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7

Lo primero que pasó por mi cabeza fue que la señora Carlota —la dueña del edificio— estaba saliendo con alguien menor. Algo que se había vuelto común. O por lo menos, lo había visto antes en otras profesoras que se divorciaron y empezaron a salir con jovencitos. Conocía tantos casos como esos que a pesar de que me resultó sorpresivo, no me pareció extraño, ni una locura. Sin embargo, estaba apunto de llevarme una sorpresa. 

—¿A quién se le ocurre molestar a estas horas de la mañana? —preguntó con el ceño fruncido. Lucia adormecido. Se restregó los ojos con la mano derecha.  

Jamás olvidaré como iba vestido o, mejor dicho, lo que no llevaba puesto. Su torso desnudo dejó a la vista una piel bastante blanca, con ligero vello en el pecho y un abdomen un poco abultado, pero no exagerado. Su cabello estaba desordenado, y noté que tenía marcas en la mejilla derecha, lo cual deduje que se debía a las cobijas o lo que sea en lo que estuviese durmiendo.  

Fue la primera vez que lo vi sin camisa. De no ser porque Doris no pudo cuidar a mi madre, eso no habría sucedido. De hecho, nada habría sucedido. Él no me habría buscado y yo no lo habría aceptado. 

Pero ¿Qué hacía en ese apartamento? 

Me generó intriga el motivo por el cual se hallaba en ese lugar. Aunque las sospechas de que ambos eran amantes empezaron a crecer dentro de mi cabeza. 

—Es una emergencia —respondí de forma tajante. 

—¿Qué sucedió? —Se cruzó de brazos, observando con la ceja levantada.

No pude evitar fijarme en el bulto que había entre sus piernas. Tuve que pasar saliva. Tenía buena proporción. Cuando levanté la mirada hacia sus ojos, el me veía con aparente diversión. 

—¿Te gusta lo que ves? —su voz ronca, atrayente… El tono pícaro, el gesto despreocupado. Su sonrisa coqueta. Me estaba enloqueciendo ese hombre. 

Sí, me gustó y mucho.

Alejé ese pensamiento de mi mente y me concentré en lo que había ido a hacer. Aunque su sola presencia resultaba una distracción. 

—Eh… necesito hablar con la señora. Es una urgencia. 

—¿Qué sucede? —Sus cejas se hundieron, y la preocupación se hizo notable en su rostro. Pronto descubrí que era un gesto bastante frecuente en él. 

—Necesito hablar con la señora Carlota —dije con gesto serio. 

—Ya la llamo. 

Se giró, dejando a la vista su trasero. Me sorprendió darme cuenta de que se veía mejor que el mío.  ¿Sería posible que si fuera pareja de la señora? Porque de lo contrario… Todo lo que estaba pasando por mi cabeza en ese momento podría mandarme derechita al infierno. 

No tardó en volver. 

—Ya viene —avisó y recargó su cuerpo en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre su pecho—. Te queda perfecta esa piyama —Con esa sonrisa casi imperceptible y la posición relajada se veía demasiado atractivo. Una chispa se encendió en su mirada, me puse nerviosa. 

Sin embargo, al recordar lo que llevaba puesto abrí los ojos, y la vergüenza se hizo presente. Fue tanto el afán y la preocupación por buscar quien cuidase de mi madre que no me importó, ni siquiera noté que todavía vestía el pijama; el cual constaba de un short corto de seda y una blusa del mismo material de tirantes, ambos de color rosa. 

Me controlé. No debía mostrar lo apenada que me sentía, al contrario, no darle el poder de usarlo en mi contra. Pero no estaba preparada para su siguiente comentario: 

—Y esas piernas… —Suspiró. Me veía fijo. Se me convulsionaron los músculos del vientre. 

¿Por qué tenía que soltar comentarios como esos? ¿Por qué yo tenía que reaccionar como una idiota?

Pese a los estragos que causó en mi interior, esbocé una sonrisa ladina, mirando directo a las dos piedras de zafiro que brillaban con intensidad. 

—No deberías hacer ese tipo de comentarios —Hablé con una ceja arqueada—. No cuando tu novia está allá adentro; tan cerca que podría escuchar o alguien, podría ir a decirle. —Cuando dije alguien, me refería a mí. Si ambos resultaban ser parejas sería yo la primera en avisar a la señora que él trataba de coquetear con otra mujer. 

Un gesto de confusión pasó por su rostro. La neblina de intimidad que nos había envuelto desapareció. 

—¿De qué hablas? ¿Mi novia? 

Entonces, recordé que la señora Carlota un día me habló sobre un hijo, al cual describía como alguien atractivo, de ojos azules…

Quise darme un golpe al darme cuenta de que en realidad no se trataba de su novio, sino de su hijo. Pese a mi edad, era una persona demasiado boca suelta. Es un problema que aún me afecta.

—¿Hablas de mi mamá? —terminó de confirmar. 

—Perdón, creí que…

La vergüenza me atacó. Solo a mí se me ocurría hacer semejante comentario sin estar antes segura. ¡Qué idiotez había cometido! 

Emiliano negó con la cabeza, con evidente diversión. 

—Para mi madre sería un halago que creyeran que sale con alguien tan guapo. 

Estuve a punto de contestar, pero me vi interrumpida por la mujer que se asomó en la entrada. Se paró al lado de su hijo. 

—¿Sucedió algo? —indagó la señora con las cejas hundidas y una mueca de confusión e inquietud plasmada en el rostro. 

Llevaba puesto un conjunto azul de pantalón largo y camiseta de algodón. Se veía soñolienta, lo cual me apenaba porque yo había sido la culpable de que se despertara. 

No solía molestar a nadie en el edificio, y verme allí debió sorprenderle. 

—Qué pena molestar a esta hora, es que… necesito un favor suyo. De verdad, me da mucha vergüenza.

Ese favor fue el que nos acercó. 

—Habla, Kelly… —La señora sonrió ante mi timidez. 

—Es que no tengo quien cuide de mi madre. La enfermera no podrá venir y hasta ahora me avisó, no tengo a quien más acudir…

Su mueca cambió a una más relajada. Rápidamente abrió la boca y dijo: 

—Tranquila, hoy no tendré nada que hacer. —Se inclinó y susurró—:  Aunque, a decir verdad, no hago mucho —comentó en un tono que me resultó divertido—. Yo la cuidaré. Ve tranquila a tu trabajo. 

Sonreí, fue una sonrisa genuina, llena de entusiasmo y agradecimiento. 

—Le pagaré, lo haré. 

—No es necesario, cariño. Todos de vez en cuando necesitamos una ayudadita. Sé lo mucho que trabajas y haces por tu madre. Además, podré distraerme un poco —dijo con una enorme sonrisa en el rostro. 

Su hijo seguía parado a su lado, observando en mi dirección si decir nada, y yo no lo había notado por la alegría que me embargaba en ese momento. Ni siquiera me importaba la forma en la que andaba vestida; yo solo podía dar gracias por la ayuda que recibiría…

—Ve a vestirte —ordenó con burla Carlota. Le dio un suave golpe en el pecho. 

Yo no pude evitar reír, pues él pareció un niño regañado, a pesar de que estaba segura de que se trataba de una broma. 

****

Había dicho que lo subía antes y pasaron dos días XD. Pero en mi defensa fue porque anduve muy ocupada.

¿Que tal se encuentran?

Les dejo mis redes por si les interesa:
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