
Parte 2
A Max no le gustó esa extraña sensación porque sintió como si fuera un adolescente, a quien por primera vez le sonrió la chica que le gustaba.
Esa noche mientras Max se encontraba en su cama, volvió a pensar en Jocelyn y a recordar lo sucedido ese ese día. No sabía ni por qué
estaba pensando en ella, si a él le gustaban las mujeres rubias con pelo largo y senos grandes, entre más atrevidas e inhibidas era más divertido estar con ellas. Jocelyn era todo lo contrario, era delgada, de cabello corto y castaño, parecía reservada y educada. No era su tipo, pero tenía una cara angelical y sospechaba que iba a distraer a más de uno de sus trabajadores.
En ese momento decidió que únicamente le permitiría trabajar un día para que ella sintiera que no le debía algo. Lo que Max no sabía era que al día siguiente y los próximos dos días descubriría lo eficiente y profesional que era Jocelyn. Sólo le basto un par de días más para estar convencido de que había hecho bien en darle una oportunidad, por lo cual a los quince días las contrató. En ese tiempo también se dio cuenta que ella estaba fuera de su alcance. Primero porque ella en ningún momento le dio indicios de estar interesada en él, lo cual era inusual, y segundo porque no podía arriesgarse a perder a una buena empleada.
...
Meses después, una tarde Jocelyn esperaba ansiosa a que Max volviera a la oficina. Hacía cuatro horas que él había salido y antes de irse le aseguro que regresaría para revisar un pedido, firmar unos cheques y un documento que a ella le urgía enviar por fax.
Eran las seis dieciocho de la tarde y ella no podía dejar de ver su reloj y de pedirle a los cielos que Max regresara. Se suponía que a esa hora ella debería de estar en el gimnasio tomando una clase adicional y no ahí en el trabajo esperando, a ver a qué hora su jefe se dignaba en regresar. La única razón por la cuál aún no se había ido, además de que necesitaba enviar ese fax, era porque Max había olvidado el celular en su oficina; por ello tenía la certeza de que tarde que temprano él regresaría a la oficina.
Jocelyn sabía que no era su obligación estar ahí y por lo general no le importaba quedarse a trabajar más tiempo cuando era necesario. Pero ese día sí le pesaba hacerlo, porque uso dinero que tenía destinado para su almuerzo de varios días, para pagar la clase que había comenzado hacia dieciocho minutos. Tenía todos sus gastos planeados en un presupuesto mensual, el cual seguía rigurosamente, a excepción de esa vez. Por lo tanto, le dolía pensar que había tirado su dinero a la basura y mejor prefirió pensar que alcanzaría a llegar a su clase, aunque fuera al final.
Casi veinticinco minutos después, finalmente llego Max y subió corriendo a la oficina por su celular. Jocelyn lo recibió en la puerta con el documento y los cheques para firmar. De inmediato percibió el exquisito y sensual olor de su loción y en seguida notó que no traía la misma ropa con la que llegó a trabajar por la mañana. Ahora traía un pantalón negro, una camisa gris claro de manga corta, con zapatos y reloj de vestir. Cuando se rasuraba, cómo lo había hecho esa tarde, aparentaba tener menos de treinta y cuatro años. Le gustaba hacer pesas, inclusive tenía un equipo completo de pesas en una esquina de la fábrica y en ocasiones cuando un trabajador faltaba, él hacia el trabajo. Pero ni los trabajadores que pasaban todo el día ahí, tenían el cuerpo que él tenía.
Mientras Max sostenía la tabla con clip y firmaba lo que Jocelyn le dio, ese día en particular, ella le puso atención a su tatuaje tribal que tenía en el brazo. Debajo de las líneas, círculos y remolinos gruesos y delgados en color negro, Jocelyn por primera vez observo con detalle los músculos de su brazo y en particular su antebrazo.
En tres segundos descubrió que era deleite para la vista ver tal perfección y aprendió un poco más de anatomía. Tratando de no reírse por las tonterías que estaba pensando, mientras se preguntó si su físico era resultado de su disciplina para hacer pesas y su genética o de lo anterior y de esteroides. Trato de ocultar su sonrisa al estar pensando tales cosas.
Max vio su reloj cuando termino de firmar lo que Jocelyn le dio y se dirigió a su oficina, la cual ahora compartían. Después de que vio que ella era eficiente, decidió dividir esa área, a ella le dejo una tercera parte y puso una división con vidrio en la parte superior y una puerta entre las dos oficinas. Al entrar estaba el area de ella y al fondo la de él.
