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9. Vous mourrez.

Rusia, Moscú.

Sábado, 9 de noviembre.

Aprieto mis ojos con fuerza cuando vuelvo a sentir nuevamente el ruido de un arma dispararse y muerdo mi labio inferior negándome a llorar por la situación. Escucho como la música de cuna vuelve a sonar cuando las luces se encienden, pero no tengo el valor de abrir mis ojos y rezo para que esta pesadilla solo sea un mal sueño.

Las luces vuelven a apagarse y antes de oír un disparo cerca un sollozo se desprende de mi sin pedirme permiso alguno. Me siento tan vulnerable, tan estúpida y la sensación de saber que voy a morirme en cualquier momento no me deja en ningún segundo que transcurre.

Aneley y Carrie regresan a mi mente en un corto recuerdo de nosotras tres cuando éramos felices con tan poco dentro del internado. Las miles anécdotas que tenía junto a Aneley, la primera vez que vi a Carrie, el momento de la subasta, Chad y Catriel, momentos que se fueron perdiendo con el correr de los segundos.

—No —musito, apretando mis ojos con fuerza al recordar las promesas que les había hecho a las chicas.

Tomo coraje y mordiéndome el labio inferior con fuerza abro los ojos decidida a enfrentarme con la realidad que estaba teniendo, sorprendiéndome cuando encuentro la habitación vacía. No hay ningún cuerpo muerto sobre el suelo, ni un solo hombre de pie riéndose a centímetros de la cama.

No hay música, no hay ruido, no hay señales de ninguna presencia dentro y fuera de la habitación donde estoy. Trato de aferrarme a la idea de creer que algo había sucedido y que no fue producto de mi imaginación solo porque me negaba saber que estaba volviéndome loca.

Espero algunos segundos más sentada en la cama y cuando veo que nadie va a venir, comienzo a forcejear mis manos atadas con la soga. Siento como con cada movimiento mi piel se quema, arde, pero no le presto atención y sigo haciéndolo tratando de obtener mi objetivo.

Gimo por lo bajo al sentir un dolor insoportable y suelto un pequeño grito desesperado cuando la ansiedad comienza a carcomer de apoco. Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas, las siento correr por mis mejillas, pero estoy tan concentrada en mis manos que no les doy importancia.

Me detengo cuando escucho una canción a lo lejos, no puedo entenderla porque está distorsionada y cuando las luces comienzan a parpadear la desesperación vuelve a mi cuerpo.

«Solo es un jodido sueño. Una maldita pesadilla.» Me repito, mientras forcejeo mis manos.

Suelto un grito frustrante cuando siento la presión de la situación cayéndome sobre los hombros, la canción alimentando mis miedos y las luces flanqueando mi vista, así que tironeo una de mis manos sin importarme su estado.

Grito cuando siento el ruido de mi muñeca y un dolor insoportable, pero la sensación de alivio que me embarga cuando logro sacar mi mano me hace sonreír. Con la mano que no me duele tanto, desató el nudo de mis pies, sacó la cinta de mi boca y acomodo mi pantalón antes de bajar de la cama.

«Perfecto, ¿y ahora qué?»

Visualizo cada rincón de la habitación buscando algún escape, algo que me ayude a protegerme, pero la habitación está tan vacía incluso con mi presencia que solo me aterra más. Trago saliva dándole una mirada de soslayo a la puerta y metiendo un mechón de cabello detrás de mi oreja, cierro los ojos soltando un suspiro.

«Tienes que salir, hazlo.»

Abro mis ojos y sin debatirme el peligro que puedo llegar a encontrarme, comienzo a caminar decidida hacia la puerta. La solitaria sala que había visto repleta de hombros minutos atrás me recibe con la luz prendida y la música viniendo desde un rincón de ella.

Como en la habitación no siento la presencia de nadie dentro de la sala, ni nada con que defenderme. Recordando el camino por donde había venido me acerco hasta la puerta principal aliviándome cuando la veo abierta. La luz roja de emergencia alumbra todo el pasillo hacia el ascensor que está abierto y solitario.

Intento aprovechar aquello para subirme al ascensor y poder bajar a la planta baja, pero a medida que mis pasos recobran vida y comienza a tomar velocidad, me tengo que detener cuando a estar solo a unos pasos de distancia, del pasillo derecho dobla un hombre.

Va vestido de blanco, con un cuchillo demasiado largo de un solo filo y un poco más corto que una espada. Su camiseta está manchada de rojo y cuando el hombre eleva su mirada con una sonrisa siniestra sobre sus labios, mis pasos reaccionan y retroceden.

Comienzo a correr hacia el pasillo de atrás que conduce hacia las escaleras y bajándolas logro llegar a la segunda planta. No me detengo, no quiero ni siquiera saber que ese hombre me sigue, así que comienzo a recorrer el pasillo alumbrado por la luz roja de emergencia.

