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27. "Semisordo" y demás motes absurdos (Wes)

27. "Semisordo" y demás motes absurdos (Wes)

Habíamos llegado a un acuerdo tácito: ya me cantarían las cuarenta si conseguíamos escapar, no querían morir enfadados. Eso me alivió en parte, pero al poco caí en una obviedad que me asustó: Shauna y Pietro estaban sopesando no salir vivos de allí como una posibilidad seria.

A consecuencia de observar unas cuantas rondas, notamos que uno de los tres guardas asignados a nuestra celda estaba medio sordo. No conocíamos las razones, pero gracias a él pudimos discutir una estrategia entre susurros sin que adelantaran nuestra ejecución.

—A ver, ¿qué tenemos? —preguntó Pietro en nuestra primera conversación.

Shauna pasó sus brazos atados hacia delante, en una proeza de elasticidad por la que la mayoría se hubiera roto los huesos, y levantó uno de los pliegues de su vestido; eso, claro está, provocó la incomodidad del nativo, aunque se esforzara en disimularla. He de decir que tuvimos suerte, dentro de nuestro infortunio, de que no nos registraran a fondo (y de que su educación les impidiera mirar bajo su falda); creo que cualquier plan de escape se hubiese visto frustrado por la retirada de aquellas herramientas.

—Un pegote de aleación ireki, un cuchillo para cortar las cuerdas, un imán eléctrico y... lo que sospecho que es una poción de amor —le quitó importancia a lo último, como si supiéramos de dónde había sacado eso—. ¿Te han quitado la espada?

Toqué el reloj que llevaba en el bolsillo (el que Layla transformó), negando con la cabeza.

—Genial —sonrió ella, creando una hilera blanca en su rostro cobrizo (vale, quizá sus dientes fueran grisáceos; no chaféis el momento). Pietro se encogió de hombros.

—¿Cómo soy el único que no lleva armamento? —exteriorizó, alzando los ojos—. Ustedes tienen de todo incluso en estas situaciones.

—Porque vienes de un mundo pacífico; injusto, idiota, hipócrita, pero pacífico —contestó ella, haciendo que el aludido bajara la irada ante esas verdades—. Además, no llevo todo lo que querría tener; los Optivi4 abultaban demasiado y estas malditas sogas no me dejan invocar mi chaqueta.

Durante el resto de las guardias del nombrado "Semisordo" nos dedicamos a cortar las cuerdas con el cuchillo de Shauna, cuidando siempre de mantenerlas sobre nuestras muñecas para no levantar sospechas.

A las 5:34 AM llegó la última ronda de nuestro aliado involuntario, el momento de actuar.

Shauna colocó el pegote de metal sobre la cerradura y esperó. Lo habíamos visto antes en acción, en el equivalente a hospital al estilo chamánico; sin embargo, nos seguía dejando boquiabiertos. No era para menos, pues la aleación parecía haber cobrado vida y se había metido dentro del cerrojo, tomando la forma que la llave original debía tener para poder abrirlo. Ese pegote era digno tocayo del verbo "abrir", sin lugar a dudas.

La puerta estaba abierta en menos de lo que se tarda en leer la parrafada explicativa que os acabo de soltar. Shauna vocalizó un "voilà" sin proferir sonido y salimos.

El guardia nos vio apenas eso ocurrió. Entonces, ¿por qué tanto lío para que el "Semisordo" fuera el vigilante durante la fuga? Fácil: cualquier otro habría oído los clics de la cerradura. Unos segundos de ventaja que nos daban una mínima oportunidad de salir con el corazón latiendo y la cabeza sobre nuestros hombros.

Antes de que cogiera la campana de aviso (fue lo primero que localizamos; podéis suponer de quién fue la brillante idea), Shauna activó el imán; no logró ni que sonara una vez, pues estaba en sus manos. No vaciló en arrancar el badajo, ese péndulo metálico que chocaba para producir sonido, enmudeciendo definitivamente al instrumento.

Corrimos pasillo arriba, en busca de nuestra libertad.

—¿Se acuerdan del camino por el que nos trajeron? —constató Pietro. Habíamos hablado del tema, pero no venía mal refrescar la memoria.

—Seguimos recto hacia unas escaleras —rememoré—. Luego, en el vigésimo escalón, tiramos para la izquierda.

—Cinco pasos y a la derecha —continuó Shauna—. En la encrucijada, todo recto.

—Al final —concluyó el mismo que había preguntado—, averiguamos las contraseña de la baldosa amarilla, sin descartar que sea la misma con la que cerraron las escaleras anoche.

—¿Claro todo el mundo? No hay margen de error —asentimos cual soldados; ya sabíamos lo que nos jugábamos.

