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𝒐𝒄𝒉𝒐

Sydney

«—Así que tienes el puesto de líder de la mafia pero eres tan inútil que tienes que mandarme a mí, una chiquilla insolente, a asesinar a un hombre porque tú no puedes.—»

Haberle dicho eso a Shark, después de que me contó más sobre la misión en la cual participaría, fue un error. Simplemente quise hacerle un pequeño chiste, ya que realmente me sorprendía que elaborara toda una estrategia para asesinar a un don nadie, cuando perfectamente podría haber ido él y matarlo sin dar tantas vueltas.

Lamentablemente no se lo tomó muy bien, y supe que con mi comentario había cavado mi propia tumba cuando giró su cabeza como el exorcista para mirarme y se puso rojo de la furia, haciéndome pensar que podría llegar a largar humo por sus orejas y asesinarme con la mirada.

Pero nada de eso pasó, simplemente ordenó a sus guardias a que destruyeran cada articulación de mi cuerpo. Y digo "simplemente" de forma sarcástica, porque ahora estoy aquí, tirada en el piso y sangrando, mientras trato de que respirar no me duela tanto. No pude ver bien cuántos hombres estaban pateándome y pegándome con sus puños, pero entre ellos distinguí a Steve, el cual supuse que lo estaba haciendo obligadamente ya que se disculpaba cada cinco segundos y le decía al resto que fueran más delicados, y a Liam, el cual disfrutaba mi sufrimiento ya que se reía cada vez que yo emitía un quejido.

—Te dije que no tenía paciencia. Espero que en algún momento aprendas a mantenerte callada— Shark habló desinteresadamente, mientras yo escupía sangre. Ni siquiera sabía que el muy hijo de puta seguía en la habitación, viéndome colapsar de dolor en el piso.

—Jodido bastardo, eres tan inútil que ni siquiera puedes vencerme tú solo y tienes que ordenarles a varios hombres que me golpeen— mascullé como pude. Si él pensaba que lastimándome iba a mantenerme callada estaba muy equivocado.

Cuánto más daño me hiciera, más perra me pondría.

—¿¡Por que la dejaste así!? ¡La misión es mañana! ¡No la va a poder llevar a cabo estando tan destruida!— Michael se hizo presente en la habitación, hablando con frustración.

—Es para probar su eficiencia— respondió el bastardo, y no pude ni pestañear cuando lo tuve agachado frente a mí, acariciando mis mejillas con sus asquerosos dedos— Si cumples la misión estando lastimada, mereces quedarte viva. Si no cumples la misión y mueres, me encargaré de cortarte en pedacitos y alimentar con ellos a mis perros. Y si no logras matar a Marshall pero sales con vida, yo mismo me encargaré de matarte. ¿Está claro?

—Claro como el agua— le respondí con la mandíbula apretada, tratando de contener mi furia. Mentiroso de mierda, no me había lastimado para probar mi eficiencia estando así, me había lastimado porque le enojaba que yo tuviera razón. 

Jamás había tenido tantas ganas de torturar a alguien. Me estaba costando mucho no agarrar una jodida arma y hacer que se callara la puta boca, pero sabía que hacer eso sería una pésima idea porque su gente me mataría. Aunque como dicen, soñar es gratis.

—Michael, acompáñame hacia mi oficina. Ustedes dos, llévenla a su habitación y verifiquen que nadie le de nada de comer hasta que cumpla la misión— ordenó el hijo de puta, y rápidamente sentí como dos personas me agarraban de los brazos y me cargaban de forma bruta, haciendo que mi cuerpo doliera el doble.

Ya no encontraba palabras para describir el asco que Shark me producía, ¡se creía que dejándome sin comer iba a debilitarme! Jodido estúpido, se olvidaba que yo estuve toda mi vida viviendo en la calle y que podía pasar días enteros sin comer. Ya le demostraría que conmigo no se debe meter.

Cuando los dos gorilas me dejaron en la habitación, me sorprendí al ver a Steve sentado sobre mi cama, mirándome apenado.

—Antes de que digas algo, quiero disculparme— murmuró, cabizbajo.

—Amigo, lo entiendo. Eres un títere al cual manejan. Está bien, sin rencores— le dije, cansada, para luego proceder a acostarme delicadamente sobre mi cama sin importar que él estuviera ahí.

Debía admitir que no todo era tan malo estando bajo el techo de Shark. La comida era riquísima y yo comía todo lo que veía, porque sabía que cuando me fuera de este lugar volvería a estar en la miseria, recolectando restos de alimentos en tachos de basura. Además, la comodidad del colchón hacía que mi espalda, acostumbrada a la dureza del piso, se sintiera como nueva. Y, por supuesto, bañarme era el paraíso, la ducha se había convertido en mi nuevo lugar favorito.

Por supuesto que todos los hechos anteriores estaban opacados por la rabia que me producía el tiburoncito de mierda, pero eso no significaba que no pudiera disfrutar parte de mi estadía aquí.

—Te voy a curar— susurró el rubio, y solté un gemido de dolor cuando sentí un algodón rozando una de mis heridas.