Vous mourrez, vous mourrez, vous mourrez. —Aferro mis pies al piso cuando escucho y veo que otro hombre completamente vestido de blanco esta vez sale de una puerta, cruzándose hacia otra.

Un jadeo de impresión sale de mis labios cuando veo como arrastra el cuerpo muerto de un chico sin consuelo y en su otra mano lleva arrastrando un bate de béisbol.

Limpio las lágrimas de mis mejillas cuando las siento caer y repitiéndome que solo es una pesadilla avanzó nuevamente tratando de controlar el temblor de mi cuerpo. Cierro mis ojos llevándome ambas manos hacia mis oídos cuando siento un grito desgarrador proveniente de una mujer donde hace segundos atrás estuve y debatiéndome sí voltear, esta vez pienso en mi vida primero.

El corazón está latiendo tan asustado que la posibilidad de que muera de un ataque cardíaco no me deja de embargar. Apoyó una mano sobre la pared cuando vuelvo a bajar las escaleras apresurada para llegar a la planta baja, pero antes de que pueda llegar un cuerpo se interpone en mi camino.

Tiene su rostro cubierto de sangre y el solo grito lleno de horror que se desprende de mi cuerpo alerta al hombre para que comience a acercarse. Me giro en mi lugar para subir nuevamente dispuesta a buscar una nueva salida, pero en este principio encuentro a otro hombre.

Los cuerpos de ambos comienzan a acercarse, tan de a poco que me causa pánico. Veo como una sonrisa surcó sus labios y con la cabeza ladeada hacia uno de sus costados, eleva su mano apoyándose el bate de béisbol sobre su hombro.

Vuelo a gritar esta vez llorando cuando no tengo salida y ambos hombres comienzan a tocar mi rostro, acariciándolo, tironeándome el cabello de vez en cuando, manchándome con sangre como ellos están. Siento el gusto metálico sobre mi boca cuando acaricia mis labios, una opresión sobre mi vientre, las pequeñas risas escandalizadas de ambos y un temor que me embarga y no me suelta.

—Déjame ir, por favor —susurró desesperada—. Te lo ruego, déjame ir.

Inconscientemente no se a quien estoy pidiéndole, son dos hombres y ambos están muy lejos de obedecerme. Empujo mis manos cuando siento rabia de no poder hacer nada al sentirme tan vulnerable y pequeña con ambas manos sobre mi cuerpo, que comienzo a temblar.

Aprieto mis labios cuando uno de ellos, no se cual porque no me atrevo a mirarlos, mete su cabeza en el hueco de mi cuello y se ríe, golpeando mi piel con su aliento.

—Esto es para que sepas y te acostumbres a vivir constantemente en esta pesadilla, preciosa —susurra, mordiéndome la piel.

Pienso que todo está perdido cuando sus dientes muerden con demasiada presión aquella zona, pero solo son segundos y después ambas presencias se alejan de mi cuerpo. Escucho sus pasos subiendo los escalones, sus risas yéndose, pero aunque sé que ya no están ahí para atacarme, no me atrevo a abrir los ojos.

Solo espero que después de todo al abrirlos solo haya sido una pesadilla.

El sonido de una puerta abriéndose hace que observe con rapidez como la puerta principal se abre cuando las luces se encienden y sin dudarlo, corro hacia la salida esperando terminar con esta tortura de una vez por todas.

El frío de Rusia choca mi rostro mojado de lágrimas cuando logró salir, todo está oscuro y cuando pienso caminar sin algún rumbo solamente para alejarme de aquí, una presencia apoyada sobre un coche me hace detener.

—Sinceramente pensé que tardarías más. —Hace un mohín de disgusto, dándole una mirada rápida a su reloj—. Pero que bueno, ya comenzaba a aburrirme.

No detengo mis impulsos y con lágrimas acumuladas en mis ojos me acerco corriendo hasta donde está él y le lanzo un golpe. Ryd no hace nada para cubrirse aunque mi golpe no haya sido tan fuerte gracias al dolor que me provocó la soga, pero así mismo sigo golpeando su pecho con desesperación.

—Eres un maldito psicópata —acusó, separándome soltando un jadeo. Ryd eleva una de sus cejas divertido aun apoyado sobre su coche.

—No te equivocas, Arizona. —Eleva una de las comisuras de sus labios.

(...)

«—Esto es para que sepas y te acostumbres a vivir constantemente en esta pesadilla, preciosa.»

Cierro mis ojos rindiéndome ante mis lágrimas y cuando los abro, vuelvo a observar la oscuridad del camino regreso a la mansión. Las escenas de hace minutos atrás no me habían abandonado en ningún segundo, todos y cada uno de ellos se repetían como un disco rayado aún causándome escalofríos.

