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4. Ojos Azules

Lo más resaltante de aquella adolescente no eran solo sus medias largas de huecos, sino que era su cara de niña y cuerpo de mujer, su carisma y su forma dulce de ser a pesar de las adversidades.

Molly cargaba los libros contenta en sus brazos, mientras volvía a casa para leerlos en el silencio y la comodidad de su habitación. A pesar de no tener tarjeta para sacar los libros, la bibliotecaria le tenía gran aprecio y confianza que se lo permitía.

Amaba los libros, los amaba tanto como amaba a Joe y al helado de chicle, eran su escape a una realidad alterna donde tenía una vida diferente y soñada a la que vivía, y solo por minutos se permitía soñar despierta, reproduciendo una película en su mente donde ella era la protagonista.

Llegó animada a casa, y al instante se encerró en su habitación, dejando los libros sobre su cama. Se quitó sus zapatillas y sus medias, perdiendo el equilibrio por un momento pero logró sostenerse de la pared.

Abrió el cajón y saco sus pastillas antidepresivas, y tomo una, pasándola con agua. A pesar de que no tenía receta, una compañera del club se las conseguía a cambio por unos pocos billetes.

Suspiró mientras se tiraba en su cama, y encendió un cigarro, tomando una calada y exhalando el humo lentamente. Abrió uno de los libros y comenzó a leer, adentrándose en el mundo de aquellas palabras mientras el humo del cigarro envolvía su habitación.

El mundo siguió su rumbo afuera, mientras ella seguía el propio ritmo de una fantasía en su cabeza, relajándose y haciendo lo que le gustaba mientras fumaba.

Perdió la noción del tiempo, hasta que Joe la trajo a la realidad horas después. Se sobresalto un poco en su cama, pero se relajo al ver a su mejor amigo interrumpiendo su momento de paz.

—Ey, enana. —entro por completo, sentándose a su lado y viendo curioso los libros que estaban en la cama.

Bufo ante el apodo, pero no evitó esbozar una pequeña sonrisa.

—¿Donde estabas? —se sentó mejor sobre la cama, dejando el libro a un lado.

—Acompañaba a Taylor a hacer unas compras, quería que le diera un aventon en el auto.

—¿Un aventon o una cogidon? —bromeo, con una sonrisa divertida ante su nueva palabra creada.

Joe no evitó carcajear ante las palabras de Molly.

—No me negaría. —le siguió el juego, pero luego se recompuso—. Pero no es mi tipo, es muy chillona.

—Y muy rosita fresita. —hizo la misma mueca que el mientras asintió de acuerdo con sus comentarios.

—¿De nuevo a la biblioteca? —movio los libros.

—Sip. Hay que aprovechar las oportunidades. —sonrió, mientras las acomodaba y las apilaba en un rincón.

—¿Oportunidades? Lo que hace la bibliotecaria no es legal.

—Shhh... —puso su dedo sobre sus labios—. Tu no viste, tu no sabes.

—Claro. Así como no veo lo fea que eres y el nido de pájaros que tienes sobre la cabeza. —le revolvió el cabello antes de salir rápidamente de la habitación.

Chillo frustrada ante aquella acción que tenía como hábito. El sabía cuánto ella detestaba que desordenaran su cabello, si ya era difícil de controlar por sus ondulaciones rebeldes.

Salió corriendo detrás de Joe para hacerle lo mismo, ya que la venganza se sirve en un plato frío, y ella lo lanzaría hacia los charcos sucios que había dejado la lluvia de esta mañana.

El ruido de las llantas le creaba una gran ansiedad a Molly. El problema no era el sonido en sí, sino a donde esas llantas la estaban llevando. No quería volver a ese lugar, anhelaba salir huyendo más que a nada en este mundo, más que las millones de estrellas en el cielo que brillaban sobre ella.

Pero, a veces el camino a donde nos llevan no es el que muchos queremos.

Sus dedos jugueteaban de forma brusca sobre sus propios dedos, pellizcando su carne y apretando sus dedos de forma inconsciente. El dolor ni lo sentía, solo podía escuchar los rápidos y fuertes latidos de su corazón martillando contra su pecho, como si este también quisiera huir muy lejos.

Su respiración era lenta, aunque sus bocanadas eran muy hondas como si el oxígeno dentro del auto no era el suficiente y se ahogara, aunque siente que se está ahogando en un mundo donde está lleno de monstruos y ella es el aperitivo que se repite, se repite y se repite.

