
◉ Acción || Homura x Madoka ◉
Homura, desesperada, besó a Madoka, su compañera de clases de la universidad, sin disimular las ansias que tenía de hacerlo, desde hace ya un tiempo.
Cuando le dijo, ahí, en la morada de la pelinegra, que correspondía sus sentimientos, la hija mayor de los Kaname no esperaba que su amiga reaccionara de esa forma, no pensó que sería besada de esa forma, de imprevisto. ¿No tenía que hacerse algo primero? ¿No existían unos pasos a seguir, en la cultura japonesa, para ese tipo de cosas? ¿Qué no tenía que pasar un tiempo prudencial entre ellas, antes de dar paso al contacto físico?
Estas, y otras preguntas, desaparecieron de la mente de Madoka, tan rápido como habían venido, y ahora estaba dejándose llevar por ese beso.
Madoka pensaba, hace ya algunos años, que, en caso de tener una relación, algún día, haría lo más tradicional. Algo como tomarse de las manos, pasar tiempo de calidad con su pareja, ver películas en el cine —o en casa de alguna de las dos—, y hablar de sus sentimientos. En resumen, que habría, primero, un acercamiento emocional, antes que físico. Pero Homura, al besarla de esa forma, demostró, sin necesidad de palabra alguna, que no pensaba igual que ella.
El frágil, y patético, hilo de pensamiento que su mente intentaba hilar, acabó por desintegrarse cuando, luego de separarse, y tomar un poco de aire, Homura atacó de nuevo, pero, esta vez, usando su lengua, provocando un respingo en la chica de cabello rosado.
Para Homura, la boca de Madoka era adictiva, incluso, podría jurar que su saliva tenía una inexplicable dulzura que la hacía perder la cabeza. No quería parar, necesitaba seguir besándola.
Se separaron nuevamente y, esta vez, tardaron un poco más en volver a besarse. Mientras recuperaban el aliento, ambas pegaron sus frentes y cerraron los ojos, relajándose al escuchar la agitada respiración de la otra mientras intentaban calmar la propia. No decían nada, tampoco hacía falta, sólo se limitaban a disfrutar de ese agradable momento.
Tras recuperarse, la primera en reiniciar el ataque fue la más baja de las dos. Ese arranque de iniciativa por parte de Madoka tomó a Homura desprevenida.
Madoka enredó sus brazos en el cuello de la más alta, atrayéndola hacia ella, tanto como pudiera. Parecían hallarse en una nube, una densa, y cómoda, nube de sensaciones nuevas y adictivas. Cuando volvieron a marcar distancia entre ellas, Homura cayó en cuenta de que se hallaba, prácticamente, encima de Madoka y ambas estaban, a su vez, encima de aquel sofá, en su sala de estar.
Madoka se veía hermosa, tenía las mejillas, y las orejas, teñidas con un lindo rojo. Su mirada rosácea, oscurecida y vidriosa, la enfocaba con persistencia y seguía teniendo sus manos en torno a la nuca de Homura. Se veía tan adorable, tan sumisa y vulnerable.
Y, por culpa de tan excitante imagen, Homura llegó a la conclusión de que no podría aguantar más. Se incorporó, le ofreció una mano, que Madoka aceptó, sin dudarlo un segundo, y la ayudó a levantarse.
Antes de que Madoka pudiera decir algo al respecto, Homura se le adelantó y, jalándola por la mano, que aún no soltaba desde que la ayudara a incorporarse, le dijo:
—Ven.
Acto seguido, se llevó a una curiosa, y expectante, Madoka a su habitación. Era obvio que la pelinegra quería terminar con lo que habían comenzado, hacía ya unos minutos, en la sala de su hogar, la residencia Akemi.
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