Capítulo 14
ALEXANDRE
He aquí un consejo de vital importancia: nunca, por nada del mundo, dejen que los inciten a prometer algo cuando recién les acaban de dar una buena noticia. Y si lo hacen, consideren que mientras más felices los hayan hecho, más caro pagarán lo prometido.
Enterré —por milésima vez—, los dedos en mi cabello; si seguía así, de seguro tendría calvicie prematura. El aire salió por mis fosas nasales cual toro bufando.
Más que nunca tuve la necesidad de volver a mi época de universitario. Habría dado lo que fuera por una noche en un bar de mala muerte en el que solo hacía falta un empujón fuerte, o palabras fuera de lugar, para dejar que el dolor físico me hiciera olvidar los problemas de ese entonces con algún sujeto lo suficientemente ebrio como para enzarzarse en una lucha con un joven estúpido.
En mi defensa, puedo asegurar que la mayoría de las peleas eran por una buena causa; comentarios racistas, acoso a chicas y burlas pesadas no era algo que toleráramos por muy patanes que nos viéramos. Además, distraerme de la culpabilidad que sentía por la muerte de Simone era un bono que no quería perder.
—Alex...
Fruncí los labios y levanté las manos en señal de rendición.
—Te quiero —escupí entre dientes.
Era increíble que tuviera que usar el código a solo unas horas de haberlo establecido; en especial porque mi furia no era con ella, o no en gran medida.
—Estas situaciones no cuentan —reclamó, cruzando los brazos.
—¡¿Crees que te culpo por lo que hizo ese infeliz?! —Caminé al otro lado de la habitación. Ella, en cambio, permaneció impasible sobre la alfombra—. No, McNeil. Sin embargo, te hago responsable por hacerme prometer que no iría a buscarlo. ¡Me quitaste mi derecho de ir a partirle la cara por ser un jodido bastardo que nos arruina, una y otra vez, la vida!
—¡¿Y qué hubieras hecho?! —Por fin se alebrestó—. Si respondes que ir a matarlo de verdad que estás...
Dejó la frase inconclusa. Me señaló con su índice como si así pudiera aliviar su frustración, pero al ver que no funcionaba, tomó un cojín del sillón y ahogó un grito en él. Para empeorar las cosas, soltó una verborrea en gaélico que, aunque no le entendiera, sabía que era vocabulario propio de un camionero.
Toda una joyita, se burló mi interior.
Sin poder tolerar la situación ni un segundo más, salí por la puerta principal; aunque me fui por el camino que conducía a la carretera, a los pocos metros me desvié y me adentré entre las figuras oscuras de los árboles. Al menos había tenido la sensatez de tomar mi sudadera, por lo que el agua no me mojaba directamente.
El punzante dolor que apareció en mis nudillos bien pudo haber significado una dislocación de mis dedos, puesto que cayeron flácidos y no quisieron responder cuando traté de moverlos. El tronco del pino que golpeé, por otro lado, no se vio afectado en lo más mínimo.
Solté otro puñetazo contra la mojada y dura corteza. Y luego otro, y uno más hasta que sentí la carne viva. Pero ni así, ni maldiciendo en todos los idiomas que mi muy florido vocabulario me lo permitía, pude desahogarme.
Entonces grité. De mi garganta salió un alarido que hubiera espantado a cualquiera que estuviera alrededor. Sentí que mis cuerdas vocales se desgarraban al tiempo que una grieta se iba expandiendo en lo más profundo de mi ser, llevando consigo el desamparo de una certeza que jamás me imaginé.
¿Por qué nunca pasó por mi cabeza esa posibilidad? En retrospectiva, hubiera sido lo más lógico de pensar. El sujeto estaba tan enfermo que aquello no le habría sorprendido a nadie, excepto a los ingenuos y egocéntricos. Quizá acabar con mi vida fuera su propósito existencial, pero los tres sabíamos que su universo giraba en torno a quien eligió como ancla.
Creí que mi crisis había pasado; no obstante, no pasó mucho para que volviera a atacar a mi inmóvil contrincante, solo que esta vez con el otro puño y también con los antebrazos cuando este último quedó igual de inútil que el derecho.
Sentí la sangre correr y un breve alivio cuando la lluvia refrescó las heridas.
Las acciones de Sinclair comenzaron a tener un poco de juicio. En su lugar, creo que yo habría hecho lo mismo; ¿para qué ligar mi vida con la de alguien que detestaba si podía hacerlo con la de la persona más importante para mí? Él podría deshacerse de mí en cualquier instante y, en un futuro, morir al lado de quien amaba.