Una vez llegaron al club, Joe y Molly se separan para ir a su campo de trabajo. Los pies de ella la llevan directamente a los camerinos, mientras su mente aún lucha contra el deseo de salir corriendo de aquel lugar como si la vida dependiera de ello.

Entra a los camerinos y ve a sus demás compañeras prepararse para los eventos organizados para está noche. Les da un breve saludo y deja su bolso sobre su tocador, inhalando hondo e intentando calmar su mente, sus pensamientos y su ansiedad.

"Control sobre ti, Molly. Control sobre ti." Se repetía a si misma, antes de tomar su conjunto y entrar al probador a cambiarse.

Reprimía sus lágrimas y el nudo en su garganta mientras se colocaba aquella lencería que dejaba poco a la imaginación. De nuevo era el aperitivo para los monstruos del lugar, solo rezaba con toda el alma que no la vendieran está noche y se encargará de puro bailar.

Al salir, se maquilla sencillamente y cepilla su cabello, y a los minutos entro el señor Kowalski sin siquiera tocar la puerta y mirando a las chicas como si el fuese dueño de ellas.

—Milly, te toca hoy con el señor de la mesa ocho, y dos de la mesa cinco. —le dio las indicaciones a una mujer castaña de solo 22 años.

Milly asintió sin más, terminándose de preparar para comenzar su trabajo.

—Lily, a ti el de la mesa siete. Le gustan las tetas grandes, intenta colocarte algo más ajustado para que se te noten más.

Lily solo asintió y fue a los probadores a apretar su conjunto.

Kowalski se encargó de darle indicaciones a cada una sobre los clientes que tenían apartado está noche y cuáles eran sus gusto para que estuviesen acorde a lo que ellos querían, hasta que le tocó el turno de la temblorosa Molly.

Una vez que quedaron ambos solos, se le acerca con una cara de pocos amigos, dejando atrás la "simpatía" que tuvo con las demás.

Ella lo mira en silencio, esperando las indicaciones sobre que cliente debe atender esta noche, o al menos a qué hora le toca bailar sobre el escenario, pero aparentemente Kowalski no tenía intenciones de decir algo como aquello con esa cara de que tenía ganas de matarla y tirarla en el bosque.

—¿Sabes lo que son las cámaras, Molly? —le pregunto, llenándola de ansiedad al no saber a donde quería llegar con aquello.

—Si... si sé, señor. —murmuró en un hilo de voz, mirándolo tensa.

—¿Y sabes que tengo muchas de ello en mi oficina? —se le acercó peligrosamente, que los vellos de su cuerpo se alzaron ante la alerta que le dio su cuerpo.

Asintió lentamente.

—Si.

—Creo que no sabes. —saco un cigarro del bolsillo de su chaqueta y jugueteo con el entre sus dedos—. Descubrí a una ratita indagando en mi oficina y en mis papeles la noche anterior, y... Conozco a las ratas que tengo en mi club.

El cuerpo de la adolescente se tenso mucho más al oír aquello. No tenía idea si ser consciente de que se esperaba que la descubrieran, o que también esperaba un milagro de que nadie la haya visto, pero esa luz no toco aquella escena.

Su propósito era encontrar los papeles del contrato para terminar con eso y que Kowalski no tenga ningún poder más sobre ella. Poder ser libre, de que dejen de violarla y salir de aquel infierno, pero las cadenas que la tienen amarrada eran más fuertes que cualquier intento estúpido.

Sabía que debía ser más inteligente, pero cuando vio la oportunidad de entrar no la desaprovechó. ¿Cuando podría tener alguna oportunidad así otra vez? Tal vez ya nunca, no podía solo ver la puerta abierta y no intentar nada por su libertad, por si misma y terminar con todo esto de una vez.

Pero la vida no la quería, y ahora debía atenerse a las graves consecuencias de sus actos descuidados.

—Puedo explicarlo, yo solo estaba... —se levantó para intentar crear una excusa, algo que no la castigue tan severamente.

Pero se detuvo y se encogió cuando él le tiró una silla, aunque la paso por un lado y estampó contra el espejo del tocador, haciendo un gran ruido y los cristales cayendo rotos sobre el piso, creando un desastre.

Su cuerpo tembló de miedo, temiendo que le haga daño o la golpee. De nuevo se sentía como una hormiga indefensa ante la crueldad del mundo, tan pequeña y débil sin fuerza en sus pequeños brazos.

