
7
No bajamos. Nos metimos de nuevo en la suite como cobardes consumados.
—Tiene que haber una explicación lógica —sugerí, con la espalda pegada a la puerta.
—¿Qué eran esas... cosas?
—Seguramente nada que no se pueda aclarar de forma racional. La noche y el cansancio suelen engañar a los sentidos.
—¿Y el sonido? —Era horrible, en verdad. El chillido se oía ahora más agudo, provenía de abajo. Del círculo de luz—. ¿Sigue pensando que están viendo Alien? —La voz de Imotrid temblaba.
—No sé qué pensar —repliqué, nervioso—. Tal vez estamos alucinando. Tal vez no era el agua sino la comida lo que contenía alguna droga.
—¿Con qué fin? Era más lógico que nos durmieran.
—Asustarnos. Tal vez quieren asustarnos para que nos vayamos.
—Pero... ¿por qué?
No tenía las respuestas y a cada minuto, mis nervios se alteraban más y más. Y el colmo fue cuando, a través del espacio inferior de la puerta, se deslizó algo viscoso, algo que fluctuaba entre el verde y el morado, y se arrastraba hacia el interior del cuarto. Mi secretaria, que había caído de trasero al piso, retrocedía sin lograr ponerse de pie. Sus ojos enrojecidos y las pupilas dilatadas avalaron mi teoría de que nos habían dado a consumir algo extraño.
—No temas —dije—, no es real.
—¿Cómo lo sabe? ¿Y si, como dicen los que murieron, esto es lo real?
Mi cabeza no lograba coordinar ideas, tenía una sed increíble y me ardían las manos.
—Tengo sed —dijo entonces Imotrid, como si me hubiera leído el pensamiento—. Necesito agua.
En los vasos que ella misma había traído, aún quedaba líquido; bebió. Me ofreció el otro y acepté con temor. Su rostro se había transfigurado, no era ella. Me veía con rabia, como si me odiara. Fue la desconfianza subyacente en su mirada lo que me hizo dar cuenta que yo la veía de igual forma: amenazante. La viscosidad se amontonó en una de las esquinas y allí quedó.
Moviéndome como pude junté algunos restos de la comida en un pañuelo y lo metí en mi bolsillo. Guardaba la esperanza de poder enviarlos a algún laboratorio. Unos pasos secos se acercaron a la puerta.
En un acto reflejo nos metimos los dos en mi cama y fingimos dormir. El enemigo común desterró la aversión que llegamos a sentir el uno por el otro. Alguien abrió, recogió los restos del banquete y se retiró. Luego escuchamos un sonido similar al de un globo desinflándose. Después nada.
No sé qué sucedió después, pero despertamos como nuevos. Como si hubiéramos descansado unas quince o veinte horas. La viscosidad no se veía por ninguna parte.
—Regresamos a Almafuerte —le comuniqué a Imotrid en cuanto emergió de entre las cobijas con el pelo revuelto y la boca abierta en un bostezo gigantesco.
—¡No! Ni loca...
Había vuelto a ser la misma. Evidentemente, yo también.
—¡No podemos comer ni tomar nada que nos den acá! —No estaba dispuesto a ceder esta vez—. ¡No permitiré que nos vuelvan a drogar y nos hagan ver... víboras parlantes o lo que sea! Nos vamos. Es lo más sensato.
La puerta se abrió de golpe y por ella entró Susy con su estúpida sonrisa.
—Supongo que estarán repuestos —expresó casi con deleite—, el desayuno espera en el comedor. Y esto ha llegado para ti con el correo de la mañana.
Le entregó a Imotrid un sobre similar al que nos había enseñado Alejandra Pardo.
—Gracias —dije—. No desayunaremos, ha surgido algo y debemos regresar a Almafuerte. ¿Tiene alguna explicación para lo que nos sucedió en los riscos?
—Presumo que se habrán dado un susto —replicó con aire casual—, o el clima les habrá sentado mal... No puedo saberlo, el caso es que Luis los encontró y los trajo. Usted se había desmayado y la chica... bueno, estaba algo asustada.