–Gracias por todo Jocelyn, nos vemos mañana. –se despidió mientras caminó hacia la salida.
–Max, me imagino que llevas prisa, pero, necesito que veas el camión. ¿Podrías inspeccionarlo rápidamente en lo que yo envió esto por fax? –le pregunto, esperando ver la cara de sorpresa y de enfado que él puso; al ver su reacción se formó una sonrisa mientras ella se daba la vuelta para subir a la oficina.
Desde el momento en que Jocelyn vio a Max entrar a la oficina, se imaginó que tenía una cita romántica. Lo que ella no sabía, era que ya iba retrasado porque se tardó más de lo que esperaba en el lavado de coches y haciendo unos trámites en el banco. Por si eso fuera poco, tuvo que regresar a la oficina por el celular que olvido.
–¿Es necesario que lo haga ahorita? –preguntó Max, esperando que ella le dijera que no.
–Sí, es de es de suma importancia. –aseguró
ella, volteando a verlo a los ojos.
Jocelyn tenía trabajando para Max cerca de ocho meses. En ese tiempo ella se había ganado su admiración y confianza, por lo tanto, si ella decía que era importante, lo era. Molesto porque ya iba retrasado a su comida, Max bajó y se dirigió al camión. A simple vista todo estaba bien, pero como ella todavía no bajaba, decidió darle otra vuelta y en esa ocasión observo con cuidado la carga del camión.
–¡No puede ser! –gruñó en voz alta y se asomó a la oficina para ver si desde allá ella vio la carga. Lo que descubrió fue que de la ventana de la oficina a donde estaba el camión, era un punto ciego; no había forma de que lo hubiera visto desde allá. En ese momento, Max se alegró de que ella se percató del problema y, más aún, que se esperó para informarle. No podía creer que nadie más se dio cuenta del problema.
–¿Cómo te diste cuenta? –interrogó Max, sin ocultar su asombro cuando llegó a su lado.
–No tenía nada más que hacer y mientras te esperaba decidí caminar un poco, fui ahí cuando lo vi.
¿Ya se fueron los muchachos? –preguntó él, molesto.
–Si. Hace mucho que salieron.
–Me imagino que el otro camión no estaba disponible, ¿verdad?
–Así es, regresa hasta mañana al mediodía.
–Te agradezco mucho que me lo hayas informado, por desgracia tú y yo no podemos hacer nada al respecto. –dijo él, enojado y frustrado.
–Vamos a arreglarlo. –sugirió ella, tratando de animarlo.
–¿Tú y yo? –preguntó incrédulo y evitando reír.
–Claro, no podemos dejarlo así. −aseguró ella.
–¿Qué podemos hacer tú y yo? –preguntó Max por cortesía y por qué Jocelyn era muy ocurrente, parecía tener una respuesta para cada problema o inconveniente.
–Podemos intentar estabilizar las paletas, acomodando las cajas superiores. Ya estamos aquí de lo contrario el pedido llegará tarde. Además, ya perdí mi clase. –dijo ella, en un leve tono de reclamo y levantando las cejas.
–¿Como lo haríamos? –cuestionó sólo por curiosidad. Quiso escuchar lo que le iba a decir, a pesar de que no creyó que se pudiera hacer en ese momento.
–Podemos poner un lazo alrededor de las cajas y después tratar entre los dos de acomodarlas. Si no podemos, entonces lo hacemos con la ayuda de tu camioneta. Yo hago lo que tú me digas, al menos tenemos que intentarlo ahorita que estamos los dos. De lo contrario, mañana el chofer ni cuenta se va a dar y aunque lo hiciera, él solo no va a poder hacer nada. Y si espera a que lleguen los muchachos, la entrega no va a llegar antes del mediodía.
Max más que nadie sabía lo importante que era hacer esa entrega a tiempo. Si a Jocelyn no le importaba quedarse ayudarle, menos debería de importarle a él.
–De acuerdo, hagámoslo. −habló después de un suspiro y de mover su cabeza de lado a lado. Sabía de antemano que era una locura, pero no perdía nada intentándolo.
–Genial, manos a la obra. —dijo emocionada y entusiasmada.
–Te subes y me ayudas a acomodar la cuerda.
–¿Yo? –preguntó sorprendida.
– Sí. El otro día vi cómo se voló un documento y, sin pensarlo dos veces, te subiste entre las cajas para recuperarlo.
Jocelyn se quedó pensando hasta que recordó.
