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Malas Ideas

Cuando despertó invadida de mensajes de su madre sabía que aquel día sería complicado. Aun así, se dijo a sí misma que nada podría ponerla de mal humor y arruinarle el día. Había pasado el fin de semana escondida en su departamento tras el encuentro con Simón, y creía que era suficiente cobardía para ella.

Con un vestido negro como armadura, encaró su rutina con un café bien cargado, y de no ser porque tenía la vívida imagen de su última borrachera le habría puesto whisky dentro. Entró a su auto para dirigirse hacia la empresa, escuchando la música pesada que le recordaba a Kylian durante su fase emo en la adolescencia. Y si acaso, los mensajes, el tráfico y el malhumor de las personas no le advertían que sería una jornada dura, definitivamente su llegada a la empresa lo hizo.

Su padre la recibió con una expresión severa, haciéndola ir hacia la sala de conferencia sin darle más opción. Sin perder tiempo, él la llevó hasta su oficina.

— Hanna, quiero presentarte al señor Richeri, él es el representante de nuestro próximo socio —comentó él con esa expresión de falsa modestia y gentileza. Hanna imitó esa misma expresión que le llevó tiempo aprender, pero la sorpresa le jugó una mala pasada cuando vio el rostro de aquel representante.

Que no era otro más que Simón.

Porque mejor no me pudro en el infierno; pensó queriendo desaparecer.

Nunca le resultó tan difícil fingir que nada le sucedía. Enloquecía por dentro pero la calma de su exterior era perfecta. Sonrió lo más que pudo, asintió, estirando su mano hacia él.

— Un gusto conocerlo —dijo, como si no lo conociera, como si el contacto con él no le resultara repugnante.

— Señorita Seo, el placer es mío —su voz produjo en ella sensaciones contradictorias; su voz seguía siendo profunda y un tanto ronca pero al mismo tiempo suave. Más allá de que los años afinaron sus rasgos, había cosas que no cambiaban, como la expresión taciturna y la sonrisa desafiante.

Ella quitó su mano de la suya rápido como si quemara. Pero era que los recuerdos seguían tan frescos como si hubiesen sido ayer. Se cruzó de brazos, creando una pequeña muralla entre ella y él, alejándose sutilmente para dejar que su padre siguiera con la conversación.

Más allá de que oía lo que decía, no prestaba atención a todo lo que decía. Solo le interesaba saber cómo había llegado allí y cuanto tardaría en irse. No quería verlo ni oír su nombre, mucho menos respirar el mismo aire. Con su paciencia en peligro, suspiró sutilmente, buscando excusas para irse de ahí.

— Estaba pensando que sería una buena idea que trabajaran juntos en el nuevo proyecto —la respiración de Hanna se detuvo al oír a su padre, una sirena de peligro resonaba en su mente.

Mala idea.

Ella abrió su boca para replicar pero al parecer era la única que creía que esa idea era una locura.

— Estoy de acuerdo —opinó Simón, con sus ojos en el señor Seo. La expresión de Hanna se tornó burlona pero la reemplazó por una media sonrisa diplomática en cuanto su padre se volteó hacia ella.

— ¿Estás seguro que soy la persona idónea? Justo acabo de comenzar un proyecto con el departamento de relaciones públicas —comentó, sin sonar demasiado desesperada por no estar en el proyecto.

— Eres la persona correcta, según hablé con su jefa, este proyecto es el mismo así que ya estás al tanto del mismo —respondió él. Hanna movió su cabeza apenas, un pequeño gesto de análisis, con su sonrisa extendiéndose.

— Me alegra oír eso —exclamó con falsa entusiasmo, sintiendo la mirada de Simón sobre ella.

Ella dejó la oficina en cuanto la pequeña reunión terminó sin decir una palabra. Si antes se encontraba sombría, ahora su aura era completa oscuridad. Con mirada implacable y a paso rápido, buscaba esconderse en su oficina.

