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Epílogo



Edimburgo. Diez años después.

Comí el último bocado de la tarta de chocolate que quedaba en el plato y me relamí el índice cuando lo pasé por la porcelana para limpiar los restos de la salsa de frutos rojos que usaron para decorarla.

—¿Algo más que necesite, señora? —preguntó amablemente el mesero.

—La cuenta, por favor —respondí. Al dar media vuelta, me apresuré a detenerlo—: Oh, y mis felicitaciones al chef.

El rostro del muchacho se iluminó, ya daba por seguro que la propina sería buena.

En cuanto dejó la carpeta marrón, metí un par de billetes y me dispuse a marcharme.

—Eh... —lo oí a mis espaldas—, si me permite unos segundos, señora. El chef en persona quisiera...

Volteé y mi corazón dejó de latir.

No esperaba encontrarlo ahí, creí que él seguiría en Canadá. Después de tanto tiempo sin verlo, tuve que reprimir mis ganas de ir a abrazarlo; supongo que él hizo lo mismo porque retrocedió el paso que dio en mi dirección.

—Merybeth —pronunció solemne, dando un breve asentimiento—. Estás... —Su vista se desvió a mi vientre abultado que acuné con las manos, y como respuesta, recibí una patada. Por su rostro pasaron muchos sentimientos—: embarazada.

—Yo... —comencé insegura—. ¿Qué haces aquí?

Papa! —gritó una vocecilla musical en la entrada—. Tu es de retour!

La niña se soltó de la mano de la mujer que la acompañaba para correr hacia Alexandre. El vestido rosa ondeó conforme sus piernecillas se movieron presurosas.

Tu m'as manqué, chérie —le respondió, alzándola en brazos.

La devoción con la que la miraba me hizo sonreír.

Va-t-il rester, maman? —cuestionó con alegría, solo que esta vez dirigiéndose a mí.

—Espero que sí, cariño.

—Me quedaré —le prometió gallardo, levantando su meñique.

Ambas lo miramos, ella con reproche y yo con estupefacción. Creo que nuestro escenario habría sobrevivido más de no ser por Aileen que me tendió la pañalera, con cara de fastidio.

—El engendrito canadiense se quedó dormido en el auto, será mejor que se apuren porque el del valet no sabe nada de niños.

Alex, concentrado en mimar a Mely, no notó el tono de mi amiga y mucho menos la cara de confusión de uno de sus nuevos meseros.

—Pudiste esperar más, ¿no? —le recriminé, pensando en que una media hora me habría servido de mucho para dar las explicaciones necesarias.

—¡Por Dios, Beth! —contestó, mirando al cielo—. Hacen lo mismo así no se vean durante el fin de semana. Además, no soy niñera y no sabía que llegaría hoy. ¡Tú, a trabajar!

El muchacho, poniéndose colorado, acató la orden de inmediato.

—En nuestra defensa —intercedió Alex—, fueron cinco meses. Y, por si fuera poco, esta vez sí fue como verla por primera vez. ¡¿Ya la viste?! ¡Está horneando otro bebé!

Aileen lo miró con la misma cara de fastidio que les dedicaba a los niños en el cine.

—¿En serio, Einstein? Pues si dejaras de embarazarla no te encontrarías con estas sorpresas. ¡Control natal, muchachos! —Tecleó unas cuantas cosas en su celular antes de volver a dirigirse a él—: Ahora, tenemos nuevo personal...

—Sí, ya vi. Le hice creer que yo era el chef.

—¿No lo eres? —cuestionó con la ceja levantada.

—No el oficial —se excusó—. Doherty, me encanta que me pongas al corriente de los últimos meses, pero esto esperará a mañana porque he estado en un avión el tiempo suficiente como para embarazar a mi mujer otras siete veces...

—Ah, entonces no tanto.

Reprimí una risilla.

—Lo que me recuerda... —continuó, ignorando la provocación de mi amiga—, que tengo que hablar con ella sobre cosas que me ha tenido ocultas bastante tiempo. Subo tu salario si los cuidas otra hora.