—De acuerdo, muchas gracias —me adelanté cuando vi a Imotrid abrir la boca con intención de retrucarle—. Ya nos pondremos en contacto con ustedes. De todos modos, quedamos agradecidos por la maravillosa hospitalidad.
Susy se balanceó de adelante a atrás con las piernas ligeramente separadas y las manos enlazadas en el frente.
—Es una pena que se marchen. Alejandra confía tanto en ustedes...
—¿Usted ha recibido algún sobre? —pregunté.
—No. De hecho, cuando llegó el correo de hoy me estremecí, creí que me tocaría esta vez. Ya sabe, en este pueblo nos pasamos esperando la muerte.
No sé si fue idea mía, pero la sonrisa se le extendió aún más. Tenía unos dientes muy blancos, muy parejos y muy grandes. Artificiales.
Se retiró envuelta en un aire burlón.
—Ábrelo —murmuré.
Imotrid negó con la cabeza y me lo dio. Asentí.
—Fíjate si encuentras mis anteojos de repuesto —le pedí mientras rasgaba la misiva.
Ella se dirigió a mi mochila y regresó con los lentes, me los coloqué y leí.
Vas a morir. Despídete del mundo. El jueves diecisiete de febrero será tu último día.
Un frío helado me corrió por la columna.
—¡Eso es mañana! —exclamó mi pobre secretaria, alarmada.
—¿No hagas caso! ¿O se supone que te vas a suicidar?
—¡No tengo la menor intención de hacerlo, Lamadrid, se lo juro! ¡me está dando miedo todo esto!
Le temblaba la voz, y no era para menos.
—¡Nos vamos! —pronuncié con mayor énfasis. Ella solo atinó a asentir como un corderito. Algo bastante inusual, por cierto.
Pero largarnos de aquel lugar no reultaría tan fácil. Apenas bajamos las escaleras, el gesto apenado de Alejandra me conmovió. Sentí que quería decirme algo y no podía. No supe interpretarla, su mirada era de súplica.
Fue Imotrid quien la tomó por los hombros y le dijo con firmeza:
—Descubriremos qué sucede, Alejandra, se lo prometo.
Ella asintió con los ojos húmedos. Fue cuando el cielo se oscureció otra vez y se sacudió la tierra como una coctelera.
—¿Qué demonios es eso? —exclamé alterado.
—¿Qué cosa? —preguntó Susy, a su vez, con su mejor cara de póker.
Imotrid y yo luchábamos por mantenernos en pie ante el movimiento telúrico. Ellos, en cambio, permanecían como si nada. Alejandra negaba con la cabeza, los ojos llorosos.
—Regresaremos —le aseguré. Y nos marchamos.
Salimos a los tropiezos de la mansión. Y entonces, la sorpresa fue impactante.
¡No era Riscos! O había cambiado tanto que no éramos capaces de reconocerlo. Avenidas asfaltadas, casas vidriadas de una sola planta, césped reverdecido, prolijamente cortado. El sol era más suave en su brillo, más pálido que lo usual. Lo primero que me vino a la mente fueron las palabras de Maciel: «Vivimos en un mundo que no es real, es todo una gran simulación». Luego recordé una película: The Truman Show, donde el protagonista vive toda su vida, sin saberlo, dentro de un show televisivo de realidad simulada.
—¿Será la locación de una película? —pregunté extrañado. Imotrid dejó caer la mandíbula, tan asombrada como yo.
—Tiene que ser algo así. —¡Al fin admitía que yo podía tener razón!—. Cambió por completo el escenario...
Ni siquiera hicimos el intento de regresar a casa de Alejandra. El temor nos empujaba a buscar cómo salir de aquella extraordinaria locura.
Recorrimos el pueblo. La cerca de alambre, con sus púas exageradas, continuaba allí. La cruzaban cables de color azul y unas pequeñas luces blancas diseminadas por aquí y por allá. O no las habíamos visto o no estaban allí cuando llegamos.
