
Capítulo 6
Capítulo 6
Pasaban ya las seis de la tarde cuando la campanilla de la puerta tintineó por primera vez en todo el día. Aquella jornada, como la mayoría desde hacía bastantes meses, había sido devastadora para la economía de la tienda. Los habitantes de la ciudad ya ni tan siquiera se paraban en el escaparate a mirar; ahora, simple y llanamente, pasaban de largo, tratando así de evitar incluso la mera tentación.
Si seguía así mucho más, Tanith se vería obligada a acabar haciendo caso a Van Kessel y cerrar la tienda en la que cinco generaciones de su familia habían trabajado.
Era desesperante.
Claro que el sonido de la campanilla siempre era una buena noticia. Los clientes, aunque pocos, siempre que cruzaban la puerta era para gastarse el dinero. Ya nadie entraba solo a mirar; estaba mal visto. Lamentablemente, aquella tarde no era un cliente el que cruzaría la puerta.
Arrastrando los pies, con la mirada gacha y una expresión de confusión preocupante en la cara, Thomas Murray entró en la tienda. Poco acostumbrada a su visita, Tanith le observó desde el mostrador, en silencio, a la espera de que Van Kessel entrase tras él. No obstante, esta vez venía solo.
Totalmente solo.
Murray dejó caer la pequeña maleta metálica que traía consigo en mitad de la tienda y alzó la vista hacia el mostrador. Sus ojos verdes, hasta entonces siempre llenos de júbilo y positividad cada vez que venía de visita, en aquel entonces estaban teñidos de tinieblas; de tristeza.
De lágrimas.
Extendió los brazos hacia Tanith, la cual salió tras el mostrador a su encuentro, y la abrazó con fuerza contra su pecho, tembloroso. Acto seguido, bajo la perpleja mirada de Harald, el cual hacía días que no se despegaba de ella, rompió a llorar como un niño.
—Santa Tierra, Thom, ¿¡qué demonios ha pasado!?
—Van Kessel —respondió este entre sollozos, con el rostro y la nariz colorados—, ese maldito bastardo...
—Espera, no digas más. Acompáñame adentro —interrumpió Tanith al ver cómo, poco a poco, el rostro de Thomas se iba descomponiendo. Tomó al hombre por el brazo y, dejando abandonada la maleta en mitad de la sala, le guio a la trastienda—. Harald, ¿podrías cerrar ya? Creo que no va a venir nadie más por hoy.
—Claro. No te preocupes; tú ocúpate del llorón.
Thomas tomó asiento en la mesa de la trastienda, demasiado confuso como para escuchar el comentario burlón del vecino de su mujer. Tanith calentó la tetera, sirvió dos tazas y, adoptando la misma expresión con la que tantas veces su padre le había consola en el pasado, apoyó la mano sobre el antebrazo del científico.
Fuese cual fuese el absurdo plan de Van Kessel aquella vez, se había pasado.
—Vamos, cálmate. ¿Qué ha pasado? Es por lo de Kandem, imagino. Están empezando a filtrarse noticias... ¿Está bien tu padre?
Murray le dedicó una mirada llena de confusión. Hasta entonces no había tenido tiempo de plantearse aquel detalle. Estando en Kandem se le había pasado por la cabeza, sí, desde luego, pero la avalancha de información rápidamente había borrado aquel pensamiento de su mente.
Avergonzado, Murray se secó las lágrimas con el puño de la manga. Tomó la taza, aún con el pulso demasiado tembloroso como para no verter unas cuantas gotas en el plato, y le dio un suave sorbo. El sabor era realmente malo en comparación con los tés y los cafés que bebían en la Fortaleza, la mayoría de ellos de importación, pero al menos la temperatura era reconfortante.
Además, aquel sabor le traía buenos recuerdos.
Se obligó a sí mismo a sonreír, agradecido. Tras las primeras horas de pánico tras ser expulsado de la Fortaleza, Thomas se alegraba de saber que aún le quedaba alguien en el mundo dispuesto a escucharle.
—Ya pueden pasar mil años, Tanith, que tu té será siempre el peor de la historia.
—El peor té de la historia para el peor marido de la historia: estamos empatados —respondió ella algo más tranquila. La sonrisa de Thomas, aunque débil, era claramente sincera. Le apretó suavemente el antebrazo—. ¿Estás mejor?
—Algo —murmuró a media voz—, pero no demasiado. No sé nada de mi padre desde hace años; es posible que lleve décadas muerto.