—Si vuelves a entrar a mi oficina, te juro que será la última vez que tengas manos para intentar indagar entre mis papeles. —señalo con amenaza, y metió el cigarrillo en su boca antes de irse y dejar los camerinos en un tenso y pesado silencio.

Ella seguía encogida en su lugar, con su cuerpo temblando y las manos sobre su cabeza como protección. Intentaba calmar el pánico que tuvo su corazón segundos antes, pero era complicado.

Se sentía tan atrapada en una jaula, y solo quería salir cuanto antes y ser feliz.

Pero aquella posibilidad eran meros deseos de una adolescente.

Traga sus lágrimas y el nudo de su garganta, y se termina de alistar antes de salir y comenzar con su trabajo. Paso entre varios clientes que algunos aprovecharon en manosearla un poco mientras pasaba, pero los ignoraba y sus pasos iban rápido hacia su destino.

Subió los escalones del escenario y camino hacia la barra, notandose un poco la tensión de su cuerpo por el evento pasado, pero tomaba aire e intentaba pensar en cosas lindas para relajarse y poder bailar.

La música no tardó en comenzar a sonar, y procedió a bailar sensualmente para el público con ojos brillando de una lujuria perversa.

Mueve su cuerpo, acaricia su piel como si estuviese promocionando su cuerpo y juega con su cabello sensualmente antes de subir a la barra.

Sus oídos solo podían captar la música, solo quería oírlo e imaginar que bailaba sola y no ante monstruos que solo ansiaban comerla viva y sin piedad. Giro en la barra y dejó caer su cuerpo, con sus piernas sosteniéndose y girando lentamente.

Sus pensamientos podrían ser estúpidos ante la sociedad. Prados llenos de rosas moradas, un estanque de helado de chicle, y no podían faltar las galletas y a un Joe bien contento comiéndose todo, pero aquella imaginación estúpida era algo que la calmaba, era una mentira que se creaba para intentar hacer las cosas bien y que no haya más consecuencias con su jefe.

A veces, salir de la realidad es la única opción en momentos de presión y tormento. Imaginar que hay una linda vida detrás de todo lo malo y oscuro, aunque esa linda vida viva en la profundidad de tu mente.

Pronto, la tensión de su cuerpo se disipaba, sus músculos se relajaban y su cuerpo poco a poco solo iba dejándose llevar, donde el escenario era solo negro donde no había nadie más.

Bailaba sin ver a nadie, sin concentrarse en nada e ignorando el mundo a su alrededor, como si solo existiera ella y su gusto por el baile. Subió a lo alto en la barra e hizo un paso que al público le encantó y le silbaron, pero ella ni siquiera escucho aquello, estaban en un trance donde nadie más existía, solo la barra y la música.

Al bajar y seguir bailando mientras sostenía la barra, sus ojos se desviaron por un momento hacia la zona VIP, donde vio algo peculiar, algo que llamo su atención y su cuerpo vibro.

Un par de ojos azules.

Apenas podía divisar su color, pero estaba 100% segura de que eran azules. Azules como el océano, o tal vez como el cielo. No tenía idea, pero si sabía que aquellos ojos habían llamado su atención, no solo por su peculiar color, sino la intensidad de ellos.

Podía sentir la pesadez de aquellos ojos, junto con la sensación de su piel erizándose al tener aquellos ojos como espectador sin siquiera parpadear, como si no quisiera perder ningún detalle.

Extrañamente, aquellos ojos la atrapaban, la ponían nerviosa y podía sentir aquella pesadez por la intensidad de esos. Una vez que los vio e hizo contacto con ellos, no hubo vuelta atrás, como una especie de sombra aferrándose a ti sin querer soltarte y está la sensación de que está allí, tan cerca y a la vez tan lejos.

"Concéntrate, Molly. Concéntrate."

Sintió que el tiempo se detenía, como si el aire se volviera denso y cada sonido se desvaneciera en un eco distante. Aún podía sentirlo, y no evitaba mirar hacia aquellos ojos de vez en cuando.

Había algo hipnótico en sus ojos; era como si pudiera ver más allá de su piel, desnudando su esencia, sus miedos y deseos ocultos.

Su corazón latía con fuerza mientras seguía bailando, una mezcla de curiosidad y vulnerabilidad que la hizo vacilar. Molly se sintió expuesta y viva al mismo tiempo, como si el pudiera leer cada pensamiento que cruzaba por su mente.

El resto de la música siguió sonando, pero solo era un mero fondo y sus pasos estaban en piloto automático mientras su curiosidad palpitaba en su mente y en sus ojos desviándose de vez en cuando hacía la zona VIP.

