CAPÍTULO 4: Las confesiones nunca son cosa de dos.
"El Único, que provenía de Ellas, las reunió entonces a todas y así les habló:
<No llaméis enfermedad a aquella nueva vida que en vosotras tiene su origen. No llaméis pecado a todo aquello que en vuestro corazón no cabe. Sois nuestras madres, y es de vuestro sudor y vuestra sangre de donde mama la humanidad. Somos bastardos indignos, pero hijos al fin y al cabo. ¿No merecemos vuestro amor?>
Las mujeres, todas ellas hermosas más allá de toda comprensión, cubrieron sus rostros con el alero de las capuchas negras y negaron al unísono. Habían rechazado la súplica del Único, el primero de todos los hombres y el más grande. Cuando hablaron, también lo hicieron a la vez:
<Perdonaremos las vidas de tus hermanos, que podrán zarpar en paz a otras costas. Pero a cambio, exigimos el bautizo de tu sangre, el sacrificio de tu carne, como justo precio a pagar, y será que en la nobleza de tu sangre y la pureza de tu misma carne, que tu amada humanidad expiará la lacra de su corrupción. ¿Aceptas?>
Es bien sabido por todos que El Único asintió y rio de alivio.
<¿Una decisión tan fácil? Vendería mi alma si así lo requirierais.>
Fue así como El Único se sacrificó para que nosotros pudiésemos seguir viviendo. Y es por eso que toda persona de buen corazón reza al Único por encima de a todos los demás dioses del panteón, y por lo que dona un décimo de todo lo que cosecha a la institución de la Iglesia.
Así pues, la mujer solo vive por la gracia y compasión del hombre, sometidas a la voluntad de su marido como castigo por aquello que hicieron sus antepasadas hace tanto, tantísimo tiempo.
~Guía del buen religioso. Cuaderno de las verdades nobles."
GLOSARIO
1- Agria.
2- Enjuto.
3- Sola.
4- Viendel.
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