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17

Carlota mantenía los ojos muy abiertos y la boca cubierta por su mano. Imotrid se había acodado en la mesa con las manos juntas a la altura de la barbilla. Estaba tensa. Ignacia, en cambio, largó una bocanada de humo y sonrió.

—¿Cómo te diste cuenta? —me preguntó como quién pregunta cómo te fue en un examen.

—Indicios. Que tú misma me diste.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo cuáles?

—Tu estado anímico cuando regresamos de Riscos, por ejemplo. Carlota se mostró aliviada y, al mismo tiempo, angustiada; en cambio tú, parecía que en todo momento hubieras sabido dónde estábamos, ni siquiera te asombró nuestro retorno. Hasta sabías de los híbridos.

—¡Todos los que van a las reuniones de Maciel conocen esos temas! —rezongó Carlota. Ignacia sonrió condescendiente.

—Convenciéndome de que no te creías los viajes en el tiempo, intentaste sonsacarme información —continué— y te diste cuenta de que tu sobrina y yo también habíamos viajado. Hasta te resultó divertido que acudiéramos a Santoro.

—¡A esta edad, todo me resulta divertido! —exclamó ella entre risas.

—Por eso no te cansas de buscar tu boleto al pasado, ¿verdad?

—Pero con algo de poder —replicó burlona.

—¿¡Cómo que con poder!? —intervino Carlota.

—¡Cuéntales! —grité.

—Cuéntales tu —me replicó rabiosa—, que al parecer, te lo sabes todo.

—No, no lo sé todo, lamentablemente. Creo que al inscribirte en ese programa, Human Test, descubriste algo, o te prestaste para algo a cambio de... ¿qué? ¿Asesinar personas?

Ella volvió a reír y se puso de pie, ya no necesitaba el bastón. Su rostro continuaba siendo el de una mujer de edad muy avanzada, pero su cuerpo se movía como si tuviera veinte años menos.

—¿Rejuvenecer? —preguntó la sobrina con asombro.

—¡Ja! ¡Ya me gustaría! —replicó Ignacia—. Soy un experimento, quitaron algunas partes dañadas e implantaron robóticas. 

—¿A cambio de qué? —volví a preguntar.

—¡De que me permitieran viajar en el tiempo a mi antojo!

—¿Se puede hacer eso?

—Todavía no, aunque están muy cerca. Pero no te excites, mi estimado Patricio Lamadrid, no soy la única que, de a poco, se va convirtiendo en un híbrido. Hay otros, somos muchos... Y los disidentes que no han hecho trato por nada hoy se ven a sí mismos como lo que son, simples experimentos. ¡Pobres idiotas!

—Pero tú eres la asesina.

—¿Qué? ¿Qué dices? —gritaron casi al unísono, Carlota y su hija. Ignacia sonreía mientras soltaba extensas bocanadas de humo. Sus manos venosas ya no temblaban y sus ojos de huevo duro tenían un brillo de malicia inexplicable.

—¿Qué puedo decirte, querido? Aunque me hagan de nuevo, se me termina el tiempo, ya sabes, hay partes que no se pueden reemplazar. Todavía. 

—Y tu quieres ir al pasado.

Ignacia giró la cabeza, mirándome con cierta sorna.

—Siempre fuiste un chico muy aplicado —comentó.

—Nacha... —murmuró Carlota acercándose a ella—, dile que no es cierto, que tú... Tú no los mataste, ¿verdad? ¿Por qué harías eso?

—¡Es la única forma de estudiar esas benditas placas para poder viajar al pasado!

—¿Quién te lo pidió? ¿Rosenkrauss?

—No me lo pidió. Me explicó que tendría que tener unas cuantas para poder explorarlas e intentar revertir el proceso y luego traer a la persona de regreso.... Es complicado.  De verdad yo no sabía que esas personas morirían. Es más, en un primer momento, pensé que las ayudaría volver a la normalidad... Luego me explicó el doctor que, al implantarlas, se tocan algunos nervios, y, al quitarlas... pues también. Creo que tienen algo que los lleva a suicidarse cuando se quitan, justamente, para que nadie lo sepa... ¿entiendes?

Su mirada ahora era de resignación.

—Perfectamente. Así y todo, seguiste matando.

—No tendré paz hasta que regrese a 1958.

—Y ¿qué crees que podrás hacer de distinto? 