—Podría ser, aunque lo dudo. Ese hombre es duro, Thom, como tú; seguramente se haya cambiado de localidad. Es más, estoy casi segura... Pero no es por él por lo que has venido, ¿verdad?
Tanith volvió la vista atrás hacia la tienda al escuchar el sonido de la puerta al cerrarse. Por un instante, creyó ver en la sombra de Harald a Van Kessel. Tarde o temprano, estando Murray allí, él tendría que hacer acto de presencia.
De hecho, empezaba a ser demasiado extraño que tardase tanto. ¿Sería posible que, después de todo, al hombre de acero le hubiese pasado algo? Aquella sería una buena explicación para las lágrimas de Thomas y su ausencia, desde luego...
Sintiéndose repentinamente mareada, Tanith soltó el brazo de Thomas para dar un largo sorbo a su taza de té. La simple idea le producía vértigo. No obstante, no era del todo descabellada. Teniendo en cuenta las alocadas ideas e investigaciones del Parente y su complicada relación con los altos cargos gubernamentales, lo extraño era que a aquellas alturas siguiese con vida.
—¿Le ha pasado algo a Aidur, verdad? Ha sido en alguna de esas estúpidas expediciones suyas a las minas, o durante alguna reunión... Se ha pasado de listo, y...
—No, no. No es eso. —Thomas tomó sus manos—. Bueno, sí, hace unos días sufrió una intoxicación importante en Kandem; ha ido de poco, pero ha sobrevivido. Yo mismo me encargué de salvarle la vida así que no te preocupes por él. Aidur es la maldita evidencia de que mala hierba nunca muere.
—¿Entonces?
Tratando de mantener las formas todo lo que las lágrimas le permitían, Thomas narró los acontecimientos vividos en los últimos días. Le habló de lo acaecido en la mina, obviando la información confidencial, por supuesto, y la repentina aparición del Parente Anderson y los suyos. Narró al detalle cómo habían trasladado a Van Kessel hasta la Fortaleza y, como allí, había trabajado codo con codo con el Parente para tratar de recuperarle. Finalmente, le explicó lo ocurrido en la reunión. Thomas sabía que a aquellas alturas Aidur estaba ya estable, pero por el modo en que se comportaba sospechaba que padecía muchas secuelas.
Sorprendida, aunque no tanto como Thomas, Tanith escuchó la narración. Después de haber compartido tantos años con Aidur, su reacción le sorprendía, pero solo hasta cierto punto. El Parente, como rápidamente había descubierto tanto ella como su padre, había sido bendecido con una inteligencia que iba más allá de lo común por lo que reacciones como aquella a veces parecían producto de la locura. No obstante, siempre había una explicación lógica para ellas.
Van Kessel, en el fondo, siempre iba un paso por delante.
—Así que te ha echado... —reflexionó—. Vaya, una medida un tanto excesiva, ¿no te parece? Y más después de haberle salvado la vida... ¿Estaba enfadado cuando te lo dijo? Ya sabes que Aidur tiene bastante mal carácter.
—No; me dio la sensación de que estaba un poco ido. Aunque en su mirada parecía haber seguridad, se mostraba un tanto confuso; perdido. Por lo que tengo entendido hacía tan solo unos minutos que había despertado de un largo sueño tras dos jornadas en blanco por lo que a saber qué tendría en mente.
Tanith se cruzó de brazos, poco convencida ante las explicaciones. Aidur no era de ese tipo de personas. Desde pequeño, Van Kessel había sido un torbellino de nervio; un histérico, como a veces había dicho su padre, por lo que aquella repentina pasividad no parecía tener sentido alguno. ¿Dónde quedaban los gritos, las maldiciones y los golpes en la mesa?
No, detrás de todo aquel teatrillo tenía que haber una explicación. Tenía que haber algo que, aunque Thomas fuese incapaz de percibir, pues estaba demasiado dolido como para ver más allá de sus propias narices, a ella no se le podía pasar por alto. No después de tantos años juntos.
Claro que, habiendo tantos factores a tener en cuenta, era complicado.
—¿Pasó algo grave en Kandem, no?
—Bueno... —Thomas se encogió de hombros—. Ya sabes que no puedo hablar de ello; es información confidencial. Pero vaya, sí, pasó algo grave. Al menos a él le pasó algo grave.
