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✦•┈07┈•✦

Entonces Max se despertó.

Dio un brinco y se paró rápidamente, ladrando como loco. Sin embargo, no se lanzó sobre la criatura. Más bien, parecía asustado, al igual que yo.

Me distraje un segundo con mi perro y, al ver de nuevo el lugar donde esa cosa estaba, no había nada más que unas cuantas cajas de la mudanza.

La criatura se había ido.

La presión en mi pecho desapareció y lo primero que hice fue levantarme para encender la luz.

Apenas y mis dedos tocaron el interruptor, Max dejó de ladrar. De una patada tiré las cajas y confirmé que éramos los únicos en la habitación.

¿Qué era esa cosa?

Me quité la playera llena de sudor y me dejé caer en el borde de la cama con la mirada fija en el lugar en donde había estado esa criatura.

Max no perdió el tiempo y se acostó sobre mis piernas. Solo lo tenía a él, parecía ser que el cachorro era el único que miraba las mismas cosas que yo.

Así nos estuvimos el resto de la noche y fui incapaz de apagar la luz otra vez.

***

—Mi nena, eres muy inteligente.

Entré a la cocina con un dolor de cabeza infernal y me encontré con mamá y Molly abrazadas mientras reían.

—Buenos días, hermanito. —Molly corrió a abrazarme y me apretó con demasiada fuerza.

—Hola —respondí un tanto incómodo. 

Las palabras de esa criatura daban vueltas en mi cabeza. 

"Sigue fingiendo ser esa tonta niña". 

¿Acaso la niña que me abrazaba no era mi hermana? 

Tonterías, me esforzaba por pensar que solo eran tonterías. 

—Te hice una sorpresa, ¿ya no estás enojado conmigo?

En la mesa estaba una torre de panqueques con miel y al lado una especie de jugo marrón con varios pelos flotando.

—Vamos, hijo. Tu hermana se esforzó en hacer tu comida favorita.

—Está bien.

Fingí una sonrisa y me senté, no sin antes ver que Max pasaba de largo, con su semblante decaído directo a la sala. Hoy lo llevaría con el veterinario, no podía seguir así ni un día más.

Pensando en eso, corté un pedazo de panqueque y me lo llevé a la boca. Fue, por mucho, lo peor que había probado en toda mi vida y enseguida pensé en escupirlo. Tenía trozos afilados de algo y el sabor era espantoso, como a fruta ácida.

Aproveché que Molly estaba de espaldas para escupir todo en una servilleta.

—Esto sabe horrible —susurré.

—Andrew, no seas grosero. Solo cómelos —susurró mamá—. Se esforzó mucho. Tienen una que otra cáscara de huevo, pero fue porque lo hizo sola.

Molly puso más sobre mi plato y sonrió de forma exagerada, mostrando su dentadura incompleta.

—¡Señor Rasguños, buenos días!

La pequeña persona salió corriendo de la cocina para buscar a su gato y decidí que era el momento perfecto para hablar con mamá.

—Mamá, me han pasado cosas muy extrañas desde que Molly desapareció en ese bosque.

—¿Qué clase de cosas? Hijo, me estás asustando.

—Vi a una mujer comiendo gusanos entre las ramas de los árboles, después una especie de duende apareció en la noche en mi cuarto y...

—Entiendo. Llamaré a la doctora Coleman.

Mamá comenzó a buscar su celular y yo suspiré con enojo. Ella no creía en nada de lo que yo decía y lo menos que quería era ir de nuevo con esa doctora. No estaba loco.

Me puse de pie para impedir que tomara su celular, no sin antes tirar a la basura los panqueques y ponerles servilletas encima para que Molly no se diera cuenta.

—Estoy bromeando —le dije a mamá—. Esa es la sinopsis del libro que estoy escribiendo.

—Oh —rio y guardó el aparato en su pantalón—. Te gusta escribir al igual que a tu padre.

—¿Te asusté?

—Mucho. —Me dio un abrazo—. Ayudaré a tu hermana a desempacar. ¿Qué harás tú?

—Llevaré a Max con el veterinario. No se ha sentido bien en estos días.

—Ve con cuidado.

Asentí mientras le ponía la correa a Max. Mamá no me escuchaba, para ella solo eran pesadillas o mi imaginación. Comprendí entonces que si quería descubrir qué estaba pasando con mi hermana, no podía contar con ella.

Salí de mi casa y, ya en la calle, Max pareció recuperar su alegría. Movía la cola y corría justo como lo hacía antes.

—¡Drew! —gritó alguien en un carro gris—. ¿Quieres que te llevemos a algún lado?

Britt y Jeremy iban con la música a todo volumen y saludaron a mi perro.

—Hola. Voy a la veterinaria del centro comercial. —Señalé a Max y este movió su cola.

—Perfecto, nosotros vamos a ver una película.

Acepté su invitación y me subí en la parte de atrás junto con mi perro.

—¿Te pasa algo? —preguntó Britt—. Tienes unas enormes ojeras.

Si alguien sabía algo de las cosas raras que pasaban en el bosque, eran ellos. Debía contarles todo.

Tomé aire y, a mitad del camino, terminé de relatar lo que había pasado desde que encontré esa figura de madera.

—Deberías escribirlo —dijo Jeremy y pisó el acelerador al cambiar de color el semáforo—, podrías ser escritor como tu padre.

—Genial, ustedes tampoco me creen.

—No es que no te creamos —dijo Britt entre risas—, bueno, yo al menos pienso que tiene algo que ver con la leyenda del bosque de Midpon.

—¿De qué hablas?

—Es sobre unos seres que habitan en el bosque —interrumpió Jeremy—. Los viejos dicen que unos duendes andan robando niños para comérselos.

Me quedé en silencio cuando un recuerdo vino a mi mente:

"Houa se comerá al niño malo".

Las palabras talladas en aquella pared de esa vieja habitación dieron vueltas en mi cabeza. ¿Y si eso era lo que le había pasado a Molly? ¿Y si aquella señora tenía razón?

—Drew, ¿te encuentras bien? —preguntó Britt.

—No le des importancia a esa tonta leyenda —dijo Jeremy—. Son cosas que se inventan para atraer a los turistas.

—Creo que...

De la nada, una chica cruzó corriendo la calle cuando el semáforo estaba en verde.

Jeremy frenó lo más rápido que pudo y fue en vano. El golpe se sintió hasta en el asiento de atrás.

—¡Jeremy, mira lo que hiciste! ¿Estás bien? —preguntó Britt y volteó a verme.

—Ajá.

Un golpe adelante nos dejó mudos a los tres. La chica a la que habíamos golpeado se levantó como si nada y nos vio fijamente.

Ella me era familiar, ya había visto esa cara antes cubierta de tierra y gusanos.

Era la chica del bosque.

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