–Ohhh, pero eso fue diferente. –exclamó ella.
–Es lo mismo Jocelyn, sólo que esta vez está un poco más alto. Es mejor que yo este acá abajo, si te resbalas puedo evitar que caigas al piso. De lo contrario si yo me caigo y tú tratas de ayudarme, terminaríamos los dos lastimados.
–No está un poquito más alto, esas cajas están mucho más altas. – protestó ella, aun no muy convencida de querer hacerlo.
–No tengas miedo yo voy a estar aquí, no voy a dejar que te pase nada. −aseguro Max, tratando de animarla y convencerla.
Finalmente, después de unos segundos de renegar y de pasar su mano por su cabeza, Jocelyn acepto. Ambos sabían que no iba a ser fácil, pero ya era tarde y se querían ir; por lo tanto, comenzaron a hacerlo. Ella estaba lista para su clase y traía puesto un pantalón de yoga, con una chamarra negra de cierre al frente. La cual, al subir al camión, se la quitó casi enseguida al sentir que no tenía libertad de moverse. Se la amarro en la cintura y se quedó con una blusa deportiva sin mangas, de color morado con la que se apreciaba cintura pequeña y su abdomen plano. En los últimos meses había subió un poco de peso, pero al parecer se distribuyó estratégicamente en el busto y su cadera. Antes de ese día, él no había puesto atención porque la mayoría del tiempo ella usaba ropa holgada.
En el primer intento la cuerda no alcanzo, le toco a Jocelyn quitarla y esperar a que Max le llevara otra. Al terminar de ponerla, Jocelyn se bajó y les llevo unos segundos darse cuenta de que iban a necesitar jalarla con la camioneta. Ella le indicaba a él que tanto tenía que jalar. Cuando las cajas habían comenzado a moverse, la cuerda comenzó a crujir anunciando que en cualquier momento se rompería y tuvieron que parar.
– ¡Ya! Es suficiente. –exclamó Max, molesto y frustrado—. Vamos a dejarlo así, déjame le llamo al chofer para que no venga temprano y mañana llamas al cliente para informar que el pedido va a llegar tarde.
–Un último intento, falta muy poco ya. Esta vez pongo una cadena. –insistió ella, sin querer darse por vencida.
–¿Sabes lo que pesa la cadena?
–No, pero sé qué hay de varios gruesos. Me imagino que puedo con la más delgada y no la voy a cargar. Tú la sostienes y caminas con ella, mientras yo la voy acomodando. Al menos déjame intentarlo para no sentir que perdí mi clase en vano. −sugirió intentando convencerlo.
Con una sonrisa Max aceptó porque vio que a Jocelyn no le importaba volverse a subir. Ella estaba emocionada, con la adrenalina al cien y un último intento era lo menos que él podía hacer; después de todo el tiempo y esfuerzo de ella. Para ese entonces, él ya se había quitado su reloj por temor a rallarlo o golpearlo, y termino quitándose también su camisa que traía, quedándose con la playera negra.
–Listo, terminamos la primera parte. –declaró ella emocionada al asegurar la cadena con un candado.
Jocelyn tenía una sonrisa dulce y al sonreír su rostro se iluminaba, algo que a Max le gustaba ver. En el tiempo que llevaba trabajando para él, no había faltado o llegado tarde ni un día. No utilizaba su celular en horas de trabajo y era muy eficaz. Ese día más que nunca se dio cuenta de lo afortunado que era al tenerla ahí.
–¿Max, me puedes ayudar a bajar? – le pidió ayuda después de que intento bajarse sola y sintió que sus piernas y brazos le temblaban; no creyó que pudiera hacerlo por sí sola. Max extendido sus brazos y la tomo por la cintura, al bajarla se pierdo viendo sus ojos y sus labios; la cercanía de sus cuerpos provoco que cruzara por su mente la idea de besarla. Era algo absurdo y estúpido y de no haber sido porque Jocelyn le pidió que la pusiera en el piso, probablemente lo hubiera hecho. Por fortuna fue sólo una idea fugaz y ni siquiera le dio importancia. Cuando estuvo de pie en el piso, ella con sus manos froto sus piernas varias veces y después sus brazos.
–Mañana vas a andar adolorida.
–Creo que no tengo que esperar hasta mañana, ya lo empecé a sentir. –dijo sonriendo orgullosa.
Finalmente, después de casi una hora y media, terminaron. Max estaba admirado de ella, le hizo caso porque la vio muy segura de lo que le propuso, no tanto porque creyó que iban a poder hacerlo.