— Hanna —oyó la voz de Simón tras su espalda, y respiró hondo antes de enfrentarlo, manteniéndose controlada, sin mostrar una pizca de inestabilidad.

— ¿Qué quieres? —preguntó sin ningún tipo de actuación. Él pareció verse un tanto sorprendido por el cambio de actitud, pero no dijo nada al respecto.

— ¿podríamos hablar? —preguntó, una sonrisa incomoda cruzó su rostro.

— No, con excepción de que sea por trabajo —respondió y él quedó en silencio. Ella parpadeó ante su rostro en blanco, viéndolo abrir su boca como si se esforzara por buscar las palabras necesarias para decirle. De pronto, Simón comenzó a reír haciéndola confundir.

— Has cambiado mucho —comentó, su expresión se suavizó sobre ella.

Hanna se tensó, evitando su mirada, su corazón latía deprisa y deseaba mantener su actitud de pocos amigos. Odiaba cuando las personas intentaban apelar a su lado suave y nostálgico, porque era más débil de lo que demostraba.

— Mira, en este momento estoy ocupada pero podremos hablar luego. Te enviaré un correo... una lechuza o señales de humo —dijo las últimas palabras casi susurrando, detestando la idea de tener que verlo de nuevo pero sabía que debía compartir un proyecto, y como no quería hacer mal su trabajo, primero debía deshacerse de algunas cosas.

— Aquí tienes mi contacto, cuando tú quieras, escríbeme —comentó él, cediéndole su tarjeta. Hanna la evaluó como si fuese una especie de trampa, y solo la aceptó porque no quería verlo más, deseando esconderse en su oficina.

Una vez que se alejó de él, logrando estar en el refugio de su oficina, respiró hondo. Su cuerpo se sintió inestable, necesitando sentarse. No podía creer que él estuviese frente a ella después de tantos años, como si nada hubiese pasado, pidiéndole hablar.

Se hundió en su miseria, rememorando la escena, viéndose patética de no haber actuado mejor. Él no merecía la oportunidad de hablar, ni de tratarla como si hubiese sido un buen recuerdo, no merecía su empatía. Ella le había dado su corazón y confianza, él solo le dio su espalda cuando más lo necesitaba.

Estaba tan frustrada y molesta que podría destrozar todo a su paso, pero no iba a dejar que él la transformara en una fiera. Hanna, tú eres mejor persona que él, mantén la maldita calma. Recostándose en su asiento, miró la hora; recién había llegado al trabajo pero ya deseaba irse.

El silencio de la oficina se quebró ante el sonido de su teléfono. Con una expresión oscura y mortal miró el mensaje, solo para enterarse que se reprogramaban algunas clases y que habría una actividad grupal en la universidad.

Fenomenal, justo cuando creía que nada podía empeorar; pensó, cerrando los ojos, a tan solo un paso de resignarse ante tanta mala suerte.

***************+

No estaba seguro qué estaba pensando cuando decidió aceptar, pero suponía que no había sido demasiado inteligente. Sobre todo cuando se encontraba en medio de un elegante bar, refugiado en una mesa privada para no sentirse invadido. Y a pesar de que no parecía demasiada mala idea cuando llegó al bar, supo cuan terrible había sido al ver el rostro de la chica que se acercó a él.

Entre las personas, reconoció aquel rostro familiar; cabello claro enmarcando expresivos ojos color miel y una sonrisa suave. Aun cuando hacía tiempo que no la veía, aquella chica seguía viéndose encantadora y hermosa. No es que él no viera esos atributos en ella durante el tiempo en que se veían seguido, pero con la distancia, podía apreciar ciertas cosas de un modo más claro.

— Kyl, ¿Cómo has estado? —lo saludó al acercarse a él con un breve abrazo. Él no pasó inadvertido el sentimiento que lo recorrió ante el contacto. ¿Remordimiento? ¿Culpa? ¿Añoranza?