—¿Estará electrificada? —preguntó Imotrid. No contesté porque la verdad es que no lo sabía, pero era exactamente lo que parecía—. Lamadrid...
—¿Qué?
—Nos están rastreando. —Me mostró la pantalla de mi celular, donde pude distinguir una serie de líneas —un mapa, supuestamente— y dos puntos, uno rojo y otro azul. El rojo parpadeaba.
—El azul es este teléfono —me explicó.
—Y el otro?
—Alguien que nos vigila.
—Pero... si tú, que eres solo una niña de diecinueve años, te das cuenta, cómo pueden... «ellos», quienes quiera que sean, ¿no darse cuenta de que los vemos?
—No lo sé, Lamadrid, pero se me acaba de ocurrir una idea.
—¡Oh, Dios, no!
—Aparque y cállese.
Otra vez, no sé por qué, pero le hice caso. Detuve el auto al costado del camino. Descendimos y ella dejó el teléfono en la cajuela.
—Seguiremos a pie —dijo.
—¡¿Hasta Almafuerte?!
—¡No, hombre! ¿Cómo se le ocurre? No nos marcharemos de Riscos sin visitar el hogar del profesor Maciel, ¿verdad? ¿En el veintidós de Manzanares? Supuestamente, allí comenzó todo, ¿no?
Suspiré. Por más que quisiera irme lo más rápido posible de aquel espantoso lugar, la chica tenía razón. Caminamos las dos o tres cuadras que nos separaban de la calle Manzanares y nos encontramos con una casa similar al resto, como si se hubieran fabricado en serie. Lo que tenía de diferente era un letrero en el medio del jardín: «En venta».
—¡Uh! —resopló Imotrid—. ¿A quién cornos se le ocurriría comprar una propiedad en un pueblo como Riscos? O, si como dice usted, es una película, ¿en un plató?
—Bueno, la gente que vive acá en algún momento habrá comprado, ¿no? ¿O serán todos actores? ¿Ves? Esa es una buena pregunta para hacer a los residentes, «¿qué lo trajo a vivir a Riscos?».
—Es verdad. —Volvió a coincidir ella para mi asombro—. Al próximo vecino que nos encontremos, se lo preguntaremos.
Al llamar a la puerta en el número veintidós, nos atendió un joven de treinta y pocos con gesto afable y vivaces ojillos celestes. Vestía un extraordinario conjunto de pantalón y chaqueta de material sintético en color azul claro y sostenía una caja de cartón entre las manos. Tenía un pequeño óvalo brillante en la sien izquierda. En aquel momento, no logré darme cuenta si era un tatuaje o alguno de esos artilugios, tipo piercing con los que la juventud disfruta maltratarse el cuerpo.
—¿Es la casa del profesor Maciel? —pregunté.
El muchacho frunció el entrecejo.
—Era mi abuelo —repuso—¿Quieren entrar? Estoy sacando todo lo que no se van a llevar con la venta de la casa.
—Soy Lamadrid, investigador privado. Y ella es mi secretaria, Imotrid.
—¡Oh, qué nombre más bonito!
—Gracias —replicó ella con un mohín. Continuaba asombrándome. Las hormonas tienen la particularidad de cambiar el comportamiento esperable de una persona.
—Soy David —se presentó él—. ¿Así que era amigo de mi abuelo? Parece bastante más joven que él.
Debo reconocer que me sentí halagado y, a la vez, confundido. El profesor Maciel me parecía demasiado joven como para tener un nieto de la edad de este joven.
—Lo conocí en la biblioteca donde trabajaba, en Almafuerte —expliqué—. No éramos realmente amigos, sólo charlábamos brevemente cuando tu abuelo aparecía por allí.
—¡Oh! —exclamó él con asombro al tiempo que nos permitía el paso—. No sabía que había una... ¿cómo la llamó? ¿biblioteca? en el Distrito. Ni que mi abuelo asistiera a esos lugares.