—¡Todo! Dime algo, cuando viajaste al siglo XXXI, ¿eras un esqueleto? —Fruncí el entrecejo sin comprender adónde apuntaba—. ¡No! ¿Verdad? ¡Cuando tú y mi sobrina fueron al futuro conservaron la misma apariencia! ¡Viajar al pasado es lo mismo! Iré al momento en que tenía ocho años, pero tendré la misma edad que tengo ahora, ¿comprendes?

—Y ¿qué  crees que harás? ¿Modificar la historia?

—¡Acertaste!

—¡No! —gritó Carlota—, ni lo sueñes. ¡No tendría a mi hija!

Ignacia la miró con rencor.

—¡Tú no sabes nada de todo lo que pasé!

—Claro que lo sé. 

—¿Cómo...? ¡Eras una niña!

—Tú también... Mamá me lo contó antes de morir... Lo siento mucho.

—¿Mamá lo sabía?

Carlota asintió e Ignacia se dejó caer sobre la silla.

—¿Y no hizo nada?

—Augusto la amenazó con hacerme lo mismo si lo denunciaba... ¡Perdón!

—Tu no tuviste que ver... eras solo una niñita pequeña, no me hubiera perdonado si ese monstruo te hubiera hecho algo... Pero... ¿mamá? ¿Por qué...?

—¿Cómo crees que murió Augusto?

—En aquel accidente...

—No. Mamá lo envenenó, por eso nos fuimos del pueblo...  —Ignacia entrecerró los ojos y miró a su hermana de rabillo, con gesto enojado. Luego encendió otro cigarrillo y dejó la mirada perdida en algún punto impreciso—. Ignacia se marchó del hogar a los quince años —relató Carlota—, entonces sucedió. 

—Cuando el imbécil intentó acercarse a ti —pronunció su hermana con voz monocorde.

—Sí. Nos marchamos a Europa, no te localizamos para avisarte. En aquella época no había celulares...

Los ojos de la anciana fueron llenándose de un brillo líquido y las lágrimas comenzaron a rodar por sus ajadas mejillas.

—Y nadie me dijo una sola palabra —murmuró.

—Es que luego... No quería ni hablarte de ese tema —se justificó Carlota—. No quería entristecerte...

—Estuve muerta en vida todos estos años y, ahora el dolor es aún mayor sabiendo que mi madre lo sabía y no lo sacó de esa casa...

—No podía...

—¡Pudo matarlo cuando iba a meterse contigo! ¿Verdad? ¿Por qué no hizo algo cuando supo que me estaba sucediendo a mí! ¿Porque el daño ya estaba hecho? —Ignacia se puso de pie y arrasó con lo que estaba sobre la mesita a su lado, luego gruñó con impotencia.

—Tía... —intentó calmarla Imotrid.

—¡Tu cállate, chiquilla estúpida! ¡No tienes idea de lo fácil que ha sido siempre tu vida!

—¡No es su culpa! —gritó Carlota.

—No, claro que no. Nosotras se lo facilitamos, ¿verdad? Los tiempos difíciles hacen personas duras, las personas duras hacen tiempos fáciles, los tiempos fáciles hacen personas débiles, las personas débiles hacen tiempos duros...(*) —pronunció despacio, como una letanía mientras los ojos se le perdían tras la ventana—. Leí eso en alguna parte. Por eso esta niña es una buena para nada.

—¡Oye! —Salté a defender a la chica—. Imotrid tiene muchísimas aptitudes.

—Y una gran apatía, un gran aburrimiento en la vida. Lo único que la entretiene son los benditos aparatos celulares y esos viajecitos que ha hecho contigo.

—Intento ayudar a atrapar criminales —pronunció ella con altivez.

Su tía se volvió hacia ella con una sonrisa.

—Bueno, acá tienes una. Supongo que ya no me permitirán que viaje a 1958 para cortarle sus partes a ese malnacido...

—¿Por qué escribiste aquellos anónimos? 

Ignacia encogió los hombros.

—Rosenkrauss me enseñó a quitar las placas y sabía por él que, al hacerlo, tenían unos tres días antes de suicidarse, intenté avisarles. Los papeles y sobres se los saqué a Maciel.

—Entonces estuviste en Riscos —deduje.

—No, nunca estuve allí. Esas personas asistían a las reuniones de Maciel. No es difícil quitar esas cosas, ¿quieres que te la quite?

—No, gracias.

—Lo imaginé.


(*) Frase de G. Michael Hopf 















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