Jocelyn en vez de estar cansada y quejándose por todo lo que tuvo que hacer, estaba contenta y emociona. Sonreía mientras se pasaba las manos por su cabello un poco despeinado; era notorio el gusto y la satisfacción que sentía por haber logrado arreglar las cajas. Irradiaba de felicidad y eso la hacía verse más hermosa de lo que era. Max no sabía si estaba más admirado: porque gracias a ella el pedido no provoco ningún accidente en carretera, ni llegaría tarde, o por el simple hecho de verla tan contenta.
–Muchas gracias, Jocelyn, en realidad te agradezco el interés que le pones a tu trabajo. Te voy a pagar este tiempo extra, pero no sé qué pueda hacer para remunerarte por lo que acabas de hacer.
–No es necesario que hagas nada. Además, lo hicimos los dos. Gracias a ti por escucharme y no haberme mando por un tubo. –mencionó feliz.
–¿No tienes hambre? Porque yo tengo mucha. − preguntó Max.
–Tú tienes un compromiso y te están esperando.
–De cualquier manera, ya estoy tarde; una hora más, no hace mucha diferencia. A demás ella ya comió, por lo tanto, ahora tú y yo vamos a ir a cenar algo. −le informo Max.
–No es necesario que lo hagas, mejor nos vemos mañana.
–Llevarte a cenar es lo menos que puedo hacer después de todo lo que hiciste.
–En realidad no fue nada y no es necesario.
Max no le insistió, sólo la espero a que fuera por su bolsa. –¿Dime que te gustaría comer? O vamos a ir a donde a mí me gusta.
–Lo que tu decidas está bien. −dijo al saber que Max no iba acepar un no, dé respuesta.
– ¿Has ido al restaurante Los Cabos?
–No.
–Entonces ahí vamos a ir, está en la calle Magnolia, pasando la Ball Road.
–De acuerdo, te sigo. –dijo ella, antes de subir a su coche para seguirlo.
Al llegar al restaurante Max observó que la mayoría de las mujeres que salían iban bien vestidas, esperaba que no le fueran hacer una mala cara a Jocelyn porque ella iba con ropa deportiva; lo cual no pareció importarle a ella porque en ningún momento la vio sentirse intimidada o incomoda. Max conocía el menú del lugar; sin embargo, solo le bastaron unos segundos a Jocelyn para decidir qué platillo quería. Al final él ordeno un platillo con filete de res, puré de papas y verduras y para comenzar opto por la sopa del día. Jocelyn prefirió ensalada y escogió el platillo de pollo marinado con limón y verduras.
Durante la cena hablaron de cosas en general y un poco del trabajo. Max deseaba saber un poco más sobre ella, pero al final ella cambiaba el tema o daba respuestas cortas; fue muy breve cuando hablo de ella.
–¿Gustas algún postre? –le pregunto Max.
–No gracias. –dijo viendo las fotos que casi la convencían de ordenar uno.
Max la vio dudando y ordeno una rebanada de tiramisú, un pay de frambuesa y un plato extra.
–Pruébalos, no te vas a arrepentir. – aseguró él, después de dividir los postres y pasarle un plato a ella. La vio dudar por un momento, pero una vez que se decidió a probarlos la vio saborear cada pedazo que llevo a su boca mientras hacía gestos.
−Ahora ya se cuál es tu debilidad. −comentó riendo mientras pidió la cuenta.
−Tenías razón, estos son de los mejores postres que he probado.
Después de que él pago la cuenta, Jocelyn le agradeció el gesto de haberse tomado su tiempo para llevarla a cenar. Al salir, Max la acompaño a su coche y se quedó haciendo una llamada.
Camino a su departamento Jocelyn estaba contenta porque volvió a comer en un restaurante. Sabía que era infantil, sobre todo porque antes de que su vida diera un giro de 180 grados, comía al menos una vez por semana en restaurantes. Ahora, gracias al que fue el amor de su vida, ni ese gusto se podía dar, porque lo que ganaba únicamente le alcanzaba para pagar su renta, comida y la gasolina del coche viejo que tenía.
El poco dinero que le quedaba era para comprarse alguna prenda y continuar pagando las tarjetas de crédito. Pudo negarse a continuar haciendo los pagos, después de todo el crédito estaba a nombre de ella y de su ex. Sabía que mucha gente no pagaba y sólo esperaban ocho años para que desapareciera de su reporte de crédito. De la misma manera en que comenzó de cero en un lugar nuevo, igualmente pudo volver a establecer su crédito, pero no lo quiso hacer. El hecho de saber que no estaba bien, la iba a tener intranquila. Por lo tanto, decidió pagarlas aunque le llevara diez o veinte años liquidarlas.