Todo quedó claro excepto la parte en que yo aún seguía vivo. No es que lo quisiera, pero ¿por qué no lo hacía? ¿Qué estaba esperando?
Un fragmento de lo que dijo Merybeth encendió un interruptor. Habíamos tenido paz por ese día como un acto de condescendencia, sin embargo, era cuestión de tiempo para que volviera a atacar.
Regresé mis pasos hasta que las luces del chalet aparecieron. Sabía que el aspecto que tenía me hacía parecer un asesino psicópata en medio del bosque; no solo estaba mojado hasta los huesos, con las manos llenas de sangre y cara de querer matar algo, sino también empezaba a cojear por efecto de la caminata de la tarde y esta última.
Lo malo de estar en medio de la naturaleza, es que constantemente debía poner a prueba los límites de mi recuperación. No me molestaba hacerlo, excepto que debía masajear al final del día y mis pulgares ya estaban hartos de los movimientos circulares.
En el interior, la escocesa estaba en la cocina, partiendo trozos del pay con una cuchara demasiado grande para un postre. Tenía el ceño fruncido y su pie golpeteaba contra el piso.
—Lo siento, yo... —susurré. Mi voz rasposa provocó picazón en las paredes de mi garganta. Merybeth dio un respingo. Me miró de arriba hacia abajo y se detuvo más tiempo del necesario en mis manos. Antes de que sacara sus propias conclusiones, continué—: Peleé con un árbol. No se lo digas a nadie, o nos echarán de Banff por atentar contra la naturaleza.
Aventó la cuchara contra la encimera y caminó como si estuviera decidida a ignorar mi presencia. Al escucharla subir los escalones, me resigné a que sería la primera vez que me mandaría a dormir al sofá.
Ella no lo hará si tú lo decides primero, Tremblay, me aconsejé. Toma el control.
La idea del cómodo sillón me sedujo por encima de un baño caliente y ropa seca. Me fui a sentar y miré las débiles llamas que danzaban. Debí de abstraerme tanto que no la oí regresar.
—Canadiense testarudo —farfulló enfadada—. Que salgas con una escocesa no te da el derecho de actuar como uno.
Se sentó junto a mí no sin antes arrimar la mesilla donde dejó varios chunches que no logré distinguir.
La atmósfera romántica había desaparecido. Ahora, todas las luces estaban encendidas y la música ya no sonaba.
Merybeth tomó una de mis manos y examinó las heridas con escrutinio; de no conocerla hasta le habría comprado su versión de enfermera.
Solté un aullido lastimero.
—¿Lo haces a propósito para castigarme? —pregunté cuando el ardor que provocó el líquido que vertió en mis nudillos dejó de escocerme la carne.
—¡¿Quieres comportarte como un bárbaro?! ¡Adelante! Pero afronta las consecuencias —alegó. No obstante, en ningún momento dejó de poner ungüentos y demás cosas que sacaba del botiquín—. ¿Son tus únicas heridas?
Tenía dos opciones: o lo guardaba para mí y buscaba alguna forma de ocultárselo de ahí hasta que sanara; o le era franco, puesto que, de cualquier forma, lo vería y sus reclamos serían peores después.
—Levanta las mangas —convine rendido.
Mis antebrazos no eran nada del otro mundo. Gracias a la sudadera y a las mangas largas de la playera, bien pudieron pasar por raspones ocasionados por caer de la motocicleta. Me mordí la lengua cuando la tela pegada por la sangre se despegó.
—¡Salvaje! —exclamó rendida—. ¿Qué voy a hacer contigo?
—No. —Sentí una obstrucción en mi garganta—. ¿Yo qué voy a hacer...?
Sus brazos me rodearon el cuello. Sabía que quien más posibilidades tenía de dejar al otro era yo, pero pensar en que Sinclair pudiera cometer una estupidez con tal de tenerla junto a él por el resto de los tiempos era algo que me tendría con el alma pendiendo de un hilo. Sentirla así, cálida, emanando su peculiar aroma a moras silvestres, y tratando de consolarme, hizo que la ciñera a mí con fuerza. Necesitaba sentirla cerca y que no viera lo acuoso en mis ojos.
—Estaremos bien, Alex.
***
Por el contrario de lo que pensé, los siguientes días no fueron muy distintos de los pasados. A determinada hora, Merybeth sentía la necesidad de llamarle. Dejé de molestarme por eso porque noté la extraña dualidad entre sus acciones y lo que expresaba su rostro.
Leia Brown, hija de un sujeto importante del Parlamento del Reino Unido, era conocida por ser la imagen de la perfección. Ante las cámaras siempre mostró el decoro necesario que la posición de su padre requería. No obstante, a puertas cerradas, y muy lejos de su familia, la historia era completamente distinta.