—¿Información confidencial? —Tanith puso los ojos en blanco—. A la mierda con Tempestad, Thom. Te han echado: ahora eres un ciudadano más así que puedes contarme absolutamente todo. Es más, no estoy muy segura, pero creo que te obliga la ley. Soy tu mujer, ¿recuerdas? No puede haber secretos entre nosotros. Además, no puedes venir a mi tienda lloriqueando que Aidur te ha echado y no explicarme lo que ha ocurrido. No es justo. Así que tú verás: o me lo cuentas o te vas. Allá tú.
Obviamente, Tanith no iba a dejarle pasar ni una noche en la calle; en ningún momento había llegado a planteárselo seriamente, pero dadas las circunstancias no había dudado en emplear las artes que, años atrás, el propio Van Kessel le había enseñado. La información, en el fondo, era poder.
Así pues, obligado por las circunstancias, pues Thom no tenía ningún otro lugar al que ir, le relató todo lo ocurrido en Kandem. Le habló de la desaparición de toda la población, de la ausencia de restos de explosión y, finalmente, de la repentina aparición de Aidur fuera de sí.
—Acababa de activar el generador cuando escuché sus gritos. Nunca le había oído tan aterrorizado, te lo aseguro. Por un instante, mientras corría por la torre en busca de la salida, creí que le estaban despellejando: que al fin había dado con sus tan ansiados monstruos y que se lo estaban comiendo vivo.
—¿Y fue así?
—Para nada, cuando le encontré estaba a pocos metros de la puerta de acceso a la galería sellada, peleando contra lo que le quedaba del abrigo de plumas. Él gritaba que había cuervos, se rasgaba la cara con las uñas y aullaba de dolor, como si le picoteasen y arañasen con las garras, pero lo cierto era que ahí no había nada. Se había quitado la máscara.
Por un instante, Tanith imaginó la escena. Mientras que para Thom el hecho de que su mente idease una bandada de cuervos con la que atacarle no tenía sentido alguno, Tanith lo comprendía perfectamente. Siendo un crío, desde que llegase a Nifelheim, Aidur había pasado muchísimo tiempo con su padre en la reserva. Por aquel entonces, siendo su padre el guardián, el joven había pasado el suficiente tiempo como para descubrir la existencia de una extensa flora y fauna entre la cual, sin lugar a dudas, el ser que más destacaba era el cuervo. Así pues, después de todo, no era tan descabellado que la mente del Parente emplease aquel recuerdo para atacarle. De hecho, teniendo en cuenta el pavor que aquellas aves despertaban en él, no era de sorprender.
—Tuve que noquearle para dejase de autolesionarse —prosiguió el científico—. Estuvo a punto de sacarse los ojos, Tanith. ¡Estaba como loco! No te miento si te digo que creía que no salía de esa... te lo juro. Cuando al fin logré reducirlo llamé a Daniela. Le supliqué que viniese lo antes posible, que necesitaba trasladarlo de inmediato; y esta decidió llamar al Parente Anderson. Poco después, transcurrida una hora, o puede que dos, aparecieron y pudimos llevárnoslo. Pero vaya... le fue de poco.
—Vaya, no lo sabía —respondió Tremaine con tristeza—. ¿Dices que está mejor, verdad? Quizás debería llamarle... Aunque él mismo me prohibió el otro día que lo hiciese. De hecho me pidió que, al menos durante una temporada, me alejase de vosotros.
—Va a haber una auditoría; imagino que es por eso. Ya le conoces, en el fondo haría cualquier cosa con tal de protegerte.
Tanith sonrió. A pesar de todas sus rarezas, era innegable que Van Kessel, a su extraño modo, intentaba protegerla. A veces, en los días de mayor soledad, la mujer tenía la tentación de pensar que únicamente lo hacía por el niño, el pequeño Daryn, pero nunca llegaba a creérselo del todo. En el fondo, a su extraña manera, Aidur les protegía a todos.
—¿Te explicó algo de lo que vio en la mina? ¿Habéis entrado? ¿Qué ha hecho durante estos dos días encerrado?
—No sabemos nada; mientras le trasladábamos balbuceaba algo sobre unos gatos de hierro, y unas inscripciones, pero no sé exactamente a qué se refería. Es probable que dentro de la mina tuviese todo tipo de alucinaciones. De hecho, estoy convencido de ello. Los chicos y yo habíamos planeado el viajar hoy mismo para investigarla.
—¿Entonces no habéis entrado? —Tanith se llenó una segunda taza de té—. Conozco a Aidur, si realmente ha visto algo, o cree haber visto algo, es probable que se haya pasado los dos días pensando una y otra vez en ello. Además, ya sabes cuánto le obsesiona ese tema. Desde que le conozco está convencido de que hay algo en el núcleo.
