009| Defecto.
Toda mi vida, me sentí como un animal. Ignoré mis instintos. Ignoré lo que realmente soy. Y eso nunca volverá a suceder— Logan.
Paul me ignoró desde el día del incendio.
Aquello no suponía ninguna crisis, pero, su cambió de actitud tan repentino resultó venir acompañado del de Tom, quien parecía estar dando vueltas a algo. Su mirada castaña era menos clara y jovial que de costumbre y también procuraba mantenerse alejado de mí.
El súbito rechazo de aquel par de humanos me desconcertó, aunque no me distrajo de lo esencial: encontrar las respuestas que necesitaba. Mi plan siempre fue utilizarlos como tapadera, un simple medio para un fin no debía malgastar ni un solo pensamiento tratando de justificar su cambio de comportamiento.
Desde el incidente en las ruinas, y tras el incendio, no había ocurrido nada reseñable. Tenía sospechas fundadas que ambos sucesos estaban relacionados, tal vez como una estrategia para empujarme al foco de atención.
Si aquel puñado de insulsos y cerrados pueblerinos comprendiese mínimamente quien era, tendría que largarme, alejarme de las pistas y de esa forma, mi misión quedaría entorpecida.
No obstante, nadie me descubrió, actué tan deprisa que no tuvieron el lujo de verme, tan solo ocurrió un hecho inexplicable más que añadir a la lista, un acontecimiento que se olvidaría tarde o temprano, una vez cubiertos los daños.
Eran religiosos, podían atribuirlo a un milagro, a un acto divino de benevolencia y todo el mundo contento. Aún no sabía el porqué de mi intervención, normalmente no me cansaría en una tarea tan inútil como salvaguardar las vidas de unos insulsos seres humanos.
Me lo expliqué a mí misma como parte de mi plan de encajar y ganarme la simpatía de Tom Hopper. Si descubría mi... naturaleza, su reacción se suavizaría si empleaba mis cualidades para buenas acciones, ¿no?
Pero esa calma tensa e impostada no podía durar mucho más, había un algo inexplicable flotando en el ambiente. Lancé un suspiro fastidiado mientras abría una bebida azucarada que Tom había adquirido para que no hubiese únicamente cerveza en la nevera. Le di un generoso trago, observando los densos nubarrones del cielo.
Olía a humedad y el aire tenía un mayor porcentaje de electricidad.
Se avecinaba una tormenta.
—Chloe —saludó Hopper, apeándose del coche. Se deshizo del sombrero, mostrando su cabello despeinado y sudado—. ¿Qué haces aquí fuera?
Separé la lata de mis labios, observándolo unos instantes, captando un matiz nuevo en su actitud, ahora no tan huidiza.
—Pensar —respondí, sincera, encogiéndome de hombros.
Tom asintió, deteniéndose frente a mí.
—¿Tienes hambre? Yo podría comerme una vaca entera —una ligera sonrisa elevó su espeso bigote, pero no trasmitió su habitual optimismo y calidez.
Supe que había llegado la hora de decidir.
—Claro —me puse en pie y lo seguí al interior de la casa, echando un último vistazo a las nubes cada vez más oscuras y amenazantes—. ¿Dónde está Paul?
Llevaba tres días sin aparecer más que para cambiarse y llenarse los bolsillos de dinero. Cada vez que hacía acto de presencia apestaba a alcohol, sudor y otras sustancias que resultaban irritantes para el olfato. Entre ellas flotaba el perfume de la mujer del alcalde.
—Ese canalla ha vuelto a las viejas costumbres —murmuró el hombre, tomando asiento pesadamente en la mesa de la cocina—. Cuando llegaste pareció calmarse, pero fue una mera ilusión.
Lo miré sin decir nada, esperando a que atacase el tema que le rondaba por la cabeza y volvía inestable sus sueños. Aquello solo era una charla intrascendental que buscaba ganar un tiempo tan innecesario como ridículo.