—¡No comprendo a tu jodido jefe! ¿Por qué me tiene que mandar a mí? ¿Por qué no le dan las pelotas para ir y matar?— le pregunté con un tono de evidente frustración, ya que de algún lado debía sacar respuestas.

—Es un poco... complicado. Al ser el jefe no puede encargarse de los asuntos en sus propias manos, ya que sería muy arriesgado. Por eso manda a otras personas a realizar las misiones, pero él se encarga de planearlas— me contestó, mientras seguía desinfectando las zonas donde tenía sangre— Aunque hay algunas situaciones en las que sí participa, pero no en cosas simples como matar a un traidor.

—¿Así que voy a matar a ese hombre porque es un traidor?

—Sí, es por eso. Pero tranquila, todo saldrá bien.

Sí, claro. Mi único consuelo es que Shark me provocaba tanta impotencia que yo aprovecharía la situación y desataría toda mi furia contra ese hombre al que me mandaron a matar.

Con alguien debía desquitar mi bronca antes de volverme loca en esta mansión.

⛓ ⛓

El día de la misión había llegado. Mi panza prácticamente rugía del hambre, pero no era nada que no podía tolerar. Sin embargo, el dolor de las heridas en mi cuerpo eran insoportables.

Apenas podía caminar sin poner una mueca de sufrimiento, pero no dejaría que me vieran derrotada. Haría lo que me ordenaron y volvería como una puta reina.

No me dejaría vencer, les demostraría que podía hacer eso y mucho más. Aunque me daba un poco de pena por el "traidor", pero entre su vida y la mía, obviamente prefería la mía, por más egoísta que sonara.

Revisé el armario, repleto de ropa que el tiburoncito había conseguido para mí, y decidí ponerme un conjunto de lencería, junto a unas medias de red y un abrigo que me cubriera lo suficiente para que no se me viera nada indebido. Además, lo complemente con unas botas de tacón que llegaban un poco por encima de mis rodillas. Estaba vestida toda de negro, mi color favorito.

Y lucía como una maldita diosa, incluso me sentía como una.

Jamás me había considerado a mí misma atractiva, ya que la suciedad que siempre cubría mi cuerpo y mis ropas desgastadas me impedían sentirme bien con mi apariencia, además de que tenía otras cosas más importantes de las cuales ocuparme en vez de fijarme en algo superficial. Pero ahora, mirándome al espejo, vestida de una forma tan sensual, con mis ojos resplandecientes de un brillo salvaje y mi pelo cayendo de forma rebelde por mis hombros y espalda, podía admitir que me follaría a mí misma.

Para finalizar mi vestimenta, decidí aplicarme un labial rojo, aunque estuve media hora tratando de que me quedara bien, ya que nunca había usado maquillaje. Por suerte los malditos no me habían golpeado en la cara, así que no tenía que tapar ningún moretón, pero igual me puse unos lentes negros, para no ser tan reconocible al ingresar a cumplir la misión.

Cuando me sentí satisfecha con la forma en la que me veía, decidí salir de la habitación, caminando lentamente porque no estaba acostumbrada a usar tacones, y temía terminar rodando por las escaleras.

Al llegar al comedor, podía sentir varias miradas sobre mí. Michael, el viejo de cicatrices en la cara que se había atrevido a tocarme, estaba babeándose mientras miraba mis piernas. Algunos guardias de Shark sonreían perversamente, e incluso me guiñaban sus ojos. Steve me miraba orgulloso, como si fuera una mamá pato contenta por los logros de su hija. Liam simplemente asentía con la cabeza, mostrando su conformidad con mi apariencia.

Y Shark... simplemente me observaba fijamente, siguiendo mis movimientos con su mirada de depredador. El maldito era una piedra viviente, tratar de adivinar sus pensamientos sería una pérdida de tiempo. Jamás demostraba otra cosa que no fuera maldad, burla o indiferencia.

Recorrió lentamente mi cuerpo, desde mis pies hasta mi cabeza, y cuando llegó a mis ojos sentí como la respiración se me atascaba. Su mirada era fuego puro, y me estaba derritiendo.

—Ay primor, ojalá yo fuera Marshall. No me importaría morir con tal de pasar un tiempo con tu cuerpo encima del mío— Michael interrumpió la atmósfera tensa, con uno de sus comentarios de viejo verde.

—Y a mí no me importaría matarte, aunque no te dejaría tocarme ni un pelo— le respondí, enojada. Si no aprendía a respetarme le iba a arrancar la lengua y lo obligaría a comérsela.

—Déjense de estupideces. Afuera hay una camioneta esperándote, Sydney. Ahí te darán las armas que necesitas— dijo Shark, y cuando pasé por su lado para dirigirme a la puerta, me agarró firmemente del brazo, susurrando en mi oído:— Recuerda lo que te dije, no falles.

—No dudes de mí, tiburoncito, todavía no me conoces y soy una caja de sorpresas— le respondí mordazmente, y soltándome de su agarre salí fuera de la mansión, observando la camioneta en la cual me iría.

Que empiece el show.

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