Comencé a salir con Leia poco después de haberla conocido a principios del 2012. Era algo informal, solo deshago físico; ella necesitaba alguien que le aceptara su modo de vida y yo a quien me proporcionara distracciones que me llevaran al límite. Ambos ganábamos.
No sé cómo su cuerpo pequeño podía soportar tantas sustancias. Podía consumir distintos tipos de drogas y alcohol y no verse afectada como debería. Sin embargo, creo que era porque el precio lo pagaba después.
La presión a la que estaba sometida la hizo refugiarse en narcóticos y acciones irresponsables. Además, el grupo social en el que se movía no era la gran diferencia; todos éramos más de la misma mierda: adultos jóvenes perdidos que debían seguir un camino establecido. Quizá por eso nos llevábamos tan bien.
Contadas veces tuve que acompañarla a eventos sociales. Lo nuestro no era oficial, pero me prometía un gran desahogo a cambio de no dejarla morir sola. Las cenas eran en extremo aburridas, lo más destacable eran los momentos en que nos fugábamos al sanitario; si bien eso le ayudaba, tendía a aburrirse muy fácil y no era raro escucharla pidiendo consejos sobre cuál de los invitados caería más fácil en sus redes. Como no sentía apego y había aceptado sus actividades, muchas veces le sugería a tres o cuatro candidatos que más tarde desaparecerían del ojo público por varios minutos.
Esa era la forma en que Leia Brown soportaba la abstinencia. No era lo más sano, pero le evitaba tener una crisis histérica en medio del brindis. Aun así, por muchos encuentros que tuviera en la velada, podía ver la desesperación en sus ojos. Era como si gritara por dentro; se mordía las uñas y miraba a su alrededor como si tuviera el deseo de que alguna catástrofe sucediera y eso le diera la oportunidad de irse para inyectarse algo lo más pronto posible; se rascaba el cuello y buscaba pelusas inexistentes en su ropa. Era difícil de ver sin sentirse también ansioso.
No podía evitar pensar en esa chica cada que McNeil tomaba el celular y me observaba suplicante. Su mirar expresaba el miedo que sentía y la disculpa por no poder evitar hacerlo; era como si me pidiera que la detuviera, pero ambos sabíamos que si lo hacía, podría irme despidiendo de mi mano. Una vez intenté hacerlo y me alejó con una fuerza que no le creí posible tener. Así que solo me resigné a abrazarla mientras su necesidad pasaba; le acariciaba el cabello y trataba de distraerla del dolor que sentía cada que el bastardo la mandaba al buzón.
Si bien por las noches dejamos de oír ruidos dentro de la casa, creo que ambos éramos atormentados por pesadillas que no podíamos recordar al día siguiente.
En un par de ocasiones desperté y vi a Merybeth frente al ventanal, mirando concentrada hacia afuera. Aseguró que solo había tenido un mal sueño y que se había quedado ahí, tratando de recordarlo.
Aun así, intentamos continuar como si nada. Durante el día seguimos con nuestra rutina que se vio modificada por las circunstancias; aunque no habíamos llegado al punto en que nuestra única compañía nos tenía hartos, dejamos de estar juntos cada segundo del día. Empezamos a hacer cosas por separado, como ir por víveres, pasear por el centro de Banff, o incluso en la misma casa no sentíamos la necesidad de estar en una sola habitación.
Como la mayoría de mis relaciones se habían fundado sobre un nexo carnal, al principio esta nueva etapa me pareció de lo más extraña. Jamás me habría imaginado sintiéndome cómodo con algo tan básico como la simple presencia de alguien en el piso inferior.
Ese nuevo tipo de privacidad me dio la oportunidad perfecta para investigar más a fondo el tema de los dobles. No había mucho que no hubiese leído antes; si acaso encontré un par de relatos que no recordaba, ya fuera porque me los salté o porque todavía no estaban en la red cuando hice mi búsqueda. Lo más destacable, y que Merybeth ya había mencionado, era que las habilidades de esos demonios eran como cualquier actividad humana, requerían de cierta energía para poder realizarse.
Me pregunté si era por eso que no se había presentado en cuerpo y forma. Según lo que leí de la bilocación, era un fenómeno que requería de gran concentración y habilidad para poder desdoblar esa parte del ser que se aparecía en otro lado. ¿Y si había alguna forma de mantenerlo lo suficientemente débil para que no intentara matarme? Los tres seguiríamos vivos y sería una solución bastante flexible, bueno, no tanto para él que se quedaría en un calabozo con la comida necesaria para no morir.