Kaiden Tremaine también lo pensaba. Su madre, su padre, sus abuelos, sus vecinos... Incluso ella misma. Los nifelianos, en general, creían en la existencia de "algo" en Mercurio, aunque no del mismo modo en el que lo hacía Aidur. Para él, los habitantes del núcleo debían ser una civilización; seres causantes de la desaparición de los hombres durante el Gran Colapso. Es más, probablemente, los culpables. Los nifelianos, sin embargo, creían en la existencia de una fuerza en Mercurio que, dormida en el interior de la piedra, surgía de vez en cuando para generar milagros como bien había sido el crecimiento de la reserva. Además de ello, creían que esa misma fuerza había sido la que había barrido todo Mercurio durante el Gran Colapso, acabando así con las vidas de todos aquellos que únicamente habían acudido al planeta a explotarlo, sin ninguna idea de cuidarlo.
Cada punto de vista ofrecía una perspectiva de la realidad totalmente diferente a la otra, pero tenían una misma base. En Mercurio, les gustase o no a aquellos que negaban su existencia, había "algo" enterrado. El Gran Colapso y la reserva eran claros ejemplos.
—Daniela le ha estado vigilando y dice que en varias ocasiones le vio con un cuaderno en las manos; es probable que haya estado trabajando en ello. Esta no sería la primera vez que lo hace.
—Y acto seguido, tras dos días de reflexión, cuando decide volver al mundo real, te expulsa. Demasiado casual, ¿no te parece? Quiero decir... —Tanith se puso en pie—. Durante vuestra última visita le pedí que no fuese demasiado duro contigo. Aidur era consciente de las circunstancias y, según me dejó entrever, no iba a tenértelo demasiado en cuenta. Es más, incluso bromeó con ello. Si realmente hubiese querido echarte, lo habría hecho ipso facto, ¿no crees? ¿Para qué esperar tantos días?
—Puede que en Kandem haya tenido algún tipo de revelación.
Tanith asintió con lentitud, sintiendo como las piezas del puzle empezaban a juntarse en su mente. Aidur podía engañar a Thom y al resto de los suyos: al mundo entero incluso, pero no a ella. Tremaine le conocía demasiado bien.
—Desde luego, ha debido tenerla. ¿Sabes? Creo que, sea lo que sea que haya visto ahí dentro, le ha asustado tanto que ha decidido sacarte de en medio. Aidur no se caracteriza por su buen talante ni su amabilidad, pero no es una mala persona. Al contrario. Además, sabía que echándote de la Fortaleza volverías a casa con Daryn y conmigo por lo que quizás únicamente lo haya hecho para asegurarse de que estemos todos bien.
—O puede que lo haya hecho porque es un desagradecido al que ya no le importa absolutamente nada más aparte de sí mismo. —Thom se puso en pie también, visiblemente cansado—. El Van Kessel de ahora no es el mismo de antes, Tanith. El cargo le ha cambiado. De hecho cuenta con todos los requisitos para ser un gran Parente: ni tiene escrúpulos, ni tiene corazón. No obstante, si quieres vivir en tu mundo de fantasía, adelante. No te diré que no. ¿Me he ganado ya el derecho a pernocta?
Tanith asintió. Por supuesto que se había ganado el derecho a quedarse en casa. Incluso habiendo permanecido callado durante toda la conversación, habría dormido esa noche y el resto de su vida en su casa sin ningún tipo de problema. Thomas, después de todo, era su mejor amigo. Lo había sido desde que tenía uso de razón, y seguiría siéndolo el resto de su existencia. Además, a Daryn le encantaban sus visitas. Tanith no estaba segura de ello, pues la mentalidad del niño iba cambiando continuamente, y más en los últimos meses, pero durante mucho tiempo había estado casi convencida de que el muchacho creía ser hijo de Thomas. El haberse casado con él había añadido peso a la teoría, desde luego, pero Tremaine tenía la sensación de que, de no haberlo hecho, sus pensamientos al respecto habrían sido los mismos.
No obstante, las cosas no eran tan sencillas. Después de todo lo que había escuchado, Tanith se negaba a cerrar el libro a medio leer. La conversación podía finalizar por el momento, pero no para siempre. Se negaba a creer que, simple y llanamente, la respuesta a lo ocurrido era que Aidur había cambiado.
Tenía que haber algo más.
—Puedes quedarte cuanto quieras, Thom. Mi casa es tu casa, lo sabes... Pero antes quiero que hagas algo por mí. Una última cosa.