— Muy bien, ¿y tú Daisy? —inquirió, actuando como un caballero porque a veces le gustaba quedar bien a los ojos del resto. Ella acomodó su vestido y sonrió aún más al ver que él ya había pedido—. Tenía vagos recuerdos de que esto podría ser de tu gusto —comentó, ladeando su cabeza con picardía.

— Tus vagos recuerdos son certeros —canturreó ella, moviendo su pelo hacia un lado.

Kylian asintió orgulloso, mirándola analíticamente hasta que sus ojos se encontraron. Un breve silencio los rodeó sutilmente, la rareza e incomodidad se fundió con los sonidos del bar.

— ¿Cuándo volviste de Estados Unidos? —preguntó.

— Hace cuatro días —respondió, bebiendo de su copa, haciendo que Kylian moviera sus cejas con cierto sarcasmo. Encontraba curioso que ni bien llegara al país se hubiese puesto con contacto con él.

— ¿Y cuándo fue que te enteraste? —inquirió sin ningún tipo de sutileza. Ella se mostró confundida, pero él sabía bien que detrás de su aire inocente había algo más—. Sabes a que me refiero —agregó provocativamente.

Ella sonrió, culpable.

— Una semana —su respuesta hizo sonreír a Kylian—. Cenaba con mis hermanas, ellas hablaban de las últimos chismes y tú nombre salió entre toda esa información —agregó.

Daisy cruzó sus piernas y apoyando su rostro en su mano, lo miró calculadoramente. Él se acomodó contra la silla, con su vaso en la mano, dejándose juzgar.

No había mucho que ella no supiese de él, y viceversa. Conocía su lado bueno y su lado malo. Aquello que a todas las personas le atraía de Kylian; la desenfadada rebeldía, esa faceta de chico malo que ocultaba su timidez y torpeza, su mirada dulce y cálida, y la sonrisa gentil. Pero ella también conoció al otro Kylian; el incontrolable y errático, que buscaba problemas para hacerle saber al mundo que nadie podía controlarlo, el chico que podía ser frío y desinteresado, rompiéndote el corazón sin hacerte sufrir, repleto de honestas y buenas palabras.

— Nunca te imaginé comprometido —susurró entre un suspiro—. Siempre fuiste tan libre e inquieto que es raro verte en este rol —agregó.

— Aprecio que hables mal de mí sin que me ofenda —comentó él, probando la comida para deshacerse de la pesadez en su estómago.

Los recuerdos del pasado siempre lo rodeaban, y Daisy estaba entre ellos, para recordarle todo lo que él no debía hacer. Ella había sido una de las primeras personas a las que se sintió sentimentalmente ligado, pero también, fue la primera persona a la que le rompió el corazón.

Lo siento, pero no puedo quererte de la forma que desearía hacerlo. Esas palabras hacían eco en ambos. Ella aún sufría por no haber podido ser amada por su primer amor, y él sufría por no haber podido dar todo de él por más que lo intentara.

Mereces que te amen del mismo modo que tú amas. Le había susurrado antes de abrazarla para alejarse completamente de ella.

— En las fotos te ves feliz, y en persona, pareces tranquilo —dijo ella, con un tono nostálgico.

— ¿Cómo creíste que me vería? —preguntó con curiosidad. Ella se encogió de hombro.

— Desesperado por huir, inventando historias para zafar, creando escándalos que cancelen el compromiso —explicó. Kylian ocultó su sonrisa bajo su mano, divertido ante la realidad de sus palabras, sin deseos de admitir que tenía razón—. ¿Cómo se llama ella?

— Hanna, Seo Hanna —respondió él, volviéndose serio repentinamente, con sus ojos evaluando con intensidad su respuesta.