—Te hablan —dijo mi chica asomándose por la puerta.
En las manos traía mi celular, que dejé con ella porque se estaba transfiriendo algunas canciones que le gustaron; me dio el aparato y le indiqué que echara un vistazo a la pantalla de la laptop.
—No soy muy fan de las botas de motociclista por internet —respondió con humor.
—La siguiente pestaña —acoté al tiempo que aceptaba la llamada. Era un número desconocido.
Salí a la terraza para contestar; aunque me dio mala espina que me llamara alguien que no conocía, al final fue la paranoia constante de ser perseguido por mi doble lo que me hizo ser más cauto. Era la aerolínea para confirmar nuestro vuelo a California dentro de unos días.
—¿Y bien? —pregunté al volver.
—Me gusta la segunda. —Hice una señal de triunfo en mi mente. Había hecho una apuesta, conmigo mismo, sobre cuál de los departamentos que estaban en renta en Westmount elegiría—. ¿Montreal?
Entendía su decepción. Ella prefería algo más cercano al centro de Quebec.
—Temporalmente. Quizá un año, máximo.
Asintió.
—Me gusta el barrio, tiene un aire suburbano. ¿Estará lejos de la oficina central?
—No —respondí, sentándome junto a ella—, a unos cuantos minutos. ¿Ya terminaste de empacar?
Frunció la nariz y se recargó en mi hombro. Para estar más cómodos, pasé el brazo por su espalda y la atraje a mi pecho. Nos recargamos sobre las almohadas y permanecimos así un rato.
—Oye, tendré que tramitar un permiso para trabajar, ¿cierto? —No había tomado eso en consideración. Asentí, pensando si nos sería sencillo—. Será mejor que vaya al Consulado para que me asesoren. No quiero que nos suceda lo mismo que con la eTA.
Bufé. ¿Cómo olvidar ese día?
Justo cuando hurtábamos los documentos de Sinclair, Merybeth se puso pálida. Volteé inmediatamente, creyendo que detrás de mí estaba mi doble; no obstante, si había puesto esa cara fue porque ella se adelantó a algo que yo no había previsto. Si bien no necesitaba visa para ir a Canadá, sí requería la autorización electrónica de viaje.
Mientras conducía al aeropuerto, le di mi celular y la tarjeta de crédito para que llenara la solicitud e hiciera el pago. Estuvimos casi hora y media esperando la aprobación.
Recuerdo que en ese entonces, mientras ella refunfuñaba después de haberle dicho la verdad sobre nuestro matrimonio, pensé en lo que las películas no mostraban. La realidad era que hasta el plan más romántico se veía frustrado por trámites y aduanas.
—¿Tú ya terminaste? —preguntó, sacándome de mis recuerdos.
—Ni siquiera he empezado. Todavía tengo que ir por la ropa que se quedó en la secadora.
Qué doméstico, Tremblay, se burló mi lado más masculino.
Dejé de procrastinar frente a la computadora y seguí su consejo. Ambos nos enfrascamos en nuestros deberes, así que para eso de las siete ya estábamos libres y pudimos preparar una ensalada ligera que comimos en el sillón columpio del jardín.
La lluvia que cayó horas atrás había dejado un rocío sobre la vegetación apropiado para disfrutar con los pies descalzos.
Mientras la miraba masticar, concentrada en buscar los trozos de pollo que se escondían entre las hojas de lechuga, pensé en lo distinta que se veía de aquella vez en Londres. El vestido holgado y ese cabello cual llama agresiva distaban mucho de la chica con botas y abrigo.
De igual forma traté de recordarla en Brighton, lucía como una princesa con el vestido largo y su coleta informal; y si bien manifestaba esa libertad de espíritu inherente de ella, el recato que mostró no tenía nada que ver con esa que ahora abarcaba tres cuartas partes del columpio y, no conforme con eso, había subido sus piernas sobre mi regazo.
—¿Por qué me ves? —cuestionó con el ceño fruncido y la boca llena.
—¿Por qué la chica con aires de rebeldía se obsesionó tanto con el chico que era un santo?
Mi pregunta no la descolocó; ocasionalmente le hacía preguntas relacionadas a su pasado con mi doppelgänger y ahora ya no era un tema tan minado.
Encogió los hombros y siguió buscando más trozos de pollo.
—Supongo que por eso de que los opuestos se atraen —respondió como si nada. Un pensamiento filoso debió llegar a ella, puesto que se enfocó en la nada; a los dos segundos meneó la cabeza para deshacerse de él y continuó—: Pero más allá, cuando lo vi por primera vez me gustó físicamente. No era como tú a eso de los dieciséis, quizá porque él estuvo una temporada en el equipo varonil de natación, o porque podía cambiar su aspecto a voluntad.