Él debió captar por donde circulaban mis pensamientos, porque liberó el aire en un prolongado suspiro antes de despeinarse aún más con los dedos. De repente, pareció muy cansado.
—De acuerdo. Debo hacerte una serie de preguntas que necesito que respondas con total sinceridad, Chloe —su tono fue serio, decidido, pero aderezado con el miedo que le suscitaba conocer una verdad desagradable—. Me gusta tenerte en casa, pero no podemos seguir así.
—Lo entiendo —repuse, calmada.
El corazón me latía un poco más deprisa, y tuve que admitir que la situación me inquietó un poco. Pensaba ser sincera, porque tenía motivos suficientes para pensar que no supondría demasiada diferencia. Notaba el afecto que aquel hombre sentía por mí y la confianza que depositó en mi persona desde el primer día que nos conocimos.
En un primer momento me resultó un rasgo de patética debilidad, pero ahora... ahora no estaba tan segura. Lo pensé cuando, en realidad, no tenía ni la menor idea de quien era, de lo que ocurría a mi alrededor.
—¿Tu verdadero nombre es Chloe? —inició el interrogatorio.
Me mordí la lengua, mientras mis cejas forjaban un ceño por la breve confusión que me suscitó la pregunta. Yo no tenía nombre, y si lo tuve alguna vez, era algo que desconocía, por lo que...
—Sí.
—¿Cuál es tu apellido?
—No tengo apellido —respondí y mis dedos empezaron a juguetear con el tejido del amplio jersey que olía a viejo y fondo de armario.
Tom asintió, demostrando que se esperaba justamente esa respuesta.
—¿Tu padre está muerto?
—Sí, lo está.
—¿Murió en la explosión?
—Sí —imprimí una seguridad desmedida en esa afirmación, aunque en el fondo albergase una diminuta duda al respecto.
El sheriff se amasó el bigote con un ceño profundo, de concentración. Parecía tranquilo, los acontecimientos circulaban en la dirección que él predijo.
—¿Tu madre?
—Muerta —era una certeza.
—¿Dónde vivías antes de que te encontrara? —su respiración se cortó unos instantes, y su pulso se aceleró. Se estaba acercando al meollo, a lo que realmente le perturbaba e impedía tomar una decisión.
—En la central eléctrica —pronuncié, despacio, calibrando el efecto de mis palabras—. En su interior existían unas instalaciones que poca gente conocía, allí me crie, en ese espantoso laboratorio.
Tom pestañeó, mientras su cabeza se agitaba arriba y abajo, asintiendo, aún sin digerir del todo la información que le acababa de brindar. Estaba realizando un enorme esfuerzo de comprensión, pero empezaba a ponerse nervioso.
—¿Cuántos años tienes?
—No lo sé.
—¿Tu padre experimentaba contigo? —asentí— ¿Qué clase de experimentos? ¿Qué...? —tomó aire por la boca y tuvo que aclararse la voz para continuar— ¿qué te hacía?
—Me probaba —dije, sin detenerme a pensar—. Exploraba mis límites físicos y mentales, buscando hacerme más fuerte a través del dolor, el sufrimiento y la agonía. Quería hacerme invulnerable... perfecta.
Tom me miró, contempló cada rincón de mi rostro, deslizando ese par de ojos marrones por cada centímetro, bajando por mi cuello, mis hombros, para regresar a mis ojos. Él nunca experimentó el rechazo de Paul... hasta ahora.
—¿Eres... eres humana?
Y de nuevo, esa pregunta capciosa.
—Sí y no.
—Explícate —pidió, reposando los codos sobre la mesa y contemplándome con esa mirada.
Tragué saliva, con ese nudo de nervios formándose en las profundidades de mi estómago. Respiré, despacio, ordenando mis ideas, buscando la forma sencilla y con tacto de ampliar mi respuesta sin suscitar más desconfianza y miedo.