— Ella es hermosa —murmuró con una sonrisa que demostraba honestidad, y no falsa alegría. Él quería asentir y darle la razón pero sentía que no era el momento indicado—. ¿Es aquella chica? —indagó. Él asintió sin saber bien a qué se refería con esas palabras—. Ahora tiene sentido —sus palabras se perdieron entre la música ambiente.

— ¿Y por qué has vuelto a Clemencia? —inquirió él.

— A cerrar etapas —respondió sin vueltas, dándole un vistazo a los alrededores—. Creo que es hora de moverme, pero solo quería estar segura de algunas cosas —agregó.

— ¿Cómo cuáles? —aunque mentalmente se decía que debía permanecer al margen, las palabras salían mecánicamente.

— Que lo nuestro está completamente terminado y has encontrado a la persona que ames del mismo modo que te ama —su respuesta lo desestabilizó internamente. No pudo fingir su sorpresa ni las complejas emociones que desató en su corazón.

— ¿Estás tan segura que la encontré? —simuló bromear para esconder su temor e inseguridad.

— Más que segura —sentenció. Kylian sonrió, despeinándose.

— Tú siempre haces que las personas se sientan que van por el camino correcto —bromeó nuevamente.

— Y tu siempre haces que las personas se sientan bien con lo que son, sin ser juzgadas, ayudando a aceptarse —él evitó la intensidad de su mirada, ocultando el rubor de sus mejillas. Cuando logró dejar de sentirse demasiado halagado, la miró con cariño, porque más allá de que su relación no funcionó, él seguía guardando preciosos momentos juntos.

Para ese momento, toda la incomodidad y rareza del comienzo se había disipado. Se sentía a gusto estar con una vieja amiga, y se dio cuenta que después de todo, aquel encuentro no había sido tan mala idea.

— Realmente es bueno verte —sentenció, sonriéndole antes de brindar por el grato encuentro.

************

— Del uno al diez, ¿cuán malo han sido los últimos días? —inquirió Emme mientras preparaba tragos, mirando con curiosidad la forma en que sus amigos se veían. Había una densa oscuridad alrededor de Hanna, quien le agregó más vodka a su trago. Kylian se notaba somnoliento y buscaba con desesperación algo en la televisión que lo despertara. Por su parte, Hunter se veía demasiado tranquilo, recostado en el sillón mientras leía un libro.

— Me encontré con mi ex.

— Vi a Simón en la empresa.

Kylian y Hanna hablaron al mismo tiempo. Los dos se miraron con los rostros en blanco, mientras Emma y Hunter dejaron lo que estaban haciendo para girarse hacia ellos.

— Eso sería un cien —afirmó Hunter, cerrando su libro.

— Empiecen a hablar ya mismo; piedra, papel y tijera para elegir quién va primero —comentó Emme, apresurándose a unirse a ellos. Hunter le robó una de las bebidas antes de acomodarse para oír la historia completa con lujos de detalles.

Hanna vio como Kylian le hacía señas para que comenzara a hablar. Lejos de quedarse sentada, ella se caminaba lentamente por la habitación.

— Mi día empezó con mi madre llenándome la agenda con citas que no quiero tener, y siguió con mi padre presentándome a un representante de nuestro futuro socio, que terminó siendo Simón —explicó en pocas palabras—. Hice de cuenta que no lo conocía, tuve que presenciar que mi padre lo tratara como si fuese su más querido amigo, y terminó siguiéndome para pedirme si podíamos hablar a lo que respondí que no —agregó.

— No te lo puedo creer —exclamó Emme con horror, sintiéndose enojada como si fuese a ella misma quien Simón lastimó—. Después de todo, ¿pretende hablarte cómo si nada? Odio a los hombres —se quejó, recibiendo miradas de advertencia de Kylian y Hunter.

— A eso mismo voy —asintió, de acuerdo, Hanna—. Actuaba sin ningún tipo de culpa o remordimiento, y buscaba que yo sintiera pena luego de que me negué en hablarle. Lo peor, es que mi padre me asignó un proyecto con él. Ustedes díganme ¿Cuál es la necesidad? —inquirió; su imperturbable calma, quebrándose.

