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Primera parte

Pareja: Bakugou Katsuki x Kirishima Eijirou.

Advertencias: angst, muerte de un personaje, universo alternativo.

Duración: dos partes (two-shot).

Recordaba la última navidad amena que había tenido como si hubiese sido ayer. Los recuerdos, por desgracia, se mezclaban entre ellos, formando memorias que jamás habían existido o que habían sido alteradas por su propia mente y que opacaban la felicidad que había logrado sentir en esos tiempos. Y dolía, era verdaderamente doloroso el saber que mucho de lo que recordaba era falso, por más cosas buenas que hubiese experimentado.

Pero, si había algo que abundaba en esos dulces y hermosos momentos, era una persona en concreto, la única razón por la cual había amado por primera vez el celebrar navidad, montar mil y una fiestas donde poder pasar más tiempo con esa persona, poder obsequiarle regalos de todos tipos y contarse al oído las metas que tuviesen para el siguiente año que se acercaba. Cosas que, a su edad de diecisiete años, habría considerado bobadas, pero allí estaba él, cambiando su manera de ver las cosas, de disfrutar los días y los buenos momentos. Allí estaba él, enseñándole que no todo era malo, allí estaba él: Kirishima Eijirou.

—¡Bakugou, mira, está nevando! —Aun, de vez en cuando, escuchaba su voz, llamándole por tonterías, pidiéndole tontos favores que, sin dudar, él cumplía, todo por ver su sonrisa, sus puntiagudos dientes y sus ojos brillando de la felicidad gracias a hacer lo que él deseara.

—¿Y qué tiene? —Por desgracia, todavía se arrepentía de no haberle tratado mejor en esos momentos, siempre respondiendo de manera tosca, glacial como la nieve que caía fuera de la pequeña casa en las afueras que ambos compartían y cuyo alquiler pagaban a partes iguales gracias al trabajo de medio tiempo que tenían.

—¿Podemos ir a jugar con la nieve cuando cuaje? ¡Por favor! —rogaba el chico como de costumbre, y, lamentablemente, Bakugou no podía jamás resistirse a sus tiernos ojos de cachorro y el brillo que los adornaban, o a la adorable mueca que se formaba en su cara cuando asentía y comenzaba a prepararse para poder ir a jugar con la nieve como tanto deseaba el pelinegro.

No, no podía resistirse, porque lo amaba demasiado. Por más que no lo pronunciara en voz alta, procuraba siempre el demostrarle con pequeñas acciones y gestos lo mucho que lo adoraba y que deseaba estar con él para toda la eternidad. Pero, ahora, sabía que eso no llegaría a ser posible, porque su único motivo para disfrutar del día a día había desaparecido, se había desvanecido entre un sinfín de emociones que torturaban su corazón sin parar.

—Claro que podemos, Kirishima —respondía él, y frecuentemente, se acercaba al contrario para presionar sus labios sobre su frente, abrigándolo para que no se resfriara entre la nieve—. Pero debes prometerme que te cuidarás del frío, ¿de acuerdo?

—¡Lo haré, Bakugou!

Oh, ¿cuánto daría para poder volver a ver su sonrisa? ¿Cuánto daría para poder ver de nuevo esos ojos llenos de vida? ¿Qué llegaría a sacrificar para poder tocar el rubor de sus mejillas cada vez que le daba dulces besos por todo su rostro? ¿Qué sería lo máximo que daría para poder sentir su voz diciendo de nuevo su nombre?

Por supuesto: daría su propia vida si era necesario, sin siquiera dudarlo un segundo.

—Vamos, idiota. A este paso la nieve se derretirá y tú seguirás a medio vestir. —En ese entonces, odiaba que Kirishima se tomara tanto tiempo para abrigarse con lo necesario, pero a la vez, amaba poder ver su cuerpo medio desvestido, poderle dar suaves y lentos besos en su cuello y admirar su belleza una y otra vez.

—¡Pero hace frío! —solía reprochar él, ganándose un chasquido de molestia por parte del contrario.

—Si tanto frío hace, vístete más rápido, ¿o estás esperando a congelarte? —replicaba Bakugou con diversión, abrazando a Kirishima por la espalda y ayudándolo con la ropa.

—No me congelaré, porque te tengo a mi lado.

—¿Qué tiene que ver eso, idiota?

—No moriré congelado porque sé que tú nunca me dejarías morir.