—Nací de una humana, como su hija biológica, pero... mi genoma no era como el suyo, ni como el tuyo. Es una mezcla de ADN. Después, Padre continuó, construyendo sobre una base de ADN híbrido, implantado... más cosas.
—¿Por eso sobreviviste a la explosión? —volví a asentir—. ¿También entraste en el edificio en llamas y sacaste a todas esas personas? —se acarició la barbilla—. ¿Qué puedes hacer?
—Soy rápida, sigilosa, mis sentidos se encuentran amplificados tanto de forma natural como artificialmente. Mi cuerpo... puede cambiar. Hasta que te conocí... ni siquiera hablaba, no me estaba permitido, me tenían anulada —me mordí el labio inferior—. Mi coeficiente intelectual también es superior, me permite aprender muy deprisa.
Tom se levantó de la mesa, abrumado.
—Vale —fue todo lo que dijo antes de retirarse.
Se montó en el coche y solo... se largó. Se sintió feo, de una manera nueva, que me dejó bloqueada, con el trasero pegado a la silla y la mente traslocada. Parpadeé, sin saber que hacer en aquel preciso instante. Yo... me había desnudado frente a ese ser humano, abierto una pequeña puerta, rozado la vulnerabilidad... y él, se había ido.
Me incorporé y comencé a andar, sin ni siquiera pensar en lo que estaba haciendo, sin molestarme si quiera en coger un par de aquellos incómodos zapatos que me quedaban pequeños. Caminé, descalza, por la carretera, antes de echar a correr, sintiendo como el viento azotaba mi cuerpo, como el mundo pasaba a gran velocidad a mi alrededor.
Me detuvo frente a una casa que no conocía y subí los escalones, manchándolos de sangre, a causa de las heridas en las plantas de mis pies que casi se habían cerrado.
Abrí la puerta y la cerradura soltó un chirrido que sonó a roto.
—¡Joder! —un chico desconocido se llevó las manos al pecho, debido al sobresalto. Tenía el cabello negro, muy corto y los ojos grises, un poco juntos, remarcados por unas cejas espesas y oscuras. Soltó una risotada—. Me has asustado.
El blanco de sus ojos estaba inyectado en sangre y apestaba a lo mismo que Billy, cuyo pegajoso aroma flotaba en aquella vivienda.
Estaba... colocado.
Sus cejas se fruncieron y dio un paso hacia mí, casi tropezándose con sus propios pies.
—Tú debes ser la prima de Paul —parpadeó muchas veces, demasiadas—. Soy Elliot.
Me tendió una mano que rechacé, pasando por su lado, internando más en aquel lugar infestado hasta llegar a un salón bastante amplio. En uno de los sofás había dos individuos del sexo femenino que no había visto nunca. Una de ellas, con un tono de pelo de un rosa chirriante, solo llevaba puestas unas bragas y una camiseta amplia que sí que reconocí.
—Chloe.
Paul se levantó del suelo, pasándole el cigarro a Billy, que me repasaba con la mirada con ese brillo asqueroso y libidinoso. Me mordí con fuerza la lengua, resistiendo el impulso de arrancarle los ojos de las cuencas con mis garras.
—Chloe —insistió Paul. Su aspecto era horrible, con el cabello quemado despeinado y sucio, unos pantalones vaqueros medio desabrochados y el pecho al aire. Su mirada enturbiada parecía luchar con el embotamiento en su cerebro—. ¿Qué haces aquí?
Eso, ¿qué hacía yo allí?
Abrí la boca para contestar, pero Billy me cortó.
—¿Y qué importa? —soltó casi en un graznido—. Será más divertido cuantos más seamos, ¿no, Hop?
El tal Elliot apareció a mi espalda y se dejó a caer en el sofá entre las dos chicas. La castaña se encaramó a su regazo mientras su mirada seguía fija en mí. Todos me miraban con diferentes impresiones, pero igual de confusos.
