
1. El nacimiento de Polaris
Nadie puede afirmar con certeza cuándo empezó el mundo, más ello no ha impedido que muchos investigadores e historiadores hayan buscado la respuesta. ¿Tiene cuarenta mil años, como sostienen algunos, o es tan alto el número como quinientos mil o más? En ningún libro de los que obran en nuestro conocimiento se podrá leer, pues en la Era de los Dioses, la primera del mundo, carecían los hombres de instrucción.
Los nórdicos tienen la creencia que el universo como lo conocemos se creó a partir del choque y la mezcla entre materias frías y calientes, dando nacimiento al mar, la tierra y las aguas.
De lo que sí podemos estar seguros es que, hasta ahora, Asgard es el país de los hielos de sus relatos, aquel donde los guerreros se cubrían de escarcha y morían en las inmensidades heladas.
Lo poco que hoy sabemos de esta lejana tierra, procede de los textos más antiguos, los relatos puestos en letra por sacerdotes y legendarios guerreros, e incluso por los pueblos de la remota y legendaria tierra azul. Ahora bien, por muy antiguos que sean estos pueblos, en la Era de los dioses no habían accedido tan siquiera a la infancia, de modo que es difícil discernir lo que hay de cierto en sus relatos, como lo es hallar semillas en la broza.
Estos relatos señalan que la tierra de Asgard ha sido protegida por dos grandes constelaciones, la Osa Mayor y la Osa Menor. Constelaciones guardianas para la rama principal de los soberanos que velan y protegen la tierra del dios Odín. Sin embargo, aquellos nobles no dejan de ser simples humanos para las tempestades y el crudo invierno que azota las tierras, tales como los sucesos que están a punto de relatarse.
Asgard, las tierras del eterno invierno.
Palacio Valhalla, Décima octava noche de Fermanadr (Mes de noviembre)
Aquella noche una terrible tormenta había golpeado el palacio Valhalla, y aunque aquella fortaleza tuviera diez varas en sus muros perimetrales y doce palmos de grosor en sus muros interiores, el frío era tan terrible que difícilmente se mantenía una chimenea encendida.
Había carámbanos de hielo sobre el borde de los tejados dispuestos a empalar a todo aquel que osase salir del castillo con su tintinar. Había sido el peor invierno en años; en los años posteriores, aquella tormenta sería recordada como la furia de Polaris.
Los pasos se hacían tortuosos conforme subía la escalera del Torreón, la funda de la espada le golpeaba contra el muslo cada vez que la zancada acertaba contra el tabique. En el último peldaño, el sonido del metal contra la piedra inundó el corredor, y conforme avanzaba una sombra danzaba a la par de las débiles llamas en las breas aferrados al muro.
Sus ojos celestes denotaban tristeza y melancolía, sus pómulos y mejillas se mantenían tensados a la par de la mandíbula como si a la vez sintiera un inmenso odio, su cabello cenizo y rizado ondeaba ligeramente conforme el viento helado azotaba el castillo.
Aquel hombre dio un par de pasos más hasta llegar a su destino, frente a la puerta, había un par de soldados montando guardia, portaban una armadura de metal bruto en colores negros, sobre su pecho labrado en la coraza la insignia de la reina; dos cuervos encontrados de frente batiendo las alas, los mismos que coronaban el yelmo del atavío, con este último los hacía lucir intimidantes, más no para el hombre frente a ellos.
El soldado no dijo nada, solo aguardo a que los dos guardias se alejaran lo suficiente, enseguida empujó la pesada puerta de madera con ambos brazos, haciéndola rechinar.
Dentro de los aposentos pudo observar encima del lecho, a dos amantes, una doncella curvilínea, de cabellos largos y marrones, con nívea piel, se movía por encima de un segundo cuerpo, sus caderas parecían estar hechizando al hombre, pues aquellos no se habían detenido al presentarse la intromisión.
Aquellos estaban perteneciéndose, abrazados el uno contra el otro; fundiéndose en el deseo y el erotismo que representaba aquella habitación, parecía que el frío no era un impedimento para ellos, era bien sabido que un hombre de Asgard era capaz de mantener su temperatura corporal por mucho tiempo, y para un vikingo, la manera perfecta para hacerlo, era matando algo, tomando cerveza o fornicando.
El hombre de capa roja y fiero rostro dejó caerse sobre la rodilla derecha, enseguida dijo: —Mi rey, su primogénito ha nacido —
En ese momento aquel hombre corpulento detuvo sus movimientos bruscamente, haciendo gemir un poco más alto a la doncella, enseguida se puso de pie, lanzando el cuerpo de su acompañante y la cobija de piel de oso hacía un costado. El caballero viró su mirada de costado permitiéndole al hombre vestirse con su indumentaria.
El nombre de aquel sujeto era Hiladry, quien fuese el rey de Asgard en aquellos años. Hiladry es descrito como un hombre alto y robusto. Un guerrero fiero, de hombros anchos, cuello grueso y enormes brazos. Mantenía su cabello negro a una altura muy corta y una barba espesa que se vislumbraba en su mandíbula cuadrada. Durante su juventud fue a menudo, descrito como cruel, de mal trato con los animales e introvertido. El rey disfrutaba con el arte de la guerra y estar en batalla, pero amaba sobre todo la violencia, la muerte y el dominio absoluto sobre todo lo que consideraba suyo, lo cual resultaba altamente atractivo para las damas.
Se acercó hasta una mesa de roble, tomo entre sus manos la jarra de cobre y sirvió generoso sobre una copa del mismo material; bebió fervientemente y después mirando hacia las velas que estaban a punto de consumirse le hablo: —¿La viste? ¿¡Ella está bien!? Supongo que el niño es un varón. —
Aquel hombre no menciono nada, solamente asintió con la cabeza ante el cuestionamiento de su señor.
