No le permití terminar, y eso lo molestó, aunque seguramente no tanto como a mí. A pesar de todo, debía reconocer que tenía razón en algo: en este momento, la única persona por la que sentía preocupación no era yo.
Alastor se castigaría por esto.
—¿Cómo pude ser tan idiota al confiar en un animal? —pensé en voz alta. Él, mientras dejaba entrever una leve sonrisa, terminó de limpiarse la sangre del labio con su lengua.
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Todavía luchaba contra el deseo y los pensamientos que me llevaban de regreso a la videollamada. Contemplé con importancia y terror cómo su figura emergía a sus espaldas. Observé la palidez de su cuerpo, sereno e indefenso, y luego su boca hundida en su suave cuello, listo para... La expresión mientras se atrevió a probarla no era más que para provocarme. No obstante, igual de afilados y repentinos fueron mis celos. En un instante sentí calor y frío, y cerré los puños con tanta fuerza que me ardieron. Un estallido de adrenalina recorrió mi cuerpo y me dejó temblando.
En medio de ese torbellino de emociones, una sombra de enojo creció en mi interior al pensar que había puesto un dedo encima de la persona que amaba. Una furia incontrolable se apoderaba de mí, como si ansiara poner fin a su osadía por atreverse a cruzar esa línea.
—¿Es aquí? —pregunté, observando el edificio a varios metros de distancia que, en medio de un extenso campo, parecía sumido en la calma. La oscuridad era total, sin un solo rastro de luz a la vista.
—Así es, la Agenzia Italiana del Farmaco lo cerró hace algunos años. —Roman echó un vistazo a los demás que esperaban detrás de nosotros, cerca del auto, y añadió—: ¿Estás al tanto de toda la situación?
En sus ojos, no percibí sarcasmo. En realidad, se encontraba interesado en saber cuán comprometido me hallaba, y mi determinación lo estaba.
—Casi tanto como para dejarme la vida en ello —respondí, y al percibir movimiento en el lugar más cercano envuelto en la oscuridad, me ajusté el auricular.
—La interfaz digital se ha enlazado a la red eléctrica y de seguridad. Hay un total de once cámaras, y ocho guardias encubiertos cerca de la entrada —informó Xiao a través del transmisor—. Puedo guiarlos por el camino más seguro.
—Asegúrense de que no los detecten, y no pasen por alto ninguna señal.
En un acto de descuido, Xiao saltó el muro junto a nosotros, cayendo a mi lado. Sus ojos, aun entre la noche, dictaban una clara advertencia hacia la persona que acercó su mano a mí. Había atrapado el brazo de Roman en el trayecto. Ambos se contemplaron durante breves segundos, hasta que el más alto retrocedió y Xiao volvió a ser uno con la penumbra.
—Me aseguraba de qué tan eficientes eran —se excusó Roman. Aunque su rostro estaba oculto tras la mascarilla, pude intuir la sonrisa retorcida que esbozó al notar el brillo en sus ojos, y luego fue a unirse con los demás.
—¿Quieres que lo vigile?
—Concéntrate en tu trabajo.
—Como ordenes. —Capté su leve inclinación de cabeza y, todavía envuelto en la oscuridad de la noche, Xiao se esfumó.
Me dirigí al grupo, pero antes de alcanzarlos, Cheyanne se abalanzó hacia mí, tomándome del brazo. No solía ser de las que buscaran contacto físico, de hecho, lo evitaba.
—Ayúdame a convencerlo de que se quede. —Apuntó a Raine, la desesperación bailando en su mirada.
—Si está decidido a encontrar su posible muerte, no seré yo quien lo detenga. Mientras no se convierta en un obstáculo, que haga lo que le plazca —respondí. Cheyanne me soltó, y mientras me alejaba, escuché que murmuraba:
—¿Qué te pasa? ¿Estás seguro de lo que haces? —Ella jamás había puesto en duda mi juicio, pero entendí que esta vez era diferente, porque sus vidas estaban en juego.
La respuesta a su primera pregunta era sencilla. Nadie volvería a arrebatarme nada de nuevo. Sin embargo, decidí aclarar a la segunda interrogante mientras verificaba que al viejo teléfono todavía le quedara batería. Estaba en el treinta y seis por ciento.
Aunque Moretti nunca lo mencionó, el momento en que observó el teléfono en mi mano y pronunció las palabras: «El tiempo se agota», fue evidente que hablaba del plazo que disponía a mi favor. Lo guardé en mi bolsillo, consciente de que, en este momento crucial, las decisiones tomadas llevarían el peso del destino que estaba a punto de desplegarse para todos nosotros.