Aunque entonces se arrepintió de su respuesta, con el tiempo comprendería que había sido lo mejor. Jamás podría haber seguido adelante con su vida sin haber vuelto al lugar de los hechos.
—Acompáñame a Kandem.
Sus investigaciones habían llegado a un punto muerto. Tras pasar toda la mañana y parte de la tarde buscando en las bases de datos información sobre sus hallazgos en Kandem, Aidur había llegado a la conclusión de que no encontraría respuesta alguna entre los tomos de su biblioteca. Censurada por las estrictas leyes de Tempestad, toda la información relacionada con una posible civilización oculta en el núcleo del planeta había sido eliminada de los archivos y de la memoria colectiva, convirtiendo así al Gran Colapso en un misterio sin respuesta.
La verdad, si es que realmente había una, estaba allí fuera, en las ruinas de las localidades que con mayor saña habían sufrido el desastre. Aquellos lugares cuyo acceso, por orden directa de Eliaster Varnes, había sido prohibido para incluso los Parentes residentes en el planeta.
Aún recordaba la vez en la que, recién nombrado, había acudido al palacio flotante de Jared en busca de su autorización para poder acceder a la zona cero. El maestro, sorprendido por la petición, no había podido evitar sonreír con cierta tristeza al confesar que, años atrás, él había formulado la misma pregunta a su maestro.
—¿Y la respuesta fue la misma? —Había preguntado Aidur a pesar de conocer la respuesta dado que Adam, el primero al que había acudido en busca de la autorización, había vivido aquella misma escena años atrás—. ¿No ha visitado las ruinas?
—No. Ni yo ni nadie del planeta ha visitado las ruinas. Siendo un niño, mi padre me explicó que había conocido a alguien que las había visto antes de su clausura definitiva, pero nunca quiso explicarme lo que vio. Solo sé que le impactaron tanto sus palabras que pasó el resto de su vida pensando que ese lugar estaba maldito.
Para seguir adelante con su investigación, Aidur sabía que debía visitar aquel lugar. Muchas veces, a lo largo de su vida, el Parente se había preguntado cuándo llegaría el momento de viajar hasta la zona prohibida. Siendo un niño, Kaydan le había prometido tanto a él como a su hija y a Thom que alguna vez les llevaría; que encontraría la manera de hacerlo. Lamentablemente, la muerte se le había adelantado.
No obstante, aquel pequeño detalle no iba a detenerlo.
Aidur sabía que había llegado el momento de viajar y, costase lo que costase, iba a hacerlo. Después de todo, ¿quién iba a detenerle? ¿Varnes? Estaba demasiado lejos como para intentarlo siquiera. Además, ¿qué derecho tenía él a prohibirle moverse libremente por su planeta? ¿Acaso había hecho él algo por mejorar las cosas?
Pero no sería ahora. Aún había demasiadas cosas que tenía que comprobar con sus propios ojos en Kandem antes de encaminarse al que seguramente sería el viaje de su vida. Además, aunque no le gustase aceptarlo, aún estaba demasiado débil para enfrentarse a tal reto. Por el omento, muy a su pesar, tendría que esperar... al menos aquel destino.
Viajar a Kandem, en cambio, era otra cosa.
Aidur llamó a Daniela. Desconocía cuánto tardarían en llegar los auditores con Novikov a la cabeza, pero dudaba que la espera se alargase mucho más. Si no habían llegado ya, no tardarían demasiado. Así pues, si lo que quería presentarles era un buen material, tenía que darse prisa.
Daniela no tardó demasiado en presentarse en el despacho.
—Si no deja de llamarme continuamente me va a resultar muy complicado buscar un sustituto para Murray —exclamó la asesora a modo de saludo, visiblemente irritada.
Al igual que el resto de los habitantes de la Fortaleza, Daniela estaba muy disgustada con la pérdida de Murray. Ni comprendía los motivos de su despido ni quería conocerlos; simplemente estaba enfadada y decepcionada, y cada vez que se cruzaban así se lo hacía saber. Malas miradas, muecas de indiferencia, comentarios por lo bajo...
Tenía suerte de que fuese tan comprensivo.
—Lo siento Daniela, pero ya sabes que no puedo vivir sin ti.
—Seguro. —Nox apartó la mirada, tratando de ignorar el comentario, pero finalmente dibujó una sonrisa tímida. Van Kessel era experto en hacerla sonreír con malas artes—. ¿En qué puedo ayudarle, Parente?