Max por su parte, mientras manejaba no podía dejar de pensar en lo que Jocelyn le comento por accidente. Ahora tenía sentido su habilidad para los números, y el conocimiento que tenía en computación, en formatos y regulaciones; aún no podía creer que tenía como secretaria a alguien que tenía una maestría en finanzas. No dejaba de preguntarse, qué diablos hacia ella trabajando como una simple secretaria de una empresa de acrílicos tan pequeña como la de él.
− "¿Qué te orillo a venirte a vivir aquí, cuando tienes la habilidad de trabajar en un corporativo de renombre?" —se preguntó Max. No cualquier persona se atreve a dejar todo y comenzar de cero en un lugar en donde ni siquiera tiene familiares. Pero Jocelyn no era cualquiera mujer, eso ahora lo tenía más claro que nunca.
* * *
Unos días después, Max tuvo un pequeño accidente y terminó con yeso en una pierna, por lo que se vio obligado a guarda reposo, y Jocelyn a involucrarse más con la administración de la fábrica. Él no podía mantenerse alejado del trabajo por mucho tiempo, ni podía subir y bajar con facilidad las escaleras a la oficina. Por lo tanto, se pasaba la mayor parte del día en el área de la entrada a la fábrica, sentado en una silla y trabajando en un escritorio temporal que llevo.
La temporada del basquetbol inició y siendo el único deporte que Max seguía, Jocelyn le sugirió que adaptara un espacio para que estuviera más cómodo, mientras traía el yeso. A él le agrado la idea y pusieron un sofá café obscuro y una televisión para que pudiera ver los partidos cómodamente. Jocelyn acomodo algo como mesa de centro para que Max pudiera elevar su pierna y para poner alguna botana o bebidas. Los trabajadores llevaron lo que creyeron que era necesario para ver los partidos ahí, en vez de ver las repeticiones en sus casas.
Al paso de los días, había dos sillones, una mesa, y sillas. Lo último que se agregó fueron un refrigerador, y un gabinete donde los trabajadores ponían todo tipo de botanas. Esa área termino siendo el lugar de reunión durante el almuerzo y después del trabajo.
Jocelyn comenzó a ver los partidos cada que podía y sin pensarlo terminó siendo aficionada y comenzó a convivir con los trabajadores como si fuera uno más de ellos. Ahora Max y ella pasaban más tiempo juntos que de costumbre.
A Max le apasionaba su trabajo y Jocelyn no tenía nada más que hacer, ni nadie esperándola, por lo que no le importaba quedarse hasta tarde. A pesar de que pasaban mucho tiempo juntos y de que tenían cosas en común. Ninguno de ellos mostraba el más mínimo interés en el otro. Algunos trabajadores habían notado la gran afinidad que había entre ellos dos y no se explicaban porque no había surgido química aún. Sin saberlo tanto él como ella tenían sus propias razones para mantener un escudo, que no les permitía verse más allá del campo laboral.
Max tuvo una relación corta con su secretaria anterior y cuando descubrió que lo robó, ella lo demando por acoso sexual. Él no pudo comprobar nada y termino pagando una cuantiosa cantidad para llegar a un acuerdo con ella, con tal de no poner un pie en la cárcel. Habían pasado dos años de eso y apenas estaba recuperándose económicamente. Después de ella, Max no volvió a contratar a ninguna otra secretaria o asistente, hasta que llego Jocelyn.
Jocelyn era un encanto de mujer, era hermosa y dulce por lo que era fácil encariñarse con ella. Pero también era de carácter, bastaba una mirada fría y amenazante para dejar claro cuando algo le molestaba; en particular cuando un hombre se acercaba demasiado a ella. A pesar de que no estaba saliendo con alguien, cuando alguno de los trabajadores o algún cliente le comentaba que tenían un amigo soltero. Siempre decía lo mismo. −"No gracias, estoy feliz soltera y sin escuchar reclamos". Con lo que dejaba más que claro que no tenía la más mínima intención en comenzar una relación.
Bueno, aquí termino la segunda parte.
Gracias por leerla, espero que les haya gustado.
Pronto conocerán más sobre el pasado de Jocelyn y una decisión drástica traerá
cambios en la vida de Max.
¡NO SE OLVIDEN DE VOTAR (y de compartir)!
Hasta la próxima ♥
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