—Si planeas expresar tus dudas, será mejor que te quedes en el auto —mencioné mientras sacaba lo último de la guantera, y luego verificaba que ninguno de los objetos adquiridos por los mellizos en el camino se hubiera quedado entre los asientos.
Una parte de mí deseaba que ella acatara mis palabras como una orden, pero la más consciente de su personalidad sabía que esa sería la última cosa que haría. Y así fue, se ajustó los cuchillos que Méi le había entregado con cautela.
A continuación, me sumergí en el silencio, mientras el peso de la responsabilidad se asentaba en mis hombros.
Respiré profundo, evaluando la situación. Sabía lo que estaba en juego, pero también entendí que cada uno de nosotros acabó por elegir su propia senda.
Cerré la puerta, contemplé el arma en mi mano y le quité el seguro.
Había llegado el momento de hacer que asumieran las consecuencias de su error.
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Los disparos resonaban con intensidad; cada estallido generaba destellos en la oscuridad de la noche, como los chasquidos pirotécnicos en una fiesta de sangre. Un festín macabro, cuyo anfitrión parecía ser un enviado directo del mismísimo infierno. Los sonidos iban y venían, como profundas repercusiones que tejían un manto de inquietud en el entorno. Todo esto mientras Zacarria me rodeaba.
Traté de incorporarme de la cama, más no pude. De nuevo me encontraba sujeta, con cuerdas que habían profundizado las marcas de las muñecas.
Durante el último tiempo, estuve reproduciendo las palabras que Zacarria accedió a compartir conmigo después de incumplir nuestro trato sobre lo ocurrido con la mercancía. Quería que lo viera como un regalo de reconciliación, pero en realidad, solo me había otorgado una sesión de recuerdos terribles al pronunciar: «Es posible que las fuerzas especiales de los Estados Unidos llegaran, si no lo hicieron ellos antes. Lo cierto es que, en algunas ocasiones, suelen sorprendernos a todos».
«Ellos».
¿A quiénes se refería con ellos?
La puerta se abrió con brusquedad, y apenas pude distinguir el resplandor que se filtraba entre la rendija. Todo se tornó borroso, comenzando por la decisión de Zacarria por mantener las luces apagadas, como si de pronto corriéramos el riesgo de que alguien fuera a encontrarnos en medio de la nada. Él se había detenido junto a mí, asegurándose de que las cuerdas hubieran quedado bien apretadas.
Con la luz que se filtró por la puerta, iluminando tanto a él como a mí, percibí un matiz de interés en su mirada mientras me observaba. Este detalle apretó un nudo en mi estómago, haciendo que la atmósfera se cargara de una tensión incómoda. Sus ojos, del color del océano en penumbra, parecían trasladarse más allá de la iluminación presente, como si la imagen de mí atada a su cama se volviera, en este momento, un punto focal de su interés, llevando consigo una mezcla de curiosidad y retorcido deseo.
—Tenemos un problema —anunció Fran, jadeando, y arrancando a Zacarria de su estado. Observé que pronunciaba más palabras en italiano, haciendo mención de un nombre en particular. A pesar de saber que era crucial recordarlo, se nubló entre mis pensamientos casi de inmediato.
Ambos se marcharon, dejándome sola en esa habitación y en mitad de la tormenta, que me resultó especialmente conocida. Evocaba cada uno de los recuerdos que tenía de ese buque en medio del océano, una y otra vez. Incluso saltaba al día en el que Raine me disparó por error. El sonido de las descargas de las armas era similar a los truenos. Odiaba haber encontrado esa relación. Me ponía ansiosa hasta el punto de querer gritar.
Volví a cerrar los ojos, esperando que los relámpagos cesaran. Pero la sensación del aire frío que se coló desde algún lugar me llevó a abrir los párpados y dirigir la mirada hacia la ventana, que de pronto se encontraba abierta debido a la brisa, o es lo que imaginé. Sin embargo, cuando decidí explorar el resto de la habitación, me di cuenta de que no me había quedado sola en realidad.
En el rincón sombrío, donde la desesperación se entrelazaba con la opresión, me vi obligada a contener el aliento. Allí, emergiendo de la penumbra, se encontraba alguien, como una sombra que portaba consigo un sinfín de promesas, y un arma.
Fue al repasar la silueta con la mirada, que pude estar segura de una cosa: no era ninguno de los hombres de Zacarria.
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