
✦•┈05┈•✦
En todo el camino de regreso, me lo pasé viendo la foto en mi celular. Esa cosa no era un animal, quizá me estaba volviendo loco, pero las garras de esa criatura eran muy similares a las de la figura que Max encontró entre los rosales.
Toqué mi bolsillo en busca de esa figura de madera y solo encontré un billete y la tapa azul de una botella. Debía encontrar a esa cosa del infierno.
—¡Llegamos a casa! —gritó Molly y salió corriendo de la patrulla dándole un empujón a Max.
Mamá se quedó afuera conversando con la oficial y yo entré cargando a mi perro ante su negativa de bajar del vehículo.
—¡Hermanito, ven a ver esto!
Dejé a Max en la sala y atendí cansado al llamado de Molly.
—¡Bu! Arrodíllate ante nuestro nuevo amo.
Molly me enseñó al gato blanco con el que jugaba ayer. Estaba de más decir que esos ojos eran de lo más espeluznantes, no me dejaban de ver y no parpadeaba.
—Saca a ese animal de la casa.
—Mamá dijo que el señor Rasguños podía quedarse.
—Escuché bien cómo te dijo que no ayer.
—Yo le di permiso —dijo mamá en la puerta.
—¿Qué hay de tus alergias?
—Tu padre era el único alérgico a los gatos, yo no. —Mamá pasó de largo, directo a su habitación—. Prepara la cena, iré a dormir un poco, este dolor de cabeza va a matarme.
Subió las escaleras en silencio y Molly siguió jugando con el gato en la sala.
Limpié mis manos rápidamente y después metí en el microondas la comida de ayer, tentado en pedir una pizza, pero Molly debía comer algo saludable, no solo comida chatarra. La ración solo alcanzaba para ella, por lo que después debía idear algún platillo con lo poco que había en el refrigerador para mamá y para mí.
Cuando todo estuvo listo, la llamé y, por primera vez, me obedeció a la primera. Se sentó tranquila, hizo una pequeña oración por la cena y se comió todo, incluidos los vegetales que tanto odiaba.
Me quedé con la boca abierta, viendo cómo mi hermana me agradecía por la comida e iba a lavar todos los platos acumulados en estos últimos días.
Ella jamás hacía eso y no le dije nada, solo pasé en silencio a la estantería para tomar la comida de Max.
—Amigo, ven a comer.
Mi perro estaba en una esquina de la sala, con la cabeza baja y llorando muy callado. Me preocupé por él, tal vez había comido algo malo en el bosque y por eso tenía esa actitud tan extraña.
Busqué en internet la veterinaria más cercana y apareció una en el centro comercial que estaba a unas calles. Lo llevaría mañana a primera hora.
—Vamos, Max. Come un poco...
Unas risas roncas en la cocina me inquietaron y rápidamente pensé en Molly. No eran risas de niños, más bien eran jadeos cada vez más pesados. Estábamos solos en la casa y no tenía sentido que escuchara esas voces.
Entré a la cocina casi corriendo y mi sorpresa fue muy grande al ver el lugar completamente limpio.
—Mocosa, ¿tú hiciste eso? —le pregunté a la persona que estaba sentada en la mesa—. Es un milagro.
Al darme la vuelta, no había nadie más en la cocina. Llevaba un buen rato hablándole a la silla, aunque podría jurar que alguien más estaba conmigo.
Reí por la tontería que acababa de hacer y me apresuré a buscar a Molly. Con mamá dormida en el piso de arriba, yo era el responsable de mi hermana y no la perdería de vista otra vez.
Subí las gradas hasta llegar a la puerta decorada con un moño. Toqué tres veces como de costumbre y no contestó.
—Molly, voy a entrar.
La puerta no tenía seguro, así que entré a su habitación. Todo estaba normal y ordenado, algo completamente extraño en ella. Su cama estaba tendida con las sábanas de Hello Kitty dobladas y, casi al final, una zanahoria a medio comer.
Bien, Molly no estaba por ningún lado. Salí de su cuarto, no sin antes revisar también su armario y debajo de la cama para estar seguro de que no me estaba jugando una broma.
Lo único raro que encontré fueron pedazos pequeños de aquella zanahoria que formaban un camino por todo el pasillo hasta llegar a la habitación destrozada donde tenía prohibido entrar.
La puerta estaba cerrada con llave y, después de repetirme mil veces que lo hacía por su bien, me agaché hasta ver por un agujero en la madera. Este era muy pequeño, así que lo hice más grande con mi uña.
Los zapatos de Molly fueron lo primero que vi y luego escuché una voz ronca de hombre. Inspeccioné toda la habitación y solo estaba Molly y ese jodido gato blanco. No, él no podía estar hablando.
—Lo estás haciendo bien —esa voz de anciano provenía de la enorme rama—. Sigue fingiendo ser esa tonta niña.
¿Qué? ¿Quién demonios estaba hablando con Molly?
Una mano verde esquelética, con unas inmensas garras llenas de mugre, apareció en mi campo de visión.
Suavemente, acarició el rostro de mi hermana.
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