Introducción
— ¿Se puede saber qué es lo que estáis haciendo? —inquirió Aisha, llamando la atención de sus muchachos de forma inmediata— ¿Os estáis muriendo o qué? —prosiguió, haciendo alusión a las posturas excesivamente extrañas que estos estaban haciendo frente a lo que se empeñaron en llamar «móvil»— Parecéis un poco más estúpidos de lo que ya sois, si me permitís ser sincera, pero sólo un poco —bromeó— Sobre todo tú, Abel.
El alfa emitió un pequeño bufido.
Si él parecía un estúpido realizando poses extrañas para tomarse unas cuantas fotografías, entonces Aisha parecía una loba de la prehistoria atrapada en una época donde la tecnología dominaba el mundo.
— Nos estamos haciendo unas fotos —comentó el alfa, ignorando las escandalosas carcajadas procedentes de sus amigos— Nos hemos creado un perfil en Instagram hace veinte minutos y ya tenemos mil seguidores.
¿Un perfil en Instagram? ¿Mil seguidores? ¿De repente Aisha y Abel dejaron de hablar el mismo idioma?
— ¿Os estáis muriendo o qué? —inquirió Aisha una vez más, haciendo alusión a que esa respuesta no sirvió en lo absoluto para saciar su curiosidad— ¿Puedes explicarlo para que lo entienda, por favor? —prosiguió— Al parecer, he sido la única que no ha investigado sobre los humanos.
Todos asintieron al unísono.
— Los humanos son geniales —comentó Abel con emoción, apresurándose a llegar hacia la alfa cuanto antes para tenderle el móvil que Aníbal compró esa misma mañana en una tienda cuando la encontraron de casualidad mientras hacían su rutina de cardio— Y, contrariamente a lo que pensábamos, no nos odian —prosiguió— Esos mil seguidores en veinte minutos es una pequeña muestra de ello.
¿Pero mil seguidores en dónde?
¿Cómo que los humanos no los odiaban?
— ¿No nos odian? —inquirió la alfa mientras tomaba el móvil entre sus manos con cierta cautela, como si el aparato tuviera la oportunidad de cobrar vida en cualquier momento y, entonces, tuviera que acabar con él por presentar una amenaza para su vida— ¿Cómo que no nos odian?
— No lo hacen realmente —se apresuró a decir Kasen, su mejor amigo y su segundo al mando— Somos algo así como una rareza a la que admirar —prosiguió, algo burlón— Por lo visto, ellos ya fantaseaban con nuestra existencia incluso antes de que nosotros decidiéramos revelar nuestro secreto —aclaró, alzando el libro que mantenía entre sus manos, como un símbolo más de cuánta obsesión mantenían los humanos por ellos— Y he de admitir que tienen una imaginación impresionante.
Si la alfa decidiera echarle un vistazo a los miles de relatos que deambulaban por Internet sobre cómo un lobo y un humano acababan enlazados, muy probablemente perdería la cordura.
— Sí —concordó Abel, quien también pudo echarle un vistazo a alguna que otra de esas historias— Yo que tú tenía cuidado cuando vayas caminando por la calle, no vaya a ser que cualquier humano se te lance a tus brazos para que te enamores de él, lo marques y le hagas un cachorro —Aníbal, Kasen y el propio Abel estallaron en escandalosas carcajadas al ver cómo la expresión de Aisha se distorsionaba por completo— Suelen fantasear mucho con eso, sí.
¿Qué un humano qué?
No, no y no.
¡Definitivamente no!
— Pues por mí pueden esperar sentados a que eso suceda —comentó la alfa, sus labios frunciéndose en una mueca que denotaba verdadero asco ante el mero pensamiento de emparejarse con un humano— ¿Las humanas no quieren eso? —inquirió, un tanto inocente, provocando que sus muchachos estallaran en más escandalosas carcajadas— ¿Las humanas no fantasean con tener una marca y cachorros de una loba?
Abel señaló el móvil que descansaba sobre las manos de Aisha, regalándole un pequeño guiño juguetón.
— Averígualo tú misma, mujer —
Pronto, Aisha se vio envuelta en una especie de cuso para principiantes patrocinado por sus muchachos con la única intención de ponerla al día sobre todos y cada uno de los aspectos relacionados con los humanos.
Aprendió sobre las nuevas tecnologías y sobre las diversas redes sociales que, si lo deseaba, podría utilizar para darse a conocer, idea que rechazó al instante, porque lo último que deseaba era tener que lidiar con humanos que intentarían ligar con ella a toda costa, como si fuera un trofeo que llevarse a la cama; como si fuera a cederle el control a alguien, fuera humano o no.
— Entonces, ¿estás segura de que no deseas formar parte del perfil de Instagram? —inquirió Aníbal, un tanto inseguro— Será muy divertido.
Aisha realizó un gesto de negación con su cabeza, declinando la oferta con una pequeña sonrisa plasmada en sus labios, como si no deseara herir los sentimientos del lobo.
— Estoy muy bien así, gracias —comentó en respuesta— Prefiero seguir investigando a los humanos por mi cuenta.
Aníbal asintió, comprendiendo su punto de vista. Todos en aquella sala sabían que Aisha prefería ir por su cuenta, puesto que siempre fue un espíritu libre y, quizás, un tanto difícil de tratar si alguien intentaba interponerse en su camino.