El joven colocó la caja encima de una pila. Miré a Imotrid, que me lanzó una miradita de burla. Hacía tiempo que me había hecho saber que consideraba obsoletas las bibliotecas. De hecho, aseguraba que, en un tiempo más, nadie leería libros en papel. Aquella experiencia en Riscos le dio la razón.
—Hubo un ancestro mío que escribía libros —comentó el muchacho—. Se llamaba como mi abuelo. En realidad, a lo largo de la historia, hay varios Marcelo Maciel.
Acababa de enterarme el nombre de pila del profesor.
—¿De veras? ¿Y sobre qué escribía tu ancestro?
—Historias de fantasía o ciencia ficción, no sé el género porque lo mío no es la literatura, solo he leído las obras obligadas del colegio —rio. Imotrid, cuyas hormonas habían retomado su letargo, lo miró con indiferencia. El chico carraspeó ligeramente y continuó—. Perdonen, vinieron hasta aquí por algo, ¿verdad? ¿En qué puedo ayudarlos?
—Solo queríamos saber algunas cosas... ¿Esta casa era de tu abuelo?
—Sí. La propiedad ha estado en la familia por años. Ha sido reformada muchas veces. Soy único hijo, nieto y bisnieto, ya saben, familia corta. Mi abuelo vivió acá hasta que sus padres murieron, luego se mudó al Doce cuarenta y uno.
—No comprendo... ¿Qué es el Doce cuarenta y uno?
La sonrisa del muchacho expresó su desconcierto.
—¡No me lo creo! —exclamó divertido y dirigió sus ojos a Imotrid. Ella le lanzó su mirada de gato—. De verdad me asombra que todavía haya quienes llamen Almafuerte al Distrito Doce cuarenta y uno, pero ¿fingir que no saben de qué hablo? ¡Eso ya es demasiado! —Pareció dudar unos segundos, luego su gesto mutó—. Son de la Resistencia, ¿verdad?
—¿De qué hablas? —preguntó Imotrid con molestia—. ¿Es una broma? ¿Están filmándonos para algún programa de televisión?
—¿Televisión? —O era un excelente actor o mi secretaria y yo nos habíamos saltado algo—. ¿De qué están hablando?
—Olvídalo —dije para descomprimir, mi cerebro comenzaba a vislumbrar un escenario demasiado irreal como para creérmelo y seguir por allí. —¿De qué trata el libro que escribió tu antepasado? —insistí.
—No lo leí. Mamá dice que aquel antepasado estaba tan loco como el abuelo. Los dos creían en cosas raras y contaban historias fantásticas. Hubo varios casos así en la familia.
—¿Qué tipo de historias contaban?
—Mundos paralelos, simulados. Fantasías. Aquel Marcelo Maciel de principios del siglo pasado hablaba de realidades alternas, yo qué sé. Mi abuelo, en cambio, hablaba de vidas anteriores. Los dos eran un poco... incoherentes, si me entienden.
—Ese libro, ¿lo conserva tu familia?
—Sí, claro. De hecho, guardé unos manuscritos hace un momento.
—¿Me lo dejarías ver?
Dudó.
—Es un recuerdo de familia —se quejó.
—Sólo déjame hojearlo, por favor.
—¿Hojearlo? —Sonrió—. De acuerdo.
Rebuscó en una de las cajas y sacó dos cuadernos viejos y gruesos.
—Son una verdadera reliquia —murmuró extasiado—. Trátelos con mucho cuidado, por favor.
Pasé las hojas con lentitud y, en las líneas, entreví algo de lo que me solía hablarme Maciel en nuestras charlas. Pero no fue sino hasta abrir la última página que mi corazón dio un salto.
—¡No puede ser! ¡Esto es un error!
—¿Qué pasó? —preguntaron al unísono Imotrid y David.
—¡La última entrada es del diecisiete de febrero de 2024!
—Se habrá equivocado —descartó mi secretaria.
—No —señaló David—. Es su última entrada, ese fue el día en que murió aquel hombre.
Mi secretaria y yo cruzamos miradas. Transitábamos el 2022.
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