— Whoa, es como ver a la Hanna de 17 años de nuevo —susurró Hunter, riéndose. Kylian ocultó su sonrisa bajo sus manos e intentó mantener una expresión en blanco antes de mediar con ella.

— ¿Y qué vas a hacer ahora ya que van a trabajar juntos? —inquirió él con cuidado, recorriéndola de pies a cabeza para ver sus reacciones. Ella meneó la cabeza, encogiéndose de hombros, con la mirada perdida.

— No quiero hablar con él, pero siento que debo hacerlo, poner mis condiciones para que el proyecto funcione. Presiento que de esto depende la nueva asociación y mi puesto en la empresa; mi padre no me da estas oportunidades porque sea generoso y quiere que aprenda de a poco —explicó, desconfiando de la buena actitud de su padre. Lo conocía demasiado bien para saber que esa era otra de las tantas pruebas de fuego, así como su casamiento lo era—. Yo odio a Simón, pero odio más hacer algo mal —reconoció; se veía gélida y amenazante, como la imagen de un demonio que con solo una mirada podía aniquilar a todo el mundo.

— ¿Quieres que te acompañe durante las reuniones? Puedo morderlo si se atreve a hacer algo indebido —Emme levantó su mano, sin problemas de unirse. Hanna sonrió, sin descartar esa opción, y respiró hondo para deshacerse de su tensión.

— Ahora lo que falta es que encuentre coraje para llamarlo y decirle que nos reunamos, sin perder mi dignidad en el camino —opinó, posando sus ojos en sus amigos. Hunter y Emme lucían entretenidos, mientras que Kylian poseía una silenciosa calma que le llamaba la atención, una oscuridad que no lograba codificar.

— Siempre está la opción de emborracharse para decir todo lo que uno tiene dentro —comentó Hunter, pero se arrepintió ni bien dijo esas palabras—. Quito lo dicho, Kyl dijo que tuviste una horrible borrachera tras mi fiesta —hizo una expresión de estar en problemas en cuanto Hanna entornó sus ojos sobre él.

— Eso es todo, por favor, alguien cuente algo peor así que siento mejor —exclamó ella, y tras eso, Emme se puso de pie para darle un pequeño abrazo.

— Giroud, tu turno —Hunter insistió. Kylian parpadeó, saliendo de sus pensamientos, sacudiendo para canalizar sus emociones.

— Daisy volvió y quiso hablar, cenamos y eso fue todo. Solo quería saber cómo estaba y deseaba despedirse para cerrar una etapa, tengo entendido que mañana vuelve a Estados Unidos —respondió.

— ¿Daisy? ¿Esa chica que te amaba como si fueses su mundo y que dejaste de un día para otro? —inquirió Hunter. Él asintió, sin dejar de mirar a Hanna, quien se tensaba bajo el abrazo de Emme.

Había un motivo por el que no hablaba de Daisy con Hanna, y ella apenas sabía sobre su historia. Y era que las vivencias de las dos eran muy similares. Ambas habían querido a un chico con total ilusión y esperanza, dibujaron con ellos una vida que se convirtió en mentira, que terminó de forma repentina y trágica. Kylian para Daisy, era lo mismo que Simón para Hanna: un fallido primer amor.

Por eso mismo, Simón representaba todo lo que odiaba; no podía evitar sentirse culpable por sus viejas actitudes y molesto por el daño provocado. Viéndolo a la distancia, Daisy y Hanna le enseñaron cosas importantes: tenía que ser claro sobre sus sentimientos y deseos, y no debía jugar con las emociones de las demás personas como si fuesen algo sin importancia.

— ¿Ella no te odia? —preguntó Hunter curioso y asombrado. Kylian negó lentamente.

— Ella lucía feliz por el compromiso, me contó sobre su vida allá y al final de todo, le deseé lo mejor. Nos despedimos habiendo hablado de cada tema pendiente —murmuró. Oyó a Hunter silbar impresionado, notó que Emme asentía como si estuviese orgullosa de su comportamiento, pero él solo posaba sus ojos en Hanna, como si ella fuese la pieza central en ese pequeño juego para poder estar seguro que hizo bien. Que al menos una vez, había algo bien en su relación con Daisy.

— Creo que eso fue un buen encuentro con un ex —afirmó Hanna con una pequeña sonrisa, que hizo que el espíritu de Kylian se sintiera menos pesado—. Significa que mi historia sigue siendo la peor de los cuatro" torció sus labios con disgusto.

— Esperen que ustedes no han escuchado mi historia —opinó Hunter, acomodándose en el sillón. Todas las miradas se dirigieron a él, al mismo tiempo que bebía para crear cierto dramatismo a la situación—. Todo empezó con unos paparazzis y una encomienda de juegos sexuales que llegó a mi casa...

**************

A primera hora, en mi oficina.

Sus dedos repiqueteaban sobre el escritorio, con más frecuencia a medida el tiempo avanzaba. El reloj, la inseguridad y la impaciencia se burlaban de ella mientras esperaba. Bebía su café y revisaba su agenda como forma de olvidarse que aguardaba por Simón.

Aun cuando lo esperaba, se sobresaltó al oír que golpeaban su puerta. Necesitó apenas unos minutos para armarse de valor. Se aseguró que todo estuviese ordenado, como forma de calmar su ansiedad, antes de hablar.

— Adelante —dijo, erigiendo una muralla de pacífico control.

— Buen día, Hanna —Simón la saludó, entrando al interior lentamente, mirando todo con sumo cuidado. Sus ojos terminaron posándose en Hanna, quien lo evaluaba inexpresiva.

— Toma asiento. ¿Quieres café? —inquirió. Él negó rápidamente, sentándose frente a ella, volviendo a mirar su alrededor cómo si fuese un terreno inexplorado por el ser humano.

Más allá de que fuese su oficina, no había mucho de Hanna en ese sitio. Ver ese lugar era como ver lo que Hanna intentaba mostrar hacia el exterior: orden, control, metodismo.

— Imagino que no me pediste que venga tan temprano por el proyecto —murmuró, poniéndose cómodo en su asiento.

— Así es —admitió, tomando un bolígrafo para mantener sus manos ocupadas y no parecer tan nerviosa como lo estaba realmente—. Creo que para que éste proyecto salga bien, necesito que no haya ningún tipo de mala sangre entre ambos —dijo, notando su expresión tornarse confusa.

— Yo no tengo ningún tipo de problema contigo... —comentó él, sonando como si realmente no tuviese idea de lo que había hecho.

— Pero yo sí —replicó Hanna, deteniendo lo que sea que fuese a decir él. Respiró hondo e hizo una pausa para organizar sus pensamientos—. La última vez que nos vimos, ese día que fui a tu casa yo había tenido problemas. Recurrí a ti porque eras mi amigo y aunque nunca lo habíamos hecho oficial, creí que eras mi novio. Pensé que me entenderías, me ayudarías a atravesar lo que estaba pasando, sin embargo, encontré todo lo contrario —su voz sonaba monótona, sin atreverse a mirarlo a la cara mientras hablaba.

— Ese día yo... —empezó a hablar, pero la mirada que le dedicó momentáneamente Hanna le advertía que era mejor guardar silencio.

— Me diste la espalda, demostraste que no te importaba todo el tiempo que pasamos juntos. Reconociste, de algún modo, que era un pasatiempo para ti; te gustaba mostrarme un lado del mundo que desconocía pero también me criticabas en mi cara y a mis espaldas. Despreciabas lo que era aun cuando no era mi culpa. Yo solo quería ser feliz, pero tú, solo querías verme miserable —sonrió sombríamente, ante el recuerdo. Sus ojos ardían de rabia pero se esforzaba para no caer, no mostrarse quebrada ante él.

