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6


















Blasfemia

—Oh, sé que estás nerviosa, pequeña. Tu padre y yo lo entendemos, por eso te daremos un tiempo en el que puedas aprender a ser una buena muchacha, para después convertirte en una buena madre.

—Entendemos... —repetí la palabra que había empleado, pensativa—. Él ni siquiera vino a verme, mamá.

Mi madre me contemplaba con sus ojos marrones fijos en mí. Bajo y sobre estos, se ocultaban horas de lágrimas, tristeza y soledad, que ni siquiera su maquillaje costoso podía ocultar.

—Sabes que él es un hombre ocupado, Eleonor...

—A él le doy asco.

Mi forma de expresión verbal le generó un sentimiento de incomodidad y malestar al instante. Arrugó la nariz como solía hacer cuando algo no le gustaba, y me dio una cachetada. Seca, limpia. Fue tan repentina que ni siquiera la sentí al momento, si no después, cuando más hermanas nos observaban, ajenas a la situación, y comenzó a arderme el rostro. No solo donde me había abofeteado, si no, en todas partes de este. Sentía vergüenza.

—¿Qué modales te están enseñando en este lugar? Hija, por favor, no seas una mujer vulgar. A los hombres les gustan señoritas.

El problema es que a mí también me gustan las señoritas, mamá.

—Lo siento, mamá.

Atiné a decir.

No sabía qué hacer. Mi madre esperaba impaciente una respuesta que no quería darle. Mi mente estaba sufriendo una división ideológica. Por una parte, ansiaba que mis padres se sintieran orgullosos de mí, y sabía que lo lograría casándome con un hombre. Sin embargo, el otro lado quería la libertad, y luchaba por ella aferrándose a una vida sin el apoyo reconfortante de los padres.

—No importa. Le diré a tu padre que estás feliz por la noticia.

—Pero...

Mi madre, —una mujer elegante y adinerada, que refleja su exuberante cantidad de dinero a través de sus abrigos de piel y joyas que brillan en oro blanco—, dejó gotas de su perfume suspendidas en el aire, a medida que se levantaba de la silla. En cuánto me escuchó, se volteó con curiosidad, y me miró intentando ocultar su frustración.

—¿Sí, Eleonor?

Su pregunta me había dejado en un vacío de información. No sabía si quería contestarle, si decirle la verdad u obeceder. No tenía planeado nada, y sin embargo, dije algo que jamás pensé decir en toda mi vida:

—Lo siento, madre, pero casarme con un hombre no es el camino que Dios tiene para mí.

Casi me atraganté con mis palabras.

Las hermanas escuchaban a lo lejos. Lo que oyeron, les resultó extraño e interesante, ya que habían quedado quietas en su lugar, esperando la culminación de esta acalorada conversación.

—¿Qué carajos estás insinuando, Eleonor? Espero que no sea lo que creo que estás intentándome decir.

Mi madre susurró con una notoria angustia. No quería que las demás oyeran esta parte.

Quiero casarme con una mujer. Despertar junto a la mujer que amo, y no con un hombre que no quiera ni me quiera. Quiero tomar sus cálidas y suaves manos, y abrazarla en momentos difíciles. Quiero enseñarle quién soy, y aprender sobre ella. Eso es lo que quiero.

—Quiero casarme con Dios.

El aire de la habitación pareció irse de repente por las ventanas abiertas. La expresión facial de mi madre era inquietante, sentía que en cualquier momento reía y lloraba al mismo tiempo. Mis manos sudorosas humedecían mi pantalón, e intenté mantener la respiración en su límite normal.

—¡Salve, Eleonor! —Escuché a lo lejos una voz femenina. Se trataba de Ester Bernard.

La miré con una expresión más brutal e incomprensible que mi madre a mí, segundos antes.

—Salve, Eleonor...

Dijo una novicia que iba junto con Ester. Ambas se arrodillaron en la sala de visitas, mientras me miraban.

Mi madre no era la única que no estaba entendiendo.

—Por Dios, ¿qué ocurre?

—Su hija Eleonor es una de las elegidas para vivir una vida de clausura, donde su destino sea solo estar con Dios, señora Richter.

—Esas son tonterías. Mi hija va a casarse con un hombre de verdad.

Silencio.