"En fin, hubo algo en sus ojos, y en su forma de ser tan taciturna, que me atrajo. A eso súmale que Aileen dijo que él nunca se fijaría en mí y que la chica sosa parecía ser más interesante que yo, ya que con ella sí podía sonreír, charlar y hasta fueron al baile de invierno a pesar de que sus amigos decían que él nunca iba a esos eventos.
Se quedó pensativa.
—Creí que yo era el opuesto —confesé, acariciando su pantorrilla—. Ya sabes, no podía competir con tu aspecto de oficinista casual recién llegada de Nueva York.
Rio.
—Con Graham me sentía diferente, ¿sabes? —murmuró—. Era un amor más... maduro. Quizá lo que nos volvió así fue, tanto su personalidad, como que aprendimos sobre la marcha lo que era estar en pareja, las dificultades que debíamos pasar y..., bueno, eso influye bastante. No puedes esperar que sigan siendo los mismos después de una guerra de batallas difíciles. —Chasqueó la lengua; tras un instante de reflexión, prosiguió—: En cambio, contigo me siento más libre. Siento que tengo la edad que debería y no me veo como la mujer que llegaba a un departamento a revisar documentos hasta que su novio volviera de la clínica para ir a cenar.
"Sin embargo, a veces eso me asusta porque cuando era así, más libre, no había placer que me durara por siempre. Todo lo recuerdo transitorio. Fueron instantes que se evaporaron rápido.
"Creo que eso fue lo que me enseñó a valorar lo estable y a Graham. Cuando te llega una cosa permanente después de muchas que a los dos segundos se volvieron recuerdo, te haces consciente de aquello que es preferible tener.
Por un momento nos quedamos callados. Carraspeé.
—Entonces —dije, tratando de sonar casual—, si seguimos tu lógica, ¿qué es lo efímero aquí? ¿Yo o nuestros sentimientos?
—¿Sabes por qué te dejé en noviembre? —Merybeth se puso seria. Apenas si negué con la cabeza—. Esa noche descubrí que me había enamorado de ti y me aterré. Te habría seguido a donde fuera, Alex. Sin embargo, me dio miedo saltar al vacío y descubrir que las alas que me diste eran de papel y yo había dejado la seguridad de lo que conocía por la simple promesa de un sujeto que quizá solo estuviera encaprichado.
"Pensar en la posibilidad de que lo que tuvimos tuviera una fecha de caducidad me hizo retractarme. Además, estaba Graham.
Suspiró. La mirada que me dedicó tenía tintes de disculpa.
—Y aquí estamos... —exclamé, dándole un apretón en la rodilla. Un impulso surgió de repente—. Ven, baila conmigo.
La tomé de la mano y nos levantamos. Hacía mucho que no bailábamos; una pena, ya que me gustaba hacerlo con ella.
—¿Puedo elegir la canción? —preguntó, retomando su buen humor.
Le di mi celular y pasó los dedos por la pantalla con rapidez.
De inmediato, una tonada dulce salió por el altavoz; segundos después se escuchó la voz melódica de Joyce Jonathan. Yo no habría elegido mejor.
La tomé de la cintura y la guie al centro del jardín. La humedad del pasto hizo que varias ramitas y hojas caídas se nos pegaran a las plantas.
—Je ne sais pas, ¿eh? —increpé con una ceja elevada, al tiempo que buscaba el ritmo adecuado para bailar la canción.
—Me gusta más L'heure avait sonné o incluso Ça ira, pero me pareció más adecuada esta.
La segunda también se adecuaba a nuestra situación.
Posó su mano sobre mi hombro y poco a poco nos fuimos moviendo. La luz del atardecer hizo brillar su cabello alborotado con destellos dorados. Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos relucientes. Era más bella que el paisaje que nos rodeaba.
Le hice dar un par de vueltas e incliné su cuerpo hacia atrás hasta que su cabello tocó el pasto. No creo haber escuchado una risa como la que emitió.
Al levantarla, le robé un beso en la nariz.
—Lo nuestro no es efímero, amor. Desde hace siete años el Universo se ha empeñado en unirnos. A pesar de todas las dificultades, hemos encontrado el camino de regreso, una y otra vez. No sé tú, pero yo quiero creer que es por algo.
Sus labios se curvaron hacia arriba. Antes de satisfacer su deseo, que noté por la frecuencia con que sus ojos volteaban a mirar mi boca, acuné su rostro en mis palmas.
—Te lo dije en la iglesia, Merybeth McNeil. Ahora y por siempre.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro