Capítulo 1.
Hoolaaaaaaaa!!!
Sí con muchas a porque estoy emocionada jaja
Buenas noches por aquí!! Mi nombre es Maru y soy de Argentina :)
Después de tantos años leyendo hermosas historias en esta plataforma, me animé a concretar una idea que me rondaba hace muucho tiempo por la cabeza y publicarla.
Si bien no es la primera vez que me animo a escribir algo, si es la primera vez que me animo a compartirlo.
Por lo que desde ya les agradezco de todo corazón a las personas que se tomen la molestia de leerme. Ya con una vista al menos voy a ser muy feliz♥
Estoy ansiosa por saber qué les parece el primer capítulo, qué críticas tienen o qué fue de su agrado.
Sólo les pido que sean amables y clementes jaja. Toda crítica constructiva y con respeto va a ser super bien recibida por mi☺
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- Agradezco a la vida porque seas mi compañera de habitación este año, porque sepas cocinar, y porque no te moleste alimentarme. Salud.- Miro divertida a Kat, la que es mi compañera de piso hace ya 2 meses.
- Estás jodidamente loca.- Me reí.- Salud!- Le digo chocando mi botella de cerveza con la suya y disponiendo su plato de comida frente a ella.
Terminamos de comer, y luego de limpiar lo que ensuciamos, Kat se fue a dormir y yo me dispuse a leer en el pequeño balcón.
Pero creo que antes de comenzar a compartir con ustedes mi vida actual, voy a tener que contarles un poco de mi pasado, aunque no es algo de lo que me fascine hablar.
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Primero voy a presentarme. Mi nombre es Cassandra Alecia Harttmann. Aunque no es ese el nombre con el que estoy inscripta en esta universidad, pero ya voy a llegar a eso...
Tengo 19 años, 3 tatuajes y aprendí desde pequeña a tocar el piano cortesía de mi tía Emma y el bajo, cortesía de mi primo Frank.
Aunque a mi se me da un poco mejor que a él, pero no se lo cuenten.
Aprendí también a jugar al póker y algo de ajedrez. Aunque este último me parece aburrido, pero mi tío nos enseñó a mis primos y a mí.
También fumo a veces.
Bueno, muchas veces.
Y cargo a donde sea que vaya chicles de menta y un perfume un mi bolso o mochila.
Es que no me gusta sólo oler a cigarrillos.
Voy por mi segundo año de carrera en Licenciatura en Escritura y Literatura en la Universidad de California San Diego. Aunque es el primer año que estoy cursando aquí.
El año anterior estaba cursando en la Universidad de Columbia gracias a una beca que me gané con miles de noches sin dormir por estudiar y tener un promedio excelente.
Pero la vida no es color de rosa, y si bien eso yo ya lo sabía, lo que me pasó para tener que trasladarme a la otra punta del puto país no hizo más que demostrarme que la vida sólo es de un maldito color negro. Que sólo puedo aspirar a que se torne un poco gris y ya.
Nací en Jacksonville (Florida) y allí viví siempre. Hasta los 4 años lo hice con mis padres, hasta que un conductor borracho colisionó con el auto de mi familia provocando un accidente, que terminó con mis padres muertos y con migo huérfana. Yo sobreviví gracias a la silla a la que iba sujeta en el asiento trasero del vehículo familiar.
Ahí hay un claro ejemplo de que cuando dicen que los niños deben ir en el asiento trasero y en las sillas aptas para ellos dependiendo de la edad no es una jodida broma, es algo muy real que literalmente salva vidas.
Pero bueno, basta de normas vehiculares.
A partir de ese momento me fui a vivir con la hermana de mamá, tía Emma y su esposo Carl y con mi primo un año mayor que yo, Frank. Luego, mis tíos tuvieron a Cara, mi hermosa prima un año menor que yo.
Mis tíos eran mis responsables legales en el remoto caso de que a ambos de mis padres les sucediera algo que les impidiera hacerse cargo de mí.
El abogado dejó en manos de mis tíos la escritura de mi casa de la infancia, cómo así también los ahorros y las cuentas bancarias de mis padres.
Con el dinero de la venta de la casa, mis tíos abrieron una cuenta a mi nombre y pude acceder a ese dinero cuando cumplí los 18 años.
Que gracias a mi inteligente tío el Banco lo duplicó en intereses.
Cualquiera diría que con el dinero tenía que asegurarme una inscripción en una excelente universidad, pero yo quise asegurarme de eso antes.
Todo el instituto lo cursé con la fija idea de estudiar en una buena universidad sin tener que gastarme todo el dinero que me quedó de mis padres.
Se podía decir que tenía una vida bastante plena y tranquila. Me llevaba de maravilla con mis primos.
Tanto así que nos presentamos siempre como hermanos.
No le di nunca dolores de cabeza a mis tíos, ellos eran bastante permisivos, por lo que podíamos llevar una vida activa socialmente cómo cualquier adolescente sin recurrir a mentiras ni escaparnos.
Trabajaba medio tiempo en un Mc Donald, ahorrando una parte.
Sí lo ahorraba.
Dirán, para qué coño lo ahorras si ya tienes una cuenta de varios 0 en el banco, pero si saben lo que sale una Universidad y conseguir alojamiento, más materiales y lo que pueda surgir, entenderán por qué ahorraba algo de mi escaso sueldo.
La otra parte la gastaba en salidas, ropa o lo que pintara en el momento y en patines.
Amaba patinar, bueno amo, aunque ya no lo hago tanto como antes.
Para donde sea que tuviera que ir, me calzaba mis Rollers y salía, llevando también mis zapatillas en alguna mochila o bolso.
Mis tíos me regalaron mis primeros patines para una navidad cuando yo tenía 6 años. A mí y a Cara unos patines, aunque ella no los usó prácticamente nada, y a Frank una patineta.
Él y yo íbamos siempre a las pistas de skate a hacer piruetas.
Desde esos primeros patines, se sumaron varios más a lo largo de los años.
Y no sólo porque aumente de talla de calzado...
Me los compraba con mi sueldo y eso me daba una alegría y satisfacción casi igual a la que sentía al deslizarme para todos lados, esquivando autos o zumbando a la gente cuando iba por la acera. Primero me compre unos hermosos color fucsia, luego los de color verde, luego los negros con celeste y por último unos blancos con strass y ruedas con luces.
Sí son varios, es que existen modelos tan lindos que es difícil elegir sólo un par.
Yo no era la clase de chica que coleccionaba ropa o zapatos, no no, yo coleccionaba patines y los accesorios a juego para cada par ja.
Retomando, Tenía 16 años y fue en una pista de skate en la que habíamos ido con mi primo y mi amiga Angie cuando le vi. Nunca nadie me había llamado tanto la atención.
Casi me caigo por quedármelo viendo, pero es que él también me estaba mirando con una sonrisa medio de lado, sin dudas provocadora y no podía apartar los ojos de los suyos.
En ese momento recuerdo a la perfección que me pareció increíblemente guapo.
Bastante alto, cabello castaño despeinado en un sexy revoltijo, ojos grandes y bonitos, no sabía de que color todavía por la distancia que nos separaba, pero sin dudas atrapantes.
Cuando vio que casi me caigo pero logré estabilizarme, me dedicó un disimilado aplauso que me hizo sonreír. Y pasó algo que no me pasaba a menudo. Me sonrojé. Sentí un leve fuego trepar mis mejillas y supe que estaba roja.
Al terminar de hacer algunas piruetas me senté en el piso a ajustarme los patines y vi que se acercaba a mi.
Diría que fue amor a primera vista de parte de los 2.
Pero luego me tocó preguntarme si él alguna vez de verdad me amó.
Creo que el creía que sí, porque hasta yo le creí, y toda mi familia y la suya también.
Se presentó cómo Corey y fue realmente dulce cuando me preguntó si mi nombre era tan bonito cómo yo.
Me dijo que tenía 17 años y que se acababa de mudar con su familia.
Hablamos por un rato ahí sentados y antes de irse me pidió mi número. Hablábamos todo el día por mensajes.
De verdad, pensando en el pasado, no tengo ni idea de qué es de lo que hablábamos tanto.
Nos veíamos siempre en las pistas de skate y así comenzamos a salir, convirtiéndonos en novios.
Era de verdad dulce, bueno y compañero. Entendía que yo estudiaba mucho, mis horarios de trabajo y compartíamos la pasión por algunas bandas de música y obviamente por salir y pasar el rato en las pistas, él con su patineta y yo con los patines.
Lo que siempre me había atraído de él era justamente que parecía entenderme, amarme y darme mi espacio.
Además de que estaba jodidamente bueno. Porque no tengo pelos en la lengua para admitirlo.