— Aun así... —prosiguió el alfa, cauteloso— ¿Contamos con tu permiso para seguir teniendo el perfil activo o...?
Tanto Aníbal, como Kasen y Abel sabían que no tenían motivo alguno por el que pedir permiso para mantener un pasatiempo que, se suponía, no influiría para mal en sus vidas. Más, aun así, los chicos amaban secretamente contar con la aprobación de su alfa.
— No tenéis que preocuparos por eso, chicos —interrumpió Aisha— No necesitáis mi permiso, pero si eso es lo que queréis, entonces contáis con él para seguir haciendo estupideces frente al dichoso aparato éste —prosiguió con un deje de burla impregnado en su tono de voz— Será una experiencia más para contar cuando regresemos a casa.
Antes de que sus muchachos pudieran montar un barullo de quejas, gritos y burlas, Aisha continuó hablando mientras alzaba el móvil levemente al aire.
— ¿Me lo prestáis un rato, por favor? —inquirió— Me gustaría practicar todo lo que me habéis enseñado.
Ninguno de sus muchachos puso objeción alguna, por lo que Aisha acabó llevándose el extraño aparato a su habitación con la única intención de practicar todo lo aprendido en la soledad de su espacio, lejos de las miradas curiosas de sus lobos y, sobre todo, lejos de sus burlas ante una evidente equivocación, puesto que cometería muchísimos errores hasta que consiguiera dominarlo.
— ¡Sólo ten cuidado dónde te metes, mujer! —gritó Abel antes de que la alfa finalmente se encerrara en su habitación— ¡Todo tiene su lado siniestro!
Por supuesto, ella encontró su propia definición de lado siniestro cuando, por más que intentaba poner en práctica todo lo aprendido, el incesante y, hasta cierto punto, irritante sonido de una nueva notificación entrante en Instagram llegaba cada pocos minutos.
Mensajes de todo tipo, desde una invitación para salir, hasta mensajes preguntando por sus nombres y edades o, incluso, atreviéndose a preguntar si aquello que se rumoreaba sobre sus almas gemelas era cierto y, en caso de que fuera afirmativo, si ellos tenían alguna.
— A ti te lo voy a decir —farfulló a regañadientes como una niña pequeña, borrando la aplicación descargada, puesto que no encontró cómo salir de ella— Venga a tomar por culo ya, hombre.
Un poco más calmada, se dispuso a deambular por el resto de las aplicaciones.
Encontró la famosa cámara, la cual provocó que sus muchachos se vieran más estúpidos de lo que ya de por sí eran en su día a día, así como las fotos que se tomaron.
Debía admitir que los condenados se veían bien, lo que muy probablemente explicaba el revuelo que estaban causando en esa red social, aunque también debía admitir que ella también se veía muy bien, así que podría patearles el culo sin la necesidad de pestañear siquiera.
No obstante, como la buena alfa que solía ser, dejaría que sus muchachos siguieran creyéndose los mejores porque así ella podría seguir mofándose de ellos cada vez que los pillara intentándose hacer unas fotografías.
Encontró también los contactos, aunque estos estaban vacíos.
¿A quién se suponía que iban a llamar si sus familiares ni siquiera sabían que los humanos no los odiaban? ¿Cómo iban a estar al tanto de las nuevas tecnologías?
Después, le siguieron un calendario, al cual no supo encontrarle mayor utilidad, y una calculadora a la que, honestamente, tampoco logró encontrarle lo gracioso. No obstante, Aisha no perdía la esperanza de encontrar algo que le ayudara a conocer un poco mejor a los humanos con los que tendría que convivir durante un tiempo y vaya que si logró encontrarlo.
Poco después fue a parar a una aplicación llamada «YouTube», donde montones de caras desconocidas le dieron la bienvenida, según el logaritmo planteado por la plataforma, el cual intentó recomendar aquellos vídeos que podría gustarle a la alfa, fracasando miserablemente en el intento.
— ¿Pero esto qué mierda es, por el amor de mi Diosa? —inquirió, espantada— ¡Maldita sea!
No supo cómo, pero logró detener el videoclip de una canción de reggaetón, cuyo ritmo comenzó a taladrarle los tímpanos desde el primer momento. Muy probablemente, si hubiera esperado a que la persona comenzara a cantar, habría enloquecido, siempre hablando de la peor forma posible, por supuesto.
— Aisha, ¿estás bien? —inquirió Kasen desde el otro lado de la puerta— ¿Necesitas ayuda?
Aisha estaba a punto de emitir una respuesta a la pregunta formulada cuando, justo debajo del videoclip con una música infernal para sus oídos, la imagen de una chica pelirroja aparecía como miniatura principal del siguiente vídeo recomendado.
— ¡K-Kasen! —gritó, su respiración atorrándose en su garganta— ¡Kasen, entra!
El beta, un tanto asustado por el estado en el que se encontraba la alfa, lo hizo sin dudarlo tan siquiera un momento. Inmediatamente, Aisha le tendió el móvil, aún en un leve estado de shock.
— ¿Esa chica es humana? —inquirió, señalando con insistencia la imagen de la chica que aparecía en la miniatura del vídeo— ¿Es humana o es un ángel?
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