— No fue así —replicó con seguridad. Ella elevó sus cejas con aire burlón, esperando por lo que tenía por decir—. No te despreciaba, nunca lo hice negó—. Me gustaste desde la primera vez que te vi, pero era un idiota. No puedo defender a mi versión más joven aunque lo quisiera —agregó.

Hanna parpadeó, moviendo inquietamente el bolígrafo, bebiendo café para calmar la pesadez en su estómago.

— Creía que ser genial era tratar a los demás con poco respeto, burlarme de todo y llevar la corriente a todo. No te despreciaba provenir de una familia con dinero y prestigio, solo no quería admitir que yo era igual a ti —explicó, haciendo que Hanna se sorprendiera de esa información.

Recordaba las bromas y burlas, sin entender cómo él podía haberle hecho eso. Haciéndola sentir mal, cuando no lo merecía. Ella rió con ironía ante su hipocresía.

— ¿Entonces fui el entretenimiento de un niño rico en estado de rebeldía? —inquirió; quería pensar que ni sus amigos había llegado a eso, pero si lo pensaba bien, quizás nadie estaba exento.

— Lo siento —murmuró; sus ojos intensos la atravesaban como dagas que la lastimaban. El dolor no era el mismo de antes, pero le dolía ver como la estupidez de alguien había repercutido tanto en su vida—. Siento mucho haber sido un idiota, la forma en que me comporté, lo que te hice. Siento haberme dado cuenta tarde lo mucho que me gustabas y lo que perdí. También siento no haber intentado remediar las cosas —agregó, haciendo que el corazón de Hanna se estrujara con cada frase.

El malestar en su estómago se incrementaba y el ardor en sus ojos la obligó a cerrar los ojos. Su cabeza se sentía pesada, y no sabía qué hacer. Había tenido tantos pensamientos alrededor de este momento, y ahora que ocurría realmente, se encontraba en blanco.

— Nunca creí que mi comportamiento podría haber repercutido en alguien hasta este momento. Nadie me tomaba en serio en ese momento —reconoció él.

— Yo sí —susurró ella. Eras todo para mí; quiso agregar pero no se animó a decirle esas palabras. A pesar de los años y el endurecimiento, Hanna no podía negar que aún seguía siendo una chica que temía hablar demasiado por miedo a ser burlada—. ¿Y Mikayla? —inquirió.

Simón parpadeó ante la aparición súbita de ese nombre, pero ella no podía dejar pasar esta oportunidad.

— ¿Qué pasa con ella? —preguntó confundido.

— Ella era mi mejor amiga. En aquel momento, le gustaba salir con tu grupo y yo me uní porque no tenía a nadie más —explicó—. Creí que eras uno más para ella, pero ese día... Mikayla estaba contigo —el recuerdo la tensó. Así como también las memorias de lo que ocurrió luego.

Ambas se alejaron. Mikayla comenzó a tratarla como si fuese una peste, convirtió su amistad en un arma que podía usar en su contra. Le llenó la cabeza a las personas con hechos y comportamientos que no eran ciertos, pero ¿a quién iban a creerle? ¿A la carismática chica que era amiga de todo o a la silenciosa que nadie entendía?

La respuesta era fácil.

— Ella solo quería hablar —dijo Simón. Hanna puso los ojos en blanco, riéndose sin humor.

— Ella fue quien le dijo a mis padres que yo salía con un chico, la causa de que me trataran como una maldita prostituta. También fue quien me hizo creer que tu podrías estar enamorado de mi —su voz resonó letal, produciendo que Simón contuviese su respiración; él no estaba acostumbrado a esta Hanna fría, amenazante y con mucho enojo contenido—. Jugó con mi cabeza y mi corazón, para luego aparecer en tu casa y demostrarme que ella era más importante en tu vida que yo. ¿No lo entiendes, no? —inquirió, el dolor que guardaba se convertía en un estado de sedación—. Ella solo quería sacarme del medio porque le gustabas" sentenció.