Al terminar la música, teniendo que detenerse a bailar ya que perdió la noción del tiempo, solo pudo escuchar los aplausos, silbidos y palabras fuera de tono. Parpadeo, y solo bajo del escenario mientras echaba su cabello hacia atrás y pensaba en lo que había pasado allí arriba.

Tal vez solo era el estrés y la tensión de antes que le habían jugado una mala pasada. Necesitaba relajarse y volver a sus cabales cuánto antes.

Después de cambiarse al confirmarle que, gracias al cielo, no había clientes que complacer hoy. Tomo su bolso y miro una última vez los trozos del espejo roto en el piso antes de irse, siendo un aviso sobre lo que ocurriría si vuelve a indagar y ser descubierta.

Quedaría como esos trozos, aunque mucho peor.

Iba a buscar a Joe, pero se tenso de nuevo cuando Kowalski se le acercó.

—Aviso, un cliente te compro pero no para esta noche. —sus palabras la hicieron fruncir el ceño. Sabía que era muy buena la posibilidad de que nadie la haya comprado.

—¿Y para cuándo? —acomodo mejor su bolso sobre su hombro.

—Mañana. Es un cliente... especial. Intenta practicar tus pasos antes del momento de bailarle. Quiero que lo hagas bien o tu sueldo se reducirá más. —advirtió, antes de pasarle por un lado e irse sin darle más información sobre el comprador.

Pero al mismo tiempo no quería saber, no quería tener pesadillas sobre un viejo verde tocándola. Suspiró pesadamente antes de irse con Joe a casa.

A los minutos, ella se quitaba sus zapatos en la sala mientras veía como su mejor amigo se quitaba la chaqueta y los zapatos por igual.

—De nuevo me vendieron. —susurro, esperando su reacción. Ninguna era buena, pero era algo entendible tomando en cuanto que para Joe Molly es su hermanita.

El suspiró pesadamente antes de mirarla.

—¿Y quien fue esta vez? —pregunto con notable molestia en su voz, pero no hacia ella, sino hacia Kowalski y el vendedor.

Molly se encogió de hombros.

—No lo sé, no me dio información. Solo me advirtió que lo hiciera bien, aparentemente le importa mucho aquel cliente que estoy segura que sería capaz de que él le baile también. —sonrió, intentando ponerle humor al tema y bajar las tensiones.

Joe bufo, pero no evitó sonreír también.

—Mientras al viejo ese le llueva dinero, se convertiría en puto. —ella soltó una pequeña risa ante la idea de Kowalski con lencería.

—Iugh, mi imaginación. —hizo una mueca asqueada pero divertida.

Joe se le acercó, y acarició su cabello con mucho cariño y suavidad.

—Ve a dormir, hoy tuviste una noche pesada. —le susurro, preocupado por ella y su bienestar mental y físico.

Ella asintió lentamente.

—Si, tu igual. —beso su mejilla—. Buenas noches, hermanito.

Sonrió y beso la frente de ella.

—Buenas noches, enana.

Cuando Molly ya está acostada en su cama, con su pijama de gatito puesto, el suave roce de las sábanas contra su piel era un recordatorio de la calidez del hogar. La habitación estaba sumida en una penumbra tranquila, iluminada solo por la luz tenue que se filtraba a través de las cortinas. Su mirada se perdía en el techo, un lienzo blanco que se convertía en el refugio de sus pensamientos.

En cada rincón de su memoria, no solo pensaba en la idea de que haya sido vendida, sino también recordaba los ojos azules de aquel misterioso desconocido.

Se preguntaba quién era él, que historias escondían esas profundidades oceánicas. Había algo en su mirada que la había atrapado extrañamente, algo que la hacía sentir como si él pudiera ver más allá de las apariencias, como si pudiera desentrañar los secretos que guardaba celosamente.

"¿Por qué parecía tan diferente a los demás?"

Quizás era un artista, alguien que vivía en el borde de la realidad y la fantasía y fue por inspiración. O tal vez alguien que quería salir de la rutina diaria, buscando algo diferente en un mundo abarrotado de indiferencia.

Se giró en la cama, acomodando la almohada bajo su cabeza. No evitó preguntarse si algún día lo volvería a ver, si esa vez lo podría observar bien y descubrir que era eso que lo hacía extrañamente diferente para ella, porque estaba segura que esos ojos profundos y penetrantes no eran lo único diferente que había en ese club.

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