—Necesito que encuentres a Kaine y nos prepares un viaje a Kandem lo antes posible.
—¿A Kandem? —Daniela alzó las cejas, sorprendida—. ¿Tan pronto?
—No empecemos, Daniela, tú simplemente prepara el viaje y encárgate de que haya un trineo preparado con provisiones para al menos tres días cuando lleguemos, nada más.
Dubitativa, Daniela aguardó unos segundos antes de tomar nota mental. A pesar de que hora tras hora el aspecto de Van Kessel iba mejorando, era evidente que enfrascarse en una nueva expedición a Kandem no era lo mejor. Al contrario, Murray había sido bastante claro al respecto: el Parente necesitaba descansar y de todos era la responsabilidad de cuidar de él ahora que el propio Aidur se había convertido en su peor enemigo.
—Parente... No es que quiera empezar o acabar nada; es que debo hacerlo —murmuró a media voz, consciente de que no le gustaría su respuesta—. Es por su propio bien. Thomas dijo que...
—¿Estás segura de querer acabar esa frase?
Daniela frunció el ceño. En cualquier otra circunstancia habría insistido, consciente de que el tono amenazante de sus palabras no era más que eso, pero teniendo en cuenta el sorprendente desenlace de Thomas prefirió mantener los labios sellados. Incluso estando molesta como estaba con él, le gustaba trabajar para Van Kessel.
—Imagino que no: ha sido una estupidez.
—Desde luego, lo ha sido, aunque he de admitir que me gusta cómo me cuidas. —Aidur le guiñó el ojo, restando tensión a la escena—. Ahora encárgate de lo que te he pedido. Te diría que vinieses conmigo a Kandem para que vieses con esos bonitos ojos que tu madre te ha dado lo que he descubierto, pero ya sabes que te necesito aquí, por si Novikov decidiera acudir a la Fortaleza.
—¿Qué debería hacer de darse la situación?
—Tratarla como solo tú sabes. —Resumió Aidur con sencillez. El hombre se puso en pie y acompañó a su asesora hasta la puerta tomándola delicadamente por el codo—. Eres experta en ello. Por cierto, ¿Schmidt está ya en Kandem, verdad?
Daniela asintió. Lo último que sabía era que Varick y su manada ya estaban por los alrededores de la ciudad abandonada, investigando el terreno. Después de haber verificado los informes y dar por desaparecida a toda la población, el agente había decidido iniciar la búsqueda de pistas en los campamentos que rodeaban la torre de comunicación.
Fuese lo que fuese que había causado la desaparición de todas aquellas personas, tema sobre el cual ya tenía varias teorías cada cual más rocambolesca que la anterior, tenía que haber dejado algún rastro.
—Allí anda, Parente, buscando monstruos, como de costumbre. ¿Le cuento la última?
—No hace falta; me lo puedo imaginar. ¿Caníbales o monstruos?
Sonrieron con complicidad, deleitándose de los minutos de placer que la peculiar mente de Schmidt les ofrecía de vez en cuando. Sus teorías, más absurdas aún que las del propio Parente, pues solían girar alrededor de seres que tan solo parecían morar en su imaginación, eran capaces de generar disputas, debates y apuestas por igual.
Aquel hombre, sin lugar a dudas, era una auténtica mina de oro.
—Una mezcla de ambos —respondió Daniela sin poder evitar que una carcajada escapara de sus labios—. ¿Quiere que se lo adelante o prefiere verlo in situ?
—No me rompas el momento: lo veré por mí mismo. Encárgate de todo, ¿de acuerdo? Estaré en mi celda preparando el equipaje. Si alguien me necesita di que no estoy.
Se despidió de Daniela con un fugaz beso en la mejilla. A pesar del mal humor de la mujer y sus reiterados intentos por tratarle como a un hijo en vez de como a un superior, el Parente sentía mucho aprecio por ella. De hecho, de no ser por los problemas que ello le comportaría sobre todo a ella, la habría ascendido ya a la categoría de amiga. No obstante, incluso así, era innegable que Nox se había convertido en su mano derecha.
De toda su gente, en ella era en la que más confiaba.
Algo más animado por los preparativos del viaje, Aidur entró en su celda silbando uno de los antiguos cánticos que conocía desde siempre. El hombre era incapaz de situarlo en la línea cronológica que conformaba su existencia, pero por la sonoridad desechaba la idea de que pudiese haberlo aprendido durante sus años en Nifelheim.
Probablemente fuese cosa de su madre, Rowena Van Kessel.