El día había llegado. Y no fue para nada como lo esperaba, al despertar esa mañana, sintió un líquido salir de su interior, seguido de un gran dolor. La sensación no podía compararse con más nada, era demasiado fuerte. Hasta el punto de dejarla inconsciente. Sus gritos previos despertaron a las damas de compañía que había en sus aposentos, quienes rápidamente se ponían en marcha. Llevaron a una mujer de encantador rostro, no era muy mayor, pero parecía saber lo que hacía.
—¡Dejen de estar cacareando alrededor de ella! ¡Ah pero que hermosa es! Bien, bien — Sonreía todo el tiempo, pero al enojarse lo hacia de manera tan inesperada que sorprendía a todas las presentes. —Vamos denle espacio! El niño no querrá salir con tantas personas aquí ¡Fuera! Bien mi señora — sonrió con amabilidad a la cansada joven — La revisare —
Aquella mujer se trataba de la reina de Asgard, Bruna.
Bruna jadeaba. Le faltaba el aire. El dolor se volvía mas fuerte con cada segundo que pasaba. —
¡Bien, me parece que ya esta lista! — Comento la partera con una sonrisa, para después dirigirse a dos de sus damas, quienes se habían quedado a pesar de las quejas de la vieja. —Pueden sujetarla, en cuanto comience a pujar, será peor. — Enseguida ambas mujeres sujetaron a la reina, quien empezaba a gritar con desesperación.
—¡Puje! — La animo la vieja —¡Ya lo veo... Vamos puje! Es una hermosa criatura. — Los gritos aumentaron Bruna sudaba, pues nada la había preparado para la cama de partos; la sangre, el dolor, la gente entrando y saliendo sin tener en cuenta su dignidad. Los dolores habían empezado al amanecer, pero el verdadero trabajo no había comenzado hasta el atardecer. Ahora, la noche abarcaba la tierra como un manto protector. Era una terrible noche, la tormenta azotaba el castillo y hacía que las ventanas crujieran, pero a Bruna no le importaba cuando su corazón latía con fuerza en el pecho.
Araño la ropa de cama con sus uñas mientras empujaba y jadeaba, ella grito en voz alta y lloraba cada vez que una contracción la golpeaba. Le dolía terriblemente y Bruna estaba segura que no había sentido tal alivio en su vida como cuando le sacaron al niño de su cuerpo, lloriqueando y rojo. Una felicidad embriagadora la inundo cuando la partera le dijo que estaba vivo y en perfecto estado.
Las sábanas fueron removidas del colchón, todo rastro de sangre había sido limpiado de aquella habitación después de un día entero en labor de parto, la reina había sido lavada con sales y hierbas secas para aliviar su malestar, se le aplicó menta sobre las sienes para evitar un desmayo, castañas para cubrir el olor a sangre y sudor, y perfume de rosas para el ropaje del bebé.
Al terminar de bañarla, las mujeres la secaron y vendaron su vientre y caderas. Le aseguraban que así, recuperaría su figura de antes, se enfundó a la joven reina con un vestido ligero de brocado y lana, tenía las mangas largas y una abertura definida en el pecho que le permitiría amamantar. El cabello de plata y oro estaba trenzado en hilos de cobre y anillos, y por encima un retazo de lana que mantenía cualquier hebra lejos de su rostro. Sus brillantes ojos azules resaltaban con la palidez de su estado, su rostro tenía la forma de corazón, poseía una sonrisa atrevida. La reina Bruna era una mujer atlética, ágil, una experta arquera y amazona, además de ser descrita por el reino como una mujer fuerte, hermosa y voluntariosa
Sus doncellas colocaron el pequeño bulto sobre su regazo, envuelto en una gruesa piel de Caribou. La reina descubrió un poco su pequeño rostro para poder verlo, a pesar de estar completamente exhausta tenía la vitalidad para observar a ese pequeño y regordete bebé.
La reina tenía los pómulos altos, bien definidos y un poco rosados por el frío, sus labios llenos y tersos, con un ligero tono color púrpura, que se notaba más cada vez que sus dientes castañeaban, su piel era demasiado blanca, y era normal, pues en Asgard no había sol que la mantuviera de un aspecto sano. Sus ojos azules no dejaban de delinear el rostro del pequeño neonato entre sus brazos. Se inclinó solo un poco y depositó un beso sobre su frente.
Las puertas de la habitación se abrieron de par en par, dejando entrar a un hombre de aspecto avejentado, llevaba una larga túnica de lana apolillada, mantenía las manos ocultas en sus anchas mangas, su rostro denotaba los años que había vivido, sin embargo, mantenía una ligereza en los pies que podrían contradecir su edad.
Sin decir una sola palabra se acercó hasta el lecho donde reposaba la doncella, con una sonrisa la reina le extendió el bulto donde se encontraba el neonato. Aquel hombre la tomo con fuerza a pesar de los movimientos que sus viejas manos realizaban, dejó una pequeña caricia sobre la diminuta frente, haciendo sollozar al pequeño infante. Enseguida el hombre dijo: —¡Felicitaciones mi reina, ha dado a luz a una bella princesa!! —
Los ojos de la reina se llenaron poco a poco de lágrimas, presionó los labios entre sí y entonces dijo; —Polaris... aún bajo esta terrible tormenta nuestra estrella protegió a mi hija. —
—La futura reina de Asgard tendrá un futuro prometedor mi señora. — Dicho aquello aquel hombre volvió a depositar a la niña cerca de su madre. En ese instante la reina pudo observar un pequeño brote de cabello dorado sobre la pequeña cabeza. La pequeña se retorcía ligeramente entre las pieles, cerrando sus ojos en señal de tranquilidad transmitida por los brazos de su madre.
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