Noté como las hermanas castigaron el alma de mi madre con una sola mirada de odio por su comentario. Ester tenía los pómulos hinchados y enrojecidos, con sus ojos bien enfocados en mi madre, quién lucía arrepentida por haberse expresado de esa forma de nuestro señor.

—¡Blasfemia! —Ester gritó enfurecida.

Todas las miradas severas se situaban en mi madre, quién arrugó la nariz por su incomodidad, y luego me miró a mí. Mirada fría, casi como si pudiera lastimarme. Alzó la mano hacia mí, con intención de abofetearme otra vez, pero entonces, alguien la detuvo, impidiendo esa acción.

La mano que había agarrado la muñeca de mi madre fue la de Sor Bridget. Observé con detenimiento desde sus mangas, hasta su amplia túnica ancha, junto al escapulario blanco que cubría su pecho y espalda. Su largo velo negro junto al griñón lucían impecables, recién lavados y planchados con detenimiento. Vestida completamente de monja, capaz de intimidar a mi madre que no se intimidaba con nadie más que con mi padre.

—Señora Richter, debo decirle que su marido, el señor Richter, firmó un contrato en cuánto a la estadía de su hija en Sacred Blood. Este indica que Eleonor debe cumplir con su periodo de candidatura, y ella decide si dar los votos monásticos, o no. Debe sentirlo como un llamado divino a culminar su noviciado y dedicarse a la vida de contemplación y claustro, o a la vocación religiosa. En este caso, Eleonor decidió seguir el llamado de Dios. Por lo tanto, ella no puede casarse ni caer en tentaciones carnales.

Mi madre la escuchaba con detenimiento, y algo de miedo. Sor Bridget tenía un aura de misterio, de fuerza y poder divino. No era una mujer con la cuál discutir.

—Mi hija... Casarse con Dios... —Mi madre no miraba a nadie. Parecía tener su mirada perdida.

Sus pensamientos perdidos. Nublados.

Me levanté del asiento, esperando retirarme de allí lo antes posible, debido a la vergüenza y miedo que sentía.

—¡Esto es una mentira! —Finalmente, estalló en rabia pura—. ¡Mi hija está mintiendo! ¡Es para hacerme daño a mí, y a su padre! ¡Es una malagradecida! ¡Junto a tu padre te dimos todo lo que necesitabas y ahora quieres hacernos sufrir con esto!

Eso último fue para mí.

No supe qué decir.

—Señora Richter, la invito cordialmente a retirarse de Sacred Blood.

—Por favor, con todo respeto...  hermana, usted le cree a mi hija, y ella solo está mintiendo. ¡Ella no puede ser monja porque tuvo relaciones sexuales con una mujer!

Según tú, eso no cuenta.

Era un código sagrado que no se podía tocar. Ni siquiera rozar.

Sor Bridget pareció dudarlo un instante, para finalmente, y con la vista fija en mi madre, continuó:

—Las conductas aberrantes de Eleonor están siendo trabajadas. Ella ya ha confesado sus pecados y está floreciendo una nueva Eleonor.

Yo me quería morir.

Apreté las manos formando puños húmedos. Ya no existía el momento de arrepentirse. Ya no había marcha atrás.

Mi madre, sin decir nada, solo me miró. Pero esa mirada me lo dijo todo. Pareció haber descargado todas sus penumbras en mi alma, y si pudiera haberlo hecho, llevarme directo al infierno donde me quemaré durante toda la eternidad por haber cometido este insensato acto de blasfemia.

Luego de eso, se marchó, pasándome por el lado, sin decirme nada. Sin despedirse. Un espíritu solitario siendo atormentado por un destino que creía inconcebible.

Sentí que la había perdido.

Que me había perdido a mí misma.














Luego de la desafortunada visita de mi madre, Sor Bridget me mandó a practicar mis oraciones junto a Ester Bernard, quién le dijo que estaba feliz de ayudarme. Aquella me dio algunos cigarrillos y un cálido abrazo reconfortante en la torre de la izquierda.

—Pensé que era lo correcto. Tu madre da miedo. Se parece a ti.

La miré—. ¿Doy miedo?

—Un poquito —comentó, risueña—. Con ese cabello rubio casi blanco, muy largo y liso. Ambas son muy parecidas, es lo que más llama la atención en ustedes. Pero no solo eso, si no que ambas tienen una mirada perturbada.

—Ester, ¿por qué decidiste ayudarme?