Por supuesto que nos cruzamos con guardias. En el decimoséptimo peldaño, para ser precisos. Casi acabo como comida de algo similar a un oso; desventajas de ir el último, por lo que se ve.

Esas cuerdas habían drenado gran cantidad de magia de nuestros cuerpos, así que conjurar no era una opción. Gracias al tiempo (y a una habilidad camaleónica de Pietro; le quedaba poca herencia élfica, pero era de calidad) que pasó de largo.

No tuvimos tanta suerte en el cruce. Unos seis soldados y una especie de sacerdote (que, si la información brindada era cierta, nos ofrecería como sacrificio al dios Zuhaitz; había que matarnos de todos modos, convertirlo en acto religioso fue un plus) aparecieron por los tres pasillos restantes. ¡Debisteis ver sus caras cuando nos vieron casi fuera! Al civil casi le da un pasmo; tropezó con su túnica amarilla, dolorosa a la vista, y tiró a un guerrero como si de un bolo se tratara.

Uno menos, quedan cinco; gracias, sacerdote fosforito.

Shauna tomó la delantera, clavando su cuchillo en la juntura entre las dos mitades de su armadura antes de que pudiéramos ni parpadear. La herida no fue mortal; no obstante, se notó que le fue difícil moverse durante el resto de la batalla.

Giré las manecillas del reloj y la espada que hace un mes Aura me regaló apareció en mi mano. Me uní a la contienda.

Como nos acababan de mostrar, las corazas no eran de la mejor calidad; eran pesadas y no encajaban de manera óptima. Para hacer bonito y poco más, como diría Layla; además, lo más probable es que mi hermana añadiera un comentario tipo "y ni siquiera son bonitas". Por eso mismo, centramos nuestros ataques en las conexiones entre piezas; mejor que dar golpes al tun tun, ¿no?

La espada de mi contrincante chocó con la mía cuando me dirigía a la base de su casco; casi pierdo el equilibrio. No me caí, menos mal, pero sí me gané un corte bastante feo en la mejilla, uniendo mi oreja con la comisura de mis labios. Alguien va a necesitar puntos, o un hechizo parejo a eso. Sin descansar ni un segundo, su mano libre golpeó mi mandíbula en un movimiento que me costaría medio diente; huelga añadir que casi me atraganto con él.

Sin embargo, no me amedrenté; ya la había pifiado suficiente, no quería ser un lastre nunca más. Escupí el pedazo de muela y, en una maniobra de mis viejas clases de esgrima, mandé su sable a volar (que impactara justo en la rendija para ver de un casco y que el tipo en cuestión perdiera un ojo no fue cuestión de puntería, os lo aseguro).

—¡Vamos! —gritó Shauna, haciendo tropezar a "Ojo sable" a base de imán. Que estuvieran todos en el suelo (salvo dos que se besaban; las capsulitas esas sí era poción amorosa después de todo) no significaba que los hubiéramos vencido; se iban a levantar en nada, así que más nos valía salir de allí antes de que ocurriese.

Aunque hacía rato que había perdido el camino "recto" (no sabía por qué pasillo habíamos llegado), ella parecía recordarlo bien. En realidad, como me contó en otro momento, había dejado una perlita de pegote en el pasillo de acceso; así, sabiendo de donde salíamos, ver a donde íbamos le fue coser y cantar.

Se detuvo de golpe a metros de la baldosa amarilla, provocando un choque en cadena.

—¿Qué ocurre? —inquirí, sobándome el hocico—. A la próxima, avisa antes del frenado.

—Mirad —fue lo único que dijo, señalando al frente. Sus ojos se habían quedado muy abiertos; su respiración se había vuelto muy veloz, más incluso que mientras corríamos o luchábamos.

No era hora de detenerse a observar, pero hablábamos de Shauna Collins; si algo le había dejado sin palabras, estábamos en un embrollo todavía mayor. Renuentes, seguimos la trayectoria de su mirada.

Entonces entendimos el motivo de su consternación: las escaleras estaban a la vista, sin comprimirse dentro de la baldosa como antes, y una sombra se proyectaba sobre ellas, amenazante.

¡Hola, aztierdis! ¿Qué os ha parecido? Me da que muchos ya sabéis quién es la sombra... o quizá la teoría general sea erronea.

LibeLibu, ¿captaste la referencia? Chequeé para asegurarme de que eran veinte escalones.

A otra cosa... ¡RE tiene más de 2K comentarios! ¿En serio hablamos tanto?

Bueno, ¡nos leemos!

Mireia

P.D.: Sí, añadí la nota el domingo por la mañana.

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