Menos Billy, él era el único que pareció alegrarse.
—Cierra el pico —gruñó Paul y me cogió por el antebrazo, arrastrándome hacia el pasillo, lejos de sus supuestos amigos de juerga. Me dejé empujar fuera de aquella sala cuyo ambiente estaba tan cargado que saturó mi olfato—. ¿Qué haces aquí? —repitió la pregunta, más centrado esta vez.
—Tom lo sabe.
Sus cejas se hundieron con incomprensión, así que maticé mis palabras.
—Sabe quién soy —solté y me sorprendió la aspereza de mi tono—. Igual que tú. Y también se ha ido...
Me corté, enfadada.
¿Por qué me molestaba? ¿¡Por qué?!
Me quité su mano de encima, de un gesto brusco.
Paul retrocedió, torpemente, hasta que su espalda se topó con la pared de enfrente. Sus ojos parecían más oscuros que de costumbre, con la pupila dilatada casi al límite. Era un despojo, un ser ridículo, patético y cobarde. Lo mismo que su tío, una bola de grasa, un incompetente... ¿por qué debería importarme su rechazo?
No debía.
—Yo... —la voz de Paul sonó ronca, por su expresión, se estaba esforzando mucho, casi faltaba que de sus orejas comenzase a salir humo.
Me irritó de sobremanera.
No él, si no mi debilidad, mi necesidad de aprobación tan nueva como aborrecible. Era por su culpa, por convivir con ellos, su debilidad era contagiosa, como una enfermedad vírica que me estaba corrompiendo.
Tenía que... tenía que salir de ahí...
Sacudí la cabeza y lo dejé plantado, aún sin que fuese capaz de pronunciar algo coherente o con sentido. No me importaba lo que tenía que decir, caminé tan fuerte, que el suelo se agrietó bajo mis pies y la puerta se desencajó del marco cuando la abrí.
Pero no pude ir más lejos.
Había comenzado a llover, el cielo se encontraba encapotado por ese conjunto de nubes negras y la frecuencia de las gotas se incrementó hasta que el término correcto fue diluvio. No fue el agua quien me retuvo, si no el rayo.
Cayó en la misma calle, explotando en una cantidad ingente de voltios que flotaron en el ambiente. La electricidad me cortó la respiración y un miedo paralizante me hundió el estómago, disparando mi respiración.
Verla me trasportó a un recuerdo, tan vivido como terrible, y el dolor me surcó las venas como si de nuevo, la electricidad me abrasase por dentro. Un jadeo desacompasado salió de mis labios mientras caía de rodillas al suelo, anulada desde lo más profundo de mi ser.
Un defecto implantado como medio de control.
Un pánico tan irracional como poderoso.
El agua, el fuego... y, ahora, la electricidad.
Sentí las manos de Paul en mis hombros antes de que mi cerebro desconectase del todo y la oscuridad me sumiese por completo.

EMPIEZA EL DRAMA, juju.
He cumplido mi promesa y he escrito antes de jugar, de momento un capítulo, pero... CUENTA, VA. EN FIN, EN FIN, la rutina:
Opiniones del capítulo AQUÍ.
Llantos, ruegos, reclamaciones, AQUÍ.
Teorías, peticiones, locuras, AQUÍ.
¿Acaso nuestra pequeña Chloe está teniendo una crisis? ¿No es tan insensible como se cree? Es la primera que nunca ha tenido contacto con la gente, solo con algunas personas del laboratorio y no se le ha inculcado NADA, a diferencia de sus... hermanitos.
¿Qué opináis?
OS LEO.
Puede seguirme en instagram como @comadanteprim (SÍ, lo repetiré hasta la saciedad). Os quiero, lectores míos, sois una parte importante de toda la satisfacción y disfrute que me inspira el escribir.
PD: ¿Qué creéis que hará Tom a partir de ahora?
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