
7 (CORREGIDO)
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo haciéndome temblar cuando sus dedos acariciaron la poca piel visible de mi clavícula dejando un lujurioso rastro de fuego a su paso, tragué saliva para intentar disimularlo, pero nada se escapaba de los ojos de Clet, que amplió su sonrisa. La forma en la que me miraba era tan intensa que parecía que estuviera intentando atravesar mi ropa con ella. Estaba tan cerca que podía sentir como nuestras respiraciones danzaban entre ellas hasta perderse en el aire.
—Hay tantas cosas que deseo hacerte... —Saboreó las palabras. La gravedad de su voz causó que se me erizaran los vellos de la nuca, una reacción natural pero indeseable en aquella situación. —Me voy a divertir mucho contigo, Amanda, te haré cosas que cualquier otra persona que posea tu cuerpo por solo unas míseras horas soñaría con experimentar, y tú alcanzarás el cielo con cada una de ellas. —Pasó la mano por debajo de la tela y envolvió uno de mis senos con ella ejerciendo una leve presión. —Una de las muchas ventajas de que seas mía.
—¿Te escuchas cuando hablas? —Conseguí preguntar con el poco aliento que me quedaba. Su última afirmación me había molestado, principalmente porque era cierta. —Soy un ser humano.
—Eres un sujeto, deberías agradecer que considere darte placer. —Me corrigió severamente al tiempo que acercaba su rostro al mío lo suficiente para que nuestros labios se rozaran y aumentaba la fuerza de su agarre hasta el punto en el que sentí una punzada de dolor que me hizo terminar con esa distancia. Quise apartarme al instante, sin embargo eso solo sirvió para que él profundizara el beso e impusiera su cuerpo sobre el mío. —Y tienes trabajo. —Comentó de forma resuelta cuando se detuvo a recuperar el aire. Aproveché mi reducida libertad para limpiarme los restos de sus babas con el brazo. —Uno extra especial, así que es hora de que vayas a ponerte bonita. —En un rápido movimiento se paró y comenzó a arreglar su traje sin prestarme atención, como si no hubiera estado devorándome unos segundos antes.
—No es posible que seas tan cínico como para pedirme que me prepare para un turno después de todo lo que acaba de pasar.
—Fue una orden, no un pedido. —dijo comenzando a caminar hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones. —Y aunque estoy seguro de que te gustaría que terminara de cogerte en el sofá hasta que olvides tu propio nombre, tendremos que pasarlo para otra oportunidad, este cliente dejó un gran monto como seña.
—¿Sabes? Dicen que los hombres que más alardean sobre ser excelentes en la cama tienen los miembros más pequeños. —bufé siguiendo sus pasos. Tenía ganas de estrangularlo, pero temía que lo disfrutara.
Para cuando lo alcancé él ya había elegido mi atuendo para la noche, sobre la cama descansaban un vestido de tirantes rojo con brillos y un par de collares de plata acompañados por grandes anillos. Acaricié la tela suavemente recordando la última vez que lo había usado, fue para la boda de mi prima que había tenido lugar un año antes, un momento de mi vida que no había valorado lo suficiente. Había sido feliz y libre, sentimientos que siempre había tomado por sentado y que ahora extrañaba con toda mi alma. Intenté forzar una sonrisa mientras observaba cómo me quedaba la prenda en el espejo, pero fracasé miserablemente.
—Te ves como un chupetín de cereza. —murmuró Clet en mi oído, no lo había notado acercándose. —Será mejor que bajemos ahora antes de que decida comerte como a uno. —Se pegó a mi espalda y lo que sentí en mi parte baja me demostró que hablaba en serio. —A menos, claro, que prefieras tragarte algo más que tus palabras de hace algunos minutos.
Me congelé donde estaba, tensando con incomodidad cada centímetro de mí sin saber cómo reaccionar, eso pareció hacerle gracia. Pasó sus firmes manos por los costados de mis caderas y dejó una pequeña mordida en la piel desnuda de mi hombro. No sé de dónde saqué las fuerzas necesarias, pero antes de que me diera cuenta, mi codo estaba haciendo contacto con su caja torácica.
—¿Puedes quedarte quieto por cinco minutos y dejarme en paz? Ni siquiera puedo pensar contigo actuando como un perro en celo.
—Algo que aprendí durante estos últimos años es que las mujeres son más agradables cuando menos piensan y simplemente hacen lo que se les dice, tranquila, tú también lo verás pronto.