Ryd no había dicho nada, ni siquiera lo intentó, solamente se había subido a su coche y se quedó varios segundos adentro esperando a que subiera. Lo odiaba, incluso más que antes, pero no iba a dejar que por mi orgullo terminará en aquel lugar donde no quería volver jamás en mi vida.

Aun sentía la sensación de las manos de los hombres sobre mi cuerpo, su aliento chocando mi piel, sus miradas, las risas, los cuerpos muertos que desaparecieron, las personas vestidas de blanco, todo aquello no me abandonaba y me sentía como al principio.

Tenía muchísimas ganas de llorar, volver al internado y abrazar a las chicas en busca de protección. Quería acostarme, dormir, pero tampoco quería quedarme sola y dejarle la oportunidad a esos hombres para que vuelvan.

Mi cuerpo estaba alerta, tembloroso, pero alerta a cualquier ataque. Me sentía tan patética por no haberme podido defender y sentía tanta rabia que eso solo multiplicaba mis ganas de llorar y abrazar a alguien.

Cuando ingresamos a la mansión bajo del coche sin que antes apagará el motor y protegiéndome los antebrazos comienzo a caminar hacia la puerta principal sin mirar hacia atrás. El guardia que custodia la puerta la abre dándome una mirada de soslayo y en silencio ingreso cruzando la sala oscura con apuro.

Me giro dando un salto sobre mi lugar cuando escucho a alguien riéndose a mi espalda, confirmando que mi mente ya había recibido mucho daño y comenzaba a imaginar cosas que en realidad no estaban sucediendo.

Suelto un suspiro tratando de controlar los músculos de mi cuerpo y cuando intento girar para retomar mi camino, un cuerpo masculino se interpone en él provocando que lo choque.

—¿No deberías estar durmiendo? —Cobain le da una mirada a su reloj. Relamo mi labio inferior tragándome el nudo de la garganta y doy un paso hacia atrás.

—¿Qué hora es? —pregunto desorientada, ni siquiera me importaba el hecho de que estuviera aquí o que hacía. Sentía como si hubiese perdido el tiempo.

—Las dos de la mañana, dentro de poco estará el avión, ¿Estás bien? —Se cruza de brazos, analizándome.

—Sí, sí, solo...fui por un poco de agua —miento, hundiendo mis cejas con la mirada fija sobre su pecho. Aprieto mis labios y vuelvo a acariciar mis antebrazos—. Con su permiso, señor.

Cobain no me detiene y yo retomo mi camino hacia la habitación. Apenas entró enciendo todas las luces que veo a mi alcance e inmediatamente me meto al baño para darme una ducha. Me desnudo cuando le pongo cerrojo a la puerta y me quedo delante del espejo.

Veo como mis ojos se llenan de lágrimas cuando escuchó en mi mente las risas, la música distorsionada y las palabras de los hombres. Abro el grifo y dejando que las lágrimas nuevamente salgan, mojo la toalla llenándola de jabón antes de comenzar a refregarla por mi cuerpo.

Mi piel se pone roja de tanto refregarla, pero la sensación de sentirme sucia no me deja al igual que aquellas caricias. Refriego parte de mi cuello, rostro manchado de sangre, pechos, abdomen, piernas y repito cada acción cinco veces más.

Arrebató las lágrimas de mis mejillas y apoyó ambas manos en el lavado soltando un suspiro al ver mi piel roja y lastimada.

«Ya estás a salvo.» Me repito, pero mi mente no lo cree.

Cubro mi cuerpo con una de las toallas limpias y abriendo la ducha para llenar la tina, salgo del baño para buscar ropa.

—Quiero saber que te hizo. —Eleva su mirada cuando me detengo en el marco. Por el arito de su nariz, se que se trata de Chad—. Sé que fue Ryd, dime qué fue lo que te hizo.

—No fue él.

«¡¿Por qué lo defiendes?!»

—Estoy dándote una orden, Arizona.

Suspiró, sentándome en la cama muy alejada de él.

—No quiero recordarlo, sinceramente.

Chad asiente.

—Entonces responde. —Se cruza de brazos—. ¿Te llevó a un edificio repleto de hombres? —Asiento, tragando saliva—. ¿Te dejo sola? —Vuelvo a asentir—. ¿Abusaron de ti?

—No.

—¿Lo intentaron?

Aparto mi vista de él, empuñando ambas manos. El silencio que se crea entre los dos es tan tenso que me da miedo hasta cortarlo.

—Te he hecho una maldita pregunta, Arizona. —Eleva un poco su voz—. ¿Lo intentaron?

Mis ojos se llenan de lágrimas.

—Sí.

—Perfecto.

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