Sus labios suaves y rellenos me besaban de una manera tan dulce a veces y con tanta pasión otras.
Sus grandes manos me sostenían siempre haciéndome sentir segura y bueno, no quiero entrar en los detalles de cómo me hacía sentir con esas mismas manos y con todo de él cuando teníamos intimidad.
Sus ojos color avellana me miraban siempre con amor y deseo.
Fuimos novios casi 3 años. La gran parte de nuestra relación fue linda, en algunos momentos vivimos situaciones que ahora digo que tendría que haberles prestado más atención.
Pero no se puede volver el tiempo atrás.
Eso yo lo sabía ya muy bien.
No puedo precisar en qué momento nuestra relación comenzó a cambiar.
O más bien en qué momento comenzó a cambiar él.
Creo que si me hago esa pregunta lo primero que se me viene a la mente es lo siguiente:
Éramos novios hacía casi 2 años, él se había tomado un año para trabajar con su padre cómo su asistente en su despacho de abogados, y yo estaba en el último año del instituto.
Cara me había pedido, ya que no me tocaba trabajar, que la acompañe a comprarse ropa y tener una tarde de chicas en el Mall.
Obviamente le dije que sí.
Saliendo del instituto, Corey me estaba esperando cómo solía hacer para ir juntos en con su patineta y yo con mis patines hasta mi casa.
Sólo que ese día quería que vayamos a pasar el rato por ahí.
Cuándo le expliqué que ya tenía planes con mi prima, la cara de tristeza que puso me llegó de verdad a conmover.
Me dijo que estaba bien, que ya nos veríamos un rato al otro día, pero que particularmente ese día se sentía algo mal y agobiado por algunos asuntos pero que ya se le iba a pasar.
Cuando vio que me debatía entre seguir con los planes con mi prima o cambiarlos e ir con él, me persuadió para que nos fuéramos juntos sólo los dos.
Que se sentía mal y que sólo mi compañía iba a hacerlo sentir bien. Ahí en ese momento pasó algo que no me di cuenta hasta mucho después ni tampoco sin ayuda psicológica.
Algo que a mi parecer era sólo una novia preocupada por su novio, fue otra cosa.
Él se dio cuenta que jugando la carta de mi amor por él y mi preocupación podía hacer que yo hiciera cosas que no haría.
Cómo dejar a mi prima de lado para irme con un chico. No sé si me explico bien, en ese momento y a partir de ahí comenzó a tratar de hacer que deje de lado cosas o personas para que pasáramos la mayor cantidad de tiempo posible juntos y a solas.
En simples palabras trataba de que yo cambie.
Igual que con los comentarios sobre mi ropa o mi imagen en general.
Que mi ropa era muy ajustada.
Que mis short eran muy corto.
Que por qué uso remeras de tirantes.
Que ese vestido se transparenta.
Que no use tanto maquillaje.
Que reduzca mis horarios de estudio.
Que deje de trabajar.
Que no fuéramos tanto a la pista.
Que no fuéramos de fiesta como hacíamos a veces y que pasáramos el rato sólo los dos.
Y lo hacía de una manera tan manipuladora y controlada que yo no me daba cuenta.
Nadie lo hacía.
Su excusa fue siempre que me amaba y que al año siguiente nos tendríamos que separar para comenzar la Universidad. Que nos quedaban sólo meses para estar juntos tanto cómo quisiéramos.
Me avergüenza admitir que cedí en muchas cosas.
Menos con el estudio. No reduje nunca las horas que me dedicaba a realizar mis deberes ni estudiar para mis exámenes, ni dejé de trabajar, aunque algunas veces logró que faltara para quedarme con él.
Pero dejé de juntarme casi con mis amigas, casi no patinaba en la pista, sólo patinaba para trasladarme. En salidas familiares casi no iba.
Fui una estúpida lo sé.
Así seguimos un tiempo más.
Hasta que finalicé el instituto y comencé los preparativos para trasladarme a Columbia y organizarme para comenzar allí a estudiar.
El tiempo separados que llegamos a pasar, lo extrañé mucho, pero creo que él más a mí.
Me llamaba absolutamente todo el tiempo que tenía libre, y si no coincidía con mi rato libre y no le podía contestar se enojaba muchísimo.
Teníamos largas discusiones por mensajes y llamadas. Era agobiante.
Recuerdo el terror que sentía al ver que me estaba llamando en medio de una clase de la que no quería o podía salirme, sólo porque no quería luego discutir con él.
Nos vimos 2 fines de semana en 3 meses y fue porque él iba a Columbia a verme.
Cuando estábamos juntos todo volvía a la normalidad.
Nada de discusiones, nada de reproches. Sólo amor y charlas amenas.
La pesadilla volvía cuando él se marchaba. Porque otra vez comenzaban las discusiones telefónicas y celos irracionales.
Yo de verdad lo amaba.
Y creía que los cambios que notaba en él se debían a que me extrañaba o que temía que la distancia terminara por separarnos.
Siempre fui una chica segura de mi misma y extrovertida. Por eso, si bien tenía cierto temor a que él conozca a otra chica y se enamore, no ardía en celos y le montaba dramas por una llamada no contestada.
Y creí que él era igual pero, a medida que pasaba el tiempo sus inseguridades iban siendo cada vez más notorias.
Hacía ya 6 meses que estaba en Columbia cuando un fin de semana vino a verme.
Mi compañera de habitación me había invitado a una fiesta. Él llego de sorpresa en la noche, cuando casi estábamos listas para irnos.
Me sorprendí un montón al verlo, pero de buena manera. Lo había extrañado mucho y me lance a sus brazos, pero sólo se movió para alejarme un poco y mirarme de arriba a abajo con una expresión endurecida que no había visto nunca en él.
Repasó mi atuendo de Short negro, camisa blanca un poco larga y suelta y mis botines de cordones, y noté cómo apretaba la mandíbula.
Le explique que íbamos a una fiesta, que venga con nosotras.
Pero no quiso, y mi compañera terminó por irse sola. La acompañé hasta el pasillo y la despedí con la mano pidiéndole disculpas por no ir, y cuando entré y cerré la puerta lo que paso fue...
Dios no sé ni cómo decirlo.
Sólo sé que terminé tumbada en el piso por la bofetada que él me había dado.
No lo procesé lo suficientemente deprisa. No podía creer lo que estaba pasando.
Que Corey, mi novio hace tanto tiempo, mi dulce chico ojitos color avellana me haya golpeado de esa manera tan brutal me descolocó totalmente.
Me tomó del pelo para levantarme y me arrastraba hacia mi habitación gritándome que era una puta. Qué con cuántos habría follado ya. Que estaba vestida cómo una zorra y que eso es lo que era.
Yo trataba de que él me suelte.
Lo empujaba y trataba de alejarlo de mí usando mis uñas, puños y patadas, pero no había manera.
No podía.
Me arrinconó contra la pared y me dio otra bofetada igual o más fuerte que la anterior.
Parecía una pequeña muñeca de trapo en sus brazos. No podía hacer más que llorar y tratar de alejarlo.
Me soltó y caí al piso asique gateé para alejarme y llegar a la puerta pero me tomó por los pies y me atrajo hacia él. Me dio vuelta y se subió a horcajadas sobre mí sosteniendo mis manos con sólo una de las suyas para que deje de tratar de arañarlo y golpearlo.
Con la mano libre me tapó la boca y me decía que deje de llorar. Porque a las putas cómo yo había que tratarlas de esta manera.
En sus ojos casi no se veía el iris de lo negro que estaban.
Me tomó por los cabellos y zarandeaba mi cabeza tratando de golpearla contra el piso con demasiada fuerza.
Ahí me di cuenta de que quería matarme. Él de verdad quería matarme.
La persona que supuestamente me amaba.
Comencé a gritar y pedir ayuda y cuando quiso taparme la boca otra vez logre esquivarlo y pude morderle el brazo.
Lo siguiente que sentí definitivamente no fue una bofetada a palma abierta. No. Su puño se había impactado contra mi cara y en más de una ocasión.
No podía abrir casi los ojos ya, porque sentía mi cara tan inflamada que hasta me costaba respirar.
No tenía más fuerzas para gritar y pedir ayuda.
Ni para llorar tenía fuerzas ya, pero notaba que lo seguía haciendo.
Escuchaba todavía las mierdas que Corey me decía. Que seguro que iba de fiesta siempre y le veía la cara de idiota poniéndole los cuernos con cuanto chico se me cruzara por delante.
Que si no yo era de él, no iba a ser de nadie, y esa última frase fue lo último que escuché cuando todo se volvió negro.
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