—No. Ni un minuto, Tremblay.

Aileen se fue con la excusa de que uno de los meseros tenía un conflicto con un comensal.

—Mely —le dijo Alex con tono dulcificado—, ve a darle esto a Aileen por cuidarlos, princesa.

Dejó a nuestra hija sobre el piso, sus ojitos se entretuvieron por varios segundos observando el billete. Ambos la vimos marcharse.

—Supongo que me vas a reclamar...

—Supones bien, amor —contestó cómplice. Sus dedos encontraron los míos—. Pero eso será después, ahora solo quiero hacer algo que extrañé tanto.

Con una mano me jaló de la cintura, y con la otra acunó mi rostro. Aun después de tanto tiempo, esos simples roces alborotaban mi corazón.

—Te ves hermosa —susurró con una media sonrisa antes de juntar sus labios con los míos.

Aunque a mí también me hubiera gustado hacerle un cumplido, hacía cinco meses que no lo veía y mi necesidad física de él predominó por el momento. Nos besamos suave, disfrutando de la lenta danza que no tardaría en elevar nuestra temperatura.

—¡Eww! ¡Se están besando!

La carcajada que solté cortó el romance. En cambio, Alex rodó los ojos exasperado porque la voz no fue de quien era más propensa a emitir ese comentario, sino de Aileen, que había regresado con Mely de la mano para recordarnos nuestra responsabilidad.

—¿Te importaría manejar, amor? —preguntó Alexandre en cuanto llegamos al auto; le dio una propina a Winston, el muchacho del valet que se había quedado adentro con Tom, y se metió al asiento trasero en el que acomodó a Melissa. Ya de paso, le dio un beso en la frente al bebé que aún dormía—. ¿Cómo se portaron?

—Como siempre —respondí, encendiendo el auto—, tu hijo tiene la casa como campo de guerra. ¿Por qué no me dijiste que volverías?

Miré por el retrovisor al niño dormido en su silla. Sus mejillas regordetas se veían coloradas por la actividad física que de seguro había hecho antes de tomar la siesta, y sus mechones rojizos se le pegaban a la frente por el sudor.

Luego miré a su padre, de quien había sacado toda la cara. Alexandre, con los vestigios de un vuelo largo, recargaba la cabeza en el asiento y luchaba por mantenerse despierto. Seguía teniendo el cabello ligeramente largo y en los últimos años le había dado por dejarse la barba; eso no me molestaba en absoluto, con el tiempo se había vuelto más atractivo y, si bien a él también le gustaba, se decidió a dejársela porque fui yo quien le dijo, justo bajo el influjo del éxtasis de cuando concebimos a nuestro segundo hijo, que así se veía más varonil.

Se encogió de hombros.

—Quería un reencuentro espontáneo, amor. De haber sabido que estarías en el restaurante, te habría alcanzado a tiempo para comer juntos.

Ahogó un bostezo; al ver que sus dos hijos se habían abandonado a los brazos de Morfeo, no lucho más en contra de sus necesidades y también cerró los ojos. La pacífica visión de los tres tesoros más importantes de mi presente me llenó de sosiego.

Sonreí al recordar todo lo que nos llevó a ese momento.

No volvimos a Canadá por mucho que yo le insistí en que lo hiciéramos. La culpa me carcomió durante días porque él no estaría en la fiesta en la que sería nombrado el nuevo CEO de la compañía; sin embargo, Alex aseguró, una y otra vez, que no lo quería, que se había encaprichado con eso por sus riñas con Gerard y que lo que de verdad quería era lo poco que teníamos. Juró que, al hablar con Chester, se dio cuenta de que lo que deseaba por ese entonces era reconstruir los cimientos de una relación que, si no procurábamos, terminaría por desmoronarse.

Comenzamos en Newington, rentando un pequeño piso que nos permitiera iniciar de cero. Fue paciente con mi duelo y con mi recuperación, jamás insistió para presionar las cosas entre nosotros, dejó que yo misma, cuando por fin me sintiera lista, fuera la que lo buscara.