Nunca creí que podría sentirme aliviada de ver la camioneta blanca de B, hasta que tuve que esperar por él durante veinte minutos en la fría noche de Gwyña prácticamente desnuda. El mullido interior y los asientos calefaccionados parecieron abrazarme en cuanto cerré la puerta dejando afuera al horrible vendaval que provenía de las montañas. Por unos instantes me permití bajar la guardia y suspirar de satisfacción mientras percibía como mi cuerpo retomaba su temperatura habitual.
—¿Qué se siente ser la favorita del jefe? ¿Eh? —El conductor se aprovechó de ese momento e Intentó comenzar una conversación conmigo pero yo no estaba dispuesta a responderle. —Debes sentirte como el premio más codiciado. —Insistió riendo de forma extraña.
Apoyé la cabeza sobre la ventanilla y dirigí mi mirada hacia el exterior, un mundo repleto de gente disfrutando de las actividades cotidianas de una noche en la ciudad parecía burlarse de mí. Me pregunté qué estaría haciendo Magui en aquel momento, quizás preparándose para salir a algún bar con sus compañeros de clase o poniéndose su pijama de invierno para acurrucarse a ver una película romántica de esas que ella tanto disfrutaba. Mientras tanto yo estaba... ¿Estacionando frente a un club de desnudistas? No era posible que alguien requiriera de mis servicios en un lugar así, tan lleno de gente.
—Bájate, princesa. —exigió B al ver que no me movía.
—Esto no puede estar pasando. —balbuceé anonadada observando los carteles iluminados por luces de neón que cargaban la entrada: "Chicas, chicas y más chicas", "Tragos desde $25", "Shows cada hora".—¿Cómo? —cuestioné tratando de encontrar alguno que especificara el nombre del lugar, pero no podía ver ninguno desde donde estaba.
—Al parecer el señor Casanova estuvo muy ocupado esta tarde como para mencionarte que esta vez tienes que bailar, ¿verdad, bonita? —Prendió un cigarrillo y se volteó en el asiento para mirarme, escupiendo el apestoso humo en mi rostro al hablar. —Ya vete.
Como ya era costumbre, el vehículo arrancó en cuanto salí de él, dejándome a mi suerte, como si no fuera más que un paquete. Por fin pude averiguar dónde estaba, el bar de caballeros "Shot the fuck up" en medio del límite rural con un pueblo cercano. Algo me decía que no debía de ser la única mujer que estaba en la zona en contra de su voluntad.
—¡Ahí estás! —Un hombre alto y algo calvo, vestido con un traje barato de color negro, se acercó corriendo hacia mí y me arrastró por el estacionamiento tomándome del brazo. —¡Todos te están esperando! ¡Muévete!
En el interior, la música saturaba los parlantes al punto en el que se volvía inentendible y el aire estaba impregnado por una gruesa capa de neblina falsa con un olor que tenía el poder de hacer que todas las conexiones de tu mente se soltaran. O tal vez eso era culpa del programa, como el vacío que se creó en mi memoria cuando llegué al vestuario. Lo último que recuerdo con extrema claridad fue la sensación de la electricidad apropiándose de cada uno de mis músculos, luego no hay más que imágenes:
Yo parada en un gran escenario con un tubo de metal en el medio. Muchos gritos y aplausos dándome la bienvenida. La habitación estaba repleta de hombres de todas las edades, desde jovencitos que recién cumplían la edad legal para beber hasta señores hechos y derechos que pertenecían más a un asilo que a un antro como ese.
Lo siguiente fue verme moviendo las caderas sobre el regazo de un sujeto que tendría edad como para ser mi padre con unos billetes sobresaliendo de mi escote en lo que creo que era una cabina privada. Sus ojos estaban desorbitados, existía la gran probabilidad de que hubiera consumido algún tipo de estupefaciente, y su mano derecha metida en sus pantalones. Una risa demasiado aguda para ser la mía, aunque estaba segura de que lo era, taladraba mis oídos.
Al rato me hallaba arrodillada en el piso, a los pies de un muchacho algo despeinado que parecía haber derramado la mitad de su bebida sobre mi ropa a propósito y me miraba con perversa diversión.
Luces, música y glitter dando vueltas por todos lados... El ruido de algo romperse seguido por un silencio ensordecedor... Oscuridad.
Desperté tirada entre un par de sillas de plástico en un suelo negro y pegajoso, sintiendo la mayor resaca de mi vida aunque no tenía presente haber bebido en ningún momento. Cada una de mis células se sentía pesada. Un fuerte dolor me atravesó el brazo hasta llegar al hombro al esforzarme por encontrar la forma de levantarme, bajé la mirada hacia mi muñeca que estaba hinchada como un globo. Maldije al imaginar cuál sería la reacción de Clet al enterarse, alguien iba a sufrir las consecuencias de su ira y posiblemente esa sería yo.

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