— Eso... —murmuraba, meneando la cabeza. La expresión de Simón era una mezcla de incredulidad y estupefacción.

— Créeme cuando te digo que yo tampoco podía creerlo —opinó Hanna, respirando hondo, moviéndose en su asiento tras sentirse liberada—. Era mi amiga, sabía todo de ella, ¿cómo no iba a saber que gustaba de ti? ¿Cómo iba a ser tan egoísta de robarle el chico que quería? —inquirió—. O yo también era una idiota como tú que no se dio cuenta nunca, o bien, fue buena disimulándolo —agregó.

— Mikayla salía con uno de mis amigos y nunca demostró que yo le gustara. Al contrario, cuando me vi interesado en ti, fue la primera en querer ayudarme —insistió Simón, pasando su mano por su barbilla y negando atónito.

También buena actriz y samaritana; pensó ella.

— Eso ya está en el pasado —murmuró Hanna, como si acaso el rencor no fuese algo corriente en su sistema—. A lo que voy es, arregla tu mierda con Mikayla porque si ella o alguna otra cosa arruina este proyecto, no voy a ser delicada cuando esconda sus cadáveres —lo amenazó, señalándolo con el bolígrafo.

El rostro de Simón palideció, y ella no podía negar que eso le dio satisfacción. Solo pasaron unos minutos hasta que él se encontrara asintiendo mecánicamente.

— ¿Significa que me perdonas? —preguntó, sumiso. Algo en Hanna se retorció con placer, y ladeó su cabeza.

— No, pero depende de cómo va este proyecto puedo llegar a evaluarlo —respondió sin vueltas. Él asintió, viéndose satisfecho con la respuesta, sonriéndole con cierto entusiasmo.

Ella lo miró por un breve momento; podía notar que él también había cambiado. Nunca había sido tan abierto a ella como en ese momento, y recordó todas las veces que deseo que él pudiese sonreír más seguido de la forma en que lo hacía en ese momento.

Era triste que su deseo se cumpliese demasiado tarde.

Una vez que los ánimos se calmaron y la conversación dejó los terrenos del pasado, ella se sintió más cómoda de poder hablar de trabajo. De a poco el escritorio se fue llenado de papeles e ideas, y el ambiente se tornó dinámico. Hanna no sabía cuánto había pasado desde el inicio de la reunión hasta que golpearon su puerta nuevamente.

— Adelante —dijo, poniéndose de pie, solo para ver una figura adentrarse. Con un traje negro, actitud calculadora y mirada sombría, Kylian miró la habitación como si esperaba ver una masacre.

Sus ojos recayeron en Hanna, quien abrió sus ojos y le hizo saber que todo estaba bien. Ella no pudo evitar regodearse de lo que veía; no era usual encontrárselo en trajes entallados, con el cabello peinado hacia atrás y sin barba de pocos días.

— Buen día, cielo, quiero creer que no interrumpo —sonrió con dulzura, dejando un beso en su mejilla.

— Estábamos empezando a hablar del nuevo proyecto —respondió ella, notando la pequeña sonrisa maliciosa que comenzaba a formarse en los labios de Kylian.

— Mira, que coincidencia... mi padre acaba de estar de acuerdo con el tuyo de que debo unirme a ese proyecto —canturreó con fingida sorpresa. Hanna cerró los ojos, evitando verse resignada o molesta, mientras pensaba que no creía absolutamente en nada en las coincidencias.

Sin percatarse que él ya se adelantaba a sus movimientos.

— Buen día, Kylian Giroud, el prometido de Hanna, ¿túeres? —preguntó, haciendo que la tensión volviera a elevarse.

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