Ojalá aquellas palabras hubiesen sido ciertas, ojalá hubiese podido cumplir con las expectativas de su amado, el haber estado con él cada segundo de su vida. Ojalá lo hubiese podido proteger como él creía que haría. Ahora, lo único que le quedaba, era el lamentarse una y otra vez por no haber sido la buena persona que Kirishima creía que era.

—Por supuesto que nunca te dejaría morir, idiota. ¿Cómo crees que podría vivir sin ti?

Una lágrima recorrió su mejilla al darse cuenta de que no había manera de volver a esos buenos tiempos, cuando bromeaba junto a Kirishima de cosas que ahora le producían una profunda tristeza que le hacía desear morir.

Quería dejar de experimentar esa tristeza, de torturar su propia mente, pero los buenos recuerdos siempre sumergían sus ojos rojos en lágrimas que caían por sus mejillas con desesperación, empapando su ropa y la nieve que ahora había bajo él y que poco a poco lo iba sepultando.

—Por supuesto que podrías vivir sin mí, Bakugou, eres fuerte —le repetía Kirishima mientras soltaba tontas risas y acababa finalmente de colocarse su abrigo, su bufanda y sus guantes.

Muchas veces, por no decir siempre, Bakugou tuvo que reprimirse las ganas de contestarle de que, si él era fuerte, era gracias a él, pero ahora que no estaba a su lado, se había convertido en la versión más pésima de él mismo. Se había vuelto débil. Todo por no poder escucharlo, verlo y sentirlo como antes.

—Por supuesto que soy fuerte —mentía una y otra vez. Falso, él jamás había sido fuerte, pero debía aparentarlo o sería pisoteado por el mundo.

Aun así, el pecado de haber mentido por tanto tiempo acabó por hacerle vivir las represalias, acabó por hacerle vivir lo que tanto tiempo había estado intentando evitar por todos los medios: la irremediable tristeza de perder a un ser querido.

¿Por qué?

¿Por qué todos sus esfuerzos habían sido en vano? ¿Era acaso que estaba destinado a aquello? Tal vez era por eso, quizá, lo que su suerte quería, era castigarle por todo lo malo que había hecho arrebatando lo que más quería de su lado.

—Nunca dudé de eso —contestaba Kirishima con una sonrisa pequeña, dulce, una sonrisa que hacía acelerar el corazón de Bakugou de manera inexplicable, haciéndole ver que el mundo no era tan malo como parecía, y que, junto a Kirishima, él podía ser invencible.

Una sonrisa que podría hacer borrar todo rastro de tristeza en cuestión de segundos, pero ahora que no podía ver esa sonrisa, ¿cómo podría volver a ser feliz? ¿Por qué motivo habría de ser feliz si ya no tenía con quien compartir esa hermosa emoción?

—Lo sé, Kirishima, lo sé —respondía de forma dulce, juntando sus frentes con suavidad.

Y, tras esas palabras, depositaba un lento beso lleno de emociones en los labios de Kirishima, acariciando su rostro, pasando sus dedos por cada zona de su angelical cara, tallando sus mejillas y perfilando sus ojos, notando su corazón acelerado y sus pómulos rojizos, elevando lentamente su temperatura.

A veces, llegaban a aplazar el jugar con la nieve y acababan cediendo ante el deseo, amándose tanto espiritual como físicamente, susurrándose palabras llenas de amor y pasión mientras se olvidaban de todo a su alrededor, poseyéndose mutuamente.

Esos eran momentos que, a pesar de atesorar con todo su corazón, no podía recordar, porque nada más lo hacía, su cuerpo evocaba cada sensación, cada escalofrío y cada suspiro que dio gracias a Kirishima en el pasado.

Y odiaba sentirse tan miserable por no tener la compañía de alguien, pero lo merecía, realmente merecía experimentar tal desgarrador e insufrible dolor.

Él mismo debería haber hecho un mayor esfuerzo para poder mantenerlo a su lado, por haberlo protegido y haberlo amado como Kirishima merecía.

Y ahora, con todos sus pensamientos revueltos, combinándose entre ellos y repletos de recuerdos que solo lograban torturar su corazón con crueldad, las lágrimas no podían parar de caer de sus ojos, fundiéndose en la nieve donde había visto por última vez a la única persona que le había hecho desear continuar viviendo hasta que su cuerpo acabara descomponiéndose por la edad.

El lugar donde había visto por última vez la sonrisa de aquel chico que había cautivado y atado su corazón con hilos invisibles, al chico que tantas hermosas emociones le había logrado hacer experimentar y disfrutar.

El lugar donde su felicidad se había disipado completamente para siempre: el lugar donde su corazón se había hecho añicos y no deseaba volver a recomponerse.

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