Ya en su amplia celda con la puerta cerrada y las ventanas irradiando la penumbra del exterior, Aidur sacó del interior del armario su mochila y empezó a llenarla de ropa térmica. Ahora que ya no tenía su abrigo tendría que empezar a plantearse la posibilidad de comprarse uno nuevo. En cierta ocasión Kaine le había hablado de una tienda bastante buena en Bermini por lo que quizás podría ir a echarle un vistazo. En la mayoría de establecimientos la calidad de la ropa era ridícula, pero confiaba en el criterio de Kaine. Pocos hombres conocían tanto Mercurio como él.
Claro que deshacerse definitivamente de su abrigo de plumas no iba a ser sencillo. Después de vestirlo durante tanto tiempo, Aidur tenía la sensación de que iba a sentirse desnudo sin él. Quizás, con un poco de suerte, podría encargarle a Tanith otro. La muchacha era inteligente y, después de todo, era la persona con más contactos que conocía en Nifelheim. Si una vez lo había logrado conseguir: ¿por qué no una segunda?
Mientras iba almacenando la ropa ordenadamente en la bolsa, Aidur se preguntó qué habría sido de Thom. Hacía muy poco tiempo desde su repentina partida de la Fortaleza, pero no podía evitar sentir cierta preocupación. Si bien en su campo era un experto, Thom no se caracterizaba por ser una persona especialmente astuta. Al contrario. Sus recursos, desde siempre, habían sido limitados. ¿Habría conseguido llegar por si solo a Nifelheim? ¿O simplemente estaría escondido en algún rincón de Bermini, a la espera de su llamada?
Fuese cual fuese la verdad, aunque le doliese, esperaba que hubiese podido llegar hasta la tienda de los Tremaine. Nadie podría cuidarle tan bien como Tanith y el niño...
Perdido en mitad de sus pensamientos, Aidur tardó unos instantes más en percibir la sombra que, situada en la esquina derecha de la estancia, le observaba en silencio, fundida con la oscuridad reinante. Desde la distancia la sombra se asemejaba a la de una mujer de ensueño con grandes ojos claros y cabello rubio como la plata. Alta, esbelta y dotada de una belleza embelesadora, la bella dama se mantenía en silencio, cautelosa. Seguía con la mirada al Parente allá donde fuese, pero siempre con los labios rojos bien sellados.
Finalmente fue su reflejo en el espejo lo que reveló su presencia.
Alertado ante su presencia, Aidur desenfundó rápidamente su pistola y la encañonó, tal y como tantas otras veces había hecho en las peligrosas calles de Mercurio. Ni era la primera delincuente con la que se cruzaba ni sería la última. No obstante, a diferencia de lo que acostumbraba a suceder, ella ni tan siquiera se inmutó. No hubo ni gritos ni golpes.
No hubo absolutamente nada.
Sus ojos y su rostro empezaron a desdibujarse bajo la tenue luz amarilla de la celda.
—¿¡Quién demonios eres tú!? ¡¡Responde!! ¿Cómo has llegado hasta aquí?
La mujer respondió con una cautivadora sonrisa con la que logró que, poco a poco, Van Kessel bajase el arma. Incluso sin decir palabra alguna, aquella misteriosa mujer causaba en él una extraña sensación de irrealidad frente a la cual Aidur no sentía temor alguno. Al contrario. Con ella presente, el Parente se sentía totalmente seguro; convencido de que todo iría bien.
Era una sensación extraña, como la de un embrujo de novela, pero tan convincente y real que ni tan siquiera se planteaba la posibilidad de estar siendo manipulado. Mientras ella estuviese a su lado, todo iría bien.
Mercurio, Tempestad, la Fortaleza, Tanith, Daryn, Jared, Adam... Uno a uno, todos los factores, nombres y personas que daban significado a su vida fueron esfumándose, dejándole únicamente en manos de la extraña. Era como sumergirse en un océano de paz: ya nada importaba.
Nada salvo aquel momento.
Aidur sonrió embobado. Nunca se había sentido tan cómodo en presencia de una mujer. Daniela solía hacerle sentir bien, muy bien, pero la necesidad de mantener las distancias impedía que se pudiesen llegar a sentirse cómodo del todo. Con Tanith, en cambio, había llegado a sentirse de aquel modo, libre, seguro, feliz, pero hacía ya tanto de aquel entonces que su cerebro había decidido esconder aquellos recuerdos.
Además, Tanith ya no tenía lugar en su vida. En aquel momento únicamente existían la hermosa mujer de cabello rubio y él.