Cuando se dio lectura de los testamentos, opté por vender la casa de mi madre y conservar la granja de Perth. Cualquiera habría creído que sería a la inversa, pero lo cierto es que Eriskay Avenue cambió y dejó de ser el sitio en el que crecí. En cambio, la paz de Guildtown permaneció inamovible y llegamos a la conclusión de que sería un buen sitio para ir en el verano.

El fideicomiso de Alex no duraría por siempre, por lo que sacó los papeles para poder trabajar en Escocia. Inició como mesero en un local del centro y ahí descubrió que quería, algún día, poner su propio restaurante.

Por mi parte, regresé a KennArt's los primeros años; hasta que Charlotte exigió su derecho a tomar el escritorio que ella sí aceptó de buenas a primeras y que Sebastian manejó por el tiempo en que ella se preparaba para tomar semejante responsabilidad. Una vez que Charly se metió de lleno a la empresa, convenció al comité de la expansión internacional y sugirió Edimburgo como ciudad de la primera sede europea. Esto, más que nada, creo que fue sugerencia, tanto de Wang como de Gerard, para inmiscuir a Alex de nuevo, pero no funcionó porque, para la fecha en que se hizo la inauguración, él ya había adquirido las llaves del local que sería su propio negocio. Quien sí aceptó una plaza, fui yo; ya había llegado la hora de abrir mis horizontes y, con la llegada de nuestro segundo hijo, las necesidades económicas iban en aumento.

El éxito del restaurante tardó en llegar, como cualquier progreso empresarial. Pero una vez que lo hizo, se abrieron las puertas para una expansión en Canadá. De ahí que Alex tuviera que viajar a su país natal para supervisar el nuevo proyecto. Al verlo pleno con aquello que le gustaba, por fin acepté que él no había dejado la compañía de su padre por mí, sino que lo hizo porque al final se dio cuenta de que no lo quería, y eso se demostraba porque se le veía feliz, sin el estrés que lo embargó esos meses en Westmount.

En cuanto a nuestra relación, cuando por fin volví a acercarme a él, acordamos que iríamos lento; disfrutaríamos la etapa del noviazgo con la tranquilidad de que ahora sí podíamos vivirla tal cual, sin presiones ni amenazas. Redescubrimos cómo era la convivencia entre nosotros y, si en algún momento nuestros sentimientos llegaron a flaquear, los meses venideros sirvieron para volvernos a enamorar más de lo que estuvimos en Banff.

Volvimos a Quebec solo en fechas importantes; el resto del año lo pasamos en esa región del mundo que se caracterizaba por ser la tierra de las leyendas. Lo llevé a visitar todos los lugares que le prometí y más. Recorrimos las Highlands y nos perdimos en la inmensidad de la naturaleza.

Nos casamos tres años después en la capilla Rosslyn; a la ceremonia asistieron pocas personas, entre ellas Aileen, Chester, las nuevas amistades que habíamos forjado, Charly, Wang, la abuela Geraldine y Gerard, quien salió de su retiro en Toulouse para ir hasta Escocia. A pesar de las bromas que recurrentemente solía decir Alex, la ceremonia no fue tan apantallante; él, al igual que yo, quiso algo sencillo, pero significativo; eso sí, se lució en la luna de miel en la que hasta fuegos artificiales hubo, pero eso fue otra cosa.

Nos asentamos a las afueras de Culross año y medio después de la boda, en una casa sencilla en medio de una pradera extensa que quedaba a unos cuantos minutos del pueblo. Y si bien no era como las mansiones a las que mi esposo estuvo acostumbrado, aceptó que las mejoras vendrían cuando nos lo pudiéramos permitir.

Melissa llegó a nuestras vidas cuando ambos tuvimos treinta y un años; decidimos que ya había llegado el momento de darle la bienvenida a los hijos porque como pareja ya nos habíamos disfrutado lo suficiente y, cada año que pasó, las ansias de convertirnos en padres se fueron haciendo más presentes.

Nuestro primer embarazo fue difícil. Alexandre se puso nervioso por cualquier cosa que solía ocurrirme; se alteró por las náuseas, por los mareos y por cualquier nimiedad. Sin embargo, eso solo fue porque quería que todo saliera bien. Estuvo atento y complaciente, tanto así que las peleas ocasionales que solíamos tener se volvieron inexistentes y yo misma buscaba algún pretexto para sacarlo de sus casillas porque extrañaba esas inocentes riñas entre nosotros. Y si ya de por sí era cariñoso, con su hija creciendo en mis entrañas no hubo quien lo soportara; no paró de acariciar y besar mi vientre a todas horas.

La felicidad en su rostro cuando la enfermera le dejó en los brazos a ese pequeño bultito sucio y lloroso, fue suficiente para saber que, si se me diera la opción de cambiar el pasado, no haría nada distinto. La devoción en sus ojos inundados me hizo olvidar la tortura por la que recién había pasado y fue entonces que me dije que tendríamos no solo una, sino más, muchos más.

La llegada de esa niña que era mi vivo reflejo de cuando era chica, iluminó una casa de por sí feliz. Alexandre Tremblay, el chico petulante de las chaquetas de cuero y botas de motociclista, se convirtió en el padre más amoroso y servicial que jamás haya conocido. No solo la protegía de cualquier daño, sino que se convirtió en su mejor amigo; jugaba con ella a todas horas, la mimaba y le leía antes de dormir. Accedió a cada uno de sus caprichos a tal grado que, en cuanto Melissa preguntó por qué no tenía un hermano, me convenció para tener al segundo pronto.

Con Tom fue más sencillo. Aunque Alex procuró prodigarme con el mismo cariño, lo cierto es que su atención se enfocó más en Mely, quien resintió la llegada de otro integrante. Cuando Tommy nació, y aprovechando que Aileen volvía a Escocia, le ofreció el puesto de Gerente General porque quería pasar más tiempo en casa. Fue la mejor decisión porque, en vez de niño, parecía que teníamos un osezno salvaje e hiperactivo.

No sé cómo, pero se las ingeniaba para dividirse en dos y jugar con cada uno según sus gustos. Al mediodía podía correr de un lado a otro con el menor, y por la tarde ya estaba sentado en el diminuto comedor rosa, sirviendo el té a las muñecas y a Cuthbert, mientras luchaba por hacerlo sin que se le cayera el enorme sombrero de plumas que era obligado a usar.

Un año después, un sujeto de su tierra que comió en el restaurante, vio un buen negocio en el cual invertir. Alexandre no estaba tan seguro, pero tras hablarlo, decidió que se arriesgaría así eso implicara separarnos por unos cuantos meses. Una noche antes de que partiera para Montreal, dejamos a nuestros hijos con una niñera porque, según él, me daría una sorpresa que no olvidaría. Y no, no la olvidé porque en un mes ya estaría maldiciendo esa escapada romántica en la que se me fue un esposo y se me quedó otro hijo.

No le di la noticia porque, al ver su entusiasmo en las video llamadas, me dije que era su momento para crecer en lo profesional, y si le informaba del pequeño inesperado, él dejaría todo para volver.

Cinco meses después, ahí estábamos, cruzando el fiordo de Forth de vuelta a nuestro hogar.

Sé bien que el resumen de esa vida podría parecer el final feliz de un cuento de hadas; sin embargo, también tuvimos malos tragos. Holanda fue el último destino del viaje anual; nadie quiso volver a salir después de la muerte de TJ y apenas si se mantuvo la comunicación lo necesario para saber los acontecimientos más trascendentales, como la paternidad inesperada de Robert o la relación amorosa que iniciaron Lucas y Sigrid. Valerie, por otro lado, cortó lazos conmigo al enterarse de lo que le sucedió a TJ; no tuve el corazón para mentirle porque su desconsuelo me hizo entender que ella se había encariñado con él y, lo mínimo que merecía era la verdad. Chester Graves murió meses después de la boda, en la que ya se le veía más cansado que cuando lo conocimos. Asimismo, como cualquier pareja, pasamos por momentos difíciles que nos hicieron querer tirar la toalla; discutimos, nos reprochamos cosas y hasta nos amenazamos de irnos a pesar del código que establecimos. Los primeros meses fueron los peores porque, por más que traté de no ahogarme, caí en una depresión que no hacía más que engullirme al recordar todo lo que hice mal y lo que pude haber hecho distinto; y aunado a esto, el discernimiento de que yo había sido quien jaló el gatillo y era mi culpa el haberlos perdido a ambos, fue como la cadena que me retuvo en ese abismo del que casi fui sacada con terapia y medicamentos.

Sufrimos mucho; la penumbra por la que pasamos pareció no tener fin. Pero un buen día, las cosas fueron a mejor. El sol volvió a brillar.

Comprendí que así es la vida. Planeas una ruta y el destino te lleva por atajos que muchas veces no te gustan porque crees que jamás saldrás de ahí; no obstante, son necesarios porque también te conducen a sitios que valen el esfuerzo, el tiempo, el dolor y el sacrificio.

Mi existencia nunca fue perfecta ni cuando tuve a mi lado a ese primer amor que como pareja fue el hombre ideal. Cometí errores, me caí, el universo me abofeteó y me metió en el ojo del huracán; pasé por una oscuridad apabullante y tropecé mil veces. Y podría ahogarme con todo eso, pero prefería voltear la moneda porque del otro lado me esperaba el conocimiento de que junto a mí tenía a un hombre que amaba con locura y que, por fortuna, me correspondía con la misma intensidad; tenía una familia maravillosa y un hogar en el que siempre me sentiría segura.

Así es esto. El destino te da felicidad y tristeza por igual; te quita cosas y a cambio te da otras tantas; matiza tu tiempo en este mundo con infinidad de colores que vuelven tu historia como ninguna otra. Es sabio, justo, bondadoso y duro cuando tiene que serlo. Te enseña, te hace crecer y te da la perspectiva para comprender que las cosas no salen como quieres porque no siempre es lo mejor para ti.

Sí, todos tenemos una vida imperfecta; pero eso no quita que sea única y extraordinaria.

***

—No suena lógico. —La voz de Melissa llegó clara desde su habitación.

El agudo eco resonó en el pasillo y se perdió con la irrupción de una más grave que, aún después de tantos años, seguía conservando ese acento cantado.

—¿Por qué no?

—Porque es incon-incon... ¡Inconceblibe!

Apreté los labios. Si no fuera porque éramos idénticas, cualquiera habría pensado que me dieron a alguien más en el hospital. La falta de rasgos de su padre en el ámbito físico se compensaba con su manera de actuar y hablar; ambos eran igual de sofisticados en ciertas ocasiones.

—¿Qué están haciendo? —pregunté, saliendo de las sombras.

—Le cuento a esta princesa cómo es que los reyes se enamoraron —respondió Alex, haciéndole una seña a nuestra hija para que se sentara en su regazo y yo pudiera obtener un asiento en esa fiesta de té.

Ya ni siquiera hacía el intento por ocupar la silla vacía, puesto que ahí siempre se sentaba el duende holgazán y, al parecer, sus arduas labores domésticas le otorgaban cierta inmunidad a partir de las siete de la tarde.

Mely extendió sus brazos para que la cargara, ignorando las protestas de Alex que abogaba por el peso extra que de por sí ya soportaba. Su cabeza se recargó en mi pecho al tiempo sus manitas acariciaban mi vientre en extremo hinchado.

—¿Verdad que no, mamá? Ese señor dice que se enamoró cuando le pegaste.

Me reí ante la expresión indignada de ese señor, como es que solía decirle las pocas veces que no cedía ante sus caprichos.

—No —contesté, besando su coronilla y ciñéndola más a mí—; de hecho, fue mucho antes.

Vas-tu me le dire?

Sonreí al escuchar su perfecto francés. Si bien era una niña muy lista y estaba aprendiendo con presteza los idiomas que tratábamos de inculcarle, sus charlas eran una mezcolanza trilingüe.

—Algún día lo haremos, cariño —prometí, estirando una mano para estrechar la de Alexandre, quien había cambiado la indignación por la extrema ternura.

La mirada que nos dedicó hizo que mi rostro se pusiera colorado. Era increíble que todavía tuviera ese don.

Tras quince minutos más de té, acompañamos a Melissa a la cocina para que sirviera crema en el cuenco de madera que dejaba puntual cada noche junto a la chimenea. Luego de eso, la llevé a la cama y le canté una canción de cuna tradicional escocesa, en lo que Alex atendía al pequeño Tom, quien se había despertado para su última comida del día.

—Ni uno más —le reclamé en cuanto lo vi cruzar la puerta.

Aunque soltó una carcajada por mi comentario, me ayudó a cambiar de posición en la cama.

—Melissa necesitará una hermana —soltó como si ese fuera el mejor argumento del mundo.

—¡No! ¡Ni se te ocurra, Gerard!

Como respuesta, me acorraló contra el colchón con sus brazos, mientras sus ojos penetrantes gritaban que, después de todo, quizá terminaría por ceder. Ese truco habría funcionado en otras circunstancias, pero no en esa en la que mi espalda dolía como el infierno y ni siquiera tenía un distractor, como su cuerpo rozando el mío, porque varios centímetros nos separaban debido a que él no tenía el deseo de aplastarme.

Al ver que no funcionaba, sonrió como si la batalla perdida no fuera la gran cosa y se acostó a mi lado cual estatua, esperando a que yo buscara una posición cómoda que involucrara abrazarlo. No pasó demasiado para que la charla insustancial de recibos pendientes me sumiera en un sueño ligero.

Desperté cuando el cielo aún estaba oscuro. Lo único bueno de las últimas semanas del embarazo era la incomodidad al dormir, así que ni siquiera puse la alarma al apagar las luces.

La mano de Alex acunaba mi enorme panza; al tratar de quitarla con la mayor suavidad posible, se despertó.

—¿Ya es hora? —preguntó entre sueños.

—Sí. No tardaré.

Mi respuesta lo espabiló.

—¿Segura que puedes? Te llevo en el auto; estás a días de...

Mis movimientos torpes para girar hacia él lo callaron. Por si las dudas, busqué sus labios para que no volviera a hablar. No dudó en corresponderme con dulzura y mucho menos en cubrir más centímetros de mi piel con sus besos; primero el cuello, mi pecho y por último mi estómago.

—¿Alex?

Lo sentí acomodarse de nuevo en el colchón.

—¿Merybeth? —Su tono de suficiencia me indicó que quizá no volvería a dormir hasta que yo regresara.

—Te amo.

—Y yo a ti —contestó feliz. En cuanto me quejé al levantarme, volvió a insistir—: ¿Segura que no...?

—¿Confías en mí? —contraataqué, al tiempo que me vestía con la ropa que dejé preparada.

—Vuelve pronto, amor. —Fue su única respuesta.

Siempre, quise decirle.

Salí de la granja y caminé por Wolfhill en dirección a Main Road; de ahí hacia el norte a la A93 y luego al oeste, cruzando por unos pastizales cuyos retoños ya iban floreciendo.

Conocía tan bien el camino que no importaba que mis únicos puntos de luz fueran la luna y las estrellas. Caminé por los campos hasta que el flujo del río se hizo más y más audible. No me fijé en el reloj antes de salir, solo esperaba que mi lentitud no me hiciera llegar tarde.

Mis pies se apresuraron al entrar al pequeño bosquecillo que flanqueaba el Tay y casi me hicieron tropezar al ver la barca de madera abandonada. Estaba cerca.

A llegar a la orilla mi corazón dio un vuelco. Su figura traslúcida habría espantado a cualquiera, pero a mí no.

La primera vez que descubrí que eso era posible casi me dio un infarto. Ya había tenido encuentros con espíritus; sin embargo, habían sido en sueños o, en su defecto, solo manifestaciones como ruidos y objetos que se movían. Y si bien había aprendido a ignorar el nexo que me unía a lo paranormal, ese era el único día que me permitía abrirme por completo.

Graham sonrió cuando metí mis botas al agua fría para llegar al islote en el que por primera vez se bilocó frente a mí. Su cuerpo ya estaba perdiendo el poco color que tenía, lo que significaba que era cuestión de minutos para que volviera a ese sitio al que fue después de morir.

Tragué saliva con ese último pensamiento. Las primeras veces que sentí su llamado para ir a encontrarlo, precisamente el día de su cumpleaños a las tres de la mañana, le pregunté por cosas de las cuales me arrepentí. En ese entonces quería saber que estaba bien y que en el más allá se había reencontrado con sus padres o con mi mamá, pero dijo que el lugar en el que estaba era como un universo paralelo cuyos pocos habitantes no reconocía, aunque sabía que habían sido como él.

—Feliz cumpleaños —dije, ignorando el regusto nostálgico.

Estás embarazada. Escuché como un eco en mi cabeza. Ya me había acostumbrado a su forma peculiar de comunicarse.

—De nuevo. Solo que esta vez sí pudiste verme.

Te ves hermosa, Beth. Como siempre.

—Y tú te ves tan... joven —bromeé para no comenzar a llorar.

Su aparición lucía igual que la última vez que lo vi en vida. Eso provocaba las lágrimas en mí porque el tiempo pasaba y, ambos sabíamos, lo que me quedaba en este mundo serían las únicas veces que nos veríamos él y yo, ya que no habría ningún reencuentro para nosotros en el más allá.

Cuéntame algo que me haga reír. Pidió, tratando de igualar mi tono.

Avancé los pocos metros que me faltaban hasta que llegué al islote. De cerca tenía menos consistencia que de lejos.

—Le pondremos Graham —solté entre sollozo y broma, acariciando al bebé que había dado una patada.

Al menos sirvió, puesto que sonrió y sus hombros vibraron como si tratara de contener una carcajada en la biblioteca.

Supongo que tendrá algo que decir al respecto.

—Fue su idea, ¿sabes? Creo que es su forma de decir que ya quedó en el pasado y que también te agradece lo que hiciste por... mi mamá... y por mí —dije con voz quebrada—. Sabe que te extraño. Sabe que siempre te voy a querer por lo que fuiste para mí y, aunque él sea el amor de mi vida, comprende que mi cariño por ti seguirá ahí.

Encogí los hombros como quien no quiere la cosa.

Se quedó ausente. Luego, señaló mi vientre con su índice, la pregunta gritando en sus ojos. Asentí, desabrochando el abrigo.

Si bien su mano se acercó y pareció tocarme, no sentí nada. Por la cara que puso, él tampoco.

¿Eres feliz?

—Mucho —respondí, llevando mi mano hacia mi cuello para encerrar los dos dijes que pendían de la cadena.

Uno era el de los corazones que me dio él, y el otro era el Luckenbooth que me dio Alex en nuestra boda, un dije cuyos corazones entrelazados tenían una corona arriba y un cardo en medio de ambos.

—¿Tú lo eres?

Por varios segundos se me quedó viendo. Cada año lo hacía; observaba los cambios en mi cuerpo que significaban el transcurso de una vida. Asintió, sonriendo un poco.

Beth...

—Lo sé, ya te tienes que ir. —Traté de que mi voz no se escuchara ahogada.

Sabía que no era una despedida definitiva. En un año volveríamos por estos días a nuestra casa en Guildtown para que yo pudiera verlo una vez más, en una fecha y un lugar que significaron mucho para él.

Ambos, con lágrimas en los ojos y una sonrisa franca por ver a ese antiguo amor al que siempre le tendremos un cariño especial, nos llevamos la mano al pecho para formar círculos lentos y constantes. Era verdad que amaba profundamente a Alexandre Tremblay y que nuestro destino quizá se extendiera más allá de la muerte, pero de igual forma quería a Graham Sinclair, siempre lo haría.

—Te quiero, Grahms.

Asintió apacible, contento. En paz.

Y yo a ti, Beth.

FIN.



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