Aquella miró hacia todos lados, cerciorándose de que nadie esté cerca, y luego, se quitó el velo blanco del noviciado.

—Dios, cómo acalora ser monja.

—Ester.

—Eleonor.

—¡Ester, ya dime!

Aquella meció su hermoso cabello castaño ondeado y corto, al haberse retirado el griñón con bastante habilidad. Era pálida, pero sus pómulos parecían tener rosácea. Se levantó y caminó a mi lado. Era una mujer de aspecto corpulento y vivaz, con una actitud bien forjada.

—Una de las hermanas esparció el rumor de que eras... de que tenías... cierta... afinidad, para relacionarte con mujeres.

—¿Eso qué significa? —Me crucé de brazos, impaciente y algo molesta.

—Dijo que eras lesbiana.

Lo pensé un momento, intentando no demostrar mi afectación.

—¿Quién inventó eso?

—Eleonor, ya no me mientas, yo no tengo ningún problema en que lo seas. Puedo ser tu aliada aquí, pero debes serme sincera.

Lágrimas amenazaban con salir. Se supone que eso era información secreta, nadie debería haberlo sabido jamás.

—¡¿Quién fue?!

—Emily.

Le di una calada a mi cigarrillo, pensativa.

De primera, no lo había creído. Pensé que estaba jugando, pero no. En su tono de voz se reflejaba que era verídico lo que había dicho.

Fue Emily. La chica que actuó amable conmigo y me dio galletas con mucha canela.

¿Cómo podía ser eso posible?

Sin escuchar a Ester Bernard, corrí por las escaleras oscuras y circulares que guiaban hasta el suelo. No podía pensar con claridad, solo me estaba dejando llevar por la decepción y el odio que estaba sintiendo, pudriendo mi espíritu.

Busqué a Emily por los pasillos cuando atravesé el jardín delantero. No estaba por ningún lado. Intenté calmarme, en este estado de vulnerabilidad emocional no iba a lograr nada. Pero en cuánto pensaba en eso, decidí esconderme al escuchar pasos descalzos. La única que caminaba sin zapatos era la abadesa.

Le tenía un miedo terrible, irracional. Me costaba respirar.

No supe en dónde había entrado, hasta que me percaté de que era un agujero en la pared. Estaba sucio y olía a agua de las alcantarillas. Intenté no respirar, no solo por el mal olor, si no, para no provocar el mínimo ruido que escuche la abadesa.

Aún así, ella parecía acercarse a mí.

No lo soporté más, y me arrodillé para caber en ese extraño pasadizo entre paredes. Comencé a moverme hacia algún lugar, cualquiera sea al que me lleve, con tal de ya no estar ahí. El dolor en mis rodillas se hizo notorio, a medida que me movilizaba, las astillas impactaban contra mi piel en movimiento, y el roce me lesionaba.

Llegué a un lugar oscuro, misterioso y húmedo.

Me costaba respirar, y sentía que estaba en problemas, pero ahora por lo menos, era más espacioso y podía caminar a pasos apresurados. Llegué a una escalera, y me dio absoluta curiosidad qué había abajo.

Ya nada importaba. Llegaría hasta el fondo de esto.

Era un subterráneo muy profundo, iluminado por velas, por lo que no estaba abandonado. Seguía siendo habitado por las monjas.

El pánico estremecedor recorría mi espina dorsal. Pero no podía detenerme, no ahora. Y entonces, entro a esa habitación. Había una especie de fierros firmes, uno casi pegado al otro. Me acerco y paso suavemente mi dedo por esos fierros, sintiendo cómo se llenaba de polvo al instante.

Y entonces, en medio de esos fierros, había una cama, donde una mujer delgada y pálida parecía dormir.

Me cubrí la boca con las manos para ahogar un grito.

¡Era ella!

La mujer que vi en el jardín de rosas blancas, y que prometí que iba a ayudar.

Estaba con una túnica blanca, amarrada a esa cama. Tenía los labios semi abiertos y podía ver, a través de sus movimientos torácicos leves, que aún respiraba.

Aún seguía con vida.

Pero, ¿por qué la tienen aquí?

¿Por qué se aparecía ante mí como un espíritu?

Vi que había una cerradura.

¿Por qué la tienen encerrada?

¿Es... peligrosa, o ellas son el peligro?

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