—¿Quién eres?
La mujer respondió, pero el melodioso sonido de su voz no alcanzó los oídos de Van Kessel. Simplemente pudo leer lo que sus labios revelaban: Aireen.
—No te oigo.
La mujer sonrió. Nadie la escuchaba jamás.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? Nadie entra en mi Fortaleza sin mi permiso.
Repentinamente sonriente, quizás divertida ante las palabras del Parente, la mujer le invitó a acercarse con un sugerente ademán al que Aidur respondió positivamente. Van Kessel acudió a su encuentro, sin temor alguno al ver como su rostro se emborronaba y oscurecía a cada paso que daba, y una vez a su lado tomó su mano.
Su suave y gélida mano.
—Dime, ¿cómo has llegado hasta mí?
La mujer volvió a dedicarle aquella encantadora sonrisa perfecta. Vestida con vaporosas ropas oscuras que parecían estar en continuo movimiento alrededor de su cuerpo, como si fuesen movidas por el viento, la borrosa figura de la mujer empezó a perder consistencia. Poco a poco, al ritmo de la sinuosa danza de sus prendas, su silueta se iba descomponiendo en una mancha de oscuridad que, firmemente, le sostenía la mano, induciéndole a un estado de paz y tranquilidad nunca antes conocido.
Un pozo de oscuridad que, en su mente, seguía teniendo forma de mujer.
Aidur entrelazó los dedos con los de la extraña y dejó que su mirada se perdiese en lo que debería ser la suya. Estaba convencido de no haber visto nunca unos ojos tan hermosos como aquellos. Aquella tonalidad de azul era nueva para él; una tonalidad estridente y potente que parecía guardar mil secretos en sus entrañas.
Era un color misterioso; atrayente. Seductor.
Imposible.
Peligroso.
—Acheron... —susurró la mujer, lejana, extraña. Perdida. Su voz era poco menos que el eco de un recuerdo ya olvidado—. Nadie nos ve en Acheron... pero nos oye.
—¿Acheron?
De repente, como recién despierto de un sueño, Aidur descubrió que volvía a estar frente a la cama, con las manos llenas de ropa y una extraña sensación de vacío en lo más profundo de su ser.
Alzó la mirada hacia el rincón donde había encontrado a la figura. Aparte de sombras, allí no había nada; volvía a estar totalmente solo. No obstante, algo había cambiado en la sala.
Confuso, Aidur descubrió que la ventana estaba abierta.
Una ventana que, al igual que el resto, nunca había abierto, pues estaba demasiado cerca de uno de los extractores de la cúpula. Sin embargo, allí estaba, abierta. Y no solo eso. Además de estar abierta dejaba pasar una fuerte corriente de aire que arrastraba las cortinas hacia la puerta del baño. Sorprendido, Aidur acudió de inmediato a cerrarla, incapaz de comprender qué hacía abierta, y al cerrar descubrió que, procedente del baño, se oía un fuerte ruido.
Un grifo abierto.
Van Kessel empuñó la pistola, consciente de que nada de lo que estaba sucediendo era normal. Comprobó que el cargador tuviese balas y, ya decidido a descubrir lo que sucedía, se adentró en el baño. Poco después, al cruzar el umbral, descubrió que el grifo de agua caliente llevaba varios minutos abierto.
Aidur barrió la sala con la pistola, temeroso de que la extraña estuviese acechando en algún rincón. A pesar de la tranquilidad inicial que su presencia había despertado en él, el Parente ahora se sentía nervioso. Muy nervioso. Nunca antes nadie se había adentrado en la Fortaleza sin su permiso.
Palmo a palmo, Aidur recorrió todo el baño hasta, finalmente, constatar que estaba vacío. Acudió entonces al lavabo y apagó el grifo. Frente a él, dibujadas sobre el espejo gracias al vapor que el agua había creado, había una frase.
Una frase que ya había visto con anterioridad, en Kandem, pero ligeramente modificada.
Una frase que no olvidaría nunca: "Nadie nos oye".
Aidur leyó un par de veces la frase, sorprendido. Aquella no era su letra. Ni la suya ni la de Daniela ni de nadie que pudiese tener acceso a su celda.
Aquello no debería estar allí.
El Parente borró la frase con el puño, furioso ante la intromisión, y al apartar la mano, por un instante, fugaz como una estrella, creyó ver el reflejo de la mujer del cabello plateado. Al girarse, sin embargo, descubrió que estaba solo.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro